Frank Capra, o la locura de vivir
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Se acusa a Frank Capra (Bisacquino, Sicilia, 1897-La Quinta, California, 1991) de sentimentalismo e ingenuidad, pero Arsénico por compasión (Arsenic and Old Lace) es una comedia irreverente, chispeante y provocadora que escarnece los prejuicios y los convencionalismos de la América blanca, anglosajona y protestante. Basada en la obra teatral de Joseph Kesselring, que obtuvo un enorme éxito en Broadway, Arsénico por compasión relata la historia de dos encantadoras viejecitas que alquilan habitaciones a hombres mayores, melancólicos y solitarios, con la intención de envenenarlos. Aparentemente inofensivas, tía Abby (Josephine Hull) y tía Martha (Jean Adair) no se mueven por instinto homicida, sino por la piadosa intención de aliviar el sufrimiento de ancianos sin familia, que ya no esperan nada de la vida. Su sobrino Mortimer (Cary Grant) no sabe nada. De hecho, cree que sus tías son un ejemplo de bondad y ternura. Mortimer es un conocido crítico teatral, que se ha hecho famoso escribiendo libros contra el matrimonio, con títulos tan beligerantes como La Biblia del soltero y El matrimonio: fraude y fracaso. Su desafiante soltería se desvanecerá al casarse con la dulce y atractiva Elaine Harper (Priscilla Lane), sobrina de un pastor luterano que vive cerca de sus tías. 
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Fake news: verdades y mentiras
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

En 1983, en plena Guerra Fría, un pequeño periódico norteamericano de orientación prosoviética, The Patriot, lanzó una tesis sorprendente: el Pentágono había propagado deliberadamente el SIDA. ¿Inverosímil? En el plazo de unos pocos años, la historia había aparecido en publicaciones convencionales de al menos cincuentas países. Quizás una afirmación así no parecía tan descabellada en el clima intelectual de la época, como atestigua el escepticismo con que recibió la epidemia el mismísimo Michel Foucault. En todo caso, he aquí una fake news antes de las fake news sobre las que ahora discutimos. Y una que, ominosamente, exhibe también una conexión rusa.
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The Wire: «The game is the game»
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

No es un secreto que, en el cine de las cuatro últimas décadas, el negocio del entretenimiento se ha impuesto sobre el anhelo de creatividad. Salvo excepciones, las películas y las series televisivas descuidan los guiones, intentando apabullar al espectador con sofisticados efectos especiales. No es el caso de The Wire, la serie creada por David Simon y Ed Burns, que en sus sesenta episodios emitidos entre junio de 2002 y marzo de 2008 se esforzó en elaborar una historia compleja, inspirándose en muchas ocasiones en los mitos la Grecia clásica. Así lo reconoció David Simon, periodista de The Baltimore Sun durante más de una década: «Lo que me inspiró fue la tragedia griega, donde el destino ha condenado de antemano a dioses y humanos, sin reparar en su heroísmo, fuerza de voluntad o sentido ético». Ambientada en Baltimore, The Wire se divide en cinco temporadas. Aparentemente, es una serie policíaca que recrea el trabajo de investigación de un grupo de policías para detener a los principales responsables del tráfico ilegal de drogas. El planteamiento no parece excesivamente original, pero desde las primeras secuencias se hace evidente que la serie es un fresco social, donde se abordan los diferentes aspectos de las modernas sociedades capitalistas.
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Que trata sobre barberos y curanderos, así como de cirujanos y otros matasanos (y II)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Tengo que reconocer que he metido en el mismo saco de modo impreciso y abusivo (y desde el principio, desde el mismo título) a todos aquellos que trataban de devolver la salud al enfermo. La profesión que en la actualidad conocemos universalmente como médico se entendía de manera bastante distinta en los siglos precedentes. Por ello, hablar de medicina para referirnos a lo que se hacía en el pasado es un recurso cómodo pero excesivamente simplificador. En un excelente libro de divulgación, Medicina sin engaños (Barcelona, Destino, 2016), el bioquímico J. M. Mulet dedica un primer capítulo a «La Medicina antes del método científico». Ahí podemos leer que la «medicina gozaba de consideración social, mientras que la cirugía se veía como un arte menor que normalmente realizaban los barberos». En el Concilio de Tours (1163) se prohibió a los sacerdotes que metieran mano en el cuerpo, lo cual indica claramente que antes sí lo hacían. A comienzos del siglo XIII se delimitó teóricamente el cometido de cirujanos y barberos, reconociendo a los primeros una formación médica y dejando a los segundos, los «chusqueros de la época», las tareas más pedestres. 
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Female gaze (y V)
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

Durante varias semanas han venido discutiéndose en este espacio las implicaciones que el movimiento #MeToo puede tener para las relaciones entre hombres y mujeres, incluidas las normas y expectativas sociales llamadas a regularlas en el futuro. Por eso es razonable terminar esta reflexión preguntándonos hacia dónde vamos. ¿De qué manera pueden reorganizarse esas relaciones de un modo que sea satisfactorio para ambos sexos?

Desde el primer momento se dejó aquí claro que no había nada que discutir en lo concerniente al abuso, el acoso y cualquier otra forma de chantaje o violencia sexual. Nadie puede defender conductas de esa índole ni oponerse a que se establezcan mecanismos y protocolos eficaces para evitar su ocurrencia o facilitar su denuncia. Lo mismo puede decirse de tantas otras reivindicaciones feministas, por más que algunas de ellas adolezcan de una formulación inexacta (la llamada «brecha salarial», por ejemplo, no es lo que parece). 
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Cine políticamente incorrecto
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

¿Podría rodarse hoy en día una película como El nido, de Jaime de Armiñán? Estrenada en 1980, narra el enamoramiento entre un director de orquesta viudo y sesentón, y una chica de trece años, hija de un guardia civil. Héctor Alterio interpreta al viudo y Ana Torrent a la niña. Aunque se trata de un amor platónico, lleno de fantasía, lirismo y ternura, el espectador actual reaccionaría con horror, acusando al director de componer una elegía de la pederastia. Leonor Izquierdo también era hija de un guardia civil y sólo tenía quince años cuando se casó con Antonio Machado, un profesor de francés de treinta y cuatro. El idilio había comenzado dos años atrás, cuando el poeta se alojó en la pensión que regentaban los tíos de Leonor. Acababa de llegar a Soria y era un hombre tímido, serio, taciturno y escasamente atractivo. El matrimonio no duró demasiado. La tuberculosis acabó con Leonor a los veinte años. No es un secreto que la pareja fue muy feliz, pues la joven esposa se identificó con la labor poética de su marido, compartiendo inquietudes, anhelos y proyectos. Antonio Machado nunca superó la pérdida.
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La victoria de Apolo
Sergio Campos Cacho - BLOG RDL

La novela de un literato, de Rafael Cansinos Assens, es una especie de telaraña gigante donde quedan atrapados como insectos cientos de personajes de la movida madrileña de finales del siglo XIX y principios del XX. Lo que vino a llamarse la «bohemia», aquella caterva de harapientos intoxicados que jugaban a buscar la gloria como escritores. Cansinos secreta su seda y envuelve todos los cuerpos con un punto de maledicencia, a ratos de desprecio oculto bajo los diminutivos: Andresito, Joaquinito, Moyita... De aquella bohemia escaparon muy pocos. El más llamativo fue Joaquín Dicenta,, a quien Cansinos llamó «escritor macho» en su necrológica, arrancado del mundo de la picaresca, el sable y la taberna ‒por mucho que siguiera dado a la juerga, ahora con más posibles‒ por el éxito de su obra Juan José.
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Female gaze (IV)
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

Nos preguntábamos la semana pasada, al hilo del debate sobre el acoso sexual y sus implicaciones, si la biología no se ha convertido en el último refugio del patriarcado. Es decir, si la apelación a las diferencias sexuales innatas entre hombres y mujeres no estaría utilizándose implícitamente para explicar ‒que no justificar‒ la mayor agresividad del varón. Para el escritor conservador Andrew Sullivan, nos equivocaríamos si dejamos la biología fuera de la discusión:

Digo esto porque en el acalorado debate sobre las relaciones de género y el movimiento #MeToo, esta realidad natural ‒reflejada en cromosomas y hormonas que ningún científico pone en entredicho‒ rara vez se discute. Se ha convertido, casi, en un tabú. [...] Todas las diferencias entre los géneros, se nos dice, son una función no de la naturaleza sino del sexismo. [...] La naturaleza misma sería una «construcción social» diseñada por los hombres para oprimir a las mujeres.
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Dunkerque: la guerra desde dentro
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

La primera escena de Dunkerque (Christopher Nolan, 2017) sobrecoge con su silencio opresivo y sombrío, adelantando el estilo que se desplegará durante el resto de la película. No es una escena oscura o fatalista, sino luminosa y nítida, con unos colores hiperrealistas y unos perfiles limpios, abrumadores, casi hirientes. Rodada en 70 mm. y con tecnología fotoquímica, el grado de resolución equivale a 18K en digital. Aunque las características originales únicamente pueden apreciarse en una sala IMAX (en España, sólo hay una en Barcelona), la proyección en formato digital transmite unas sensaciones poderosas que recuerdan las explosiones de luz de la pintura impresionista. La imagen de un pequeño grupo de soldados británicos deambulando por el vacío de una Dunkerque apresuradamente evacuada evidencia la fragilidad de la vida humana en un contexto de violencia. La falta de agua, la escasez de comida, la privación de placeres sencillos, como fumar un cigarrillo o un dar un simple paseo, el anhelo de vivir libre de cualquier sombra de miedo o incertidumbre, crean una atmósfera de vulnerabilidad que adquiere una dimensión dramática con la lluvia de pasquines de las fuerzas alemanas, invitando a las tropas aliadas a rendirse para sobrevivir. 
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Que trata sobre barberos y curanderos, así como de cirujanos y otros matasanos (I)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

La Historia negra de la Medicina  que ha escrito el doctor José-Alberto Palma bien podría haber prescindido del adjetivo, por redundante. Bueno, bueno, ya sé que es una exageración y una afirmación bastante injusta, pero me remito a lo que el propio autor reconoce nada más abrir el libro. En primer lugar, déjenme que les consigne el subtítulo del volumen, que ya es suficientemente expresivo: «Sanguijuelas, lobotomías, sacamantecas y otros tratamientos absurdos, desagradables y terroríficos a lo largo de la historia». Eso ya nos pone en guardia de lo que nos espera. Pero, además, en el primer capítulo, Palma admite sin ambages que a lo largo de la historia los (mal) llamados médicos «han hecho mucho daño. En realidad, los médicos han hecho mucho más mal que bien». Afirmación desconcertante sólo en primera instancia. Basta una ligera reflexión o un mínimo conocimiento de la historia para establecer que los tratamientos y remedios más empleados para sanar a los enfermos eran –cito textualmente– «las sangrías, las sanguijuelas, los enemas, las trepanaciones y otras terapias que, en la mayoría de los casos, no sólo resultaban ineficaces, sino que eran claramente dañinas para la salud». 
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