Almohadillas y escabeles

por María Vela Zanetti

Noto que en estos últimos días me voy deslizando, no por el terraplén de los tercetos encadenados, ¡quién pudiera!, sino por el de los comentarios sobre la actualidad política. No diré que la amargura que esta actualidad provoca no sea algo vital, pero su aspecto es poco serio y, desde luego, nada entretenido. Así que hoy vuelvo a lo mío, que tiene la ventaja de que puede ser, en cualquier caso, lo vuestro: la intimidad. Siento una invencible pasión por los almohadones, almohadillas, cojines, cojincillos: por toda clase de muletones apaciguadores, y hasta por los escabeles. Mientras no sean morales, los apoyos me van. Yo, que me había burlado tanto de esas disuasorias revistas de decoración en las que los famosos apilan en la cabecera de sus faraónicas camas una especie de zigurat de cojines de forma y color decrecientes. Yo, que me las daba de lista por adivinar que si esa efímera arquitectura de la vanidad estaba rematada en su base por un cojín festoneado de encaje acrílico en forma de corazón, en el que alguna mano atolondrada había bordado «True love», entonces ya no había manera de dudar acerca de los malos sentimientos de la fama. Pero la vida muelle todo lo anega y se impone con sus tiranías y placeres. Si actualmente alguien me preguntase por mis «prioridades», esa exageración moderna, faltaría a la verdad si dijera que son los libros, el vino blanco y el «miolastán»; de los perros ni hablo, porque aún consigo distinguir el vivo matiz que separa lo imprescindible de lo trascendente, el amor profano del divino.

Entregada tercamente a este paganismo doméstico, y ante la incomprensión de mis amigos, busqué una buena excusa para seguir practicándolo, y mientras leía de buena mañana sepultada entre cojines, la encontré: «¡era La Cultura!», tradicional pretexto para crímenes de mayor o menor calado. Mi alegría, además, ya no tuvo límites cuando descubrí en la portada de un libro de Cyril Connolly, La sepultura sin sosiego, la caricatura de su autor emergiendo apenas entre almohadones, sobre un desordenado lecho en el que figuraban un tintero, una libreta común, una taza de té volcada, un cuenco repleto de huevos duros y un inmemorial teddy bear. Por cierto, en cuanto a los ositos de peluche, no puedo por menos de aclarar que sólo resultan decorosos los viejos y apelmazados, porque los nuevos y repeinados proliferan en las cabinas de los prostíbulos nipones. Y también por cierto, no puedo por menos de añadir que hubiera preferido La tumba sin sosiego a La sepultura sin sosiego, porque la prosa del gordinflón Cyril, uno de mis indolentes favoritos, tiene la cualidad de retumbar en medio de la noche, incluso si esa noche tiene visos de ser eterna. Y esta vez sí definitivamente, por cierto, sería yo una canalla si no advirtiese inmediatamente que la traducción que manejo de Miguel Martínez-Lage es tan eufónica y estimulante como cabría desear. Después de este puntilloso excursus, pido perdón y vuelvo al abandonado cojín para decir que, con un compinche e inspirador de la categoría de Connolly, la costumbre de leer en la cama no me ha hecho afortunadamente más culta, pero sí muy dichosa. ¡Dichosa manta!

Los cojines, que son mis únicos periféricos posibles, puesto que soy una máquina de primerísima generación, es decir, un producto de algún remoto momento de la Petite Histoire a punto de llegar a ese estadio de cacharro pasado de moda –lo que los técnicos ladrones llaman hoy «obsolescencia», no sé si negativa o positiva–, los cojines, decía, no figuran, sin embargo, entre las elecciones más rutinarias. Acuñada, prensada, arrellanada entre ellos, que me sirven de polea y de guardainfante, y que van calentándose dulcemente como esos nidos en los que se empollan gallináceas, a veces asoman la garra y se revelan con más urgencia que las Escrituras. Días ha habido en los que un insignificante cojín descosido, situado en mi hiperestésica nuca, me ha clavado una pluma de ganso. Hasta que me percaté de que se trataba sólo de un gesto redundante, propio de estas naturalezas mitad funcionales y mitad aladas, me embargó la alegría, porque pensé que se trataba de la inspiración. Pero no, era sólo la vida, puro dolor. Y la verdad, lo prefiero.

P.S.: Como os he hecho llegar hasta aquí sin contaros nada de provecho, y para animaros a que me leáis hasta el final –¡nunca hay que perder la esperanza!–, os dejo con la sincera y honorable
dedicatoria que Connolly ofreció a Peter Watson, un completo desconocido para mí, pero al que tengo envidia sólo por ser amigo de semejante refusé. Pues bien, dice así: «De quien nunca fue escritor a quien siempre fue lector». Y para los más renuentes a la gozosa lectura, os recuerdo que este año, en el que se cumplen cincuenta del nacimiento de James Bond, lo mejor de ese estereotipado personaje es el descacharrante relato que Connolly urde con él como protagonista, escrito indudablemente en horas muy altas de melancolía. Adiós.

18/10/2012

 

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