La guerra civil española en el cine
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

No soy un experto en las películas realizadas sobre la guerra civil española, pero sí puedo apuntar que el fin de la dictadura no acarreó una perspectiva ecuánime del acontecimiento más trágico de nuestra historia reciente. Quizá porque con la Transición llegó la hora de ajustar cuentas y mostrar otra versión de los hechos. Películas como Sin novedad en el Alcázar (Augusto Genina, 1940), Raza (José Luis Sáenz de Heredia, 1942) o Balarrasa (José Antonio Nieves Conde, 1951) ofrecían una visión caricaturesca del bando republicano, atribuyéndole toda clase de perversiones morales e ideológicas. Los «rojos» eran seres demoníacos con rasgos orientales, cuya meta era destruir la civilización occidental, perpetrando todas las atrocidades imaginables. Las películas del régimen ocultaban sistemáticamente el fondo de barbarie e intolerancia que había forjado el espíritu de los sublevados. Basta recordar algunas frases de los ideólogos de las políticas de exterminio para comprobar que nunca se buscó la paz, el diálogo o el entendimiento con el adversario. 
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La vida en rosa
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Habrán leído en alguna ocasión esta frase de Friedrich Dürrenmatt: «Tristes tiempos estos en los que hay que luchar por lo que es evidente». Creo recordar que hay otras frases similares en el fondo o en la forma de distinguidos literatos. Entre ellos, por ejemplo, Bertolt Brecht: «¡Qué tiempos serán los que vivimos que hay que defender lo obvio!» La idea, como ven, es la misma, casi expresada, además, del mismo modo. Aparte de la crítica implícita a un determinado contexto social o político, me interesa destacar en esos planteamientos un matiz que quizá no resulte tan claro, pero que, para mí al menos, resulta determinante: la incomodidad o el malestar que genera escribir sobre algo que uno considera obvio y evidente. Como pasa en muchas facetas de la vida, se emprende esta actividad ‒la de escribir sobre dichos asuntos‒ sabiendo que hay poco que ganar y mucho que perder. Ganar, poco, porque hay que transitar forzosamente por lo más pedestre; perder, mucho, porque al final siempre puede quedar uno como intrépido descubridor... del Mediterráneo.
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La moda paleolítica (y II)
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

Según veíamos la semana pasada, existe una corriente de pensamiento ‒o, cuando menos, un alineamiento de ideas‒ que emplea los hallazgos de la arqueología y la antropología más recientes para sostener una tesis que no tiene nada de novedosa: que la civilización ha empeorado nuestras vidas. Ya sostenía Rousseau que el derecho de propiedad con ella instaurado había dado origen a la desigualdad humana; el mito de la Arcadia, que glorificaba la vida pastoril, tiene un largo recorrido. La novedad es que el elogio de la vida paleolítica quiere justificarse científicamente y se pone en relación con parámetros sociales que nos son familiares: la desigualdad, la calidad de vida, la felicidad o incluso el fitness. Ya vimos cómo uno de nuestros más destacados paleontólogos señalaba que nuestros antecesores eran más delgados y más guapos. ¡Y sin pagar cuota de gimnasio ni gastar en cosméticos!
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Gene Kelly bajo la lluvia
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Cantando bajo la lluvia (Singin’ in the Rain) ha pasado a la historia como uno de los musicales más optimistas y luminosos de Hollywood, pero su rodaje constituyó un verdadero infierno, donde un perfeccionista Gene Kelly exigió esfuerzos sobrehumanos a Debbie Reynolds y Donald O’Connor, que años más tarde evocarían sus escenas como una de las experiencias más difíciles de sus vidas. O’Connor necesitó una semana de reposo después de sus célebres acrobacias en «Make ’em Laugh» y Reynolds acabó con los pies ensangrentados tras repetir hasta ocho veces la coreografía de «Good Morning».

Dirigida por Gene Kelly y Stanley Donen, Cantando bajo la lluvia narra las penalidades de un productor y un grupo de estrellas durante la transición del cine mudo al cine sonoro. Ambientada en Los Ángeles, la acción discurre en 1927, una época en la que Hollywood encarna el glamur y la vitalidad de los felices años veinte, rebosantes de ingenio, sofisticación y excesos. 
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La arquitectura japonesa
Rodrigo de Vivero - DE UN EXTREMO A OTRO

El jardín Sankei-en, en Yokohama, es uno de los sitios más bonitos en el área metropolitana de Tokio. Fue mandado construir a principios del siglo XX por Sankei Hara, un rico comerciante de seda que hizo fortuna a finales de la Era Meiji. Él mismo diseñó el terreno, con jardines de varios tipos, lagos, fuentes, linternas de piedra y un buen numero de construcciones, de nueva planta, algunas, y otras mandadas traer de Tokio, Kioto, Kamakura, Wakayama y Gifu. Un sitio maravilloso para pasear a finales de noviembre, cuando los colores de otoño están en su apogeo.

Las dos construcciones más notables son la casa Yanohara, construida durante el período Edo por una familia acomodada de Shirakawa-go en el tradicional estilo gassho-zukuri (tejados muy verticales de paja) de esa región; y la importante pagoda de tres pisos del antiguo templo Tomyo-ji, levantado cerca de Tokio a mediados del siglo XV, durante el período Muromachi. En su emplazamiento actual, es la más antigua pagoda de madera en torno a Tokio.
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La moda paleolítica (I)
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

Una de las noticias más chocantes de las últimas semanas ha sido la muerte a flechazos de John Allen Chau, misionero estadounidense que por alguna razón había asumido la tarea de evangelizar a los aborígenes de la isla de North Sentinel, en la Bahía de Bengala. Y su violenta desaparición remite, siquiera sea de manera indirecta, a una de las ideas más singulares de nuestro tiempo: la de que vivíamos mejor en el Paleolítico y no hemos hecho sino degenerar irremediablemente desde entonces.

Quizá fue el historiador medioambiental Jared Diamond quien pusiera por primera vez sobre la mesa abiertamente la tesis según la cual la Revolución Neolítica, que trajo consigo la agricultura intensiva en los inicios del Holoceno, había sido «el peor error de la historia humana». 
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Charles Chaplin: tres imágenes del siglo XX
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

¿Puede condensarse el siglo XX en tres imágenes? Parece una tarea imposible, pero el genio de Charles Chaplin lo consiguió en tres secuencias memorables, componiendo un retablo de celuloide sobre el Hambre, el Amor y la Libertad. La primera se encuentra en La quimera del oro (1925), cuando un Chaplin torturado por el hambre cocina una bota en una sartén. Atraído por la fiebre del oro, el famoso vagabundo ha buscado refugio en una casa ruinosa levantada en Klondike, una región del territorio del Yukón, en el noroeste de Canadá, cerca de la frontera con Alaska. En el exterior, una tormenta de nieve sopla sin cesar. La mala suerte ha querido que el inofensivo y pintoresco vagabundo se haya colado sin saberlo en la madriguera de un fornido asesino con aspecto de ogro. Con su dulzura habitual, el vagabundo prepara la cena en una sartén. Comprueba con el tenedor que la bota haya adquirido el punto ideal, limpia con mimo el plato que le extiende su siniestro acompañante, afila los cubiertos con habilidad de gourmet, extrae los cordones como si fueran dos espaguetis y divide en dos el manjar. 
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Del mal, el menos (y II)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Camilo José Cela popularizó una frase que operaba también en su caso como consigna de vida: «El que resiste, gana». Ya dije en la entrada anterior de este blog que encontrar un denominador común al refranero era tarea ímproba, por no decir inútil, dada la heterogeneidad de los refranes y la contraposición entre unos y otros. No obstante, si nos empeñásemos en encontrar algunas notas distintivas, es decir, algunos rasgos que pudieran aplicarse sin mucho retorcimiento a todos o la inmensa mayoría de los refranes, este de la resistencia sería sin duda, al menos en mi opinión, uno de los más importantes. La mayor parte de los refranes acusan o traslucen esa voluntad de resistir a toda costa frente a las contingencias de la vida. Por eso, sobre todo desde la perspectiva actual, nos sorprende su dureza o, mejor incluso, su rudeza, rayana en la crueldad. Cuando de sobrevivir se trata, no tienen sentido los miramientos: «Cada uno quiere llevar el agua a su molino y dejar en seco al del vecino». Y si estás en el lado de la vida menos agraciado, es decir, si eres pobre o débil, no esperes clemencia de nadie: «Tiene el pobre la desgracia del cabrito, o morir cuando chiquito o llegar a ser cabrón».
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Radiografía del patriota
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

Durante la reciente conmemoración del fin de la Gran Guerra, que congregó en París a líderes de todo el mundo, no faltó quien recordase ‒en la consabida pieza periodística sobre las películas dedicadas al conflicto‒ el retrato de la guerra de trincheras que hiciese Stanley Kubrick en Senderos de gloria (1957): un título lleno de ironía, pues esos caminos sólo conducían a la muerte de unos soldados que combatían sin esperanza. Menos citada es Rey y patria (1964), de Joseph Losey, que se ocupa, no obstante, del mismo problema cuando relata el juicio por alta traición contra un soldado que ha desertado de su regimiento. En ambos casos se plantean preguntas incómodas sobre el patriotismo y su relación con el nacionalismo: ¿es un buen patriota quien entrega su vida a la nación al margen de las circunstancias o, por el contrario, lo será quien sepa elevarse por encima de esas circunstancias para exigir a su patria lealtad a los ideales democráticos o el más elemental respeto a la dignidad humana?
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Buster Keaton: El héroe del río
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Cuando en Cantando bajo la lluvia (Gene Kelly-Stanley Donen, 1952) el productor R. F. Simpson (Millard Mitchell) proyecta en su mansión unos breves minutos de cine sonoro ‒un prodigio inesperado en un Hollywood con grandes estrellas que hasta entonces nunca se habían planteado el reto de añadir su voz a unas interpretaciones afectadas y barrocas‒, una actriz con aspecto de vampiresa exclama despechada: «¡Vulgar, insufriblemente vulgar!» Su aristocrático desdén no frenará el vertiginoso avance del cine sonoro, que expulsará a los grandes divos y divas de su paraíso de celuloide. De joven, no prestaba demasiada atención a esta escena, pues el cine mudo no me decía gran cosa. Ahora, en cambio, creo que la actriz tenía cierta razón. No puedo despreciar el cine sonoro, pues sus años dorados me han regalado –y siguen regalándome‒ momentos inolvidables, pero el cine mudo me parece más delicado, más poético. Hace unos días, volví a ver El héroe del río (Steamboat Bill, Jr., 1928), una película deliciosa interpretada y dirigida por Buster Keaton. 
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