El Ortega/Leibniz de Javier Echeverría

por José Luis González Quirós

Los escritos de Ortega y Gasset ocupan miles de páginas bajo centenares de títulos y tienen la rara virtud de no dejar nunca indiferentes a sus lectores, ya que abundan los que se abonan al entusiasmo pero no escasean los que escogen el desdén. Sus escritos son, en apariencia, fáciles de leer, breves por lo general, y pueden parecer de musicalidad más literaria que académica o erudita. Sin embargo, el libro de Ortega y Gasset, de cuya edición nos ocupamos, puede verse como la gran excepción con que nuestro autor pretendía desautorizar de forma concluyente las críticas envidiosas que se le hacían de dar gato literario por liebre metafísica. El filósofo madrileño no llegó a ver publicado un texto en el que trabajó intensamente durante 1947 en su exilio lisboeta y que, sin duda, representa uno de sus logros más hondos y elaborados.

La presente edición no es una edición crítica, según Javier Echeverría, ya que reproduce el texto establecido en la edición reciente de las Obras Completas (2009), sino una edición ampliada, pues añade al contenido ahora canónico 587 anotaciones y marginalia del propio Ortega, algunas bastante extensas. Además, los textos orteguianos están precedidos por tres estudios introductorios, «Ortega en 1947» de Javier de Salas, «El Leibniz de Ortega» de Concha Roldán y «Encuentros de Ortega con Leibniz» de Javier Echeverría, también autor de 637 notas al píe de los textos inéditos procedentes de los archivos que conserva la Fundación Ortega. Este libro se ha convertido en una aportación inexcusable para el estudio y comprensión del filósofo madrileño.

Echeverría considera que La idea de principio en Leibniz y la evolución de la teoría deductiva es «una gran obra filosófica, quizá la más profunda de Ortega» y «una de las grandes obras de la filosofía en lengua española del siglo XX». La monumental edición de Echeverría, su minuciosa investigación de las fuentes y las abundantes variantes y excursiones orteguianas aportadas confirman con rotundidad la pertinencia de la intención manifestada por el filósofo.

El estudio introductorio de Echeverría, y las notas al píe a los originales de Ortega sobre Leibniz hasta ahora inéditos,  desnudan la nervadura del trabajo orteguiano y establecen con precisión el principalísimo lugar que la lectura y confrontación con Leibniz ocupan en la biografía intelectual  del autor. Esta edición no solo permite entender mejor el importante texto de Ortega, sino que aporta algo que, en cierto modo, es más revelador, porque se nos «muestra a un Ortega que, además de escritor, lector, editor, profesor, conferenciante, empresario y líder intelectual, político y social, es un investigador, que practica el oficio de investigar científicamente fuentes primarias y secundarias», una imagen no siempre ha ido asociada a la figura de Ortega. El trabajo de Javier Echeverría es exhaustivo, pues documenta con claridad las fuentes del texto original, corrige con frecuencia los posibles errores de las referencias bibliográficas en las notas de Ortega, y apunta horizontes de interpretación que, sin sus aportaciones, sería aventurado sostener.

Ortega en 1948.

La idea de principio en Leibniz se ha considerado con frecuencia como un texto inconcluso, y, sobre todo, como un trabajo con dos partes nítidamente distintas, más yuxtapuestas que coherentes. Echeverría apunta numerosas vías para entender con claridad el asunto: en primer lugar, sostiene la tesis de que Ortega pensaba escribir más ampliamente sobre el tema del libro, y que parte de las notas que ahora se publican estaban destinadas a tal propósito. Pero, además, sugiere que la afinidad de Ortega con Leibniz iba más allá del interés en un estudio sistemático del gran filósofo, porque Ortega se identifica con las ideas y sugerencias de Leibniz y lo lee de la manera más atrevida y creativa. El Ortega de 1947 se muestra, por otra parte, muy lejos de las críticas que hiciese en 1924 al racionalismo del alemán. Echeverría sugiere que Ortega ha visto en el filósofo de Hannover un apoyo en el que poder ampararse para exponer con fundamento sus ideas más de fondo, una especie de alter ego según la observación de Concha Roldán.

Esto explicaría en parte que Ortega no hubiese visto especial inconveniente en cambiar el rumbo de su libro a partir de su parágrafo 26, para enzarzarse en polémicas más contemporáneas, «puesto que su proyecto inicial consistía en contrastar su filosofía con el modo de pensar leibniciano, con cuyo perspectivismo coincidía, pero cuyo logicismo y teleologismo rechazaba». De este modo, Ortega pudo pasar a enfrentarse con otras cuestiones, lejanas de cualquier estudio sobre el principialismo, pero esenciales a su propia filosofía que Ortega entendía muy relacionada con la metafísica leibniciana. Echeverría afirma que «Ortega vio en Leibniz a un precursor de su propia teoría de la razón vital» y que entender a las mónadas como principios vitales «es uno de los descubrimientos que Ortega hizo durante la década de 1920». Para Echeverría, Leibniz fue el compañero ideal del pensar orteguiano, a quien recurre para convertirse en un pensador más profundo, cuando, a partir de 1932, Ortega deja de lado su dedicación al liderazgo intelectual y cultural de España y, como recuerda Jaime de Salas, se da cuenta de que tiene que dedicarse a la «forja de libros».

Echeverría es un gran conocedor de la filosofía leibniciana y se ha convertido en autoridad muy poco discutible al interpretar a Ortega. En su texto y en las notas hay toda una serie de interesantísimas sugerencias sobre la filosofía de Ortega, un pensamiento que a veces parece hacer suyo.  En ocasiones, incluso, algunas ráfagas de su trabajo recuerdan el estilo alusivo y elusivo del maestro como cuando afirma que «profundizar en esta idea leibniciana me llevaría muy lejos» o que «esta cuestión también merecería un estudio más detallado», expresiones con las que cualquier lector de Ortega habrá tropezado en numerosas ocasiones.

Pese a la importancia de sus aportaciones, Echeverría opta por desempeñar un papel secundario, de comentarista erudito, aunque no consiga evitar del todo que asome su simpatía y familiaridad, pero también sus enmiendas, hacia la dupla de pensadores con cuyos textos está trabajando. Indicativo de la intensidad del trabajo de Echeverría es que apenas haya una decena de páginas sin sus notas en los centenares que ocupan los textos inéditos de Ortega, y cabe considerar como muy significativo que esas ausencias se den, casi siempre, ante afirmaciones orteguianas muy de fondo.

Echeverría aduce profusión de argumentos para demostrar que la obra de Ernst Cassirer, a quien Ortega conoció en Marburgo, ha sido esencial para la composición del libro, lo que prueba que pese a la cercanía posterior de Ortega a Husserl pervivió en nuestro filósofo una influencia inicial de fondo neokantiano. El nombre de Cassirer no aparece en el texto ya publicado, pero Echeverría no ve en esta ausencia de citas a Cassirer nada reprochable, sino un argumento adicional a la tesis de que Ortega pensaba volver a escribir sobre Leibniz: «A mi modo de ver, no se trata de un olvido por parte de Ortega, ni mucho menos de una ocultación. Esa ausencia se debe a que Cassirer iba a ser un autor de referencia en las otras dos partes previstas por Ortega».

Al poner de manifiesto el «modo de trabajar de Ortega», cuando éste escribía para sí mismo en márgenes y en papeles sueltos, se desvela una forma de pensar distinguible de la pública, y Echeverría emplea este Ortega poco conocido para actualizar a Ortega, para mostrar una figura de su pensamiento más ambiciosa y honda de lo que suele ser habitual.

El hecho de que Ortega criticase a Leibniz por no percibir la condición histórica de la razón le sirve a Echeverría para volver esa objeción contra el propio Ortega, que no aplicó tal perspectiva al estudio de Leibniz, ni tampoco a sí mismo. De este modo, nos topamos con el fondo más novedoso de las ideas orteguianas de Echeverría, que le ocupan el último apartado de su estudio introductorio. Echeverría afirma que el Leibniz que más debiera haber interesado a Ortega, «conforme a su propio lema: el hombre no tiene naturaleza, tiene historia», no es «un autor dado» sino alguien vivo y cambiante, porque «Leibniz es, ante todo, historia» afirmación que debería haber sido básica a la hora de escribir un libro sobre Leibniz.

Echeverría dice que «Leibniz tuvo muy clara esa modalidad de existencia post mortem, por eso dijo en los Principios de la Naturaleza y de la Gracia que las almas, al morir, pasan a otro teatro». Ortega no prestó atención a que, puesto que las mónadas son conaciones (una aportación orteguiana), el Leibniz que dejó miles de manuscritos inéditos «pasará a actuar en nuevos teatros filosóficos y científicos».  Leibniz fue «la principal circunstancia intelectual de Ortega» durante 1947, y se generó un Ortega/Leibniz que, de algún modo, renueva a ambos, porque toda publicación contribuye a un in fieri, crea una tarea siempre sin acabar.

Esta edición nos sugiere que hay un Ortega que ha de ser continuado, que vio en Leibniz gérmenes de ideas aún por desarrollar, como, por ejemplo, el que el principio de continuidad afecte muy estrechamente a nuestra concepciones sobre el error y la verdad. Echeverría opina que hay ahí «una cuestión por investigar», de modo que intenta que su trabajo de esforzada erudición pueda servir de plataforma para nuevas y atrevidas excursiones por la senda Leibniz/Ortega.

Es virtualmente imposible que un trabajo tan extenso y pormenorizado como el que comentamos no contenga erratas y que no necesite rectificaciones que, seguramente, se harán en una segunda edición, pero ninguna de ellas puede empañar la calidad y el éxito que supone haber recuperado un centón de textos orteguianos sobre cuestiones cardinales de la metafísica y haber construido sobre ellos una imagen ambiciosa, renovada e incitante del pensamiento de Ortega, de su invitación y aportaciones a la mejor filosofía.

José Luis González Quirós es filósofo, su último libro (de próxima publicación) es La virtud de la política.

05/06/2021

 

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