La silla
Ismael Belda - LOS PORTADORES DE LINTERNAS

Hace no mucho, sentí el urgente deseo de deshacerme de mi vieja silla de oficina y de comprarme una silla de verdad. No quería ruedas, ni asiento giratorio, ni palancas para ajustar la altura o la inclinación. Quería una silla de madera con cuatro patas, un respaldo y dos brazos. Por quince euros, encontré una que cumplía mis requisitos en una página web de compraventa entre particulares. Contacté con el vendedor y acordé con él recogerla en su casa, en Alfahuir, cerca de Gandía. Justo cuando Guada y yo salíamos, me llamó mi amigo Tomás para pedirme que lo llevase a la biblioteca de Gandía a devolver unos libros. Quince minutos después estábamos frente a la puerta de su casa y lo vimos salir, tropezando por las prisas y absurdamente vestido con una camisa de manga larga y un sombrero de paja que oculta sus carencias capilares y que, según dice él, le confiere un aire distinguido (se equivoca). No exagero si digo que cuando quedamos solos los dos va vestido como un mendigo, pero Guada, mi mujer, tiene un extraño efecto en él. No es que esté enamorado de ella (al menos eso creo), pero le profesa una veneración que, aunque aprecio y obviamente comparto, considero excesiva. Me bajé del coche para saludarlo y él, de forma sutil, me apartó para sentarse en el asiento delantero junto a Guada, que conducía y estaba de un humor triste (con fundadas razones).
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Reflexiones naturalistas
La cooperación a escala global
Miguel Ángel Castro Nogueira / Laureano Castro Nogueira - BLOG RDL

Una de las claves del éxito evolutivo de nuestra especie ha sido su capacidad de cooperar. La cooperación para beneficio mutuo en los seres humanos ha trascendido las fronteras del parentesco genético para extenderse a grandes grupos de individuos no relacionados. El entramado institucional político supranacional y la globalización son dos ejemplos actuales de esa complejidad creciente que ha alcanzado la cooperación humana.
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Un gran seguro social frente a la COVID-19
José Antonio Herce / Miguel Ángel Herce - UNA BUENA SOCIEDAD

No hace falta ser actuario (una profesión de futuro, por cierto) para entender qué significa «mutualizar» un riesgo. A no confundir con «socializar» una pérdida ya incurrida, como hacía (entre otras cosas, no todas malas) el antiguo INI con las empresas que quebraban por mala gestión, nacionalizándolas y haciendo que el desastre lo pagasen todos los contribuyentesConviene traer a colación, ahora que se vuelve a hablar de “política industrial nacional” con motivo de la crisis de NISAN, una gran referencia sobre el Instituto Nacional de Industria, nacido “de la Autarquía”, escrito por uno de los historiadores más cualificados en su estudio, Antonio Gómez Mendoza: De mitos y milagros. El Instituto Nacional de Autarquía (1941-1963). El resumen del mismo dice textualmente: “El Instituto Nacional de Autarquía cambió su nombre in extremis por el de Instituto Nacional de Industria. El INI se convirtió en el emblema de la política económica del régimen de Franco. Entre sus propósitos fundacionales figuraba la asistencia a la empresa y a la iniciativa privada para acometer grandes planes de desarrollo. El libro muestra que lo ocurrido durante su primer cuarto de siglo de vida poco tuvo que ver con esa visión”..
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Irazoki y las gotas contadas
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Las aberraciones de la historia merman nuestra fe en el hombre, pero cada vez que surge la voz de un poeta fieramente humano se restablece nuestra confianza, revelándonos que la ternura y la inteligencia hacen retroceder a las pasiones más indignas. Francisco Javier Irazoki (Lesaka, 1954) es un hombre bueno y eso se transparenta en su poesía, luminosa, humilde y esperanzadora. La excelencia moral no es siempre garantía de excelencia artística, pero cuando ambas virtudes convergen el resultado es altamente inspirador. El contador de gotas es la última entrega de una trilogía que comenzó con Los hombres intermitentes y continuó con Orquesta de desaparecidos. Se trata de un tríptico autobiográfico, donde una suave melancolía convive con un acendrado optimismo vital. Irazoki nunca ha caído en la trampa del pesimismo. Conoce el dolor, pues ha sufrido accidentes y pérdidas, pero nada le ha hecho repudiar la vida. Su concepto de la existencia excluye lo sobrenatural. No hay ninguna referencia a Dios. Nunca deplora la finitud. Como diría su entrañable amigo Fernando Aramburu, «un paseo por la vida es suficiente». Irazoki es un poeta intimista y con grandes dotes de introspección, pero nunca le ha dado la espalda a  la realidad. Su voz se ha alzado contra el terrorismo de ETA, cuidando la memoria de las víctimas. Su coraje cívico nunca se ha oscurecido con sentimientos de rencor o revancha. Simplemente, se ha distanciado de los corazones endurecidos que han bañado de sangre su tierra natal, escarneciendo su tradicional espíritu de paz y acogida.
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La estrategia win win
Julio Aramberri - EL RUIDO Y LA FURIA

Decididamente, James Flint no era un hombre de suerte y así lo cuenta Stephen R. Platt (Imperial Twilight: The Opium War and the End of China’s Last Golden Age, Knopf, Nueva York 2018). En 1759 era, sin embargo, el único británico en la colonia comercial de Cantón que sabía hablar —y no correctamente— la lengua local. No había sido una vida fácil la suya antes de su gran aventura en ese año y no iba a serlo después.
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Cuando el pasado se parece al presente
Un episodio de peste en Osuna a mediados del siglo XVII
Francisco Ledesma - BLOG RDL

Introducción

A todos nos ha sorprendido el actual episodio de contagio que azota el mundo y hemos acusado la falta de experiencia en catástrofes de tal magnitud. Tal vez estábamos demasiado ensimismados, confiados en que el avance de la ciencia, los logros tecnológicos y la calidad de nuestros estándares de vida nos prestaban una total protección y eran una barrera infranqueable. En pleno siglo XXI, cuando la biomedicina augura que se puede prolongar la vida hasta los ciento cincuenta años o se empieza a cuestionar que la búsqueda de la eternidad es una utopía, un ser microscópico, diminuto, al parecer, incluso en relación con otros virus, nos ha colocado delante del espejo y nos ha devuelto nuestra propia imagen. Nos ha hecho ver de golpe la fragilidad y vulnerabilidad de nuestra existencia
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El proceso japonés de toma de decisiones
Rodrigo de Vivero - DE UN EXTREMO A OTRO

Por esas cosas de la vida el legado completo del chelista y compositor español Gaspar Cassadó se conserva en el museo de una universidad japonesa: partituras, fotos, libros, discos dedicados por otros compositores… Escondido, inaccesible a investigadores e intérpretes, secuestrado casi. Partituras que permanecen inéditas porque sus custodios no saben distinguir esa posesión física que detentan de la propiedad intelectual, dimiten de su deber moral de dar a conocer el trabajo de nuestro compatriota y se niegan a permitir que músicos interesados accedan a ellas, las interpreten e incorporen a sus repertorios y les den así, en definitiva, la difusión que merecen. Un asunto lamentable del que escribiré otro día.
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Todos los caminos conducen a uno mismo
Rafael Núñez Florencio - AÚN SE ESCRIBEN LIBROS

En las largas semanas de confinamiento, surgió en varias ocasiones en charlas telefónicas con los amigos la cuestión de qué añorábamos más de lo que todos dimos en denominar vida normal, o sea, la anterior a la pandemia. Para mí, lo primero, como le pasaba a la inmensa mayoría, era la relación afectiva directa y sobre todo táctil —abrazos, besos— con los seres queridos que residían en otra ciudad o simplemente otro barrio distante. En lo segundo, me temo, tampoco era excesivamente original: como la mayor parte de mis compatriotas, echaba mucho de menos la sociabilidad en torno a la barra de un bar o una agradable cena en un acogedor restaurante. El tercer puesto de la lista lo ocupaba una actividad que antes del encierro parecía trivial o irrelevante: pasear. Me refiero al hecho elemental de salir de casa, a menudo sin rumbo fijo, solo para estirar las piernas y despejar la mente después de varias horas frente a un libro o el ordenador. En otras ocasiones, el paseo —si así puede llamársele— era más premeditado, pues se trataba de partir con tiempo y sustituir el metro o el autobús por una caminata al dirigirme a mi lugar de trabajo o una cita. Ahora, en la cuarentena, costaba trabajo concebir que de golpe y porrazo tuviésemos vedado o al menos restringido algo tan simple como pisar libremente la calle. Ya nos lo habían advertido los filósofos desde la antigüedad grecorromana: la vida humana se compone de pequeñas cosas tan imprescindibles como poco valoradas… ¡hasta que las perdemos!
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Deuda
José Antonio Herce / Miguel Ángel Herce - UNA BUENA SOCIEDAD

Uno de nosotros es un ferviente aficionado a los musicales de Broadway, y aunque ha tenido la fortuna de ver varios espléndidos musicales en directo (WickedA Chorus LineNewsiesBilly EliotThe Book of Mormon …), el espectacular Hamilton no es uno de ellos. Se consuela, sin embargo, disfrutando de números sueltos de este musical en YouTube. Uno de los más populares, e interesante dado el tema que hoy nos ocupa, es The Room Where It Happens.
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Tintín en el país de los soviets
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Hergé describió Tintín en el país de los soviets como «una transgresión de juventud». Durante mucho tiempo se opuso a su reedición y cuando al fin salió de nuevo a la luz —principalmente para contrarrestar las ediciones piratas de mediocre calidad que circulaban a precios astronómicos—, afirmó que el álbum debía leerse como «un juego» y no como una obra de creación, pues aún se hallaba muy lejos su madurez artística. A diferencia de otras aventuras, Tintín en el país de los soviets nunca se reelaboró ni coloreó. Solo hace un año apareció una edición en color en el ámbito franco-belga. He visto algunas planchas y no me desagradan. Es el único álbum que leí ya de adulto. Conocí su existencia durante los años de la universidad, pero su fama de tebeo reaccionario me disuadió, si bien no apagó mi lealtad hacia el joven reportero que tan buenos momentos me había proporcionado durante mi niñez y adolescencia. Aún recuerdo emocionado los días en que mi madre aparecía con un nuevo álbum, pidiéndome que lo empezara después de acabar los deberes. Para mí, la felicidad era tumbarme de espaldas en una alfombra, con la cabeza apoyada en Tristán, mi pastor alemán, y con una aventura de Tintín en las manos, mientras escuchaba a los Beatles en un rudimentario tocadiscos y satisfacía mi apetito con unas esponjosas magdalenas bañadas en leche caliente.
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