Guerra sin héroes (I)

por Rafael Núñez Florencio

Es normal que aquellos lectores simplemente aficionados o interesados en la historia pero no inmersos en ella a nivel profesional, pregunten de modo recurrente y con un cierto asombro si se puede decir algo nuevo o, más concretamente, aportar algo relevante sobre la guerra civil. A mí me han planteado la cuestión innumerables veces y mi respuesta siempre ha sido la misma: ¡por supuesto que se puede! Partiendo siempre del reconocimiento de que la bibliografía es inabarcable y que las líneas maestras son bien conocidas, puede argumentarse que aún hay documentación inédita, archivos en los que ahondar, recovecos por explorar y estudios locales o sectoriales que aún pueden proporcionar no solo información complementaria sino a veces testimonios, datos o revelaciones de indudable trascendencia. El último Premio Nacional de Historia, sin ir más lejos, se le ha dado a una investigación exhaustiva sobre la represión durante el periodo bélico en la provincia de Ciudad Real (Fernando del Rey, Retaguardia roja. Violencia y revolución en la Guerra Civil Española, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2019). Además, la mera distancia temporal respecto al conflicto abre nuevas perspectivas, plantea nuevos problemas, posibilita otras comparaciones, y todo ello contribuye a su vez a enfoques novedosos que nos permiten ver quizá lo mismo o parecido, pero con una nueva luz.

            No obstante, sería absurdo negar que las aportaciones completamente novedosas son prácticamente imposibles. Siempre hay que poner las cosas en su contexto y más en este caso, lo cual implica relativizar los supuestos descubrimientos que, por lo general, tienen precedentes en uno u otro sentido, o simplemente documentan algo que ya se vislumbraba, aunque de modo impreciso. De un tiempo a esta parte, una de las líneas más fructíferas ha sido lo que yo denominaría mirada a ras de suelo, para hacer referencia con esa expresión a la obra homónima de Michael Seidman que constituye en mi opinión una de las más notables aportaciones en ese ámbito: A ras de suelo. Historia social de la República durante la Guerra Civil (trad. de Pablo Sánchez León, Alianza, Madrid, 2003). Este mismo hispanista publicó años más tarde otra espléndida monografía sobre las bases materiales que posibilitaron el triunfo de las tropas franquistas: La victoria nacional. La eficacia contrarrevolucionaria en la Guerra Civil (trad. de Hugo García, Alianza, Madrid, 2012). Ambas son obras de planteamiento original e interpretaciones atrevidas que generaron cierta polémica, pues no todo el mundo asumía las osadas hipótesis del historiador estadounidense. Algo después apareció en el mercado español otro libro de un hispanista, británico en este caso, James Matthews, que trataba de las levas forzosas que nutrieron a los dos bandos: Soldados a la fuerza. Reclutamiento obligatorio durante la Guerra Civil, 1936-1939 (trad. de Hugo García, Alianza, Madrid, 2013). Como no quiero repetirme, remito al lector interesado a la extensa reseña que publiqué en su momento en esta misma Revista de Libros: “Obligados a luchar”. En el citado comentario efectuaba además un estado de la cuestión a las alturas de aquel momento y un breve examen bibliográfico, que me permitía incorporar algunas alusiones a las antes citadas obras de Seidman.

            En estos últimos años han aparecido, naturalmente, otras aproximaciones al conflicto desde presupuestos y objetivos bien distintos. Pero si he citado prioritariamente las interpretaciones que ponían el foco en el soldado de a pie es porque quiero comentar tres obras de reciente aparición que convergen en este mismo planteamiento, aunque por su índole interna no pueden ser más disímiles entre sí. Los tres libros que nos van a ocupar son Soldados de Franco. Reclutamiento forzoso, experiencia de guerra y desmovilización militar, de Francisco J. Leira Castiñeira (Siglo XXI, Madrid, 2020); Esto no estaba en mi libro de la guerra civil, de Pedro Corral (Almuzara, Córdoba, 2020, 2ª ed.) y Línea de fuego, de Arturo Pérez-Reverte (Alfaguara, Madrid, 2020). No hace falta ser muy perspicaz –basta fijarse en los autores y hasta en los propios títulos- para colegir que son, como ya he adelantado, volúmenes que pertenecen a registros irreductibles.

El primero, escrito con pulcritud por un joven historiador que se dirige a un ámbito de especialistas, se nutre de un voluminoso acopio documental, como corresponde a una investigación universitaria (es la adaptación de una tesis doctoral que obtuvo el premio Miguel Artola). El segundo pertenece al ámbito divulgativo y, en la medida en que ha sido concebido para un público mucho más amplio, está redactado en un lenguaje accesible por un autor polifacético que ni siquiera es historiador profesional. Aun así, no prescinde, como veremos en su lugar, de una modesta base bibliográfica y una limitada pero encomiable labor de rastreo en diversos archivos por parte de su autor. El tercero es un relato de ficción, una novela con vocación de best-seller escrita por uno de los narradores españoles más populares y de mayor proyección mediática de nuestro panorama editorial. También en este caso habría que añadir una precisión, la de que, aun tratándose de una elaboración imaginativa, cuenta con una sólida base documental, razón básica para que la incluyamos en este comentario. En suma, no hacen falta más consideraciones para constatar que las diferencias son tan marcadas que se impone por la fuerza de los hechos un examen por separado de las mencionadas obras, aunque no quiero dejar de subrayar –y ese será el leitmotiv de mi comentario, como ya anuncia el propio título- la significativa convergencia de todas ellas en una mirada a ras de tierra del enfrentamiento fratricida que lleva al común bosquejo de una contienda vesánica e infamante: una guerra sin héroes. Me ocuparé en esta primera entrega del libro de Leira, dejando para la segunda el comentario del volumen de Corral; en último lugar, abordaré la novela de Pérez-Reverte.

Soldados de Franco lleva un largo subtítulo que, como el lector podrá comprobar después, al ojear el índice, responde a las tres partes en que se divide la investigación: en primer lugar, el proceso que obliga a los ciudadanos a convertirse en soldados del bando insurrecto (reclutamiento forzoso); seguidamente, la propaganda y las medidas de coerción para mantener la disciplina y la moral (experiencia de guerra) y, por último, la reincorporación sociopolítica como excombatientes (desmovilización militar). Aunque se adivina el gran esfuerzo que ha debido hacer el autor para transformar un largo y arduo trabajo académico de investigación en un volumen convencional de unas trescientas cincuenta páginas, lo cierto es que el libro que publica Siglo XXI tiene todas las virtudes de una excelente tesis doctoral pero también los lastres casi inevitables de una labor de esas características. Me refiero, por ejemplo, a las reiteraciones, al acopio abrumador de datos que a veces dificulta, más que ayuda, a trazar una perspectiva de conjunto y a un lenguaje un tanto acartonado que hace a veces fatigosa la lectura a pesar del no muy extenso número de páginas. Son, como digo, defectos previsibles y hasta cierto punto inevitables, dadas las exigencias universitarias que, en todo caso, afectan al aspecto formal, pero no al contenido propiamente dicho.

            Hay un elemento que me parece muy revelador para entender el alcance último del análisis de Leira. Su tesis llevaba como título La socialización de los soldados del ejército sublevado (1936-1945). Su papel en la consolidación del Régimen franquista. No parece casual en una obra tan cuidada en todos los aspectos –entre ellos, los distintos epígrafes- que el concepto cardinal de socialización haya desaparecido de todos ellos. La clave la podemos encontrar en las páginas iniciales de la obra. Con una franqueza que le honra y que en puridad debía suponerse a todo doctorando –como el valor al soldado-, aunque la realidad quede lejos de este desiderátum, el autor reconoce que a lo largo de los seis años de elaboración de la tesis tuvo que ir cambiando su perspectiva, sus preguntas y sus hipótesis de partida en función de lo que iba hallando. De lo que se trataba en principio era de estudiar la conformación de base del ejército franquista, tanto en el nivel ideológico o doctrinal como en los aspectos materiales de cohesión interna y relaciones entre sus miembros, o sea, la socialización, para decirlo en una palabra. Pero hete aquí que Leira encuentra “que la guerra no fue un factor socializante” o, para ser más precisos, no socializó en el sentido o con la magnitud previsibles.

Aquí hay dos factores a tener en cuenta: por supuesto que había control de las autoridades militares, un control que abarcaba desde las ideas a las rutinas o ritos cotidianos, pero la prioridad de los mandos no era tanto formar a los reclutas en los valores del movimiento insurgente como ganar la guerra. (Recordemos así, entre paréntesis, porque el libro no se ocupa de ello, que algo similar ocurrió en las filas enemigas y también en ese caso el debate entre las cuestiones doctrinales y los apremios bélicos se resolvió finalmente a favor de estos últimos). En segundo lugar y de modo complementario, desde el punto de vista del soldado, argumenta Leira, la guerra fue por encima de todo una vivencia traumática y solo muy en segundo término una experiencia de formación espiritual y política. Los soldados tuvieron que participar en acciones para las que no estaban preparados, ni militar ni psicológicamente. No me refiero –más bien, no se refiere el autor, pues es a él a quien sigo en esta argumentación- a los combates propiamente dichos, con ser algunos de ellos particularmente encarnizados, sino a acciones de represalia, pillaje, castigos degradantes, asesinatos o ejecuciones sumarias que generaron una conciencia de malestar y vergüenza. Fueron víctimas, pero también verdugos, un rol todavía más difícil de digerir. En el libro se insiste en diversas ocasiones en que la “participación en la guerra generó una memoria vergonzante”. De ahí un espeso manto de silencio que se transmitió incluso a la generación siguiente.

            Esos dos factores tendrían, empero, que matizarse a su vez con otro vector, de índole cuantitativa o porcentual. Aludo en este caso a la estimación de si fue mayoritario -o no- dicho sentimiento traumático y hasta qué punto o en que proporción se impuso la determinación funcional u operativa –conseguir la victoria- a cualquier otra consideración. Se entiende fácilmente que no se puede exigir en este terreno ningún tipo de exactitud, pero sí una aproximación. Aquí, sin embargo, se abre un importante flanco en la investigación que se plasma en estas páginas, por cuanto los datos y testimonios recogidos por Leira se refieren –no solo, pero sí de forma predominante- al ámbito gallego y a los combatientes de dicha región. Habría que plantearse entonces hasta qué punto se pueden proyectar al conjunto español, cuestión que obviamente ni el autor ni el lector pueden resolver. Habría que esperar a la aparición de estudios sectoriales semejantes en otras regiones de la península para pronunciarse sobre el particular aunque, hoy por hoy, tenemos que conformarnos con esta primera estimación y dar por supuesta su representatividad, mientras no se demuestre lo contrario. Sea como fuere, no encuentro inconveniente en aceptar que las conclusiones que se plasman en este libro constituyen una base provisional para entender las actitudes y características de los soldados de Franco.

            Y, en definitiva, ¿cuáles fueron estas notas distintivas? El autor confiesa que lo primero que le llamó la atención, ya desde el principio, durante el rastreo de fuentes, fue la ausencia de voluntarios entusiastas, resueltos militantes o, ya en el extremo, fanáticos enardecidos. Por decirlo en términos un tanto groseros pero muy gráficos, se constata que el ejército de Franco no era, como cualquier persona sensata puede suponer, una tropa homogénea de fascistas y reaccionarios, pero tampoco era -habría que precisar- un ejército integrado por burgueses, terratenientes, señoritos, capataces, católicos y conservadores en general. Obviamente, todos los citados podían encuadrarse en sus filas, pero el soldado de a pie, el que combatía en la trinchera o tomaba un cerro, era muy diferente a esos estereotipos. Ni siquiera obedecía a las consignas que suelen perfilarse como rasgos inherentes al bando autodenominado nacional. Las causas de todo ello no son difíciles de dictaminar: el ejército insurgente no se conformó como resultado de una movilización ciudadana más o menos espontánea sino mediante el reclutamiento forzoso. Campesinos, trabajadores, estudiantes y profesionales, la mayor parte de ellos no politizados (o, al menos, no politizados al punto de tomar las armas de forma voluntaria) se vieron obligados a integrar las filas del bando que se había impuesto en su demarcación. Leira se refiere solo a la zona dominada por los franquistas, pero es más que plausible pensar que algo similar pasaba en el área peninsular que quedó bajo el control republicano.

            Conviene enfatizar este último matiz porque las conclusiones de este libro se pueden leer de un modo sesgado, aunque no sea esta la intención del autor. Al limitarse al estudio del bando rebelde y demostrar que los soldados de Franco eran gente normal y corriente que fueron obligados a luchar contra el régimen legalmente constituido, se puede deslizar la especie –leo textualmente en la contraportada- de que “Francisco J. Leira desvela cómo el Ejército sublevado se formó mediante levas forzosas y desmitifica la historia, una y otra vea repetida, de que media España se alzó contra la República por cuestiones ideológicas o políticas. Soldados de Franco es el relato de cómo el dictador situó el país ante un terrible dilema: convertirse en verdugos o morir”. O sea, el apolillado maniqueísmo que convierte a un dictador sanguinario en explicación última -y única- de algo tan complejo como la guerra civil. Creo que un reduccionismo tan elemental –por decirlo suavemente- se califica por sí mismo, pero, en lo que toca a la obra que nos ocupa, debo consignar expresamente que, pese a algunos matices o apreciaciones discutibles, no encuentro en las páginas escritas por el autor una intención tendenciosa o simplificadora. Por el contrario, las conclusiones son bastante matizadas, dentro, claro está, del bosquejo de un ambiente opresivo, pues al fin y al cabo lo esencial del asunto es que unos y otros españoles –los de allá y los de acá- fueron obligados a empuñar las armas en un país que dirimía sus diferencias a tiro limpio.

Leira se limita a decir que los soldados que integraron el ejército faccioso participaron en el mismo porque no les quedaba más remedio, sin que ello implicara su adhesión a la causa ni la defensa de su ideario. Al tratarse de un ejército de masas, heterogéneo y hasta cierto punto improvisado, los mandos no tuvieron más remedio que emplearse a fondo desarrollando un control lo más estricto posible y todo tipo de medidas coercitivas y punitivas. Por lo que respecta al comportamiento de los soldados, la investigación arroja un balance ambivalente que no permite una lectura simplificada. Junto a aquellos que participaban por convicción –la minoría, al parecer-, tenemos a quienes se fueron adaptando, obedecían bajo un régimen de terror o se encontraban sometidos a una férrea vigilancia. Se dieron también fugas, deserciones, automutilaciones y todo tipo de argucias para burlar los cometidos más penosos o arriesgados. Otro factor muy importante fue el tiempo –la duración de la guerra- que provocaba como mínimo cansancio, apatía y desánimo, aparte de obligar a los soldados a vivir largos meses en condiciones extremas de alimentación e higiene. Es sabido que la sed, el frío, los piojos, la ausencia de tabaco o la escasez de alimentos terminan por ser los mayores enemigos del soldado en la trinchera. Por último, no puede olvidarse que el fin de la guerra no supuso para muchos de ellos la paz en sentido estricto, bien porque tuvieron que reengancharse, bien porque fueron represaliados, bien porque no pudieron acomodarse a su vida anterior o sufrieron importantes secuelas físicas o psicológicas.

En las páginas finales realiza el autor algunas consideraciones y desliza ciertas alusiones que me permiten fundamentar la estimación anterior acerca de su intento de ecuanimidad. Por ejemplo, reconoce que el desgaste de los soldados por la prolongación de la contienda fue algo común a los dos bandos en liza, con todas las consecuencias que eso implicaba. Más importante aún, subraya que la misma diversidad ideológica que reivindica en el campo franquista tuvo por fuerza que darse en el campo republicano. Con ello Leira argumenta explícitamente que quiere contribuir a deshacer el mito de las dos Españas impelidas a un goyesco duelo a garrotazos. Cientos de miles de españoles se vieron engullidos en una dinámica bélica que no deseaban. Desde ese punto de vista se deshace la retórica política y propagandística, pues ni los llamados republicanos eran en rigor republicanos, ni los franquistas eran franquistas, sino tan solo españoles a los que la guerra les había pillado a uno u otro lado de la línea de choque. Frente al “corsé del discurso público impuesto por la dictadura y que continuó la democracia”, este libro propone rescatar a los soldados de las adscripciones ideológicas y “mostrar una realidad más compleja, plural, vergonzosa y vergonzante”. Las guerras, podemos leer unas líneas más abajo, siempre en la página final, no son “acontecimientos heroicos. Sus protagonistas, los combatientes, no son más que peones de un tablero de terror, miseria y muerte”. Es una frase que podría perfectamente suscribir el autor del que nos ocuparemos en la segunda parte de este comentario.

07/01/2021

 

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