Septiembre 2020
Revista de Libros

Gracia y desgracia del Sacro Imperio Romano Germánico

por José Esteve Pardo

Gracia y desgracia del Sacro Imperio Romano Germánico. Montgelas: el liberalismo incipiente
Francisco Sosa Wagner.
Madrid, Marcial Pons, 2020.
270 págs.

Nos emplaza este libro ante unos personajes, unos territorios y unos tiempos de la historia a los que solo podía conducirnos la libérrima voluntad que caracteriza a su autor. Difícilmente nos habríamos aproximado a ellos si no contáramos con la invitación y guía que Sosa Wagner nos ofrece en su último trabajo.  

El personaje central, Maximilian Graf von Montgelas, es un perfecto desconocido entre nosotros –también, todo sea dicho, entre muchos iuspublicistas alemanes- y, en cualquier caso, parece del todo eclipsado por el gran reformador prusiano, de la misma época y sobre similares asuntos, Heinrich F. K. vom Stein, al que, entre otras aportaciones, se le atribuye la autoría de la primera norma que reconoce la autonomía municipal en su concepción moderna, la Ordenanza de las ciudades de 1808.

Y es que al lado de Prusia, la gran potencia emergente, Baviera, donde se sitúa el escenario central del libro, es por entonces un territorio periférico, sujeto a las tensiones, y pretensiones, de las dos potencias germánicas: Prusia y Austria.  Con la importante singularidad, perfecta y sugestivamente captada por el autor, de que, en ese momento, otro agresivo poder, portador además de nuevas ideas y proyectos transformadores, se hace muy presente en Baviera: la Francia napoleónica.     

La época, en fin, no es la más brillante del que se presenta como el objeto más genérico del libro: el Sacro Imperio Romano Germánico. Es el momento de su ocaso. Mostrando además la historia posterior dos reediciones del modelo imperial germánico: el segundo y el tercer Reich, que han suscitado mucha mayor atención, sobre todo el último, por lo terrible y dramático que fue no sólo para el mundo germánico, sino para la humanidad entera.

Es por ello que solo se podía recalar en esta encrucijada de la historia, de la geografía europea y de las ideas políticas, si a ella nos conducían los muy personales designios de Sosa Wagner. Estos, como él mismo comenta en las primeras líneas, proceden de un proyecto creativo: una novela que guarda inédita en un cajón, según nos desvela, sobre los amores y relaciones de Luis I de Baviera y la bailarina Lola Montes. El libro que ahora se edita resulta del trabajo de documentación para el andamiaje de esa novela. Sosa buscó en los antecedentes del momento a recrear y se dio de bruces con otro personaje que le cautivó por motivos muy distintos: el marqués de Montgelas. Para contextualizarlo a su vez, nos aproxima a la historia de Baviera y, a través de ella, a la del Sacro Imperio Romano Germánico en la que se integraba.

Con este autor y las novelescas motivaciones que impulsan su investigación histórica, no es de extrañar que ésta discurra por ambientes propicios a la evocación literaria. A mi me movió a la relectura de “La Cartuja de Parma”, que se sitúa en el mismo periodo en el que Sosa Wagner fija el eje de su estudio histórico, con numerosas y sugerentes similitudes: dos territorios, dos cortes, Baviera y Parma, bajo la presión de poderes superiores; unos príncipes que, atados todavía al orden anterior, huyen ante la llegada de Napoleón para regresar poco después tras su derrota y la restauración monárquica; los austríacos, como guardianes de ese orden, presentes en ambos territorios con Viena como capital lejana, pero efectiva; el conde Mosca que -por mucho que se diga que Stendahl se inspirara en Metternich- podría muy bien ser Montgelas; los espías y la represión de los ilustrados, tildados comúnmente de jacobinos; el destacado protagonismo de obispos y prelados; la influyente presencia de los jesuitas, con los que se educan los principales personajes en ambos relatos. Dos ambientes muy similares, en fin, a un lado y otro de los Alpes, que Napoleón se encargaba de conectar con su dominio y presencia en ambos.

Tal vez en el libro de Sosa Wagner no se advierta protagonismo femenino relevante alguno (salvo, tal vez, el no muy lucido de Ernestine, la esposa de Montgelas), en contraste con el que se muestra en la novela de Stendahl:  destacadamente, el de la duquesa de Sanseverina y Taxis, que el lector podrá emparentar a su conveniencia con los Thurn und Taxis, muy presentes en el relato de Sosa sobre el Imperio Germánico en su fase crepuscular. Pero ese hueco en el reparto femenino lo colmará sin duda, en la novela que esperamos, un personaje tan desbordante como fue la Lola Montes.

En cualquier caso, por ciertas y reconocidas que sean sus motivaciones literarias, la investigación histórica que realiza Sosa Wagner tiene sobrada entidad para presentarse como un estudio muy relevante de historia de las instituciones y las ideas políticas. La formación y altura académica del autor dejan así su marcada impronta en este trabajo, inicialmente concebido como de documentación para sustentar la trama de una novela. El estudio resultante es una exposición muy clarificadora sobre tres fases de la historia centroeuropea, presentadas de manera tan sugestiva que fácilmente las ponemos en relación, contrastándolas, con nuestra propia historia. Se presenta en la primera lo que quedaba del Sacro Imperio Romano Germánico en el siglo XVIII. La segunda repara en el impacto que sobre éste tuvieron las ideas con origen en el pensamiento ilustrado, que encontraron en Montgelas un acertado intérprete para su aplicación a Baviera. Finalmente, se analiza y destaca lo que de todo ello ha perdurado en las instituciones y el derecho tras las convulsiones y guerras napoleónicas que acabaron en el Congreso de Viena, donde se diseña un nuevo orden en Europa.

La estructura política e institucional del Imperio, expuesta con la maestría que sabe desvelar las claves de su compleja maraña, nos muestra la constante aspiración a la unidad de los territorios de la Europa central para integrar en ella los particularismos territoriales. Se articuló así un orden en dos niveles institucionales, el del Imperio, el Reich, y el de los poderes territoriales: algunos de éstos, pocos, llegaron a configurarse como reinos (el caso de Prusia por ser inicialmente un territorio periférico, colonial) y otros como ducados o, en no pocos casos, como ciudades autónomas (ciudades estado) insertas en la superior estructura imperial que con el tiempo fue perdiendo entidad, hasta su disolución en 1806 por Napoleón. Pero siempre se ha mantenido, antes y después, ese anhelo de unidad por encima de los territorios. Son varias las coberturas políticas e ideológicas que se han buscado para ello a lo largo de la historia. La continuidad del imperio romano, que pronto se vio inviable;  la versión política y secular de la cristiandad, que se quiebra con la reforma protestante; la búsqueda de una estructura para el mundo germánico. Cuando éste es incapaz de sobreponerse a los particularismos territoriales, se fía todo al liderazgo de una de las dos potencias, Austria o Prusia. Finalmente es Prusia la que se impone, volcando Austria su singular proyecto imperial sobre los pueblos eslavos del este. El II y III Reich se montan ya sobre un germanismo supremacista con desastroso y traumático final en ambos casos. Se reedita entonces la idea de unidad europea en la que el impulso germánico habría de integrase y desactivarse. Es bien significativa aquí, procedente de la academia, la obra de P. Koschaker, “Europa y el derecho romano”, aparecida muy significativamente en 1946, apuntando, tras el desastre, a la orientación europeísta sin pretensiones germanizadoras en la que ese continuado impulso ahora se encuentra. En cualquier caso, la Alemania actual como depositaria de todas estas experiencias (la última, la reunificación de las dos repúblicas de la postguerra) ha ganado una gran versatilidad –una marcada orientación federalista, podríamos decir también-, versatilidad que le da una notable capacidad de adaptación e implicación en el proceso de unificación europea.

Pero cuando ese proyecto integrador se ha centrado solo en el espacio germánico, Francia se ha sentido siempre amenazada, tratando de abortarlo si se sentía fuerte militarmente, como se sintió con Napoleón que, “henchido de gloría y ansia de vasallaje”, procedió a enterrar los restos del Sacro Imperio Romano Germánico en 1806. En el libro se apunta e insinúa de manera recurrente que a Napoleón -en cuya compleja personalidad predominaba el genio militar- le movía el afán de dominación y no la propagación por Europa de las nuevas ideas que arrancaban en el pensamiento ilustrado y se expanden con la revolución. Es ahí donde Montgelas cobra entidad y protagonismo -iluminado con el certero dibujo de su personalidad trazado por Sosa Wagner- pues, convencido como está, de la necesidad de reformas con el aporte de las nuevas ideas, es al mismo tiempo fiel a la cultura alemana con los matices que se advierten en su querida Baviera. En ella introdujo toda una serie de novedades que afectaban al entero tejido institucional: desde la enseñanza y universidades o la planta judicial, hasta la organización territorial inspirada en el modelo francés con la inserción de la estructura departamental que cristaliza en los Bezirke o distritos. Entre las muy sugerentes consideraciones que realiza el autor sobre estas reformas puede repararse aquí en la secularización que conllevó la venta de los bienes eclesiásticos. Una operación necesaria sin duda pero que, puntualiza Sosa, no alcanzó los resultados dinamizadores que de ella se esperaba, al quedar ese patrimonio en manos de aprovechados y logreros próximos al poder, tal como sucediera en España con los procesos desamortizadores en los que ahora se advierte también el negativo efecto ecológico, con la destrucción de muchas masas forestales para el beneficio inmediato de los nuevos propietarios. La única defensa la levantaron los primeros ingenieros de montes, formados precisamente en Alemania, con la categoría protectora de los montes catalogados, que formaban originariamente el “catálogo de montes exceptuados de la desamortización” por sus valores naturales.

Pero no hubo tiempo para que las reformas internas en Baviera la propulsaran al rango de potencia. Del Congreso de Viena salieron muy reforzadas Austria y Prusia, que contaron además con políticos y reformadores de gran talla para administrar su ventaja: Metternich, Hardenberg, Willhelm von Humboldt, entre otros. Baviera quedó entonces –ya sin Montegelas- como un reino menor, apartado de los circuitos del progreso y la industrialización, mientras su monarca construía castillos en los Alpes valorados luego por la estética Disney. Su capital, Munich se convirtió así en la ciudad más barata de Alemania (hoy la más cara), con una población bohemia de artistas, estudiantes, vividores y truhanes que acabó congregando en sus cervecerías a los primeros nazis (que, cuando llegaron al poder, le otorgaron el poco honroso título de Haupstadt der Bewegung, capital del movimiento). Su total transformación fue tardía, tras la Olimpiada de 1972 y las ventajas que adquiere, precisamente, por su escasa industrialización y su maravilloso entorno natural. Gracias a ello Munich se convierte en polo de la transformación tecnológica y en la mayor potencia universitaria y editorial de la órbita germánica. 

Pero esa es la realidad actual, bien conocida, sobre todo por quienes la hemos vivido durante varios años. Por ello, uno de los muchos atractivos del libro está en mostrarnos con toda su viveza lo que fue y lo que desconocíamos. Esa pequeña corte, como la de Parma, con una limitada nómina de personajes que tienden por ello a sobreactuar, centrará la novela que Sosa Wagner nos anuncia. Una novela de la que este libro, tal vez inaugurando un género, constituye el preludio histórico. 

10/09/2020

 
COMENTARIOS

tekrysbyuis 10/09/20 10:56
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