Las consecuencias económicas de la paz

por Juan Uña

Nota de Revista de Libros

La Lectura, subtitulada “Revista de ciencias y de artes”, que apareció en Madrid entre 1901 y 1920, fue una de las más interesantes publicaciones españolas de la primera mitad del siglo XX. 

Dirigida a lo largo de esos veinte años y de sus 59 números por Francisco Acebal (1866-1933), abogado y escritor ligado a la Institución Libre de Enseñanza, tuvo entre sus colaboradores a Ortega, Antonio Machado, Unamuno, Ramiro de Maeztu, Azorín, Pardo Bazán, Menéndez Pidal, Gumersindo de Azcárate, Joan Maragall, Juan Ramón Jiménez, entre otras grandes figuras de la cultura española. Pero, sobre todo, y esto fue, sin duda, lo más importante para la calidad y coherencia de La Lectura,   contó desde 1901 con la colaboración de Julián Juderías (1877-1918), inicialmente como comentaristas y crítico de libros en diversos idiomas (Juderías dominaba, además del francés, inglés, italiano y portugués, el alemán, ruso, húngaro y las tres lenguas escandinavas) y más tarde, sin abandonar la recensión de libros, como articulista sobre temas históricos y políticos, hasta ser nombrado Redactor-Jefe en 1913. Desempeñó este puesto hasta su fallecimiento en junio de 1918, con solo 41 años, víctima de la epidemia disparatadamente conocida como “gripe española”.  La Lectura solo le sobrevivió dos años.

Juan Uña Shartou (1871-1948), doctor en Derecho, ligado también a la Institución Libre de Enseñanza, de la que fue profesor, y al Instituto de Reformas Sociales, no publicó apenas sobre materias económicas o monetarias, este no era su campo. Lo que revelaba su comentario sobre “Las consecuencias económicas de la paz”, publicado por J.M.Keynes a finales de 1919 y convertido muy pronto en un best-seller mundial, era su sensibilidad y comprensión de los problemas que iba a generar o provocar el Tratado de Versalles.  

La lectura del comentario de Juan Uña, redactado hace un siglo, junto con las reflexiones, hoy,   de Francisco Cabrillo nos ayudan a entender la importancia del libro de Keynes y las razones de su enorme éxito: desgraciadamente, Keynes cosechó un gran éxito, pero su disección del Tratado de Versalles no alteró,   ni consiguió desviar o detener el nuevo viaje de Europa hacia un  segundo y aún más  terrible desastre. 

A continuación reproducimos el artículo de Juan Uña que se publicó en el número 233, mayo de 1920, de La Lectura.

***

Las consecuencias económicas de la paz. Opinión de un economista inglés. Exposición de un libro sensacional. Por Juan UñaThe Economic consequences of the peace, by John Maynard Keynes. London, 1920..

El que haya tenido la fortuna de penetrar en la vida espiritual de esas viejas universidades inglesas Oxford y Cambridge, y de conocer de cerca a sus hombres, no podrá ver nunca con indiferencia nada que de ellas proceda. De las etiquetas que los hombres se ponen, acaso ninguna ofrezca una garantía más valiosa de pureza de intención, de idealidad y de serena firmeza.

Por eso, al ver en la Prensa y en las revistas extranjeras la noticia de la publicación de un libro sobre Las consecuencias económicas de la Paz, firmado por un Fellow de King's College, de Cambridge, que había asistido como representante del Tesoro inglés, al que perteneció durante la guerra, a la Conferencia de Versalles, era de esperar que este libro, tuviera el valor científico que tuviera, había de ser voz de sinceridad y de justicia. En efecto, no bien hubo aparecido, no sólo la prensa y las revistas inglesas y americanas se ocuparon de él sino que llegó a ser objeto de las más apasionadas críticas y de las mayores alabanzas y, sobre todo, causa de emoción profunda en todos.

Y es que el libro de John Maynard Keynes, excelentemente documentado, lógica y científicamente razonado, no es un libro más, es la voz de una conciencia honrada y valiente. Por eso en Francia misma, donde indudablemente ha producido una impresión desagradable, en general, sobre todo a los elementos reaccionarios, no han podido por menos de dedicarle aquella atención preferente que todo país de espiritualidad y de profunda cultura dedica siempre a toda obra que, aún contrariando y hasta mortificando sus sentimientos nacionales, se impone, porque tal vez encierra en su entraña el grano de ver dad y de justicia, salvación acaso del mismo mortificado.

Apenas publicado este libro, la autoridad de míster Charles Gide aconsejaba su traducción inmediata al francés, y en todas las grandes revistas francesas, desde la vieja Revue des Deux Mondes hasta las más avanzadas, se han ocupado y se ocupan de él.

A nosotros nos parece un libro humano y noble, y un libro aliadófilo en el sentido de más elevada espiritualidad que esta palabra ha tenido, y constituyendo su cuerpo sendos capítulos de cifras y consideraciones económicas, necesarias a los fines del autor, desbordan sobre ellos la espiritualidad, la fina psicología y el idealismo que acaso le valen el dictado de utopista.

Este libro es un libro trágico. Su autor, ya desde el principio, está imbuído en tal sentir ante el contraste de la inmensidad de la obra que la Conferencia de la Paz tenía entre manos con la limitación del factor “hombre” que la va a realizar; de su transcendencia con la ligereza, la torpeza, la ceguera, los mil defectos de su ejecución. Así hace notar qué mezcla de gravedad y futilidad tenían todos los actos de París y la vaciedad de ciertas decisiones que, al parecer, debían estar preñadas de consecuencias. Y estas observaciones tan graves terminan con una frase desconcertante: “El pueblo inglés pensaba que París trabajaba en la mayor confusión, pero no se interesaba en ello. Con este espíritu aceptó el Tratado, sin leerlo".

Hemos visto cuán directa y dolorosamente ha afectado esta gran catástrofe al mundo entero; no hay ser humano en cuya vida no haya repercutido. La obra de la paz es, pues, obra para la humanidad, y ese todo inmenso y complejo ha quedado resumido en cuatro hombres: Clemenceau, Wilson. Lloyd George y Orlando. Nunca en la historia ha pesado una representación tan extensa y tan abrumadora sobre menos individuos; nunca se ha dado mayor aprecio al valor individual. Pero parece que se siente un estremecimiento y un gran malestar pensando que la suerte de todos esté en tan pocas manos, manos al fin pecadoras, y Keynes, en su descripción de la Conferencia, descripción de la mayor sobriedad, pero de un vigor, una realidad y una finura de detalles que hacen de ella una hermosa página de literatura histórica, empieza por darnos idea tan vigorosa como descorazonadora de quiénes y cómo hacen el Tratado.

En cuanto las principales líneas económicas del Tratado responden a una idea razonada, "esta idea -dice- es la de Francia y la de Clemenceau".

"Clemenceau -dice- era con mucho el miembro más eminente del Consejo de los Cuatro, y tenía bien tomada la medida de sus colegas. Era el único capaz de tener una idea y al mismo tiempo apreciarla en todas sus consecuencias. Su edad, su carácter, su ingenio y su aspecto se aunaban para darle un relieve de líneas definidas sobre un fondo confuso. No se le podía despreciar ni dejar de amarle. Lo único que se podía hacer era tener ideas diferentes acerca de la naturaleza del hombre civilizado, o, por lo menos, entregarse a otras esperanzas.

"La cara y las actitudes de Clemenceau son universalmente conocidas. En el Consejo de los Cuatro llevaba una chaqueta de bordes cuadrados, de paño negro muy bueno, y cubrían siempre sus manos guantes grises de Suecia. Sus zapatos fuertes, de forma rústica, eran de becerro negro, cerrados cuidadosamente con hebilla en vez de cordones. En la sala de la casa presidencial, donde se celebraban las reuniones del Conse jo de los Cuatro, ocupaba un sillón cuadrado de brocatel ante la chimenea, entre Orlando, a su izquierda, y Lloyd George, a su derecha; Wilson en frente, al lado de la chimenea. No llevaba papeles ni cartera, ni le acompañaba ningún secretario particular, aunque estaban presentes varios ministros y funcionarios franceses competentes. Su porte, su voz, sus manos, no carecían de vigor; pero, sin embargo, sobre todo después del atentado de que fue víctima, parecía un hombre muy viejo que guarda sus fuerzas para las ocasiones graves. Hablaba poco, dejando a sus ministros que expusieran la causa de Francia; cerraba con frecuencia los ojos y se arrellanaba con una cara impasible, apergaminada, y sus manos, enguanta das, cruzadas delante.

"Generalmente le bastaba una frase breve, incisiva o cínica, una pregunta, una desaprobación, no fundada, a sus ministros, sin guardar siquiera las apariencias, o una obstinación reforzada por algunas palabras vivas, pronunciadas en inglés. Jamás le faltaron elocuencia ni pasión cuando las necesitó, y la explosión repentina de la palabra, seguida de una tos profunda, producían su efecto más por la fuerza y por la sorpresa que por la persuasión".

Keynes resume el espíritu que Clemenceau llevó a la Conferencia en esta frase: Dice de él: "Sentía, respecto a Francia, lo que Pericles, de Atenas: lo único que valía la pena, estaba en ella, lo demás no tenía ningún interés. Tenía una ilusión: Francia, y una desilusión: la humanidad, incluyendo a los franceses y no menos a sus colegas".

No cabe nada más vigorosamente y más sobriamente expresado, y de ello pueden deducirse como consecuencia cuál había de ser su concepto de la política de la paz: la sumisión absoluta del vencido, el menosprecio de los idealismos pacifistas, en una palabra, el sentimiento pesimista de que la guerra ha sido un episodio de un orden de cosas que fatalmente continuará. Los Catorce Puntos y la Liga de las Naciones eran para él poco menos que una monserga. Este hombre viejo hace una obra para el porvenir mirando sólo al pasado.

Si al hombre idealista y de buena fe que esperaba la paz como el albor de un nuevo día, lleno de esperanzas, le ha de causar mala impresión este juicio, aún ha de sufrir una emoción más dolorosa al conocer el análisis despiadado que Maynard Keynes hace de la intervención de Wilson. Los Catorce Puntos y los Ejércitos de Foch nos arrancaron de la vorágine que se estaba tragando al mundo. El enemigo entregado. Wilson embarco para Europa con el prestigio más grande que jamás alcanzó un hombre en la Historia. La humanidad entera le aclamaba más que como vencedor como a un profeta. Tenía además tras de sí la fuerza material. Europa debía la vida a su Ejército y a sus provisiones. ¿Qué pasó luego? ¿Cómo con sintió el Presidente que el Tratado de Paz suplantara a los Catorce Puntos?

Keynes, con la dura serenidad anglosajona, contesta diciendo: “Las causas eran muy vulgares y muy humanas. El Presidente no era ni un héroe ni un profeta; no era siquiera un filósofo; no era más que un hombre bien intencionado, con muchas de las debilidades de los demás hombres, sin la preparación intelectual suficiente para avasallar, que hubiera necesitado para luchar con sus compañeros de Conferencia, más hábiles y más astutos. La insensibilidad de Wilson al mundo exterior era absoluta, y Keynes llega con sangrienta irreverencia a decir de él: “Este don Quijote ciego y sordo entraba en una caverna donde estaba su adversario con el acero rápido y tajante en la mano”. Además, no traía plan concreto preparado, desconocía Europa y su espíritu era tardo y rígido.

El Presidente, dominado por sus colegas, abandonado y solo entre tanta gente, llegó al punto de ordenar que su barco, el George Washington estuviera preparado para llevarlo a América. Al fin no sucedió así, continuó la Conferencia; pero el espíritu de los Catorce Puntos no flotaba ya sobre ella.

Aunque no es objeto de una descripción especial, y sólo de indicaciones sueltas acerca de su inteligencia y habilidad, en este lugar del libro a que me vengo refiriendo, no queda bien parado tampoco Lloyd George en estos cuatro renglones: "En el último momento deseó Lloyd George usar de la mayor prudencia, y descubrió horrorizado que no podía convencer en cinco días al Presidente de lo erróneo que era aquello que había tardado cinco meses en hacerle creer que era bueno y justo".

Pero si aquí no está más explícito, y harto dice, en el capítulo 5.º, al hablar de las reparaciones, no se recata para condenar al primer Ministro, diciendo de él que por razones egoístas, personalísimas, de política interior, por sostener su posición personal en Inglaterra, convocó unas elecciones generales, acto perfectamente inmoral, y dejándose llevar de su ambición, si guió la corriente patriotera, y pocos días antes de la elección llegó a cambiar toda su moderación de gran estadista, en lo que a la paz se refería, y, aun contradiciéndose a sí mismo, ofreció el programa de la intransigencia y del despojo.

He aquí, pues, la psicología íntima de la Conferencia de la Paz, según Maynard Keynes, testigo de vista, de mayor excepción, con cargo oficial en ella, financiero, publicista y cambridgeman.

¿Qué podía salir de ahí?

"Alemania -dice Keynes- firmó el armisticio confiada en los Catorce puntos del Presidente, ideal hecho ley. Pero este ideal fue escamoteado en el Tratado: Alemania fué engañada, y la paz ha sido una paz de violencia. El Tratado despoja a Alemania, no ya de toda riqueza actual, sino de todos los medios de producirla, y, por tanto y de rechazo, esta paz injusta para Alemania es impracticable y perjudicial para los aliados. La marina mercante alemana, la industria, los transportes, el mercado, el capital humano alemán, de todo ello es desposeída Alemania, sometida a servidumbre económica ilimitada. El carbón y el hierro han sido la base de su obra. Pierde el carbón y pierde el hierro."

Keynes afirma en redondo, y maneja toda clase de cifras y datos para demostrar que el Tratado es irrealizable. Europa constituye un todo económico: la ruina de una de sus partes más importantes implicaría la desorganización y hasta la ruina de las demás. Calculado, según las disposiciones del Tratado, en 200.000 millones de francos lo que Alemania debe entregar a los aliados, y en 50.000 millones su potencia financiera, resulta una diferencia tan enorme que no se ve media de llenarla.

Juzga míster Reynes como una de las mayores locuras políticas de los hombres de Estado haber hecho caballo de batalla que pague Alemania los gastos de guerra, estimando que Europa se hubiera encaminado hacia un porvenir muy diferente si Lloyd George y Wilson hubieran comprendido que los problemas más importantes que hubieran debido ocuparlos no eran ni políticos, ni territoriales, sino financieros y económicos, y que los peligros que amenazan a Europa son la falta de aprovisionamiento, de carbón y de transportes. Europa no podrá vivir sin la generosidad de América, que hubiera podido obtenerse en los comienzos de la Conferencia, en cuyo momento se hubieran podido hacer proposiciones para la anulación de la deuda interaliada, la fijación en 2.000 millones de libras de la indemnización de Alemania, la renuncia de Inglaterra a parte alguna de esta suma, el establecimiento de un crédito en obligaciones alemanas representando la suma que habrá de pagar y la autorización a las potencias centrales para emitir bonos para su restauración.

No se hizo esto y no se fijó tampoco en el Tratada la suma que representa la deuda de Alemania, creándose con esto una situación tan difícil para ella, que no sabe fijamente lo que tendrá que pagar, como para los aliados, que no saben con qué podrán contar.

¿Qué medios tiene Alemania para pagar su deuda ? Riqueza fácilmente transmisible como oro, barcos y valores extranjeros, bienes situados en los territorios cedidos o evacuados o rentas anuales repartidas en varios años, bien en especies, bien en materiales, como hulla, potasa y productos colorantes. Todo ello, en junto, da una capacidad de pago para Alemania de 2.000 millones de libras. Para apreciar esta cifra conviene recordar que la riqueza de Francia era en 1871 igual a la mitad de la de Alemania en 1913. Por tanto (prescindiendo de los cambios en el valor de la moneda), una indemnización alemana de 500 millones de libras sería igual aproximadamente a la suma pagada por Francia en 1871; pero como el peso de una indemnización aumenta en proporción mayor a su cifra, el pago por Alemania de 2.000 millones tendría consecuencias más graves que el pago por Francia de los 200 millones en 1871.

***

El pesimismo general del libro se acentúa aún más en el estudio de la situación de Europa después del Tratado. "Es realmente extraordinario - dice que el Consejo de los Cuatro, teniendo a la vista una Europa que se moría de hambre y que se desintegraba materialmente, diera de lado a este problema y el Tratado no comprenda ninguna disposición que tienda a remediarlo". Su única preocupación económica fueron las reparaciones, acerca de las cuales ya hemos indicado cuál es el criterio del autor.

Europa no se puede alimentar a sí misma. Una compleja organización económica de producción y transportes le proporcionaba su alimento de los otros continentes. Destruida esta organización y suspendidas las importaciones, una gran parte de la población europea no tiene que comer y no le queda el recurso de la emigración, porque ni tiene barcos para irse ni se puede asegurar que fuera recibida en otra parte.

El informe del conde Brockdorff-Rantzau a la Conferencia de la Paz de 13 de mayo de 1919 sostiene que la ejecución de las condiciones del Tratado sería tanto como condenar a muerte a millones de personas en Alemania. Esta era un estado agrícola que podía mantener 40 millones de habitantes; se convirtió en un estado industrial que mantenía 67 por la importación. Antes de la guerra 15 millones de personas vivían en Alemania del comercio exterior, la navegación y del uso directo o indirecto de las materias primeras extranjeras.

Disminuida la producción, perdidas las colonias, perdida la marina mercante, perdidas sus colocaciones de capitales en el extranjero, es imposible que importe lo suficiente para vivir, tendrá que desaparecer gran parte de su industria, lo que hará aumentar su necesidad de importación al mismo tiempo que

disminuirá su posibilidad.

Keynes dice francamente que estos argumentos no tienen réplica, y que algunas de las grandes catástrofes de la Historia que han retrasado durante siglos el progreso de la humanidad son debidas a las reacciones violentas que siguen a la desapa rición de los medios y condiciones existentes que venían fa voreciendo el crecimiento de la población.

***

Después de la crítica del Tratado, daro es que mister Keynes tenía que dar algo a la parte constructiva y proponer sus remedios. Lo hace con las salvedades consiguientes e indica los siguientes: 1.ª Revisión del Tratado. 2.ª Arreglo de las deudas interaliadas. 3.ª Empréstito internacional y reforma de la moneda; y 4.ª Relaciones de Europa Central con Rusia.

Ya el general Smuts y Wilson mismo iniciaron, al firmarse el Tratado, la idea de su revisión, indicando que la Liga de las Naciones corregiría muchos de sus defectos, modificaría ciertas garantías, castigos e indemnizaciones.

En cuanto al arreglo equitativo de las deudas interaliadas míster Keynes propone a su país, la Gran Bretaña, que demuestre con actos su sinceridad y buena fe, abandonando todas sus reclamaciones de pago en dinero a favor de Bélgica, Servia y Francia, para que íntegramente los pagos hechos por Alemania vayan en primer lugar a las naciones y provincias que han padecido la invasión.

Piensa míster Keynes que las necesidades de Europa son urgentes, que sus males presentes (excedente de la importación sobre la exportación, cambios desfavorables, desorganización de la circulación), sólo podrán remediarse y lograr el restablecimiento de la producción con medidas no temporales de socorros del exterior, sino definitivas. Esto es, con un empréstito nacional que recaería de momento sobre los Estados Unidos. Pero tal y como están las cosas éstos no lo darán, y Keynes dice que no deben prestar un céntimo, a los Gobiernos actuales de Europa, que tal y como son, consagrarían ese dinero a una política contra la que seguramente están unidos el partido republicano y el demócrata. Pero si Europa derroca sus falsos ídolos y sustituye en su corazón el odio y el nacionalismo por la solidaridad de la familia europea, el pueblo americano tendría el deber de completar la obra de salvación de Europa que inició.

Por último, en cuanto a las relaciones de la Europa Central con Rusia, Keynes cree que después de 1920 Europa tendrá más precisión que nunca del aprovisionamiento ruso, y que, por tanto, si no se reanuda el comercio con Rusia, el trigo será escaso y caro. El bloqueo de Rusia por los aliados es tan absurdo, que no es el de ella sino el de toda Europa. Hay que abandonarlo en absoluto y ayudar a Alemania para que ocupe su lugar en Europa contribuyendo, cosa que ella sólo puede hacer, a la creación y organización de la riqueza de sus vecinos. Si no se permite a Alemania que se aprovisione en Rusia, nos disputará los productos del Nuevo Mundo.

De esta situación no se intentará salir por medio de la violencia. Los más desesperados, convencidos de que las privaciones económicas provienen de una situación general, no creen en la eficacia de una revolución. La ruina será lenta, y esto tendrá la ventaja de permitirnos volver sobre nuestros pasos. Los hombres de Estado no tendrán poder para dirigir los acontecimientos próximos, que se deberán a las corrientes desconocidas que corren bajo la superficie de la Historia. ¿Cuál es el medio único de dirigirlas? Poner en juego las fuerzas de la educación que modifican la opinión. Proclamar la verdad. Ensanchar la educación del corazón y de la inteligencia.

He aquí como este hombre de cifras, financiero, de sentido práctico británico, al final de un libro copioso en datos y argumentos económicos, acaba recurriendo al supremo principio de todos los grandes pensadores: a la conciencia humana purificada, y reflexionando sobre esto pensamos que acaso el pesimismo de este libro no es pesimismo, sino apreciación real de las dificultades humanas y de la lentitud de ese camino; es optimismo en cuanto es fe en algo que en definitiva depende de la humana voluntad, en algo que se puede hacer, y que, si se hace, es de solidez inconmovible.

Loados sean estos universitarios ingleses, cultos y refinados como atenienses, fieros y duros como espartanos, porque ellos, conservadores sempiternos, son los grandes revolucionarios, paladines indomables de la verdad y del ideal.

24/12/2020

 
COMENTARIOS

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Quizá sea interesante añadir que Juan Uña había sido el traductor de esta obra, para la editorial Calpe, en 1920. Y que tradujo otras obras de economistas, por ejemplo, la "Autobiografía" de J.S. Mill.
Por otra parte, la reseña de Uña no fue la única que tuvo el libro de Keynes en España. Conozco, al menos, la de Fabián Vidal (seudónimo de Juan Fajardo), director de "La Voz", el periódico vespertino de Urgoiti, en el que se publicó con el título "De la batalla a la colaboración" (8 diciembre 1920). Aunque aliadófilo en sus crónicas de la Gran Guerra, que le hicieron famoso, se mostró muy de acuerdo con los puntos de vista de Keynes.
Feliz año a todos y, en particular, al director, Álvaro Delgado-Gal para que continúe su trabajo al frente de Revista de Libros

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