País del futuro
Rodrigo de Vivero - DE UN EXTREMO A OTRO

Uno viene a Japón con cierta noción de que es el país del futuro. Me lo dijeron varias veces cuando conté que venía: «es la sociedad del futuro», «un laboratorio de cómo van a ser nuestras sociedades desarrolladas», «van por delante en todo».

Es cierto que durante algunas décadas Japón pareció realmente ese país del futuro. Desde la Olimpiada de Tokio en 1964, posiblemente, que consiguieron organizar con eficacia y éxito enormes apenas diecinueve años después de perder la guerra. Todo salió bien, el país consiguió exhibir un admirable y nunca visto tren bala de Tokio a Kioto, se levantaron autopistas elevadas por toda la ciudad y los estadios metabolistas de Kenzo Tange y Kunio Maekawa marcaron un nuevo hito en la historia de la arquitectura.
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My own private Tokyo
Rodrigo de Vivero - DE UN EXTREMO A OTRO

Les contaba en la crónica anterior cómo Japón no defrauda: a diferencia del estereotipo del chic francés que ellos se han construido, los arquetipos japoneses son reales y el viajero encontrará lo que viene buscando ‒hay jardines zen y luces de neón suficientes‒ y se volverá satisfecho y convencido de que Japón es exactamente ese Japón que él concebía. Más aún, además, porque no va a encontrar elementos negativos que enturbien la experiencia: la seguridad es completa, la gente educada, respetuosa y amable. Lo que el visitante necesita es fácil de lograr y todo será como esperaba. Aquí todo es previsible y sucede como uno lo había calculado.
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La fascinación de vuelta
Rodrigo de Vivero - DE UN EXTREMO A OTRO

El turista suele viajar en busca de lo que quiere encontrar, a diferencia del viajero, que va, en cambio, a ver qué encuentra. Que lo halle o no dependerá del sitio y la medida en que esa imagen prefigurada contenga más o menos elementos de realidad. Los japoneses tienen fama de ir a París buscando la Francia idealizada con que viven: es enorme su fascinación con todo lo francés y las pâtisseriesboulangeries bistros que abundan en Tokio colman su idea del chic. Uno se sorprende a veces viajando por pueblecitos donde apenas hay presencia occidental y aparece de repente una pastelería con escaparate lleno de éclairs croissants y pinta de estar en un pueblo en la Provenza.
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Sumo y resta
Rodrigo de Vivero - DE UN EXTREMO A OTRO

En este año de renovada toma de conciencia por todas partes sobre la situación de la mujer, un incidente en el ámbito del sumo, el deporte nacional de Japón y elemento fundamental de su cultura tradicional, ha venido a poner de manifiesto la complicada, y compleja, realidad a que se enfrentan las mujeres japonesas. La polémica que se ha desatado es especialmente interesante para el observador extranjero.

El alcalde de Maizuru, prefectura de Kioto, pronunciaba su discurso con ocasión de un campeonato de sumo durante la primera semana de abril, cuando cayó de pronto al suelo a causa de un aneurisma cerebral. Dos mujeres se abalanzaron a prestarle primeros auxilios y practicarle resucitación cardiopulmonar, e inmediatamente se oyeron por los altavoces varios avisos del árbitro conminándolas a abandonar el dohyō, el ring donde se desarrolla el combate de sumo, un pequeño círculo preparado a base de arcilla y arena de apenas 4,55 metros de diámetro que se considera espacio sagrado. 
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Gestos (y II)
Rodrigo de Vivero - DE UN EXTREMO A OTRO

La vida en Japón está marcada por gestos: cómo entregar la tarjeta de visita, la posición del vaso al brindar, la manera de envolver una compra o de entregar el paquete, el complejo mundo de las reverencias. Gestos rituales que conducen y facilitan la relación; ése es el sentido original en todas partes de las normas de educación y el protocolo, y en Japón unas y otro son severos y estrictos y comprenden casi todas las cosas de la vida.

Es una gestualidad profundamente vinculada a su lengua. Es cierto que el idioma conforma en todo caso nuestra personalidad ‒nuestra manera de estar en el mundo‒ y parece diferente la mujer que habla inglés con acento neoyorquino que si, ella misma, hablara con el dulce acento del portugués carioca. No es, sin embargo, algo tan profundo lo que varía de una a otra como lo que cambia la «persona» del japonés cuando no habla su lengua. 
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Gestos (I)
Rodrigo de Vivero - DE UN EXTREMO A OTRO

Los japoneses son extremadamente educados y sutiles en sus gestos. Jamás señalan con el dedo, sino con una mano extendida y la palma hacia fuera, más una manera de acompañar el movimiento que de apuntar en una dirección. El intercambio de tarjetas, elemento fundamental de su vida social, tiene un ritual cuidadoso: se entrega la tarjeta con las dos manos y orientada de manera que el interlocutor pueda leerla, mientras se pronuncia el nombre mirándolo a los ojos. El apellido, más bien, entre hombres, que apenas utilizan sus nombres propios. De-Vivero-desu, digo mientras entrego mi tarjeta y me fijo, como ellos, en si por rango o edad corresponde que la mía esté encima o debajo de la del otro. Lo mismo que al brindar: el japonés sabe si su vaso debe estar más arriba o más abajo, las jerarquías están siempre presentes y nadie querrá equivocarse y saltárselas. Se habla diferente, se conjuga de manera distinta según con quien se hable; un mismo tiempo verbal tiene formas diversas si se usa con un familiar, un superior o un desconocido, según se refiera a uno mismo o a otro; se usan unas palabras u otras según se dirijan a alguien de mayor o menor rango o edad; el nuevo empleado de veintidós años debe respeto, y usa, por tanto, un registro lingüístico diferente, a su superior de veintitrés que entró en la empresa un año antes. Un año exacto, por cierto; los trabajos nuevos, sea por contratación reciente o cambio de posición dentro de la empresa, empiezan siempre el 1 de abril, comienzo del año fiscal japonés. 
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Ser japonés
Rodrigo de Vivero - DE UN EXTREMO A OTRO

Durante la Era Kamakura dejamos de comer carne, me cuenta un amigo japonés. «Dejamos», dice. Nosotros dejamos de comer carne. Han pasado casi setecientos años desde que terminó la Era Kamakura, de 1185 a 1333, pero un japonés de hoy, en pleno siglo XXI, considera que son ellos, él mismo, el grupo a que él pertenece, a quienes hace ocho o nueve siglos les pasó eso que cuenta. Españoles, franceses, italianos… no diríamos: «Hace ocho siglos no comíamos patatas»; nos parecería rara esa pertenencia a un grupo que existió hace tanto tiempo, aunque sean quienes ocupaban el lugar que ocupamos nosotros y fueran nuestros antepasados.
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