Agosto 2020
Revista de Libros
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Todos a una

por David Mejía

Nostalgia del soberano
Manuel Arias Maldonado
Los Libros de la Catarata
190 págs.

El 25 de enero de 2015 Alexis Tsipras ganó las elecciones de Grecia liderando una coalición de izquierdas de inclinación antisistema. La victoria de SYRIZA fue el primer gran éxito del populismo contemporáneo: Tsipras había prometido enfrentarse a Alemania y al conjunto de la Unión Europea, así como a las instituciones financieras que sometían a una Grecia ahogada en deuda. A finales de junio, Tsipras convocó un referéndum para que fueran los ciudadanos quienes decidieran sobre la aceptación de las duras condiciones económicas que la troika imponía al rescate financiero. El desenlace es bien conocido: el 61% de los votantes se pronunció en contra, pero Tsipras terminó aceptando el acuerdo poco después, con condiciones incluso más duras que las iniciales. En septiembre de ese mismo año, Tsipras fue reelegido en unas elecciones con una bajísima participación. Esta es la historia de cómo el demos griego eligió a SYRIZA para rebelarse frente a poderes externos; trató de ejercer una soberanía que creyó omnipotente, y finalmente se hundió en la frustración al comprobar sus limitaciones.

En Nostalgia del Soberano, Manuel Arias Maldonado defiende la tesis de que nuestro tiempo político se define por el afán de recuperar la omnipotencia de una soberanía perdida, un deseo colectivo por recuperar el orden y retomar el control. Si en La democracia sentimental (Página Indómita, 2016) se había ocupado del «giro afectivo» de la política, Nostalgia del soberano profundiza en cómo determinadas emociones políticas —la frustración, el desengaño— provocan un ansia de recuperar un liderazgo mítico que resulte efectivo en traducir los deseos del pueblo en hechos: «las turbulencias políticas causadas por la crisis económica, que a su vez activan con fuerza temores latentes asociados con los distintos aspectos de la globalización, deben interpretarse como expresión de una nostalgia de la soberanía (…) como el anhelo por una potencia política capaz de imponer orden en un presente amenazante e incierto» (16).

Pero ¿de qué hablamos cuando hablamos de soberanía? Esta es la primera pregunta que el autor se propone responder. En el primer capítulo se encomienda a trazar una genealogía de una categoría política tan fundamental como escurridiza. En poco más de treinta páginas de historia intelectual se repasan las aportaciones de pensadores como Bodin, Hobbes y Rousseau, pero también de antagonistas de la Ilustración como Joseph de Maistre y posteriormente Carl Schmitt.

En su temprana concepción, la soberanía se entiende como un poder unitario e «ilimitado para quien lo ostenta» (26). La soberanía partirá en Hobbes de un contrato mediante el cual los miembros de una comunidad ceden sus derechos para que esta sea ejercida unitariamente. Rousseau traslada esa soberanía a un pueblo que debe disfrutarla sin  que medie representación alguna. Con la conocida (y ambigua) volonté générale «nace una persona pública que se compone de tantos miembros como tiene la asamblea» (37). La soberanía del pueblo se vuelve ilimitada, aunque la posibilidad de suspenderla por motivos excepcionales queda contemplada. Por motivos obvios, el tema de la excepcionalidad democrática —tan relevante en Schmitt- aparece recurrentemente en el libro—.

El segundo capítulo profundiza en la pulsión religiosa que late en la nostalgia del soberano. El autor analiza así la herencia teológica que, a través de la figura del monarca, arrastra el concepto de soberanía hasta nuestros días. Sin embargo, y es este un punto de gran interés, el elemento místico de la soberanía no nos remite solo a la monarquía. Arias Maldonado trae a la luz, a través Nudith Shklar y su discípulo Patrick Riley, la raíz teológica de la voluntad general. La idea de la generalidad, y su bondad intrínseca frente a la particularidad, procede «de los debates teológicos de finales del siglo XVII» (61). El objetivo es disolver al individuo en la comunidad para evitar que las individualidades agregadas la fragmenten. Pero la cuestión fundamental, y aquí emerge la sombra de Schmitt, es cómo puede el soberano conciliar la deliberación con la toma efectiva de decisiones. La capacidad de decisión unitaria es patrimonio de las dictaduras, pero aspiración de los populismos. En esta vocación unificadora hay un deseo de homogeneidad, alimentado por el miedo a la desintegración. En esta coyuntura, apunta el autor, renace el mito del pueblo: «ese pueblo unido cuya voluntad soberana, se nos dice, debe ser el fundamento de la acción estatal» (71). La era política que comenzó con los ataques del 11S y se sustanció tras la crisis financiera de 2008 ha alumbrado proyectos políticos como el mencionado SYRIZA, el brexit, Donald Trump o, dentro de nuestras fronteras, el independentismo catalán. Todos son deudores, en mayor o menor grado, del mito de la edad de oro que se materializa en la ensoñación soberana del pueblo. Pero la sustitución del monarca por el pueblo mítico resulta, en la práctica, un ejercicio imposible además de —como dice el autor—«una ilusión peligrosa».

En los capítulos tercero y cuarto del libro la tesis del autor cobra toda su fuerza. Si los dos primeros capítulos han servido para situar en la historia del pensamiento tanto el concepto de soberanía como el de voluntad general, y resaltar el poso teológico latente en ambos, los siguientes nos trasladan directamente al presente con el objetivo de ofrecer una respuesta: ¿por qué la nostalgia del soberano?  

La primera respuesta tiene que ver con el futuro. La nostalgia del soberano no puede entenderse sin «la devaluación del futuro que las sociedades occidentales vienen experimentando desde hace algunas décadas» (87). El futuro, como rezaba aquel álbum de The Doors, ya no es lo que era. Ha dejado de ser el horizonte en el que proyectábamos los sueños para convertirse en una oscuridad que sólo augura males. La ausencia de un porvenir prometedor tiene consecuencias en la emotividad política de la población y favorece su receptividad a la llegada de un soberano redentor que asuma los mandos sin interferencia alguna.

Sin la posibilidad de encomendarse al futuro, la comunidad —y de esto se ocupa el cuarto capítulo— cae irremisiblemente en la impotencia. Las promesas no se harán realidad, principalmente porque quien toma las decisiones no puede hacerlas posibles. Por eso es importante recuperar la fuerza soberana. De este sentir emana una creencia: «que la política puede mucho más de lo que suele, de tal manera que si se organizase de otro modo aumentaría su capacidad para ordenar la sociedad de manera más armónica o menos injusta» (126). Arias Maldonado responde con agudeza a estas suposiciones negando que la política sea, o haya sido alguna vez, omnipotente; una idea que sólo resiste desde una concepción —de nuevo— teológica. Las limitaciones de la política tienen muchas causas, como nos recuerda de la mano de Oakeshott o Rorty. Esto no significa que la vieja soberanía se mantenga intacta; los procesos de globalización, así como organismos reguladores y las instituciones supra y subestatales añaden complejidad a la ecuación. Sin embargo, el contrapoder —lejos de ser un obstáculo a la democracia— es un garante de su calidad: «el desarrollo de la economía moderna ha puesto frenos a la acción arbitraria del soberano y ha contribuido con ello a la emergencia de las democracias constitucionales» sirviendo como «un antídoto contra el despotismo» (147).

No es habitual que en los ensayos de filosofía política el autor se atreva —además de presentar un diagnóstico social original y atinado— a proponer un remedio factible al trance social que analiza. Por esta razón es muy de agradecer que Arias Maldonado ofrezca soluciones para atenuar la actual fiebre de soberanía. Y este es el propósito principal del quinto y último capítulo. La falsa creencia en la omnipotencia política conduce necesariamente a considerar que el gobierno que no satisface los deseos del pueblo es incompetente o malvado (165). Por lo tanto, el objetivo, nos dice el autor, es prevenir una emoción política ignorada, que mal gestionada puede alcanzar niveles casi estructurales: la frustración. Para lograrlo, la política necesita rebajar las expectativas de la población y sustituir la fantasía por realismo. Es imprescindible que los ciudadanos asuman que la política «no tiene por objeto hacernos felices ni es responsable de nuestras frustraciones personales» (170).

Si la emergencia de populismos y nacionalismos responde a una nostalgia del soberano, la tarea colectiva es abandonar la noción de una soberanía omnipotente; la soberanía no todo lo puede. Entender, además, que la democracia liberal se define, precisamente, por la limitación del poder mediante el procedimiento. Y este no debe entenderse como un laberinto burocrático ideado para diluir la verdadera voluntad popular. El poder decisorio debe estar debidamente supervisado, pero las limitaciones de la volonté générale hay que asumirlas a nivel individual, cultivando una ciudadanía escéptica, que respete al individuo y favorezca un diseño institucional que lo proteja.

Por lo demás, la actualidad del libro es evidente: la crisis sanitaria global es ya una nueva fuente de inseguridad ciudadana que avivará la nostalgia del soberano. Desde el cierre de fronteras al anhelo del mando único, la demanda de una soberanía sin interferencias, fuerte y poderosa, no ha hecho sino aumentar. Y si las aciagas previsiones económicas se cumplen, veremos cómo las falsas encarnaciones de la voluntad general tratarán de canalizar el descontento, y resurgirán los discursos que defiendan, en la línea de Wendy Brown, que «la función primigenia de la soberanía es emancipar la política de la influencia de otros poderes, y en especial de los económicos» (122).

En definitiva, Nostalgia del soberano es una obra altamente recomendable y enriquecedora en distintas dimensiones. Arias Maldonado domina y ensambla los registros académico y divulgativo, haciendo de la lectura un ejercicio intelectual profundo y asequible. De esta manera, y como hemos adelantado, los dos primeros capítulos funcionan como un breve manual de filosofía política que cualquier interesado en la gestación y evolución del concepto de soberanía podrá disfrutar. Además, gracias a las múltiples referencias bibliográficas, este libro será un fantástico propedéutico para quienes deseen ahondar en los temas tratados. En los tres capítulos que siguen, los dilemas de una larga tradición aterrizan en nuestro agitado presente para radiografiarlo. Finalmente, una adenda prescriptiva da cierre a una importante contribución intelectual que —quizá desafortunadamente— da en el centro de la diana.

08/07/2020

 
COMENTARIOS

busba phimpha 09/07/20 06:34
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El objetivo rector es proteger los intereses de las personas. Los gobiernos soberanos derivan legalmente sus poderes justos del consentimiento de los gobernados. Pero la soberanía estadounidense se justifica por el derecho inherente al autogobierno otorgado por Dios. Micro Surgery Kit

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