Sesión doble: Murieron con las botas puestas y Río Bravo
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

En los años ochenta aún había varios cines en el barrio de Argüelles, pero casi todos desaparecieron a la vez, incapaces de soportar la competencia del vídeo, que puso a disposición de las familias un creciente catálogo de clásicos y novedades a precios asequibles. Aunque todavía no habían aparecido las pantallas de grandes dimensiones, se impuso la comodidad de ver las películas en casa. Las generaciones que habían crecido con pequeños televisores de tubo en blanco y negro consideraron un lujo poseer una copia de CasablancaSolo ante el peligro o Testigo de cargo. Yo empecé una colección de cintas en VHS que creció hasta bordear el mágico número de mil películas. Cuando apareció el DVD y, algo más tarde, el Blu-ray, experimenté el mismo trauma que otros coleccionistas insaciables, pues de repente descubrí que había acumulado un formato condenado a extinguirse. Nos habían asegurado que las películas durarían siempre, que soportarían el paso del tiempo, pero el tiempo había pasado y se cobraba una vez más su tributo, evidenciando la irremediable caducidad de cualquier objeto o forma de vida. 
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La religión dentro de los límites de la mera emoción
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

El escritor francés Emmanuel Carrère nos relata en El Reino ‒entre otras cosas‒ la historia de su breve experiencia como creyente católico a comienzos de los años noventa, cuando una crisis personal le condujo a la fe. Su planteamiento es individualista: una búsqueda subjetiva del sentido que, en el caso de Carrère, incluyó un exhaustivo comentario del Evangelio de San Juan. «Ser yo se me hizo literalmente insoportable», escribe: el fardo de la existencia se le había hecho demasiado pesado. A la evangélica edad de treinta y tres años, el escritor francés es instruido por su madrina; instruido en una vida espiritual encaminada a conquistar el reino interior al que alude el título de su libro. Pero sus reflexiones arrancan, veinte años después de ese chispazo religioso que le duraría tres años, con un sentimiento de extrañeza ante la posibilidad de que haya fieles que crean todavía hoy aquello que cuenta la Biblia.
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A propósito del amaranto
Francisco García Olmedo / Jaime Costa - EL PAN DE NUESTROS DÍAS

En la tertulia del Sotoverde entablamos hace unos días una discusión a propósito del título, El color amaranto, con que acaban de aparecer publicados los Cuentos completos de Antonio Ferres. «¡No hay tal color en español!», dice uno. «No sé por qué puse ese título a uno de los cuentos», dice el propio Antonio. «Los ingleses sí hablan del color amaranto», dice otro. El Diccionario de la Real Academia no nos saca de dudas: la entrada amaranto está llena de errores. Al final me encargan que investigue el asunto y, hechas las consultas, decido compartirlas con ustedes en esta que será la última entrada del blog «El pan de nuestros días». El próximo enero cambiaremos de tema.
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Cicely, utopía en Alaska
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Doctor en Alaska (Northern Exposure) se emitió entre 1990 y 1995. Consta de ciento diez capítulos distribuidos en seis temporadas. Narra las peripecias de Joel Fleischman (Rob Morrow), un joven médico judío que ha crecido en Nueva York y ha realizado sus estudios en la prestigiosa Universidad Columbia. Ambicioso, neurótico, inteligente, republicano, aficionado al golf y el baloncesto, se costeó la carrera con una beca que le obligaba a prestar sus primeros cuatro años de ejercicio profesional en el Hospital General de Anchorage. Sin embargo, sus servicios no son necesarios en Anchorage y lo envían a Cicely, la Costa Azul de Alaska, donde no hay médico local. Cuando Joel llega a su inesperado destino, descubre que Cicely es un pequeño pueblo, cuya oferta comercial y cultural se reduce a un pequeño comercio, un bar y una rudimentaria sala de cine. Aunque está rodeado de naturaleza virgen, sólo es una calle por la que se pasean perros nórdicos, leñadores barbudos y nativos de rostro impasible. De vez en cuando, aparece un camión de gran tonelaje, con una carga de troncos recién talados y, raramente, un circo ambulante o un vendedor con una pequeña boutique sobre ruedas. 
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De cómo y por qué el cielo es el infierno (y II)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Les recuerdo que estábamos hablando de “El sueño”, un relato de Julian Barnes que cierra el libro titulado Una historia del mundo en diez capítulos y medio. El protagonista de esta fábula –y ustedes también, naturalmente, es decir, todos– hemos comprendido varias cosas importantes. La primera y principal, porque abre la compuerta de todas las contradicciones, es que la ruptura de nuestras limitaciones temporales, lejos de resolver nuestros problemas, acentúa paradójicamente nuestras insuficiencias. Por decirlo de manera más sencilla, disponer de todo el tiempo del mundo o instalarnos en la eternidad en vez del tiempo tasado agrava hasta lo insoportable el peso de nuestras limitaciones. Este sueño en el que nos hemos asentado es, naturalmente, un sueño en su doble sentido: la fantasía que desarrollamos cuando estamos dormidos, pero también el deseo irrealizable que albergamos cuando estamos despiertos. 
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Testimonio del espectador
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

Ahora que termina el año, algunas publicaciones ‒semanarios anglosajones y alemanes sobre todo‒ dedican suplementos enteros a poner el mundo en cifras, a la manera de un «estado de cosas» que permita medir los progresos y retrocesos experimentados en los últimos doce meses. Se aprenden así cosas curiosas. Por ejemplo, que después de una eficaz campaña estatal, solo el 2% de los chinos carece de retrete, un problema que, en cambio, sigue afligiendo a un 40% de indios: he ahí el tratado de política comparada más breve que pueda concebirse. Pero también los españoles, con motivo del 39º cumpleaños de la Constitución, hemos intentado cuantificar los considerables avances obtenidos tras casi cuatro décadas de democracia constitucional: desde la renta per cápita al número de diputadas. Y lo hemos hecho al final de un año que ha traído consigo el mayor sobresalto de nuestra historia política reciente, en forma de una intentona secesionista de carácter insólito que tendrá a los estudiosos ocupados durante muchos años. De momento, apenas estamos cogiendo aire.
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El índice de Gini en el posneolítico agrícola
Francisco García Olmedo / Jaime Costa - EL PAN DE NUESTROS DÍAS

Los de mi generación crecimos preocupados más por la pobreza que por la desigualdad y, al menos yo, tuve que aprender muy tardíamente en qué consiste el índice de Gini (0, cuando todos tienen exactamente lo mismo y 1, cuando hay uno que lo tiene todo). Cuando ya empezaba a sentirme cómodo leyendo a Thomas Piketty, me ha saltado la liebre de que hay arqueólogos y antropólogos que han empezado a introducir en sus trabajos el mencionado índice y los conceptos a él asociados. Así ocurre, por ejemplo, en un trabajo que Timothy A. Kohler et altera acaban de publicar en la revista Nature sobre las mayores disparidades de riqueza en Eurasia en comparación con América del Norte y Central. Diremos, de entrada, que estas disparidades eran en aquellos tiempos menores que las que se dan en la actualidad en Norteamérica, por ejemplo.
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Levi’s 501
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

En la España de los sesenta del pasado siglo, los niños llevaban pantalones cortos hasta los nueve o diez años. Algunos se desprendían de ellos algo antes y otros un poco más tarde. Solía depender del desarrollo físico. Cuando el vello comenzaba a cubrir la piel, se imponía el pantalón largo por razones estéticas, pero también éticas. En esa época, el pudor era un criterio inapelable y, salvo en la playa, la piscina o el campo de fútbol, se consideraba moralmente recomendable no exhibir el cuerpo. Es cierto que algunos hombres mayores se atrevían con los pantalones cortos, especialmente en verano, pero no solía mirarse con buenos ojos, excepto cuando se pilotaba un barco de recreo o se pescaba en un espigón de una zona turística, donde las costumbres se relajaban gracias a la presencia creciente de extranjeros. Yo odiaba los pantalones cortos, como casi todos los niños, pues quería ser mayor y consideraba que el primer paso para avanzar en esa dirección consistía en deshacerse de una prenda tan ridícula como los peinados tipo tazón. No recuerdo exactamente cuándo estrené los anhelados pantalones largos, pero sí que experimenté cierta decepción. 
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Ciudadano Wales
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

En una de las escenas de Ciudadano Kane, el magnate periodístico del mismo nombre pide a uno de sus ayudantes que le lea el cable enviado por el corresponsal del Herald en Cuba:

Deliciosas chicas en Cuba. Stop. Puedo enviarle poemas en prosa, pero no me parece correcto gastarme su dinero. Stop. No hay guerra en Cuba. Firmado: Wheeler.

A la pregunta de si desea enviar respuesta, un sonriente Kane dice que sí: «Querido Wheeler: usted ponga los poemas, que yo pondré la guerra». Y así fue: la guerra hispano-estadounidense que se libró entre abril y agosto de 1898 tomando a Cuba como pretexto tiene su origen en la competencia entre The New York Journal, de William Randolph Hearst, de quien es trasunto el Kane de Welles, y The New York World, de Joseph Pulitzer.
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La cosecha fundacional
Francisco García Olmedo / Jaime Costa - EL PAN DE NUESTROS DÍAS

La domesticación en el neolítico precerámico del trigo diploide, la escaña menor (Triticum monococcum L.), es el acto fundacional de nuestra civilización occidental. En una conferencia reciente aludí de pasada a este hecho y hubo varias personas que posteriormente vinieron a hacerme preguntas sobre él. Hago ahora un poco de historia.

Ya he contado en algún sitio cómo hace más de dos décadas fui testigo de la pesquisa que mi buen amigo Francesco Salamini organizó para averiguar el momento y el lugar donde se produjo la mencionada domesticación. Era yo entonces miembro del consejo científico del Instituto Max Planck de Colonia, donde se llevó a cabo la investigación, y Salamini era uno de sus directores. En septiembre de 1995, un inmenso mapa, que cubría toda una pared de una pequeña habitación, aparecía acribillado por miles de chinchetas de distintos colores: cada chincheta localizaba una población de trigo diploide silvestre y cada color representaba una descripción codificada.
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