Octubre 2020
Revista de Libros

No culpen a las ratas

por Juan Eloy Gelabert

Life in a Time of Pestilence. The Great Castilian Plague, 1596-1601
Ruth MacKay
Cambridge University Press, 2019, 295 pp.

Leída la Introducción de esta obra, y comprobada su fecha de edición (2019), cae de cajón que la elección de semejante asunto por parte de la autora ha sido por entero ajena al escenario que poco después sumiría al planeta en una catástrofe que tal vez pueda alcanzar, o incluso superar, la Segunda Pandemia que entre 1346 y 1352 sembró la muerte y hundió la economía de Eurasia en un marasmo de categoría inédita. Entremedias hubo desde luego otras varias, y ésta que aquí se trata, la que castigó a la Península Ibérica entre 1596 y 1601, si no alcanzó tamaña magnitud, lo hizo también con los Países Bajos, Picardía, Bretaña, Normandía, para descender luego hacia la costa mediterránea y penetrar por el este hasta Turín. Su rastro puede seguirse asimismo por Alemania, Suiza y la costa del Báltico. Milagrosamente parece haber perdonado a Inglaterra. Hizo daño allí donde llegó, como es lógico; pero su impacto sobre Castilla se reveló como particularmente agudo, de ahí que sea frecuente tener a la epidemia de 1596 como el tiro de gracia con el que la economía y la demografía hispanas comenzaron su agonía. Y como a perro flaco todo son pulgas, el mismo mes que el Rodamundo amarraba en Santander con su mortífero cargamento, firmaba Felipe II en El Escorial el decreto de su última bancarrota, no sin antes haber pasado también por el trance de que la ciudad de Cádiz hubiese sido saqueada por una flota anglo-holandesa.

Este libro describe lo acontecido en España desde el mismo momento del desembarco del morbo a través de una perspectiva que deja a un lado los efectos demográficos y económicos para dirigir la atención a lo que pudiera calificarse como la respuesta social e institucional a lo que se le vino encima. Tiene sentido que así pueda hacerse dado que la información ya disponible tanto en lo económico como en lo demográfico exime a la autora de reincidir en ello. Parafraseando su intención, éste no es en verdad un libro sobre la epidemia, sino sobre lo que se movió a su alrededor. Se estructura, pues, en un total de siete escenarios (sites) que rotulan otros tantos capítulos de la obra: el palacio, los caminos, las murallas, los mercados, las calles, los ayuntamientos y los modos y lugares de atención a los contagiados (sickbeds). El interés de MacKay se concentra en estudiar la experiencia de la epidemia en cada uno de tales ambientes, de esta selección de entornos ya políticos, ya cívicos.

Habrá que advertir de inicio que la peste que cruzó de norte a sur la Península pilló desprevenido tanto al país como a sus gobernantes. En la cuenca del Mediterráneo no era infrecuente que la noticia de un brote en Alejandría pudiese llegar a Málaga antes que el propio virus; pero la entrada por una villa marinera del Cantábrico lo tenía todo de inverosímil. Las primeras noticias de la aparición de la enfermedad la sitúan en el triángulo formado por la línea de costa entre Ostende y El Havre con el vértice en Amiens. El tráfico y la información desde esas aguas en dirección a la Península había menguado sobremanera desde hacía tiempo por mor de la guerra con Inglaterra y la República Holandesa. Los virus se movían a lo largo de las rutas comerciales (terrestres y marítimas) trazadas por los hombres, tal como muestra el ejemplo de la Segunda Epidemia (la de 1346-1352)Lars Boerner y Battista Severgnini, “Epidemic Trade”, European Historical Economic Society Working Papers, nº 24, septiembre, 2012.. En su compañía, la de los hombres, fuese montado sobre una rata, adosado a una diminuta pulga o a un travieso piojo, lo hacía el morbo. Si había comercio, si había tráfico, si los hombres se movían, con ellos iba la peste. No culpemos pues a las ratas. Cabe deducir, por tanto, que en 1596, y a pesar del estado de guerra entre Felipe II y sus enemigos, un navío salido de Calais o de Dunquerque podía llegar a Santander y descargar su mercancía tras haber cruzado de un extremo a otro el Golfo de Aquitania. No debiera sorprender tal posibilidad: en la primavera de ese año el ejército de Flandes había tomado Calais, lo que sumado al previo emplazamiento (1590) de un base naval en Blavet (Bretaña), proporcionaba a España un inédito control de ambos extremos del Canal merced al cual la práctica del comercio se hacía bastante menos aventurada. El peaje a pagar por la «vuelta a la normalidad» no tardaría en llegar.

La travesía del virus desde el Canal hasta la costa cantábrica fue en efecto bien rápida. La correspondencia entre los jefes militares ingleses al otro lado del Canal y sus colegas de Londres proporciona noticias al respecto. El 14 de setiembre Sir Edward Norris escribió a Essex desde Ostende para informarle de que el contagio era ya «muy grande en todas estas partes»; dos semanas más tarde, desde Ruán, Robert Rich se quejaba de haber llegado a un «país pestilento, tanto de espíritu como del cuerpo», y a mediados de octubre Sir Anthony Mildman registraba la presencia de la «infección» en PicardíaLos tres testimonios pueden leerse en el correspondiente volumen de los Calendar of the Cecil Papers in Hatfield House que se albergan en British History on Line.. Tratándose de una zona de guerra, y puesto que el calendario anunciaba el fin de la campaña, me atrevería a decir que la dispersión de los ejércitos mercenarios por toda Europa actuó como vehículo en la transmisión del morbo.

Menos de un mes después (tal vez en la primera semana de noviembre) el virus anclaba en Santander. La progresión hacia el sur se reveló fulgurante. El país venía reorientándose en esa dirección desde hacía siglos; en el XVI el desequilibrio se había agudizado. Las corrientes migratorias tomaban esa dirección, y los niveles de urbanización mostraban asimismo una manifiesta superioridad del sur con respecto al norte. Y aunque ni Burgos ni Valladolid podían exhibir en 1596 las mismas credenciales que mediado el siglo, en Castilla la Veja subsistía desde luego una docena de núcleos de población y una red caminera ideales para que la enfermedad pudiera transitar y hacer parada. Allí donde lo hizo dejó huella. La muerte provocó el cese de un buen número de actividades, tanto en los astilleros guipuzcoanos como en la humilde oficina de Juan de Santelices, notario de San Román de Escalante, en Trasmiera, donde en 1597 no se redactó ni una sola escritura. También la pañería de Ávila echó el freno. Salud y actividad económica se revelaron ya entonces difícilmente compatibles, tal como se experimentó en Valladolid a propósito de uno de los principales motores económicos de la ciudad: su Audiencia… Por su parte, la mengua demográfica y el parón de la economía hicieron que la recaudación fiscal se resintiera en el más inoportuno de los momentos. Todo suena muy familiar, muy actual: ahora como hace cuatro siglos se reclamó por los operadores económicos la reducción de los impuestos.

Emergió también entonces el debate a propósito del más elemental y socorrido de los dispositivos arbitrados en todo tiempo para frenar los contagios, esto es, el impedimento a la movilidad, algo que ya Francisco de Vitoria predicara como derecho inalienable (ius peregrinandi). Las gentes se echaban a los caminos huyendo tanto de la peste como de la miseria, y siempre en la misma dirección. «Nuestra experiencia —escribía el corregidor de Arévalo— es que la mayor parte de estas enfermedades proceden de los muchos pobres que llegan desde Galicia y Asturias». Circulaban los pobres, mientras otros eran víctimas del confinamiento, la «informal aunque cruel condición de exilio impuesto por las reglas de cuarentena»; un estado que «más olía a inhumano que a cristiano»; «cosa rigurosa» —se dijo en 1598—. No faltaron municipios que arrojaran de sí a los «pobres forasteros». El viajero se convertía, casi por definición, en un potencial apestado. Nunca antes habían sido más útiles las murallas, complemento ideal de los controles, de la expedición de salvoconductos (trabajo extra para notarios y curas). Cada medida comportaba sin embargo su correspondiente daño colateral; ¿se podía prescindir de los muleteros que entraban vinos y granos? No era excepcional que la peste trajera el desabastecimiento e incluso el hambre. Los dilemas vuelven a sonar familiares: «el desafío consistía en ponderar los peligros de la enfermedad frente a los de un día más sin los productos que proporcionaban la sabia de la vida». Aunque acaso más convincentes que las palabras de la autora sean las de quienes lo vivieron: «Estamos haciéndonos daño a nosotros mismos con nuestras propias manos; estamos matándonos cuando somos nosotros mismos quienes nos encerramos» (Diego de Vargas Manrique, corregidor de Burgos en 1597). Otros, los más afortunados, obviaban el confinamiento trasladándose a una «segunda residencia». Toro acogió a la beatiful people de Valladolid. Por su parte el concejo de Soria multó a los concejales que tomaron las de Villadiego cuando las cosas se pusieron feas.

No faltó el debate moral sobre estas —llamémosles— deserciones tanto de laicos como de clérigos, a quienes estaba confiada la dirección de la república. Enésimo dilema, terreno abonado para las operaciones de la milicia jesuítica, partidaria, por lo general, de salir corriendo; más inclinados a poder continuar ejerciendo su tarea educativa que atender a los necesitados. Teodoro de Beza, heredero de Calvino, sentenciaba por el contrario que, ante la duda, él tenía bien clara la elección: «eran menos culpables los cristianos que habían permanecido habiendo podido huir, que aquéllos que huyeron cuando debieran haber permanecido». Aunque lo cierto es que la situación generada por la epidemia estaba dando pie a una reflexión moral de radio mucho mayor que se trufaba con la acción política. El balance entre salud y economía afectaba de lleno a la toma de decisiones. Había que optar por prohibir o autorizar actividades, movimientos, discriminar entre personas, y en este proceso no siempre la verdad cruda y nuda podía resultar políticamente acertada. «Mi pueblo no está tocado por la peste, se trata de una simple calentura»; «no vengo de Santander, sino de Oviedo». ¿Hasta dónde podía llegar el cristiano, el gobernante cristiano (corregidor, munícipe…) en el uso de tales mecanismos? Ruth MacKay incluye un largo párrafo al efecto del jesuita Ribadeneira publicado en fecha tan oportuna como 1595; resumido: una prudente dosis de engaño en aras de la utilidad o la necesidad nunca podrá ofender a Dios. Queriendo combatir a Maquiavelo, se le acercaba peligrosamente.

En este sentido, y por más que la explicación más común del porqué de catástrofes como ésta se imputara a castigo divino, los españoles coetáneos de los Felipes II y III no entraron en trances de exhibición catárquica mucho más allá de las practicadas en el caso de una plaga de langosta. Las procesiones fueron reservadas por lo general para la acción de gracias, una vez desaparecida la peste. No parece haber hecho falta un Simón que recordara a la parroquia la pertinencia de evitar las aglomeraciones. La sociedad era ya entonces consciente de que la distancia física formaba parte del remedio; la memez de rebautizarla como social no garantiza la mejora de los resultados.  Villas y ciudades hicieron voto a los santos de su elección (Roque, Sebastián, Martín) a los que concurrió sólo el concejo, como fueron los casos de Madrid y Segovia. En ningún momento las gentes dejaron de implorar la protección de San Roque, a pesar de que su tortuoso curriculum vitae hizo necesaria la dotación de garantías adicionales por parte de Urbano VIII en 1629https://fr.wikipedia.org/wiki/Roch_de_Montpellier..

La peste se llevó por delante medio millón de almas, y, aunque con más justificación que hoy, tampoco entonces «fue la aritmética siempre clara». Sorprende no obstante la precisión con la que se llevaron las cuentas de «enfermos», «muertos» y «convalecientes» que día a día se recogían en los hospitales de Sevilla. También recuerdo haber visto en el Archivo General de Simancas el inventario de camas vacías que de tanto en tanto iba remitiendo a la Corte el corregidor o lo que fuere de algún lugar en Castilla… Dado que la peste y otras pandemias han desaparecido del horizonte europeo hace ya algo más de dos siglos, no es fácil asimilar la familiaridad con que nuestros antepasados afrontaban el morbo. La repetición del fenómeno había permitido a las ciudadanías desarrollar mecanismos para encararlas. Si alguna ventaja tenía la recurrencia era precisamente ésta. En fin, ante la escasez de relatos urbanos («no había mucho que contar») deduce la autora que acaso bastante más preocupante que la peste sería el hambre —y tal vez más mortífera también, aunque con un carácter menos explosivo. En ambos casos, no obstante, «tanto la cultura política con los principios institucionales» previos a 1596 resultaban perfectamente identificables tras el paso de la tempestad. 

Quiero pensar que este libro merecerá el correlato de una inmediata traducción. Pues no es la peste la protagonista, sino el contingente humano que debió afrontarla. Tan víctima fue del contagio como protagonista de su curación.

25/09/2020

 
COMENTARIOS

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