Octubre 2020
Revista de Libros
La Revolución vista por un bailaor flamenco
Rafael Núñez Florencio - AÚN SE ESCRIBEN LIBROS

Para la mayor parte de los lectores el nombre de Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897-Londres, 1944) está indisolublemente asociado a su obra A sangre y fuego (1937), descarnado retrato de nuestra guerra civil, aunque los taurófilos se apresuran a reivindicar también su biografía de Belmonte (1935). En cualquier caso, me atrevo a afirmar que, salvo un sector de especialistas en la historia y el periodismo de los años treinta, la mayor parte desconoce que la curiosidad y perspicacia de Chaves, tan excelente cronista como viajero contumaz, le llevaron a prestar especial atención a los acontecimientos políticos que se desencadenaron en Rusia desde 1917. 
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Leviatán encadenado o la política de la Reina Roja
Rafael Núñez Florencio - AÚN SE ESCRIBEN LIBROS

Como tantos otros lectores, me acerqué en su momento al primer libro en español de Daron Acemoglu y James A. Robinson atraído por su titulo: Por qué fracasan los países. Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza (traducción de Marta García Madera, ediciones Deusto, Barcelona, 2012). Recuerdo perfectamente la portada del libro, en la que destacaba la primera parte del título en letras gigantescas, conformando uno de esos lances de manual en los que una acuñación acertada facilitaba el éxito del producto. Hay que reconocer también que la sinopsis de la contraportada resultaba seductora y, aún más, que dicha atracción se mantenía en los primeros compases del libro gracias a la comparación, a uno y otro lado de la frontera que separa México de Estados Unidos, entre dos pueblos con el mismo nombre, «Nogales» (uno en Arizona, el otro en Sonora). Según los autores, mejor que de dos localidades habría que hablar de una sola, dividida por una alambrada, solo que la renta media del lado estadounidense triplicaba la del sector mexicano. 
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Europa era una fiesta: la ilusión de una identidad cultural
Rafael Núñez Florencio - AÚN SE ESCRIBEN LIBROS

No creo equivocarme mucho si señalo que para los españoles del siglo XXI, Europa representa una realidad ambivalente como resultado de, al menos, dos sentimientos contradictorios, la pertenencia y el fastidio. No me detendré ahora en el primero de ellos: basta recalcar su palmaria obviedad, los españoles somos europeos y punto. Dejémoslo por lo pronto así. Tampoco requiere mucha más explicación el segundo: como resultado del proceso de integración de España y la misma constitución de la Unión Europea, decir en términos políticos Europa —a menudo basta decir Bruselas— suele despertar entre nosotros un cierto malestar y una innegable suspicacia, por cuanto las directrices que emanan de sus órganos administrativos se consideran, con no poca razón, dictadas por una burocracia lejana e insensible, casi como una entidad extraterrestre.
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El azar, siempre el azar
Rafael Núñez Florencio - AÚN SE ESCRIBEN LIBROS

No había vuelto a leer nada de Pierre Lemaitre desde que terminé Nos vemos allá arriba (traducción de José Antonio Soriano Marco, Salamandra, 2014). Lo que me acercó a esa novela no fue el hecho de que se le otorgara el Goncourt del año anterior (2013), como recalcaba la promoción editorial, sino la presunta temática del libro, que me interesaba por tres motivos: primero porque se cumplía a la sazón el centenario del estallido de la Gran Guerra y yo andaba enfrascado por razones profesionales en la lectura de todas las obras —o, al menos, todas las que pudiera abarcar— que se publicaban en esas fechas en el mercado español sobre el conflicto de marras.
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Irrelevancia y perplejidad
Rafael Núñez Florencio - AÚN SE ESCRIBEN LIBROS

Los lectores que sigan este blog comprobarán que no comparto un prejuicio ampliamente extendido en los ámbitos académicos y universitarios —especialmente en nuestro país—: el que lleva a despreciar o, como mínimo, ningunear, a aquellos autores que se afanan por compartir los conocimientos y avances de sus campos específicos de estudio con el resto del público no versado en estas materias. O sea, para entendernos, lo que suele entenderse como divulgación. Hablo de la divulgación seria, exigente y rigurosa, no de los refritos oportunistas de los advenedizos. El mejor antídoto contra estos es precisamente cubrir ese flanco de la generalización científica —tan solicitado por una parte importante de la población— de modo escrupuloso, sin improvisaciones, simplismos o, lo que es peor y más frecuente, búsqueda del impacto facilón y exitoso.
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Homo agitatus
Rafael Núñez Florencio - AÚN SE ESCRIBEN LIBROS

Hace unos días leí unas declaraciones de un conocido periodista, asiduo contertulio e intelectual crítico de guardia, en las que señalaba con manifiesta displicencia —cito casi literalmente— que no había aprendido nada en la actual crisis porque no había nada que aprender. Discrepo por un doble motivo: primero, porque mantengo la ingenua opinión de que se puede o, mejor dicho, se debe aprender de casi todo y más cuando se trata de un acontecimiento fuera de lo común, como es el caso; segundo y más concretamente, porque esta excepcionalidad es tal en la más profunda acepción del término, con una ruptura abrupta de las pautas que han marcado nuestra vida desde que tenemos uso de razón, al menos para las generaciones actuales (los más longevos se pueden remitir a la guerra civil o la inmediata posguerra). No me refiero ahora tanto a las rupturas obvias —de la actividad económica, la circulación de mercancías o el comercio, por mencionar las más evidentes— como a la propia quiebra de la vida cotidiana, reducida por largo tiempo a un estado de hibernación que muchos hemos vivido como auténtico arresto domiciliario. Pero fuera de las derivaciones políticas, lo que me interesa subrayar es que la mencionada singularidad de la situación ha favorecido el cuestionamiento o, como mínimo, la reflexión sobre determinadas actitudes que antes dábamos por normales o naturales, en buena medida como reflejo del mundo en el que nos insertábamos.
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¿Enganchados o prisioneros?
Rafael Núñez Florencio - AÚN SE ESCRIBEN LIBROS

La anécdota —mínima, trivial— que voy a contar como punto de partida parecerá a los lectores más jóvenes sacada del Paleolítico, pero sucedió a comienzos de este siglo. Claro que, si bien se piensa, con la aceleración histórica que vivimos, datar en esas fechas —unos tres lustros más o menos— viene a ser como hablar de la prehistoria, casi literalmente. Y, sin embargo, lo que quiero referir es precisamente el surgimiento de una actitud que hoy, de tan extendida, parece plenamente normal. Fue durante un examen de fin de curso. La mayoría de mis alumnos se habían ido marchando según terminaban y quedaban muy pocos por entregar sus papeles. Normalmente, pese a mis advertencias, quienes salían del aula se quedaban comentando sus impresiones en el pasillo, justo detrás de la puerta, montando una algarabía molesta para los que no habían acabado aún. En un momento determinado caí en la cuenta de que esta vez no se oía ruido alguno en el exterior. Agucé el oído y más bien percibí un silencio extraño, como un zumbido sordo, que me impulsó a abrir la puerta con cierta inquietud. Lo que vi me dejó asombrado: no menos de una quincena de alumnos se distribuían irregularmente por el hall de entrada a la clase, en los peldaños de la escalera, apoyados de pie en la pared o sentados en el suelo.
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Todos los caminos conducen a uno mismo
Rafael Núñez Florencio - AÚN SE ESCRIBEN LIBROS

En las largas semanas de confinamiento, surgió en varias ocasiones en charlas telefónicas con los amigos la cuestión de qué añorábamos más de lo que todos dimos en denominar vida normal, o sea, la anterior a la pandemia. Para mí, lo primero, como le pasaba a la inmensa mayoría, era la relación afectiva directa y sobre todo táctil —abrazos, besos— con los seres queridos que residían en otra ciudad o simplemente otro barrio distante. En lo segundo, me temo, tampoco era excesivamente original: como la mayor parte de mis compatriotas, echaba mucho de menos la sociabilidad en torno a la barra de un bar o una agradable cena en un acogedor restaurante. El tercer puesto de la lista lo ocupaba una actividad que antes del encierro parecía trivial o irrelevante: pasear. Me refiero al hecho elemental de salir de casa, a menudo sin rumbo fijo, solo para estirar las piernas y despejar la mente después de varias horas frente a un libro o el ordenador. En otras ocasiones, el paseo —si así puede llamársele— era más premeditado, pues se trataba de partir con tiempo y sustituir el metro o el autobús por una caminata al dirigirme a mi lugar de trabajo o una cita. Ahora, en la cuarentena, costaba trabajo concebir que de golpe y porrazo tuviésemos vedado o al menos restringido algo tan simple como pisar libremente la calle. Ya nos lo habían advertido los filósofos desde la antigüedad grecorromana: la vida humana se compone de pequeñas cosas tan imprescindibles como poco valoradas… ¡hasta que las perdemos!
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¿El ocaso de la sociedad abierta?
Rafael Núñez Florencio - AÚN SE ESCRIBEN LIBROS

Cuando Popper publicó el libro que le daría fama y se convertiría en un clásico del pensamiento del siglo XX, La sociedad abierta y sus enemigos (1945) no podía en modo alguno vislumbrar que la gran amenaza para el orden liberal y el pensamiento crítico no vendría de sus llamados adversarios tradicionales —aquellos contra los que se dirigía la obra— sino del progreso científico y tecnológico. En términos políticos, durante la casi totalidad del citado siglo, los mayores antagonistas de los regímenes democráticos eran fácilmente identificables: fascismo y comunismo —las dos caras del totalitarismo— y dictaduras civiles o militares —autoritarismo—. Derrotados militarmente los sistemas fascistas y desacreditadas las dictaduras, el tercer acto, la implosión del socialismo real entre 1989 y 1991, parecía sancionar el triunfo definitivo del liberalismo y la democracia, el «fin de la historia» (Fukuyama dixit).
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El silencio, cuando menos lo esperábamos
Rafael Núñez Florencio - AÚN SE ESCRIBEN LIBROS

Antes de que suene el despertador me suele desvelar el ruido o la actividad de la calle, que se filtra tenuemente por las paredes, las persianas y las ventanas cerradas. Es algo inconcreto, como un zumbido, lo suficientemente sólido como para sacarme del sueño pero también lo bastante difuso como para hacerlo sin molestar, promoviendo una transición dulce entre el descanso y el comienzo de las tareas cotidianas. En estos días tan extraños, la primera rareza surge ahí, en el primer momento del día, cuando aún no he abierto los ojos y acaso todavía más dormido que despierto, percibo confusamente que algo va mal, sin saber exactamente qué es, si grave o no. Cuestión de segundos o de milésimas de segundos, como dicen a veces con énfasis los cronistas deportivos. El tiempo suficiente como para identificar siempre la primera hipótesis recurrente, ¿es hoy domingo? 
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