Radiografía del patriota
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

Durante la reciente conmemoración del fin de la Gran Guerra, que congregó en París a líderes de todo el mundo, no faltó quien recordase ‒en la consabida pieza periodística sobre las películas dedicadas al conflicto‒ el retrato de la guerra de trincheras que hiciese Stanley Kubrick en Senderos de gloria (1957): un título lleno de ironía, pues esos caminos sólo conducían a la muerte de unos soldados que combatían sin esperanza. Menos citada es Rey y patria (1964), de Joseph Losey, que se ocupa, no obstante, del mismo problema cuando relata el juicio por alta traición contra un soldado que ha desertado de su regimiento. En ambos casos se plantean preguntas incómodas sobre el patriotismo y su relación con el nacionalismo: ¿es un buen patriota quien entrega su vida a la nación al margen de las circunstancias o, por el contrario, lo será quien sepa elevarse por encima de esas circunstancias para exigir a su patria lealtad a los ideales democráticos o el más elemental respeto a la dignidad humana?
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Buster Keaton: El héroe del río
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Cuando en Cantando bajo la lluvia (Gene Kelly-Stanley Donen, 1952) el productor R. F. Simpson (Millard Mitchell) proyecta en su mansión unos breves minutos de cine sonoro ‒un prodigio inesperado en un Hollywood con grandes estrellas que hasta entonces nunca se habían planteado el reto de añadir su voz a unas interpretaciones afectadas y barrocas‒, una actriz con aspecto de vampiresa exclama despechada: «¡Vulgar, insufriblemente vulgar!» Su aristocrático desdén no frenará el vertiginoso avance del cine sonoro, que expulsará a los grandes divos y divas de su paraíso de celuloide. De joven, no prestaba demasiada atención a esta escena, pues el cine mudo no me decía gran cosa. Ahora, en cambio, creo que la actriz tenía cierta razón. No puedo despreciar el cine sonoro, pues sus años dorados me han regalado –y siguen regalándome‒ momentos inolvidables, pero el cine mudo me parece más delicado, más poético. Hace unos días, volví a ver El héroe del río (Steamboat Bill, Jr., 1928), una película deliciosa interpretada y dirigida por Buster Keaton. 
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De entre los muertos: el otro lado de Welles (y II)
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

Veníamos diciendo que la película inacabada de Welles, El otro lado del viento, presentada por fin al público en una versión reconstruida por un competente equipo de colaboradores, no trata temas menores: de la muerte de Hollywood a la muerte del macho, pasando por la amistad traicionada. Jonathan Rosenbaum ha hablado de una película «feminista» que tiene más que decir a nuestro tiempo de lo que tenía que decir al suyo, es decir, a la segunda mitad de la década de los setenta. Puede ser: vayamos por partes.

Al igual que Welles, el protagonista de El otro lado del viento ‒ese veterano director, Jake Hannaford, al que interpreta un John Huston quizá demasiado cercano al modelo‒ ha regresado de Europa en busca de nuevas oportunidades en un Hollywood súbitamente abierto al auteur
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Malos de película
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

No me gustan los canallas del mundo real. Jamás he comprendido la fascinación que despertaba Charles Manson, con su mirada de trasgo maléfico y su esvástica tatuada en la frente. En cambio, me gustan los malos de película, particularmente cuando su perversidad roza lo grotesco e inverosímil. Me encanta Lee Marvin en Los sobornados (Fritz Lang, 1953), interpretando a Vince Stone, un gánster fanfarrón, sádico y hortera. La escena en que arroja café hirviendo sobre la cara de la hermosa Debby (Gloria Grahame) constituye uno de los momentos más sobrecogedores de la historia del cine negro. El talento y la sensibilidad de Lang nos ahorran el horror explícito. Sólo vemos la cara enloquecida del gánster, la cafetera hirviendo y, poco después, a Debby chillando, con el rostro enterrado en las manos. El instante en que se consuma la cobarde agresión acontece fuera de campo. Si Lang hubiera optado por lo explícito, el terror se habría mezclado con el asco, menoscabando el efecto dramático. 
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Del mal, el menos (I)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Los españoles mantenemos con el refranero una relación curiosa, que no sería muy exagerado llamar de atracción-rechazo, es decir, de amor-odio. Por un lado, el refrán genera un cierto fastidio: ¡vaya, hombre, las frases hechas, los tópicos! Por otro lado, ¿quién no ha acudido en algún momento en una discusión o incluso en una conferencia a echar mano de un refrán como puntualización socorrida y contundente? Es verdad que este recurso al refranero está descendiendo a una velocidad desconcertante, como tantas otras cosas. Ya para los de mi generación el refranero había perdido gran parte de su virtualidad. Sobre todo para quienes, aun siendo de pueblo, nos hemos educado en una cultura urbana y luego hemos vivido en grandes ciudades. Para nosotros, el inabarcable mundo de los refranes había quedado acotado a no más de unas decenas –seguro que no llegaban al centenar‒ de sentencias, las más afortunadas, las que habían sobrevivido por las razones que fuesen, más o menos explicables, a la transformación social y cultural de las últimas décadas (en el caso de España, desde mediados del siglo XX). 
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De entre los muertos: el otro lado de Welles (I)
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

En su libro sobre la vida y obra de Orson Welles, el crítico David Thomson se refirió en estos términos a la posibilidad de que algún día viera la luz El otro lado del viento, legendario proyecto inacabado del director norteamericano: «Yo espero que eso no suceda. Debería permanecer lejos de nuestro alcance». Y preguntado recientemente por Lawrence French acerca de ese peculiar deseo negativo, Thomson razonaba así:

Nadie necesita pruebas de que Orson Welles fue nuestro mayor artista cinematográfico. He visto suficientes fragmentos de El otro lado del viento para, cuando menos, considerar la posibilidad de que no sea tan brillante como todo lo que ya tenemos de él. Me gusta la idea de una película soñada, situada en el horizonte, pero sin llegar nunca a puerto. De este modo, la gente hablaría siempre de ella. Esa leyenda sería más favorable a Welles que la recuperación de la película.
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Finales de película
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Los finales perfectos sólo existen en el cine. Quizá dejan una huella tan duradera en la memoria colectiva porque nos hacen soñar con un mundo donde los buenos triunfan o, en el peor de los casos, fracasan con dignidad. ¿Quién no recuerda el final de ¡Qué bello es vivir! (It’s a Wonderful Life, Frank Capra, 1946), con George Bailey (James Stewart) leyendo la dedicatoria escrita por Clarence, su ángel de la guarda, en un viejo y gastado ejemplar de Tom Sawyer? Interpretado por el entrañable Henry Travers, Clarence le recuerda que los hombres con amigos nunca fracasan. Y es cierto. Al menos en la película, donde todos los amigos de George acuden a ayudarle en su hora más trágica, entonando la vieja canción escocesa «Auld Lang Syne», que celebra los lazos de afecto y comunidad. ¡Qué bello es vivir! es un cuento de hadas en el que la intervención de un ángel evita el suicidio de George, desesperado por la expectativa de la ruina, el escándalo y la cárcel. Su tío Billy (un magnífico Thomas Mitchell) ha extraviado ocho mil dólares de la pequeña compañía de empréstitos que dirige, casi una entidad filantrópica que presta dinero a bajo interés y construye viviendas sociales para familias de escasos recursos. 
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La era de la profusión informativa
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

En los debates sobre el lugar de la prensa en la democracia, suele citarse la célebre afirmación de Thomas Jefferson, tercer presidente de los Estados Unidos: «Si tuviera que elegir entre gobierno sin periódicos o periódicos sin gobierno, elegiría sin dudarlo lo segundo». Menos frecuente es que la cita de esta frase, pronunciada en 1787, se complete con la que pronunciara veinte años después, cuando ya llevaba seis años en el poder:

El hombre que nunca lee un periódico está mejor informado que el hombre que los lee, igual que quien no sabe nada está más cerca de la verdad que aquel cuya mente está llena de falsedades y errores.

Es decir: las fake news antes de las fake news. Hay que suponer que una observación tan escéptica es, en buena medida, el resultado de la experiencia del poder y sus amargos malentendidos. También, qué duda cabe, de la naturaleza dominante de una prensa ‒la de su época‒ tan vibrante como atrabiliaria. 
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La estupidez es contagiosa (y II)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Supongo o, mejor dicho, estoy seguro de que se darían cuenta de mis esfuerzos por no entrar en el terreno directamente político al desarrollar algunos de los temas que contiene el Breve tratado sobre la estupidez humana, que comenté el otro día. Y eso que a su autor, Ricardo Moreno Castillo, le anima un claro propósito de esa índole, unas veces implícito y otras, las más, bien explícito. En gran medida porque considera –creo que con toda la razón del mundo‒ que la mayor parte de la estupidez del mundo en que vivimos procede de toda esa serie de cantamañanas que han reflexionado dos segundos y han decidido que el mundo está mal hecho y ellos son los llamados a enderezarlo. Moreno pone múltiples ejemplos de tales especímenes: así, esos ecologistas radicales que hablan de hacer justicia a la Madre Tierra o que, reconvertidos al animalismo, hablan del derecho de una especie a ser salvaguardada, sin reparar en que el derecho es una herramienta creada por el hombre que sólo tiene sentido en la sociedad humana. 
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Sobre la hipótesis socialista en el momento de su posible regreso
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

Decíamos la semana pasada que el apoyo al socialismo había experimentado un notable crecimiento en las encuestas de opinión tras la Gran Recesión, apoyo que ha encontrado también eco en una intelligentsia que aquí y allá expresa su deseo de desplazar el centro político hacia la izquierda. ¡Hasta Fukuyama pide el regreso del socialismo para combatir los excesos del turbocapitalismo globalizado! Lo cierto es que esta preferencia por el socialismo parece compatible con el ascenso global del populismo, que ha tenido en la victoria de Jair Bolsonaro en Brasil su último episodio. La coincidencia en el tiempo de ambos fenómenos debiera, en principio, sorprendernos. O quizá no tanto.

Si atendemos a las proclamas electorales de los líderes populistas, nada hay de extraño en esa coincidencia; al menos, a aquellas que se refieren a la necesidad de derribar al establishment y a poner en marcha medidas económicas proteccionistas. 
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