Noviembre 2020
Revista de Libros

Fulgor y éxtasis de la violencia

por Rafael Núñez Florencio

Una violencia indómita. El siglo XX europeo
Julián Casanova
Crítica, Barcelona, 2020.
394 pp.

El culto a los mártires nazis. Alemania, 1920-1939 
Jesús Casquete
Alianza, Madrid, 2020.
379 pp.

Política y violencia en la España contemporánea I. Del Dos de Mayo al Primero de Mayo (1808-1903)
EduardoGonzález Calleja
Akal, Madrid, 2020.
815 pp.

Hubo un tiempo que a las alturas de hoy día parece lejano pero que se remonta solo a varios lustros ——en todo caso, dos o tres décadas atrás—, en que se puso de moda en los análisis políticos y periodísticos la coletilla de que la violencia no servía para nada. Se referían dichos analistas a la violencia política y, para ser más precisos, a un tipo determinado de violencia, la ejercida por el terrorismo en general y ETA en particular. Como recordarán los más veteranos, el contexto en que se producía esa estimación no era otro que la España sacudida cada semana por la barbarie del atentado político, fuera una bomba lapa, un tiro en la nuca o un coche bomba que estallaba al paso de un convoy de la policía o la guardia civil. A mí siempre me pareció que tal afirmación solo expresaba un piadoso deseo, lejano a la sucia realidad que reconocían incluso los que a cara descubierta se proclamaban beneficiarios de las matanzas terroristas: unos sacudían el árbol y otros recogían las nueces, como confesaba cínicamente un conocido dirigente nacionalista vasco.

He oído decir en varias ocasiones a mi colega y amigo Juan Avilés —uno de los grandes estudiosos del terrorismo que tenemos en nuestro país— que la lucha terrorista es, por encima de todo, expresión de una debilidad: la de quienes se ven impelidos al uso de la violencia irregular y a menudo aleatoria simplemente porque no disponen de suficiente apoyo social ni de una fuerza armada capaz de competir en terreno abierto con el enemigo que pretenden derrotar. La consideración es tan pertinente y tiene tal constatación empírica —aquí y en todas partes— que es difícil, si no imposible, disentir de ella. Ahora bien, que el terrorismo sea una manifestación de impotencia no quiere decir exactamente que no sirva para nada. Muchos, muchísimos, innumerables grupos políticos no hubieran obtenido los réditos que consiguieron, ni siquiera la simple visualización, si no hubieran recurrido a las armas o los explosivos. Otra cosa distinta es que lograran finalmente sus objetivos, aunque, puestos ya en esa tesitura, la discusión tendría que ampliarse a la distinción entre objetivos parciales y últimos. Sea como fuere, la posible controversia entraría en un terreno menos opinable si sustituimos terrorismo por violencia en general. Aquí ya no cabe duda posible: ¡ah, la violencia, la gran partera de la historia!

Desde tiempo inmemorial se ha generalizado la convicción de que los grandes cambios sociales y políticos solo se consiguen mediante el recurso a la violencia. La creencia es infundada —ahí tienen, sin ir más lejos, las grandes revoluciones silenciosas del siglo XX en higiene, sanidad, medicina, tecnología, participación femenina en la vida pública, esperanza de vida, etc.—, pero ello no ha disminuido el prestigio de la fuerza —a menudo, fuerza bruta— en cualquier iniciativa transformadora, hasta el punto de que, con pocas excepciones, bien podría decirse que un líder que renunciase por principio a ella pondría en cuestión su vitola revolucionaria. Incluso hoy en día, en las pacíficas sociedades democráticas, el lenguaje emancipador está expresivamente trufado de coletillas bélicas, como sabe todo el mundo: el famoso «asalto a los cielos», sin ir más lejos. Y es que la violencia sigue conservando la atracción del abismo. En la mayor parte de los casos podría decirse, como cuando dirigimos la mirada hacia el precipicio, que nos espanta y nos fascina a partes iguales. En este sentido, una de las preguntas inevitables y que por razones obvias no pretendo soslayar no puede ser otra que la de si hemos aprendido algo del pasado, en especial de ese pasado ominoso y al tiempo tan cercano, en que la violencia política alcanzó unas cotas inéditas en muchos aspectos. Adelanto ya que me gustaría concluir que sí, pero, a pesar de tantas invocaciones del tiempo presente a las lecciones de la memoria histórica, me inclino más bien por el dictamen opuesto. Enseguida se verá por qué.

Acaban de aparecer en el mercado español tres libros que, desde perspectivas diferentes, confluyen en la contemplación de la violencia política como el elemento determinante del devenir histórico en la llamada época contemporánea. Aparte de esa coincidencia temporal, consignaré como punto de partida otro atributo que los mencionados libros tienen en común, el hecho de estar escritos por tres historiadores españoles que, cada cual a su modo, son grandes especialistas en el tema. Fuera de estos dos importantes rasgos, todo lo demás es distinto, aunque la mencionada casualidad en la aparición en las mismas fechas de dichos volúmenes invita a interpretar estas diferencias de argumentos y enfoques como acicate para una lectura que destaque la complementariedad entre ellos.

El que tiene un contenido más concreto o específico es el de Jesús Casquete, pues trata de un escenario histórico preciso, la Alemania del Tercer Reich, en un lapso muy determinado —las dos décadas que preceden a la II Guerra Mundial— y, dentro de esa estricta acotación, se ocupa tan solo de un asunto, el martirologio nazi. Antes de extenderme en otras consideraciones, conviene decir dos cosas: la primera, que extraña ver el nombre de un historiador español en un volumen de investigación sobre la Alemania nazi, pues, como es sabido, nuestra historiografía rara vez se especializa en temas o ámbitos que salgan del perímetro ibérico o la cultura hispana; la segunda, que el autor, Jesús Casquete, ya había publicado antes algunos estudios interesantes sobre el nacionalsocialismo —leí en particular con sumo interés su Nazis a pie de calle. Una historia de las SA en la República de Weimar, Alianza, Madrid, 2017—. Pero, además, es un especialista en el tema del culto a la fuerza y el uso propagandístico de la muerte violenta (materias estas que había abordado en el ambiente español y más específicamente en el recinto vasco).

«Alemania no es nada, pero cada alemán es mucho», dejó escrito Goethe. Casquete interpreta, no ya la propaganda, sino toda la cosmovisión nazi exactamente como el envés de esa proposición. La deificación de Alemania se solapaba así con la glorificación del Estado, en cuyo altar era preciso sacrificarlo todo, incluyendo naturalmente la propia vida. De hecho, la más fructífera cosecha vital era entregar esta por la patria, no ya por los réditos inmediatos sino por su función de semilla: «una muerte ejemplar tiene aún más valor que una vida ejemplar», sostenían las SA. Utilizando otra frase de Goethe, Goebbels gustaba de repetir «Sobre tumbas, ¡pero avanzamos!» Las expresiones de este tenor son innumerables: «La sangre es el mejor pegamento para mantenernos unidos en las luchas venideras». Los nazis obviamente no inventaron el culto a los mártires —la cultura cristiana se había asentado en esta tradición—, pero, en contraposición al sacrificio clásico de índole religiosa, la mansedumbre quedaba proscrita en nombre de la beligerancia. El tributo de la propia sangre se producía así en el ámbito de la lucha, o sea, intentando derramar en primer término la sangre ajena. Tampoco en esto puede decirse que los nazis fueran pioneros, aunque sí hay que reconocer que supieron elevar ese ardor y, sobre todo, esa entrega —en nombre de la patria— a una mística política movilizadora de masas de perfiles insólitos hasta la fecha.

Dentro de la patente repulsión que le inspiran, Casquete reconoce que los nazis fueron unos consumados emócratas (manipuladores de emociones). De hecho, la innegable modernidad de su propaganda se basaba en el reconocimiento de la importancia de las emociones como auténticas palancas movilizadoras de las multitudes. El libro en su conjunto puede interpretarse como un análisis prolijo de las «estrategias discursivas y prácticas litúrgicas» que Hitler y sus secuaces —en especial los cuadros de las SA— emplearon en su camino al poder. Más allá de los casos concretos que conforman el cuadro de mártires del nacionalsocialismo —algo más de 400 en total—, quisiera destacar un par de rasgos que me parecen prominentes. El primero que, a pesar de toda la mística de la violencia, ésta no llegaba a perder del todo sus perfiles peyorativos ni siquiera entre estos fanáticos belicosos: de ahí su renuencia a reconocer explícitamente su matonismo y, de manera complementaria, la insistencia en presentarse como víctimas de una supuesta conjura judía o un complot bolchevique, los mismos que habían asestado a Alemania la famosa «puñalada por la espalda». El segundo rasgo me permite enlazar con el libro de Casanova, que comentaré a continuación: la sensibilidad actual no puede pasar por alto el detalle de que la abrumadora mayoría de los practicantes de esa violencia fueron hombres. En el estudio de Casquete se subraya que los nazis potenciaron con vehemencia los roles tradicionales: los varones eran luchadores —debían ocuparse de la organización y defensa de la comunidad, esto es, las funciones públicas—, mientras que las mujeres quedaban relegadas al ámbito privado, el hogar y la crianza de los hijos. En la obra de Julián Casanova —Una violencia indómita— se enfatiza otra consecuencia que está implícita en ese planteamiento: las mujeres fueron las víctimas por antonomasia de la violencia sistematizada que caracterizó al siglo XX, no solo porque formaban con los niños, ancianos o enfermos un colectivo especialmente vulnerable sino porque sufrieron una agresión específica por su sexo: las violaciones como instrumento de terror y humillación.

Casanova comparte con Casquete esa cualidad que antes ponderé por no ser muy usual en el panorama historiográfico español, el afán y la capacidad para trascender las fronteras hispanas en sus investigaciones. En su caso parecen haber sido decisivas sus estancias como profesor visitante en la Central European University de Budapest, que le han proporcionado una perspectiva más amplia del Viejo Continente de lo que es habitual en los ambientes académicos de Europa occidental. Por decirlo de manera simplificada, Casanova insiste en que Europa es una realidad multiforme que no puede quedar reducida al sector más occidental de la misma, de modo que solo Francia o Gran Bretaña —los grandes suministradores del paradigma— representen a todo el continente. Por el contrario, y derivando ya hacia el campo que nos ocupa —el estudio de la violencia política durante el siglo XX—, la perspectiva occidentalista supondría una distorsión inaceptable del convulso panorama de la época, al presentar un siglo corto (1914-1989) caracterizado en su conjunto por una estabilidad hasta cierto punto sosegada, en el que se insertarían como excepciones las dos grandes guerras mundiales.

La visión desde el otro extremo europeo —Rusia, Turquía, los Balcanes y, en general, todo el sector del Este— sería radicalmente distinta, pues dibujaría una centuria de agitaciones sucesivas que empiezan con la revolución rusa de 1905 o los terribles pogromos antisemitas y continúan sin tregua con las sacudidas balcánicas de 1912-13, el genocidio armenio, la revolución de Octubre, la guerra civil entre rojos y blancos o las revoluciones de Alemania y Hungría (todo ello sin ser exhaustivo y limitándonos a las dos primeras décadas). Más aún, las dos grandes guerras del siglo —sobre todo la Segunda— dejan en el Este un reguero de muerte y destrucción incomparablemente mayor que en la parte occidental y, por si fuera poco, la paz y prosperidad de esta última desde 1945 no tiene su equivalente en el otro lado de Europa, sometido por la bota soviética. Hasta la última década del siglo, en que se desmorona la URSS (1991), no puede hablarse de algo parecido a la democracia en la mayor parte de la zona oriental de Europa y, aun así, se trata de regímenes en los que las libertades se abren paso con dificultad y en medio de conflictos seculares no resueltos. No es casualidad que, ya en las postrimerías del siglo, cuando los genocidios, la limpieza étnica o las violaciones de mujeres como arma de guerra parecían pesadillas superadas, esos viejos fantasmas reaparecieran precisamente en suelo europeo, en los Balcanes una vez más, como resultado de la desintegración de Yugoslavia.

Hay otros muchos aspectos interesantes —y algunos bastante discutibles— en el libro de Casanova, pero puestos a elegir y para no perder la continuidad de este comentario, me gustaría detenerme brevemente en uno de ellos, la singularidad de la violencia en la pasada centuria. Vaya por delante que el autor no ha pretendido hacer un ensayo de índole política sino una narración histórica que, en muchos pasajes, adquiere además la forma de exposición convencional de las catástrofes del siglo. Como es obvio y casi inevitable, lo primero es constatar que la violencia —e incluso la modalidad específica de violencia política— es tan vieja como la humanidad. En este sentido es cuanto menos arriesgado señalar en rigor una especificidad contemporánea, pues aquí cabe decir, como en tantas otras cosas, nihil sub sole novum. No obstante, hay algunos rasgos que marcan al siglo XX, si no de manera absolutamente inédita, sí como elementos muy característicos. Señalaré tres, siguiendo al autor: el carácter cuidadosamente orquestado de muchas de las masacres, la aplicación de la tecnología y, en general, los avances científicos para hacer casi una industria de las matanzas y, como secuela de todo ello, el carácter masivo de los asesinatos en términos nunca vistos en la historia humana. Dejaré que sea el autor, con sus propias palabras, quien incorpore los matices de ese dictamen: «el tipo de limpiezas étnicas y genocidios del siglo XX es peculiar, tanto por la magnitud como por sus motivaciones políticas e ideológicas (…); las eliminaciones nacionales y étnicas evolucionaron, se convirtieron en más sistemáticas y letales, ocuparon el centro de la crisis cultural europea. Fue el siglo del terror organizado, de los campos de exterminio, de los Gulags, de los asesinatos en masa» (p. 139).

Quedan ahí también señalados, un poco de soslayo, los grandes responsables de la barbarie: nacionalismo, imperialismo, militarismo, revoluciones, xenofobia, racismo, ideologías redentoristas, totalitarismos… Si atendemos a la literalidad de ese planteamiento, da la impresión de que fueron las grandes conmociones sociales, políticas o económicas el caldo de cultivo predilecto para el desencadenamiento de las atrocidades, pues las situaciones de crisis extraordinarias parecían justificar las medidas más extremas e incluso despiadadas en nombre de supuestas emergencias. Ello es así, obviamente, pero me gustaría también destacar otra faceta complementaria y menos refulgente: la violencia política se dio igualmente —en una escala más reducida, si hablamos en términos absolutos, pero semejante si atendemos a criterios proporcionales— en aquellos países que, como España, quedaron al margen de las grandes convulsiones del siglo, entre ellas las dos guerras mundiales. Eduardo González Calleja, otro historiador que ha hecho de la violencia el tema privilegiado de sus investigaciones, publica ahora el primer tomo de un proyecto más vasto, destinado a sintetizar la violencia política en la España contemporánea. El subtítulo del volumen que acaba de aparecer acota la extensión cronológica de esta primera entrega: Del Dos de Mayo al Primero de Mayo (1808-1903), esto es, todo el siglo XIX. Quien haya seguido la trayectoria bibliográfica de este autor encontrará grandes similitudes con otras obras suyas sobre la violencia en la España contemporánea, desde las ya lejanas La razón de la fuerza, que cubría el período 1875-1917 (CSIC, Madrid, 1998) y El máuser y el sufragio, que abarcaba desde 1917 a la llegada de la Segunda República (CSIC, Madrid, 1999).

González Calleja utiliza las primeras páginas de su extenso recorrido —que supera las ochocientas páginas— para hacer una breve conceptualización de la violencia en la vida política. Para empezar, el propio término engloba tal variedad de manifestaciones —desde un simple enfrentamiento callejero, una algarada o un motín hasta una revolución, una guerra civil o una guerra mundial, pasando por el atentado terrorista, la insurrección o el golpe de Estado— que hace difícil su uso sin una clara especificación del tipo de agresión al que pretendemos referirnos. Sea como fuere, lo cierto en cualquier caso es que la ciencia política no admite hoy día la consideración de que la violencia, en cualquiera de sus expresiones, sea contemplada como algo episódico o excepcional, sino, muy por el contrario, como un elemento inherente a la propia configuración de la autoridad en una sociedad dada. En estado latente, como simple amenaza, o de forma abierta, incluso brutal, la violencia constituye siempre la última ratio para dirimir los conflictos de intereses o el acceso al poder entre grupos enfrentados. Es verdad que, en las modernas sociedades democráticas, las diferencias o pugnas se resuelven mediante unos procedimientos que atenúan mediante ritos sofisticados el enfrentamiento físico, pero aún así esto no significa que la violencia de una u otra forma desaparezca de su horizonte. Obviamente, el panorama se hace mucho más sombrío en sociedades que no gozan del mismo desarrollo democrático, del mismo modo que cualquier mirada al pasado nos muestra que el recurso a la fuerza era parte indisociable de la dominación política. En la convulsa España decimonónica —si no en su totalidad, sí durante amplias fases— política y violencia vendrían a ser dos términos poco menos que intercambiables.

Frente al tono original, ensayístico e interpretativo de la obra de Casanova, el libro de González Calleja, tanto en sus aspectos formales —numerosas notas a pie de página, extensos apéndices, amplia bibliografía— como en su estructura y desarrollo, obedece a un criterio mucho más académico. Aunque el autor habla de «tres grandes ciclos de protesta» —el triunfo de la revolución liberal entre 1808 y 1840; la lucha por la hegemonía entre liberales moderados y progresistas en las décadas centrales, y la crisis del liberalismo oligárquico con los experimentos democráticos y las agitaciones obreras, ya en la segunda mitad del siglo— los capítulos se ordenan de una manera más convencional, siguiendo los criterios comúnmente establecidos: así, se empieza con la guerra de la Independencia como «laboratorio y crisol de las violencias del siglo», se continúa con la época fernandina, se aborda seguidamente la «consolidación de los arquetipos violentos» en las guerras carlistas, se trata luego el período isabelino, se desemboca en la «frustración» que supuso el Sexenio Democrático (1868—1874) y se culmina con la fase decimonónica de la Restauración canovista, caracterizada según el autor como «pacificación engañosa». Seis extensos capítulos con un fuerte contenido empírico —la obra en este sentido parece destinada a ser un provechoso manual universitario— que terminan dando paso a un epílogo que trata de tipificar las «continuidades y discontinuidades en las formas de violencia política». El único punto negativo de esta excelente síntesis es un lenguaje un tanto abstruso, lacra bastante extendida en los medios universitarios españoles que, por lo general, aún tienen pendiente el reto de aunar el rigor académico con la claridad expositiva.

Conviene quizá, ahora ya para ir concluyendo, recoger el hilo que dejamos pendiente al comienzo de estas disquisiciones. Nadie que haya llegado hasta aquí osará poner en duda la utilidad de la violencia. Hacerlo sería ingenuo o bienintencionado en el mejor de los casos o, mucho me temo, tratándose de un asunto como este, directamente estúpido. Ahora bien, la experiencia nos muestra que el beneficio que puede obtenerse mediante la fuerza necesita una administración adecuada. El fulgor de la violencia deslumbra y confunde a sus fieles. El siglo XX se abrió bajo el influjo de Stirner y Nietzsche, leídos de modo sesgado como profetas de la destrucción purificadora o las pulsiones nihilistas. ¡Hasta las teorías de Darwin sirvieron para la legitimar la ley del más fuerte! Se alimentó así una mística de la violencia que confluyó con otras ideologías racistas y nacionalistas, por no hablar del imperialismo militarista que se iba extendiendo por todos los confines del globo. Ahora bien, muchos de los que se dejaron llevar por el éxtasis de la violencia sucumbieron a su vez en la misma pira. Desde la revolución francesa, que inaugura el mundo contemporáneo, suele decirse que las revoluciones terminan devorando a sus hijos. En términos concretos hubo, pese a todo, notables excepciones: Lenin, Stalin y Mao, tres de los máximos criminales del siglo XX, murieron en la cama (al igual que Franco, por cierto). Otros asesinos corrieron la suerte contraria, como buena parte de los dirigentes fascistas, con Mussolini a la cabeza, o la casi totalidad de los mandatarios nazis, empezando naturalmente por el propio Hitler. Es imposible por ello extraer de ahí un patrón común: los casos son tan variados y las circunstancias tan dispares que se necesitaría un análisis específico de cada coyuntura histórica para dictaminar el grado de éxito o fracaso de las opciones que enarbolaron la violencia.

Dice a este respecto González Calleja que toda táctica de lucha política debe estar sometida al principio de «maximizar los resultados con el mínimo coste social y material». En la arena política el recurso a la fuerza bruta se presenta a menudo como un atajo eficaz para acceder el poder o lograr determinados objetivos, pero no es menos cierto que, ya sea desde una posición dominante o su contraria, «la aplicación abusiva, continua e indiscriminada de la violencia puede causar efectos contraproducentes». Calleja insiste en este punto de vista cuando añade que «en no pocos casos, el exceso de violencia», lejos de servir a los fines últimos de quienes han recurrido a ella, se ha convertido en un boomerang. Haciendo una arriesgada analogía con el llamado juego político, podría entonces hablarse de un «juego de la violencia política», es decir, la aplicación de tácticas de intimidación o represión proporcionadas, lejos siempre del delirio nihilista «del todo o nada o de la guerra total». La violencia política bascula así «entre la táctica de la escalada y formas de interacción más pacíficas (negociación o persuasión)». En estas breves páginas (5-13) de reflexión teórica, encontramos una importante convergencia entre el planteamiento de Calleja y el que vimos en su momento en Casanova: ambos coinciden en que, aunque los estallidos espontáneos hayan seguido produciéndose, lo verdaderamente característico de la violencia política en el mundo contemporáneo ha sido su creciente o acelerado tránsito hacia una completa «racionalización». Lejos de atemperar los perfiles más cruentos y atroces de la agresividad humana, esta racionalidad ha supuesto un salto cualitativo debido a los grandes rasgos que han acompañado el proceso: la planificación, el uso de la tecnología más avanzada y, como corolario de todo lo anterior, el cálculo con el propósito de multiplicar su eficacia.

Me preguntaba en los prolegómenos de esta reflexión si habíamos aprendido algo de este huracán de «violencia indómita» (Casanova) que fue el pasado siglo o de ese permanente «recurso a la sangre» (Casquete) que ha orlado de inmerecido prestigio algunas formas de violencia hasta nuestros días. Pese a que en determinados contextos marcados por las atrocidades se ha repetido con más benevolencia que convicción la consigna de «nunca más» —acuñación que procede originalmente del caso de los desparecidos en Argentina bajo la última dictadura militar—, lo cierto es que la tentación de la estrategia o táctica de la violencia sigue estando donde siempre ha estado, en disposición de ser usada en cualquier momento con el mismo entusiasmo de siempre. La contemplación de una época contemporánea teñida de rojo y atravesada por gritos de espanto no nos ha vacunado para evitar las mismas o parecidas catástrofes, que seguirán produciéndose acaso con más auxilio de la técnica y una mayor premeditación. No resulta por ello aventurado predecir un futuro en el que la violencia resplandezca con su fulgor deslumbrante y, con la coartada de fundar un nuevo orden o un nuevo hombre (los ideales espurios de antaño), persistamos en desencadenar masivos derramamientos de sangre. Aunque, eso sí, probablemente nos mancharemos mucho menos las manos.

12/11/2020

 
COMENTARIOS

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Y, efectivamente, el resultado de la violencia debería contrastarse con los costes de conseguirlo.

Tal vez, una filosofía social basada en el conflicto está en la base del error.

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