Solo sé que existo
Ismael Belda - LOS PORTADORES DE LINTERNAS

Cuando mi amigo Tomás y yo éramos más jóvenes, nos preguntaban si éramos hermanos, a pesar de que nunca nos hemos parecido mucho. Increíblemente, más de una vez, yendo solo por Madrid, desconocidos me confundieron con él, aunque a él nunca lo confundieron conmigo. «¿Existo?», solía yo preguntarle de broma, «¿o soy solo una especie de sueño tuyo postprandial?». Hace unas semanas que Tomás se ha ido a pasar unos meses a Madrid y le echo de menos. Me doy cuenta de que, poco a poco, empiezo a suplir su ausencia pensado sus pensamientos, sintiendo sus sentimientos, hablando como él. Noto que me voy transformando un poco en Tomás. A Guada no le gusta demasiado.
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Ella en la otra orilla
Rodrigo de Vivero - DE UN EXTREMO A OTRO

Hay una mística que nos hace pensar a los occidentales que todo en la vida japonesa es zen, pulcro, minimalista. Muchos japoneses, sin embargo, viven vidas en general poco atractivas, insatisfactorias, con relaciones personales complicadas. Ya les he ido contando muchos de los rasgos de lo que me parece que no funciona en esta sociedad y que yo he tenido oportunidad de ir discerniendo, con frustración y sorpresa, durante mis años en Tokio. Me da la impresión de que mis crónicas hablan más de esto, lo que no me gusta, que de lo mucho que sí lo hace. Ella en la otra orilla, la novela de Mituyso Kakuta, es tal vez el mejor reflejo que he encontrado de  esa forma de vida que yo creo tanto define a Japón y tan poco imaginamos desde fuera. Mucho más real que la que muchos se forman a partir de estereotipos, fotografías de jardines de piedra japoneses y películas de Ozu.
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Filantropía, o la caridad bien entendida
José Antonio Herce / Miguel Ángel Herce - UNA BUENA SOCIEDAD

Sabemos que «la caridad bien entendida empieza por uno mismo». Nos lo han dicho muchas veces (ya tenemos una cierta edad) y hasta nosotros lo hemos dicho en más de una ocasión. Puede que hartos todos por los abusos de los «amigos del sable». Pero esto es todo lo que diremos sobre la caridad en esta entrada. Porque, de lo que queremos hablar es del amor a la humanidad. Entiéndasenos, amor desinteresado a nuestros semejantes, sin contrapartida, incluso en detrimento de uno mismo. Queremos hablar de la filantropía.
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Sucederá la flor: diálogo con Jesús Montiel
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Twitter, escenario de tantas confrontaciones estériles y vergonzosas, se ha convertido para mí en un espacio de encuentro y felices hallazgos. Desde mi retiro en las afueras de un pueblo castellano, Twitter es una ventana al mundo, con todo su bullicio, riqueza y -¡ay!- miseria. Enamorado del silencio y la soledad, los libros son mis ángeles custodios, los amigos que nunca defraudan mis expectativas de belleza, sabiduría y serenidad. Salvo excepciones, leo poco a mis contemporáneos, pero de vez en cuando me asomo al caudal de novedades que inunda las librerías. No había leído nada de Jesús Montiel hasta que comentó una de mis publicaciones en Twitter, un artículo –o, para ser más exacto, un testimonio- sobre los últimos años de mi madre.
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Una tormenta imperfecta
Julio Aramberri - EL RUIDO Y LA FURIA

Lo cuenta en por menor Wikipedia, así que voy a resumir. El 29 de octubre de 1991, se formó una depresión atmosférica en la costa nordeste de Canadá que absorbió al huracán Grace —ya en su fase final— y acabó por convertirse en otro que no recibió un nombre propio. El nuevo huracán innominado se formó el 1 de noviembre con vientos de 120kms/hora. El número de muertes ocasionadas subió a trece y los daños se cifraron en 200 millones de dólares. Olas de hasta diez metros de altura batieron toda la costa este de Norteamérica desde Nueva Escocia hasta Florida y Puerto Rico. Gran desastre.
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Sobrevivir al naufragio. El sentido de la política
Pablo de Lora - BLOG RDL

No hay plan ni planificación posible si por tal cosa entendemos la traslación mecánica, la necesaria e inmediata consecuencia de abrigar ciertas ideas o deseos, o, para el caso que nos ocupará, «teorías». Esto nos quiso decir, con versos que arrebatan, el poeta Ángel González refiriéndose a su existencia misma —a la de todos, en el fondo— en el poema «Para que yo me llame Ángel González» (1955), un poema que Félix Ovejero recrea como trasunto del espíritu de este libro y que yo interpreto también como trasunto del constante esfuerzo intelectual que despliega Ovejero, un pensador que, de nuevo con el verso de González, «… se resiste a su ruina, que lucha contra el viento»; un intelectual decisivo desde que aparecieron sus primeros trabajos en la revista Mientras tanto a mediados de los 80 del pasado siglo.
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Hikikomori
Rodrigo de Vivero - DE UN EXTREMO A OTRO

El 28 de mayo del año pasado a primera hora de la mañana un individuo de 51 años, Ryuichi Iwasaki, atacó con dos de esos famosos cuchillos japoneses de cortar pescado a un grupo de personas que esperaban el autobús escolar y mató a una niña de once años y al padre de otra, dejó un buen número de heridos y después se suicidó. Se difundió en seguida que se trataba de un hikikomori.

Una semanas después, el 18 de julio, otro individuo prendió fuego al famoso estudio de anime KyoAni en Kioto y mató a 35 personas. La noticia de este aterrador crimen recorrió el planeta: ¿cómo era posible algo así en el pacífico Japón, el país con uno de los mayores y mejores índices de seguridad del mundo, una sociedad que vive tranquila y se siente protegida? Quizá porque el reciente apuñalamiento en Kawasaki había puesto la figura del hikikomori en la mira de la opinión pública, se pensó inicialmente que era obra de otro, aunque finalmente se identificó al asesino como un individuo con rasgos en cierto modo similares pero no encajable del todo en la tipología. El Ministerio de Salud, Trabajo y Bienestar considera hikikomori a aquellas personas que han permanecido aisladas en sus domicilios durante seis meses consecutivos al menos, sin ir a lugares de trabajo o estudio ni relacionarse, en todo caso, más con que los familiares con quienes comparten la vivienda. 
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Homo agitatus
Rafael Núñez Florencio - AÚN SE ESCRIBEN LIBROS

Hace unos días leí unas declaraciones de un conocido periodista, asiduo contertulio e intelectual crítico de guardia, en las que señalaba con manifiesta displicencia —cito casi literalmente— que no había aprendido nada en la actual crisis porque no había nada que aprender. Discrepo por un doble motivo: primero, porque mantengo la ingenua opinión de que se puede o, mejor dicho, se debe aprender de casi todo y más cuando se trata de un acontecimiento fuera de lo común, como es el caso; segundo y más concretamente, porque esta excepcionalidad es tal en la más profunda acepción del término, con una ruptura abrupta de las pautas que han marcado nuestra vida desde que tenemos uso de razón, al menos para las generaciones actuales (los más longevos se pueden remitir a la guerra civil o la inmediata posguerra). No me refiero ahora tanto a las rupturas obvias —de la actividad económica, la circulación de mercancías o el comercio, por mencionar las más evidentes— como a la propia quiebra de la vida cotidiana, reducida por largo tiempo a un estado de hibernación que muchos hemos vivido como auténtico arresto domiciliario. Pero fuera de las derivaciones políticas, lo que me interesa subrayar es que la mencionada singularidad de la situación ha favorecido el cuestionamiento o, como mínimo, la reflexión sobre determinadas actitudes que antes dábamos por normales o naturales, en buena medida como reflejo del mundo en el que nos insertábamos.
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Hikikomori
Rodrigo de Vivero - DE UN EXTREMO A OTRO

El 28 de mayo del año pasado a primera hora de la mañana un individuo de 51 años, Ryuichi Iwasaki, atacó con dos de esos famosos cuchillos japoneses de cortar pescado a un grupo de personas que esperaban el autobús escolar y mató a una niña de once años y al padre de otra, dejó un buen número de heridos y después se suicidó. Se difundió en seguida que se trataba de un hikikomori.
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Mala deuda nunca muere
José Antonio Herce / Miguel Ángel Herce - UNA BUENA SOCIEDAD

¿No crees, admirado hermano, que llevamos algunas semanas escribiendo de instituciones sociales (la Riqueza o la Deuda) que, de haberse manifestado siempre con todas las virtudes con que las adornamos, habrían contribuido a un melódico, si no modélico, concierto de naciones? Ya sé que nos curamos en salud con advertencias sobre el mal uso de dichas instituciones y que alertamos sobre lo frecuentemente caro que perseguir lo barato nos resulta. Pero nunca está de más avisar cuando nos acercamos a una piedra en la que los humanos venimos tropezando una y otra vez. Por eso, hoy nos vamos a entretener en una constante histórica que no cesa de causar estragos: la mala deuda.
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