Reír bajo Franco (I)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

El sentido del humor es algo muy subjetivo. A menudo esquematizamos de forma harto elemental a las personas, distinguiendo entre quienes lo tienen (el susodicho sentido del humor) y quienes no lo tienen. En algunos casos, la diferenciación puede ser de alguna utilidad, pero, no nos engañemos, en la inmensa mayoría de los casos es pura filfa: es verdad que hay gente siesa, malaje, estirada o, simplemente, con nulo sentido del humor, pero entre quienes tienen este don las categorías son casi ilimitadas. Nadie o casi nadie, por ejemplo, puede ver todas las contingencias de la vida bajo el prisma del humor y, si alguna vez nos topamos con un sujeto que ligeramente se aproxima a ello, terminamos por huir de él como de la peste, porque pocas cosas hay más cargantes que un individuo que se empeña en bromear a toda costa todo el tiempo. O es un pelma, o es un imbécil, o, mucho más probablemente, ambas cosas a la vez. Normalmente nuestro humor es selectivo o, por decirlo en términos más tradicionales, hay cosas que nos hacen gracia y otras que maldita la gracia. 
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Spin-off
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

«Madame Bovary soy yo», dejó dicho Gustave Flaubert. Pero, ¿quién es entonces Charles Bovary, el infortunado esposo de la infortunada heroína? En buena lógica, habríamos de decir que también Charles Bovary es Flaubert, el autor omnisciente que sabe todo de sus personajes y recrea mediante la técnica realista el mundo de la burguesía francesa decimonónica. Pero Jean Améry, es decir, Hans Mayer, filósofo austríaco que pasó dos años en Auschwitz y terminó levantando la mano contra sí mismo en Salzburgo a finales de los setenta, discrepa.

Lo hace en un libro que la editorial Pre-Textos ha publicado recientemente en nuestra lengua: Charles Bovary, médico rural. Se trata de un ensayo que plantea cuestiones de interés acerca de los límites del realismo literario, pero también, indirectamente, del realismo sociológico y teórico-político. En una palabra: sobre la naturaleza inevitablemente reductora de las categorías del conocimiento. Es mérito de Améry haber planteado este problema a través de la improbable figura de Charles Bovary, el tonto útil de la novela de Flaubert.
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Gestos (I)
Rodrigo de Vivero - DE UN EXTREMO A OTRO

Los japoneses son extremadamente educados y sutiles en sus gestos. Jamás señalan con el dedo, sino con una mano extendida y la palma hacia fuera, más una manera de acompañar el movimiento que de apuntar en una dirección. El intercambio de tarjetas, elemento fundamental de su vida social, tiene un ritual cuidadoso: se entrega la tarjeta con las dos manos y orientada de manera que el interlocutor pueda leerla, mientras se pronuncia el nombre mirándolo a los ojos. El apellido, más bien, entre hombres, que apenas utilizan sus nombres propios. De-Vivero-desu, digo mientras entrego mi tarjeta y me fijo, como ellos, en si por rango o edad corresponde que la mía esté encima o debajo de la del otro. Lo mismo que al brindar: el japonés sabe si su vaso debe estar más arriba o más abajo, las jerarquías están siempre presentes y nadie querrá equivocarse y saltárselas. Se habla diferente, se conjuga de manera distinta según con quien se hable; un mismo tiempo verbal tiene formas diversas si se usa con un familiar, un superior o un desconocido, según se refiera a uno mismo o a otro; se usan unas palabras u otras según se dirijan a alguien de mayor o menor rango o edad; el nuevo empleado de veintidós años debe respeto, y usa, por tanto, un registro lingüístico diferente, a su superior de veintitrés que entró en la empresa un año antes. Un año exacto, por cierto; los trabajos nuevos, sea por contratación reciente o cambio de posición dentro de la empresa, empiezan siempre el 1 de abril, comienzo del año fiscal japonés. 
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John Ford: Pasaporte a la fama
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Se ha dicho que John Ford nunca rodó un film noir, pero Pasaporte a la fama (The Whole Town’s Talking, 1935) es una película parcialmente ambientada en el mundo del hampa. Un inspirado Edward G. Robinson interpreta a dos personajes completamente distintos, pero físicamente idénticos. Por un lado, es el inofensivo y dulce oficinista Arthur Ferguson Jones. Por otro, el sanguinario gánster «Killer» Mannion. Jones vive en un modesto piso de soltero, trabaja en una oficina como contable y come solo en una cafetería. No tiene amigos, ni familia. Sólo cuenta con el afecto de su tía Agatha, que lo visita de tarde en tarde. «Killer» Mannion se mueve en escenarios totalmente diferentes: el patio de la cárcel, sucios callejones, un sótano que sirve de refugio entre crimen y crimen. Jones tiene un canario y un gato, a los que cuida con ternura. Intenta escribir una novela, pero nunca pasa del primer párrafo. Está secretamente enamorado de la joven y atractiva señorita Clark (Jean Arthur), una mujer ingeniosa, mordaz e independiente. Todo en él es limpio y claro, pero también un poco triste. De «Killer» Mannion no sabemos gran cosa, salvo que vive de robar y asesinar, que no le importa disparar por la espalda y que sólo le interesan las mujeres para pasar un buen rato. Su vida es turbia, sucia y violenta. Se ríe a menudo, pero su sonrisa hiela la sangre.
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Destinos animales
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

Hay un pasaje en Bajo la mirada de Occidente, la novela de Joseph Conrad sobre los revolucionarios rusos del exilio, donde se dice que, si algo distingue a los animales de los hombres, es la incapacidad de los primeros para revolverse contra quienes los sojuzgan. Miss Haldin, dame de compagnie de un ambiguo personaje de la resistencia antizarista, se expresa así:

Los animales tienen sus derechos; aunque, en sentido estricto, no veo razón por la cual no deberían sufrir como lo hacen los seres humanos. ¿Y usted? Claro que nunca sufren tanto. Eso es imposible. Sólo que su caso es más lastimoso, porque ellos no pueden hacer la revolución.
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John Ford: La taberna del irlandés
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Después de rebasar los cincuenta años, resulta más fácil apreciar la grandeza de las obras menores. A esa edad, las palabras solemnes y los argumentos pretenciosos pierden su discutible encanto, revelándose como simple y huero artificio. 2001: una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968) tiene la apariencia de una obra maestra y deslumbra sin mucho esfuerzo a una mente adolescente, pero cuando pasa el tiempo y examinas su metraje con más atención, sólo adviertes una insoportable pedantería disfrazada de discurso filosófico. En cambio, el tiempo ha sentado muy bien a La taberna del irlandés (Donovan’s Reef). Se trata de una deliciosa comedia de John Ford ambientada en una paradisíaca isla de la Polinesia francesa. Se estrenó en 1968, cosechando críticas desiguales. Por esas fechas, Ford ya soportaba la absurda acusación de ser un reaccionario con un estilo caduco y previsible. La taberna del irlandés rebate esas objeciones, evidenciando que el verdadero cine necesita pocos recursos para contar una buena historia. Una inspirada obra menor siempre es más atractiva que una película de tesis.
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Filosofía de la imbecilidad (y II)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

La imbecilidad es cosa seria: tal es el título del breve ensayo que el filósofo italiano Maurizio Ferraris dedica al tema (trad. de Marco Aurelio Galmarini, Madrid, Alianza, 2018). ¿Un filósofo escribiendo un ensayo sobre la imbecilidad? Estamos tan habituados a considerar antónimos filosofía e imbecilidad que de manera automática se despiertan todas las alarmas (léanse suspicacias). ¿Va en serio? O, en términos más familiares, ¿está de coña? Pues no, no está de coña, y sí, va completamente en serio. El contenido del libro hace honor a su título. Ferraris se toma completamente en serio el tema de la imbecilidad y le dedica una reflexión de algo más de cien densas páginas plagadas de citas, alusiones doctas y un considerable aparato bibliográfico. Si me siguen, verán por qué se lo toma tan en serio.
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John Ford: Siete mujeres
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Seven Women es la última película de John Ford. Se rodó en 1966, cuando la lucha por los derechos de las mujeres y de las minorías raciales ya había transformado el paisaje social de Estados Unidos. Narra las peripecias de una misión protestante en un contexto histórico difuso. Una iglesia reformada ubicada en Boston ha enviado a China a un grupo de voluntarios: cuatro mujeres y un hombre que realizan un trabajo de evangelización mediante labores humanitarias y una pequeña escuela infantil. Es la época de la invasión japonesa de Manchuria y de la lucha de Mao Zedong contra el Kuomintang, pero John Ford elude esos conflictos, limitándose a relatar las ficticias depredaciones de Tunga Khan (Mike Mazurki), un bandido que asalta pueblos y ciudades, cometiendo toda clase de atrocidades. Su violencia romperá la rutina de una misión cristiana, donde los voluntarios no pretenden cambiar el mundo, sino huir de sus problemas, adoptando un estilo de vida incompatible con la pasión, el cambio o el riesgo.
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Rudimentos para una teoría del cool
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

Hay que ser absolutamente moderno, dijo Rimbaud célebremente, pero hasta mediados del pasado siglo no sabíamos que para eso basta con ser cool. O bastaría, si uno supiera cómo hacerlo. Porque pocos adjetivos, pese a formar parte destacada de la idiosincrasia de la cultura norteamericana e incluso global, son tan esquivos: no sabemos definir el cool, aunque la mayoría crea poder reconocerlo. Así, sabemos que los Stones eran cool, pero los Beatles no, igual que poseían ese atributo Humphrey Bogart o Robert Mitchum, pero no Gary Cooper ni James Stewart. Se tiene o no se tiene. ¡Y no está a la venta!

Me acordé del cool visitando la exposición dedicada a Andy Warhol en el CaixaForum Madrid, que viajará al Museo Picasso de Málaga como coorganizador de la misma. Porque Andy Warhol era cool y ayudó a definir el tipo particular de cool que se asocia al arte pop; sin embargo, difícilmente vincularíamos el concepto a la cultura jipi de la que Warhol es coetáneo.
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Elvis Presley, el artista adolescente
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

La primera vez que vi a Elvis Presley yo era un niño de pantalón corto y el corte de pelo a tazón. En la España de finales de los años sesenta ya se había producido una tímida apertura, que –entre otras cosas‒ había permitido que en 1965 los Beatles actuaran en la Plaza de las Ventas ante un público de cinco mil jóvenes. No conservo ningún recuerdo de ese evento, pues en esas fechas yo sólo contaba dos años, pero en algún momento de mi niñez apareció la imagen de John Lennon con sombrero cordobés, guitarra eléctrica y armónica. No me impresionó gran cosa. En cambio, mi primer contacto con Elvis me produjo una auténtica conmoción. Encendí la televisión –un Telefunken en blanco y negro‒ y apareció cantando uno de sus números más famosos: el «rock de la cárcel». Con uniforme de preso y un llamativo tupé, su voz de barítono alto y con registros de tenor jugaba con una letra por entonces incomprensible para mí, enlazando frases a un ritmo frenético. 
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