Hermosos y malditos
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

En sus últimos años, Marlon Brando sólo aparecía en las pantallas para aliviar sus problemas económicos. Su intervención en un vídeo de Michael Jackson (You Rock My World) puso de manifiesto que la obesidad no era un obstáculo para desprender energía y talento. De hecho, al bajar las escaleras con un traje y un sombrero blancos, mostraba cierto parentesco con el Sydney Greenstreet de El loro azul, el restaurante que le hacía la competencia al Rick’s de Humphrey Bogart en Casablanca. Aunque Brando no hablaba en el videoclip, sus movimientos eran tan elocuentes como los largos y jugosos parlamentos de Greenstreet. Brando apareció fugazmente en la primera entrega de Superman como padre del alienígena que simboliza los valores de la América tradicional, tuteló a Johnny Depp en dos películas perfectamente olvidables e hizo el ridículo emulando a Torquemada en la deplorable Cristóbal Colón de John Glen. Todos estos papeles eran innecesarios y no aportan nada a su carrera, pero no logran oscurecer un mito que sigue ejerciendo una poderosa fascinación.
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A vueltas con la cuestión animal
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

Se trata de un episodio característico de nuestro tiempo, lo que quiere decir también sintomático de las patologías que se incuban en el cuerpo social: el llamado Movimiento contra la Intolerancia ha denunciado a la Fiscalía al filósofo Ernesto Castro por establecer en Twitter una comparación entre la industria cárnica y la maquinaria nazi. Su alusión venía a cuento de la apertura en Binéfar (Huesca) de un matadero con capacidad para matar y procesar hasta treinta mil cerdos diarios. Para los denunciantes, asombrosamente, el símil es un menosprecio de las víctimas de la barbarie nazi y, por tanto, una muestra de antisemitismo. ¡Delito de odio! No importa que esa misma comparación fuera realizada en su momento por el literato judío de origen polaco Isaac Bashevis Singer y haya sido reiterada después por figuras tan reputadas como la del también premio Nobel, J. M. Coetzee. De hecho, se trata de un razonamiento de doble dirección, pues Theodor Adorno y Marguerite Yourcenar sugirieron que el exterminio metódico de los judíos en los campos nazis se habría hecho imaginable gracias a la existencia previa de los mataderos industriales. Salta a la vista que no hay en ello ni sombra de antisemitismo, sino tan solo una manera particular de razonar sobre un tema incómodo que demasiado a menudo se despacha con la simple afirmación –no sustanciada– de la superioridad humana sobre los animales. Que algo así pueda llevarse ante los tribunales es triste prueba de la facilidad con la que el sentimiento subjetivo de la ofensa funciona hoy como palo en las ruedas de la argumentación racional.
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Auschwitz: la mirada del otro
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

El sentido de los campos de exterminio no se agotaba en su capacidad de clasificar, explotar y aniquilar. Su intención última era producir una mitología útil para mantener a los hombres en el terror, el miedo y la angustia. En el lenguaje del Lager, el «musulmán» es el prisionero que ha perdido toda esperanza. Extenuado física y moralmente, ya no opone ninguna resistencia a la muerte. Su conciencia tal vez no lo formula con claridad, pero su cuerpo ha asimilado que la historia ya no reserva un espacio para él. La destrucción de la persona es el mal radical. El hombre es, ante todo, persona: cuerpo, espíritu y comunión, de acuerdo con la división establecida por Emmanuel Mounier. Y esas tres dimensiones siempre apuntan hacia el Tú, hacia el Otro. El hombre menoscabado por la enfermedad es el Tú que nos interpela de forma más radical. Ser persona es comprender que el otro nos concierne, que su dolor y su alegría no pueden dejarnos indiferentes. Ante el otro, no cabe la evasión, sino el compromiso. Los otros no nos limitan, sino que nos configuran. Nos permiten ser, conocernos, encontrarnos. Si niego al otro, me niego a mí mismo. Es la forma más extrema de alienación, pues «ser hombre significa amar» (Mounier) y, si no hay amor, no hay humanidad. La violencia contra el otro es un vestigio del yo infantil, que aún no ha descubierto la riqueza del desprendimiento, de la apertura hacia el otro, de estar abierto a la alteridad. Esa apertura es entrega y donación, pero también inspiración e impulso. El yo no asciende sin el concurso del otro. El ensimismamiento narcisista siempre es decadencia, caída, pasión descendente, erotismo enajenado, repetición, desesperación compulsiva.
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La sátira, continuación de la política por otros medios (y II)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Me quedaban por comentar tres artículos de El humor y la cultura política en la España contemporánea, precisamente los tres que tienen más elementos en común, dado que todos ellos tratan básicamente del mismo período (los últimos años del franquismo y los primeros de la democracia, es decir, lo que se ha dado en llamar simplemente la Transición) y hasta tienen también los mismos protagonistas, esto es, las publicaciones y los humoristas de prensa que contribuyeron con sus críticas a la definitiva instauración del régimen democrático. Al comienzo de su análisis –que constituye el capítulo 6 del libro–, José Reig Cruañes establece las grandes líneas por la que transitará no solo él, sino, como veremos seguidamente, los autores de los siguientes capítulos: «La contribución del humor gráfico y la prensa satírica al proceso de deslegitimación del régimen franquista en su tramo final fue decisiva: mediante la sátira y el ridículo los humoristas fueron deconstruyendo minuciosamente la mayor parte del ideario y la mitología que daban fundamento al llamado franquismo sociológico, dejando así el campo libre para la edificación de una nueva cultura política que sí podría servir de base a un nuevo régimen democrático» (p. 157).
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Observación de la catástrofe
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

Tal como ya sucediera el año pasado, sólo que con un mes de antelación, la mayoría de los europeos está sufriendo una ola de calor que nos recuerda cuán ardua podría ser la existencia en este planeta si se vieran sustancialmente modificadas sus condiciones ambientales. No está claro que estos episodios climáticos produzcan algún efecto duradero sobre nuestra percepción de la realidad, aunque hay motivos para pensar que van dejando huella en la opinión pública: no es descabellado apreciar un nexo causal entre la proliferación de fenómenos climáticos extremos y el mayor número de ciudadanos, incluso en Estados Unidos, que aceptan la tesis de que el cambio climático en curso es de origen antropogénico y se requieren políticas públicas destinadas a atenuarlo.
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La Shoah y el regreso de los ídolos
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

El antisemitismo está en la raíz de la cultura occidental, pues según el relato del evangelio de Mateo, cuando Poncio Pilatos defendió la inocencia de Jesús, el pueblo judío gritó: «¡Que su sangre caiga sobre nuestras cabezas y la de nuestros hijos!» (27, 25). Los historiadores estiman que el relato bíblico exculpa a Pilatos por razones políticas, no por fidelidad a los hechos. Es improbable que el prefecto romano experimentara problemas de conciencia por la suerte de un rabino judío. Simplemente, la comunidad que escribió el evangelio de Mateo evitó la confrontación con el imperio, preparando el terreno para introducir el cristianismo en la civilización romana. Raul Hilberg, el autor del estudio más concienzudo sobre la Shoah (La destrucción de los judíos europeos, 1961), sostiene que el antisemitismo se divide en tres etapas: la conversión forzosa, el confinamiento en guetos y la liquidación física. El nazismo eludió el primer paso y consideró insuficiente el segundo. El Reichsführer Heinrich Himmler ordenó «acabar hasta con la última abuela judía y pisotear a los niños de cuna como sapos venenosos».
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Ocasiones de la palabra
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

Para comprobar que las palabras importan, basta con atender a uno de los aspectos que más han centrado la atención de la opinión pública española desde que hace dos años se publicase la sentencia que condenó por abuso sexual a los miembros de La Manada cuya condena acaba de ser elevada por el Tribunal Supremo. Ha entendido éste que puede darse por probada la intimidación que sus colegas de la instancia inferior no llegaron a contemplar, al subsumir los hechos probados dentro del abuso por prevalimiento. Se trata de tecnicismos, claro: los que se espera que contenga el Código Penal de una sociedad avanzada que refina en la mayor medida posible la distinción –y el castigo– entre conductas. Pero lo interesante del caso es que ya desde las primeras manifestaciones públicas la protesta fue unánime: «¡No es abuso, es violación!» A pesar de que, como se esforzaron por explicar incontables penalistas, tanto el abuso como la agresión son variantes de la violación. De ahí que una de las exigencias que se plantean a los expertos que debaten la reforma del Código Penal «con perspectiva de género» es que se reintroduzca en éste, con todas las letras, el delito de violación, que había desaparecido del mismo con su última reforma progresista.
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La sátira, continuación de la política por otros medios (I)
Rafael Núñez Florencio - MORIRSE DE RISA

Tengo entre mis manos un libro de humor muy serio o, para ser más exactos, un libro muy serio sobre el humor, que no es lo mismo, ni mucho menos. Leí hace unos días en una especie de reseña periodística sobre libros de esta modalidad que lo primero que uno debía pedirle a un libro de humor es que hiciera reír o, rebajando las exigencias, sonreír al menos. El problema es que muy a menudo se confunden dos nociones que no sólo son distintas, sino que incluso pueden llegar a ser antagónicas. Un libro de humor es el que se propone en primer término, y por encima de todo, hacer reír. Pero un libro sobre el humor se plantea como análisis y/o reflexión, y puede ser –de hecho, así es en la mayoría de los casos– que no persiga ni de lejos hacer reír, porque entiende que no es este su cometido. Una cosa es hacer humor (que es la finalidad de los humoristas) y otra muy diferente, recapacitar sobre el humor, que es a lo que aspiran filósofos, psicólogos, sociólogos, historiadores u otros especialistas de las humanidades o las ciencias sociales.
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El teatro de la diferencia
Manuel Arias Maldonado - TORRE DE MARFIL

Nadie diría, paseando por El Corte Inglés una tarde cualquiera, que vivimos en sociedades heterogéneas, fragmentadas y polarizadas hasta lo indecible. Pero así es, a juzgar por la actual composición de los parlamentos, los títulos de los ensayos a la venta y los discursos de nuestros líderes. La diversidad habría alcanzado así un punto de no retorno que compromete la viabilidad del sistema democrático: el cuerpo político se ha desmembrado y no parece poder reensamblarse fácilmente. ¡Somos demasiado distintos!

Pero, ¿tiene la premisa de la atomización suficiente verosimilitud sociológica? En una de las entrevistas que ha concedido desde que publicó su andanada contra las políticas de la identidad en Norteamérica, el historiador de las ideas Mark Lilla ha puesto de manifiesto la paradoja de la diversidad: «Lo que me asombra es que la política de las identidades sea ahora tan potente, justo cuando la gente joven de todos sitios es tan parecida». 
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Karl Jaspers: edificar un mundo compartido
Rafael Narbona - VIAJE A SIRACUSA

Karl Jaspers no es un filósofo de moda, pero durante la dictadura nazi se puso de manifiesto su extraordinario temple moral. Casado con una judía, se mantuvo a su lado, aceptando toda clase de penalidades, incluida la pérdida de su cátedra. Su vida es una confirmación de su filosofía: sólo es posible conocer lo que somos cuando nos enfrentamos con experiencias límite, como el sufrimiento, la culpabilidad o la muerte.

Karl Jaspers consideraba que, en la filosofía, lo esencial no son las respuestas, sino las preguntas. No todas las preguntas poseen la misma importancia. Entre las que consideramos esenciales, hay una que no se cansa de exigir una explicación: «¿Por qué existe el mal?» En una conferencia de 1935, Jaspers nos recordaba que –según Kant– el mal radical surge cuando la conciencia subordina el cumplimiento de la ley moral a la satisfacción de nuestras exigencias particulares de felicidad. El mal no es un objeto ni un hecho, sino una intención afincada en la dimensión inteligible de la condición humana. Su morada está en el fondo íntimo del ser personal. Karl Jaspers observa que la ley incondicionada de Kant es un principio carente de objetivación. La objetivación sólo se plasma por medio de una legislación positiva o, en un sentido trascendente, como amor a Dios, entendido como «la totalidad de mi amor, de donde dimana la posibilidad de amar todo lo que es ser verdadero y por el que nada se pierde, dado que cada partícula queda imantada hacia el sitio que le corresponde por su propio rango».
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