ARTÍCULO

Yugoslavia: el incendio de las naciones

 
Nina Brulic bailando en un edificio devastado en Sarajevo durante la guerra civil en Yugoslavia 
Nina Brulic bailando en un edificio devastado en Sarajevo durante la guerra civil en Yugoslavia 

José Ángel Ruiz Jiménez abre su ensayo con una anécdota doblemente pertinente. Enterada la politóloga Susan George de su empeño en redactar este libro, la mirada de asombro se tradujo en esta frase: «Nunca he entendido lo que pasó allí». Esto es interesante por varias razones. En primer lugar, la percepción de que los episodios del espacio yugoslavo eran ininteligibles fue compartida por quienes tenían capacidad para condicionar el curso de los acontecimientos. En segundo lugar, la propia noción de incomprensibilidad, que no es atributo de la cosa, sino, más bien, una construcción, opera como un performativo: basta que interpretemos una realidad como incomprensible para que termine siéndolo en la práctica.

Existe, desde luego, una estrecha relación entre las percepciones de los líderes políticos mundiales y las funciones de enmarcado. Richard HolbrookeRichard Holbrooke, Para acabar una guerra, trad. de Miguel Lamana, Madrid, Biblioteca Nueva, 1999, pp. 46-47. resume bien este asunto, confirmado por muchos otros análisis: la idea de que la guerra era inevitable había sido cocinada por Rebecca West en 1941 y fue recuperada y aumentada por el neoconservador David Kaplan en un libro de viajes (1994). Es la tesis de los «odios ancestrales». En una lista de lecturas para entender los Balcanes, recomendaba enfáticamente Drácula de Bran Stoker. El libro de Kaplan, que situaba en los Balcanes el origen del nazismoRobert Kaplan, Balkan Ghosts. A Journey through History, Nueva York, Vintage, 1994, p. xxiii. y que es un claro exponente de lo que Maria Todorova llama, por afinidad con el «orientalismo», «balcanismo»Maria Todorova, Imagining the Balkans, Nueva York, Oxford University Press, 1997., tuvo un notable impacto en figuras como Bill Clinton, John Major, David Owen o Felipe González. Holbrooke recoge esta declaración de Lawrence Eagleburger, que fue embajador en Yugoslavia y sucedió a James Baker como secretario de Estado: «Ya he dicho esto treinta y ocho mil veces y tengo que decírselo también a la gente de este país. […] Hasta que bosnios, serbios y croatas decidan dejar de matarse, no hay nada que el resto del mundo pueda hacer al respecto». El presidente Bush le decía a su responsable de política exterior, Brent Scowcroft, una vez por semana: «Explícame una vez más de qué va esto»Laura Silber y Allan Little, The Death of Yugoslavia, Londres, Penguin-BBC, 1995, p. 201..

Resulta altamente significativa esta impenetrabilidad construida que los científicos sociales preocupados por los datos han desmontado fehacientemente. Valgan como ejemplo estas palabras del politólogo austríaco Mark MazowerMark Mazower, The Balkans, Londres, Weidenfeld & Nicolson, 2000, pp. 128-129.: «¿Había entonces una especial propensión a la crueldad que ha llegado hasta nuestros días? […] En su búsqueda de evidencias de la sed de sangre en los Balcanes, los observadores occidentales han confundido a menudo los mitos difundidos por la historiografía romántica con las verdades eternas. […] Durante siglos […] la vida en los Balcanes no fue más violenta que en otros lugares». Y es que los grandes horrores colectivos, como muestran los estudios sobre el Holocausto, pueden explicarse a partir de las interacciones comunes. Los análisis sobre obediencia y conformidad llevados a cabo por los psicólogos sociales dan cuenta de la «normalidad» de la banalidad del mal. Dicho sea para descartar la tesis de la excepcionalidadLa alusión a la dificultad de comprender es recurrente. Recojo algunos ejemplos. «Al mismo tiempo y en referencia a los Balcanes, vuelvo a hacerme la pregunta que me he hecho a mí mismo en muchos contextos diferentes a lo largo de mi vida: ¿cómo es posible que se pueda explotar tan fácilmente el sentimiento popular de identidad colectiva?» (Gabriel Jackson, «Hacer frente al odio»); «¿Qué había, en él [Joe McCarthy] o en nosotros, que hizo a este país tan vulnerable a su demagogia? No es una pregunta de historia aburrida» (Anthony Lewis, «Demagogue Without a Cause»); «Me preguntaba una y otra vez la misma pregunta y hasta el día de hoy no he encontrado la respuesta: ¿cómo fue posible que gente culta cometiera tal traición a la cultura, a la civilización, a la humanidad?» (Viktor Klemperer, LTI. La lengua del Tercer Reich: apuntes de un filólogo, trad. de Adam Kovacsics, Barcelona, Minúscula, 2004, p. 385); «¿Es que cabe nada más impersonal, más borroso, que ese pobre Führer, un deficiente mental y espiritual? ¿Cómo puede fascinar a una masa humana –no digo pueblo– un sujeto de tan escandalosa ramplonería?» (Miguel de Unamuno, El sentimiento trágico de la vida. Notas sobre la revolución y la guerra civil españolas, Madrid, Alianza, 1996, p. 112); «¿Cómo ha podido ocurrir tal cosa? ¿Cómo una empresa que aparece retrospectivamente tan manifiestamente mistificadora, megalómana y criminal como el nazismo ha podido lograr un consenso político de unas proporciones que hoy nos cuesta explicar?» (Götz Aly, «Ainsi Hitler acheta les Allemands»). La extrañeza es muy superior en las víctimas, que regurgitan como una letanía el «¿Cómo nos ha podido ocurrir?». Por poner un solo ejemplo en la voz autorizada de Julián Marías (Cinco años de España, Madrid, Espasa-Calpe, 1981,  p. 316): «Pero para mí persiste una interrogante que me atormentó desde el comienzo mismo de la Guerra Civil cuando empecé a padecerla recién cumplidos los veintidós años: “¿Cómo pudo ocurrir?” [...] “¿Cómo fue posible?”». Los Balcanes tampoco son una excepción; más bien un aviso implícito en aquella frase terrible de David Rousset tras pasar por los campos: «Los hombres normales no saben que todo es posible». O de aquella otra, de George Orwell, que recuerda que los ídolos caídos pueden volver a levantarse. Para acercar el foco, y ajustando la escala, uno puede ahora sonreír ante la superioridad que rezumaba La España de los pingüinos. Una visión antibalcánica del porvenir español (Barcelona, Destino, 2006). En menos de diez años, Enric Juliana habrá podido constatar la metamorfosis experimentada entre algunos pingüinos ibéricos. Puede encontrarse un desarrollo de la idea de Zygmunt Bauman sobre la normalidad de la barbarie en Martín Alonso, «Resonancias de Auschwitz. Una mirada a lo social a partir de Henri Tajfel, George L. Mosse, Tony Judt y Albert O. Hirschman», Historia Contemporánea, núm. 50, pp. 285-317..

Bush le decía a su responsable de política exterior una vez por semana: «Explícame una vez más de qué va esto»

Ni la mayor parte de los alemanes, por no hablar de los judíos, ni la casi totalidad de los yugoslavos, y los de fuera todavía menos, podían imaginarse unos años antes que sucumbirían a la «fuerza negra», según la frase de una superviviente yugoslava del nazismo, Hanna Lévy-Hass; al mal radical, según el análisis de Hannah Arendt. Queda ello ilustrado por dos piezas anecdóticas. Uno de los miembros del grupo paramilitar de los Escorpiones –la elección del nombre expresa por sí sola la elección deshumanizadora: avispas, águilas, tigres, panteras, lobos, halcones son otros de los rótulos– explicaba así el magnicidio de Zoran Djindjic: «Cuando nuestro primer ministro Djindjic fue asesinado en 2003, sus guardaespaldas pidieron dos mil quinientos euros para cambiar el itinerario preestablecido. Pero el asesino no quiso dinero; mató al primer ministro de su país por patriotismo, por sentido del honor y obligación moral»Jasmina Tesanovic, Processo agli Scorpioni. Balcani e crimini di guerra. Paramilitari alla sbarra per il massacro di Srebrenica, Bolonia, Stampa Alternativa, 2008, p. 48.. Aquí tenemos una fórmula explicativa simple: dinero (avaricia, materialismo) y fanatismo (fe, idealismo), como resume, afinando, Mary KaldorMary Kaldor, New & Old Wars. Organized Violence in a Global Era, Stanford, Stanford University Press, 1999, p. 53 (Las nuevas guerras. La violencia organizada en la era global, trad. de María Luisa Rodríguez Tapia, Barcelona, Tusquets, 2001).: 80% de delincuencia común y 20% de fanatismo. La última variable es un ingrediente básico en las prácticas de violencia política.

A partir del nazismo hemos obtenido una percepción más profunda de la responsabilidad de los asesinos de despacho, de los autores intelectuales. Son ellos quienes elaboran los imaginarios que nutren las mentes de los fanáticos y legitiman la conducta de los criminales, transformando la atrocidad en virtud. Para explicarlo traigo a colación la otra anécdota. José Ángel Ruiz Jiménez (p. 389) recuerda unas palabras referidas a las barbaries del nazismo: «[…] al inicio era casi imposible… Con el paso del tiempo se volvió casi una rutina». Cuenta Zlatko DizdarevicZlatko Dizdarevic, Sarajevo. A War Journal, Nueva York, Henry Holt & Co., 1994, p. 5., editor del diario Oslobodenje, de Sarajevo: «El padre ideológico de este movimiento [el grupo de la Academia Serbia de las Ciencias y las Artes, responsable de la elaboración del Memorándum]Vasilije Krestic y Kosta Mihailovic (eds.), Le «Memorandum» de l’Académie Serbe des Sciences et des Arts, Réponse aux critiques et aux calomnies, Lausana, L’Âge d’Homme, 1996. En septiembre de 1986, Večernje novosti publicó unos extractos de este documento, un escrito elaborado por un comité de dieciséis miembros de la Academia Serbia de las Artes y las Ciencias que causó un notable impacto en la opinión pública. En una alambicada redacción, sostiene que desde el proceso mismo de su construcción la República Federativa Socialista de Yugoslavia discriminó a los serbios, de ahí la reivindicación implícita de un Estado para todos los serbios (el programa de la «Gran Serbia»). Este documento desempeñó un papel fundamental tanto en la desintegración de Yugoslavia como en las guerras en Croacia, Bosnia y, finalmente, Kosovo., el escritor Dobrica Cosic, que luego accedería a la presidencia de la nueva Yugoslavia, dijo al líder de los extremistas bosnios, Radovan Karadzic, al comienzo de la guerra: “En Bosnia tienes que hacer todo para que lo que parecía imposible ayer sea posible hoy”».

Naturalmente, Karadzic pudo hacer muchas cosas, pero además no estaba solo, ni dentro ni fuera. El subtítulo del libro de Ruiz Jiménez es muy ajustado: la destrucción de Yugoslavia es, en efecto, la acción combinada de las estrategias inciviles de los nacionalismos internos –en este sentido, cabe hablar de implosión– y de aquellas otras concebidas por los actores internacionales, a menudo no menos oportunistas, si bien solían presentarse en un vistoso lenguaje de principios y derechos. Tras un prólogo suave en el que se sobrevuelan motivos, propósitos –como el de desautorizar los estereotipos y los prejuicios– y expectativas –proporcionar una lección para evitar el desenlace del triángulo infausto: matar, morir o escapar–, el libro se organiza en tres bloques. El central lo constituyen los capítulos 2 a 6, en los que se proporciona la secuencia de acontecimientos y las motivaciones de los actores, desde una perspectiva predominantemente histórica. El capítulo 7 se sitúa en el presente para evaluar desde allí el alcance y la dirección de los cambios sobrevenidos. Los  capítulos inicial y final,  este titulado «Análisis, reflexiones y conclusiones», están más alejados de los episodios concretos y pretenden extraer consideraciones de mayor alcance, en particular el último. El autor ha realizado un notable esfuerzo para proporcionar a la vez los materiales empíricos y las claves hermenéuticas para entenderlos; porque, sin duda, el motivo principal para poner orden en este paisaje político es la multitud de variables en juego; manejarlas con tino es un trabajo para el que no nos preparan las modas simplificadoras y las explicaciones prêt-à-porter. Precisamente esto último es lo que da cuenta de la facilidad con que se acepta la superstición de los odios ancestrales: lo explican todo.

Las piezas del puzle

El capítulo primero, «Nacionalismo y revisionismo histórico o el arte de sembrar vientos», presenta una visión de conjunto, aunque ligeramente escorada por la lente retrospectiva. Comienza presentando el mapa inicial de la segunda Yugoslavia. Fue concebida para ensamblar pueblos, naciones y minorías. En la cartografía política, esto se reflejaba en seis repúblicas (Serbia, Croacia, Eslovenia, Macedonia, Montenegro y Bosnia y Herzegovina) y dos provincias autónomas para las dos principales minorías: Vojvodina para la húngara y Kosovo para la albanesa. El carácter colegiado y los cargos rotatorios de la estructura federal, junto con el carisma de Tito –de ahí que su muerte (1980) marcase un punto de inflexión–, proporcionaban equilibrios y contrapesos para sostener la unidad dentro de esta pluralidad de entidades, cada una con sus competencias específicas. Precisamente la ruptura del equilibrio de la doble lealtad, favorecida por la «descentralización sin democracia», es para el autor una de las razones principales de la implosión. Porque en esas unidades subfederales acabaron cuajando lógicas perversas como el clientelismo, la corrupción y las patologías del victimismo cruzado, letales para el proyecto común. Desde algunas de las unidades se alentó una cultura antagonística a partir de una explotación del revisionismo histórico. La situación fue aprovechada por las repúblicas ricas del norte para «soltar lastre» federal (allí cuajó esa figura importada por Pasqual Maragall del «federalismo asimétrico»). Para ello fue necesario vaciar de sentido la estructura federal.

Eso se hizo, particularmente desde las elites serbias, construyendo un relato de destino robado que se apoyaba en una memoria maltratada que abrazaba desde el medieval Kosovo al Jasenovac fascista. La parahistoriografíaWolfgang Höpken, «History Education and Yugoslav (Dis-)Integration», en Melissa K. Bokovoy, Jill A. Irvine y Carol S. Lilly (eds.), State-Society Relations in Yugoslavia, 1945-1992, Basingstoke, Macmillan, 1997, pp. 79-104 (p. 97). y el revisionismo se dan la mano para favorecer esa mudanza ideológica del comunismo al nacionalismo, en la que habían sido pioneros el historiador croata y luego presidente, Franjo Tudjman, y el novelista serbio y luego presidente de la federación disminuida, Dobrica Cosic. (La conversión ideológica tiene un peso en la radicalización interétnica merecedora de atención y que combina los tres ángulos de la ecuación causal que ilustraré al final: estructura, agencia y marco narrativo)Los nuevos dirigentes habían sido comunistas, muchos de ellos con posiciones destacadas en el aparato y con los privilegios de lo que Milovan Djilas llamó la «nueva clase». Una visión general de este tsunami ideológico, con testimonios de Yugoslavia y demás países del Este se encuentra en Ruth Petrie (ed.), The fall of communism and the rise of nationalism, Londres, Cassell, 1997. Para una visión sociológica de los excomunistas, y en especial de los yugoslavos, el estudio más penetrante es el del doble disidente (comunista y nacionalista) Predrag Matvejevitch, Le monde «ex». Confessions, París, Fayard, 1996. Tomo de aquí un par de apuntes: «Los comunistas dogmáticos adoptan sin dificultad los dogmas nacionalistas: no necesitan modificar una estructura mental que, pese al cambio de miras y objetivos, se mantiene tan rígida y rigurosa como antes. [...] Los escritores oficiales de ayer producen ahora una literatura al servicio de la nación. Los críticos la sostienen. Los historiadores se preocupan de las genealogías, buscando en el pasado lo que se les ha encargado que encuentren. Todos o casi todos se esfuerzan para ponerse en sintonía con los cambios sobrevenidos. Los antiguos marxistas reprochan a Marx el haberse despreocupado de la “cuestión nacional”». De todos modos, la conversión fue habitualmente del tipo 1 x 2, es decir comunismo por nacionalismo y capitalismo (ortodoxia de mercado). Se ha prestado poca atención a la segunda pieza, pero un disidente, Ivan Klíma, vio pronto esta «superstición popular», según la cual «el mercado resolvería por sí mismo todos los problemas esenciales» (en Ruth Petrie (ed.), op. cit., p.  187). Brian Hall (El país imposible. Yugoslavia: Viaje al borde del naufragio, trad. de Mireia Porta, Barcelona, Flor del Viento, 1995, p. 59) ofrece una muestra brillante de esta superstición: «En Zagreb aún no había ningún McDonald’s (su implantación se consideraba un paso crucial para convertirse en europeo de cabo a rabo)».. Cosic, «padre de la patria» y padre espiritual de Slobodan Milosevic, acuñó la idea kaplaniana de Yugoslavia como «teatro de odios» y la fórmula de la Gran Serbia: «Todos los serbios en un solo Estado»Ivan Djuric, Glossaire de l’espace yougoslave, París, L’Esprit des Péninsules, 1999, p. 37.. Es la punta de lanza de un grupo de intelectuales que instalaron en la opinión pública la paranoia apocalíptica de que estaban en vísperas de un nuevo genocidio y facilitaron la ascensión irresistible del oportunista Milosevic. El autor hace algunas alusiones a los intelectuales y proporciona una nota con algunas referencias, pero el tema hubiera merecido un apartado autónomo. En todo caso, el desliz más notable que he encontrado en el libro es la caracterización de Cosic como un «activista pro derechos humanos»Ibidem, p. 51.. Cosic, que murió en mayo de 2014, responde sin ningún género de dudas al perfil de asesino de gabinete y su legado fue letalRemito a trabajos como los de la historiadora Olivera Milosavlejevic (por ejemplo, «Du mauvais usage de l’autorité scientifique», en Nebojsa Popov (dir.), Radiographie d’un nationalisme. Les racines serbes du conflit yougoslave, París, Éditions de l’Atelier, 1998, pp. 205-238), o el sociólogo Nebojsa Popov –los dos recientemente fallecidos–, así como a las fuentes primarias. Entre estas, los escritos políticos de Dobrica Cosic traducidos al francés, por ejemplo Un homme dans son époque, París, L’Âge d’Homme, 1991, o sus novelas traducidas al inglés. (Cosic se pronuncia Chosich: he optado por castellanizar los caracteres eslavos, que en el libro de José Ángel Ruiz Jiménez están impecablemente transcritos.).

El Memorándum es impensable sin la inspiración de Cosic. El clima creado en Serbia y la revolución antiburocrática llevada a cabo con la colaboración poderosa de unos medios instrumentalizados, ensamblan su retórica aporética con los peores vicios de los sistemas de partido único. Se trataba sencillamente de utilizar la receta de Hermann Göring: basta predicar que estamos amenazados y acusar a los críticos y pacifistas de traidores. Como consecuencia de estas iniciativas, y con la ayuda de una crisis económica que dejó a miles de jóvenes parados en condiciones de reclutabilidad por los paramilitares, y desaparecido el seguro exterior que suponía su condición de farallón contra el comunismo soviético, Yugoslavia se había quedado en un cascarón vacío, de la jefatura del Estado al Ejército Popular Yugoslavo, mientras que el propio partido se había dividido siguiendo las líneas territoriales de las repúblicas, una paradoja para un credo internacionalista. La otra paradoja es que, llegado este punto, la única república defensora de la federación era Bosnia y Herzegovina, una especie de Yugoslavia concentrada, y por eso se convirtió en el blanco principal: había que demostrar la imposibilidad retrospectiva del yugoslavismo. Había que hacer posible lo imposible e imposible lo real.

Srebrenica, Bosnia y Herzegovina

Una vez situado el telón de fondo, los capítulos siguientes dan cuenta de la desintegración de facto, atendiendo a tres líneas de interés: la acción de los actores locales y su impacto en la cartografía constitucional (referéndum y declaraciones de independencia), las respuestas de los colectivos perjudicados por los arreglos anteriores (serbios en Bosnia y Croacia, serbios y croatas en Bosnia, albaneses en Kosovo), el recurso a la violencia activa y reactiva hasta extremos indecibles como forma de llevar la limpieza étnica a sus últimas consecuencias y acomodar la composición etnodemográfica a las nuevas fronteras nacionales, y, por último, la pasividad, la impericia o el oportunismo de los actores internacionales. El descenso a los infiernos es el resultado de un doble proceso: de radicalización en el interior de cada campo y de acumulación como consecuencia de la interacción entre las lógicas antagonistas de los actores. De nuevo, es esta suma de piezas lo que hace que el escenario resulte difícil de comprender. «Desacreditado el comunismo, jugar la carta nacionalista era la opción ganadora más obvia», concluye el capítulo; podría haber dicho: minada la Federación, el camino eran las dinámicas extremas de suma cero.

En el capítulo segundo, plásticamente titulado «Jugando con fuego en un ajedrez de ambiciones», se detallan estos desarrollos: referéndum de autodeterminación, elecciones, declaración de independencia y enfrentamiento en las tierras disputadas. Especialmente en Croacia, dada la homogeneidad étnica de Eslovenia, donde sí tuvieron dificultades quienes se declaraban yugoslavos (o pingüinos o esquimales). El triunfo de los nacionalistas en Croacia, los cambios en la Constitución, situándola por encima de la Federal y desposeyendo a la importante minoría serbia de su condición de «pueblo constitutivo», marca el camino. La población serbia respondería con la proclamación de la autonomía en la Krajina y Eslavonia Oriental. El autor señala que aquí –el episodio de Borovo Selo se ha instrumentalizado hasta tal extremo que resulta difícil saber realmente qué ocurrióBrian Hall, op. cit., pp. 98-103.– aparecieron los primeros muertos de la guerra, pero en realidad se produjeron en Belgrado, en una manifestación contra la manipulación de la televisión  por Milosevic, la segunda semana de marzo de 1991, en la que hubo dos muertos cuando los estudiantes tomaron el centro de Belgrado. Al día siguiente, el Partido Socialista Serbio de Milosevic convocó una manifestación de apoyo al gobierno a la que acudieron sobre todo jubilados y obreros traídos de las fábricas. Eran unos cuarenta mil, pero la televisión, que transmitió en directo la manifestación, sostuvo que fueron trescientos mil. Este es un dato crucial, puesto que los enfrentamientos étnicos han sido antes enfrentamientos civiles encaminados a homogeneizar las comunidades; la violencia tiene un notable poder desmovilizador y destructor del pluralismo. Cuando Milosevic hace intervenir a los tanques en Belgrado para aplastar la protesta, obliga al ejército, el principal garante del federalismo, a tomar partido y las violencias posteriores convierten a los pacifistas en traidores.

Los referendos, lejos de funcionar como instrumentos democráticos de solución, en estas condiciones no hicieron sino alentar las tensiones. Rogers Brubaker denomina ilusión arquitectónica al intento de resolver contenciosos comunitarios de esta manera, porque «la búsqueda de una solución global arquitectónica de los conflictos nacionales es insensata (misguidedRogers Brubaker, «Myths and Misconceptions in the Study of Nationalism», en John Hall (ed.), The State of the Nation. Ernest Gellner and the Theory of Nationalism, Cambridge, Cambridge University Press, 1998, pp. 272-305 (p. 293)..

Las movilizaciones por la paz o contra los belicosos líderes respectivos se replicaron en Zagreb, Belgrado, Sarajevo y otras ciudades, así como la resistencia de los jóvenes al reclutamiento. Pero el comienzo de la violencia interétnica fue fatal, porque funcionó lo que cabe denominar el teorema de HofferEric Hoffer, The True Believer. Thoughts on the Nature of Mass Movements, Chicago, Time-Life, 1980, p. 19.: la contención o inhibición de un movimiento de masas de carácter cívico-social mediante la activación de un contencioso identitario o religioso. La destrucción de la sociedad civil se vio acompañada de la proliferación de estructuras criminales que circulaban por las puertas giratorias entre la política etnonacionalista y la economía del pillaje y el contrabando. En este contexto, los líderes, haciendo gala de un oportunismo y un cinismo que convertían en escarnio el eslogan federal de Fraternidad y unidad, podían negociar con unos para un asunto y con otros para otro: Milosevic y Tudjman estaban enfrentados respecto a la Krajina, pero de acuerdo para repartirse Bosnia; podían pronunciarse en público a favor de la federación y sabotearla en privado. A la vez, y como un remedo del feudalismo, cada líder local creaba sus propias estructuras y radicalizaba el discurso. Radovan Karadzic llegó a afirmar: «Pero los grupos étnicos y culturales diferentes jamás se han mezclado en Bosnia. Nunca. Es una leyenda. […]. Es el comunismo el que ha querido mezclarnos como el agua y el aceite. Acabado el comunismo, se acabó la mezcla. El aceite y el agua han vuelto cada uno a su sitio. Y en eso ha consistido la guerra»Entrevista realizada por Patrick Besson, en Patrick Besson et al., Avec les Serbes, Lausana, L’Âge d’Homme, 1996, pp. 11-24 (p. 13).. No podría encontrar un aval mejor para ilustrar la ilusión arquitectónica.

La violencia extrema fue, como insiste Ruiz Jiménez, el desenlace resultante de la superposición de lógicas perversas, de círculos viciosos y profecías autocumplidas aventadas por las televisiones, que, explotando la palanca del miedo y el odio, convertían los relatos necrofílicos del pasado en patrones para los extremistas, con esa expresión extrema de deshumanización –la mutilación de los cadáveres–, que conoce una ulterior vuelta de tuerca con el tráfico de órganos en Kosovo. La escalada bélica se vio precedida de una escalada del lenguaje, una retórica de testosterona amplificada por el alcohol, las drogas y las violaciones en grupo hasta el límite de la deshumanizaciónLa cuestión de género es ineludible. La violación fue una estrategia deliberada dentro del plan de destrucción de los lazos intercomunitarios, pero fue algo más: un instrumento de socialización en medio de la barbarie. El lenguaje de las bandas paramilitares (y de algunos miembros de las fuerzas internacionales que comparten la sensibilidad militar-machista) está lleno de referencias sexuales. La exaltación de la retórica testicular se manifiesta, por pasiva, en la denigración de los objetores y pacifistas, tildados de afeminados o maricones (Ivan Colovic, Le bordel des guerriers. Folklore, politique et guerre, Münster, Lit Verlag, 2005).. De un corto viaje a Herzegovina, en el verano de 1993, al reseñista le queda el recuerdo de soldados armados borrachos cantando en los camiones que los devolvían del frente y frailes franciscanos predicando el odio santo por la patria sagrada y milenaria. Imágenes parecidas con actores distintos se repetían en otros frentesLa trilogía del escritor serbio Vidosav Stevanovic, del opositor Círculo de Belgrado, y en particular La neige et les chiens (París, Belfond, 1993), es una radiografía espeluznante del funcionamiento de las bandas de paramilitares. Un análisis más detallado se encuentra en Christopher S. Stewart, Arkan, la tigre dei Balcani, Padua, Alet, 2009. La prensa española se hizo eco de un caso atroz con motivo de un asesinato con canibalismo en Madrid: el asesinado era Milan Jurisic, del clan de Zemun, responsable del asesinato de Zoran Djindjic. Los asesinos eran miembros de una banda que incluía a Sretko Kalinic, apodado «La Bestia», encarcelado en Serbia por asesinar a dos de los testigos protegidos que esclarecieron el magnicidio de Djindjic. Para quien esto escribe, la referencia más lograda sobre este asunto es la obra de Ivan Colovic citada en la nota 20.. Ruiz Jiménez hace desfilar la secuencia de los horrores, los ataques a ciudades emblemáticas, en ocasiones con retiradas sospechosas de las fuerzas que debían defenderlas (Vukovar, en Croacia; Srebrenica en Bosnia; Knin en la Krajina...) como parte de la instrumentalización del victimismo, del oportunismo o de otros arreglos inconfesos entre las cúpulas.

«Durante el día luchábamos contra los serbios, por la noche unos contra otros por cada pedacito de comida. Los hombres perdían la dignidad»

El capítulo tercero traslada el foco a Bosnia y Herzegovina, donde la barbarie alcanza su cenit. Siendo esta república la metonimia de Yugoslavia, por la mezcla de su población, por el mayor número de yugoslavos declarados en los censosFrancisco Veiga, La trampa balcánica, Barcelona, Grijalbo, 1995, p. 309. y por ser pensada como amortiguadora de recelos entre sus poderosos vecinos, el empeño por romperla requirió el esfuerzo titánico que pedía Cosic a Karadzic. Ruiz Jiménez refiere el juego cambiante de las alianzas entre las entidades autoproclamadas sostenidas por los ejércitos de Croacia y Serbia (la República Croata de Herzeg-Bosnia y la República Serbia de Bosnia) y los bosniacos que controlaban la zona central, sin apoyo externo, con sus defensas territoriales desarmadas y sujetos al embargo. Los campos de prisioneros, las violaciones como arma de guerra, el cerco de Sarajevo y el genocidio de la zona segura de Srebrenica son imágenes punzantes (como la limpieza étnica de la población serbia de la Krajina en la operación Tormenta)Con cerca de ochocientos muertos y más de doscientos cincuenta mil desplazados, esta operación de limpieza étnica, llevada a cabo por las tropas croatas con apoyo indirecto de Estados Unidos, es uno de los episodios más ignominiosos de la guerra. Desencadenada pocas semanas después del genocidio de Srebrenica, los servicios de inteligencia contrarrestaron su impacto haciendo públicos ahora los datos de Srebrenica, que habían quedado silenciados en los días inmediatos. Hubo una tentativa de acusar a Franjo Tudjman de crímenes de guerra; los generales responsables fueron exculpados por el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia, al parecer por su amenaza de implicar a los colaboradores estadounidenses. Estos serbios expulsados con total impunidad figuran entre los más desamparados: por la justicia, por la comunidad internacional y por las propias autoridades –y parte de la población– serbias. Mujeres de Negro y algunas otras ONG sí que les han prestado ayuda.. Imposible trasladar los detalles, como esos grafitis obscenos, machistas y racistas en los pabellones del batallón holandés en Potocari (junto al contrabando y la prostituciónEmir Suljagic, Postales desde la tumba, trad. de Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pistelek, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2007, p. 146.), que le hacen a uno estremecerse cuando los encuentra al lado de paredes salpicadas de sangre. En uno de los documentos más crudos y recomendables sobre Srebrenica –y, por extensión, sobre lo demás–, Emir Suljagic, un superviviente, cuenta que el defensor del enclave y luego inquilino del Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia, Naser Oric, controlaba el contrabando y ofrecía terrones de azúcar a su caballo mientras la población perecía de hambreIbidem, p. 34.. De Suljagic traigo un par de consideraciones más, porque ilustran la línea expositiva de Ruiz Jiménez. La primera es la deshumanización: «Durante el día luchábamos contra los serbios, por la noche unos contra otros por cada pedacito de comida, por un envoltorio de plástico. Los hombres perdían por enésima vez todos los escrúpulos, traspasaban los últimos límites de la decencia, perdían la dignidad»Ibidem, p. 75..

La malversación de los principios: la intervención internacional

La otra consideración, con motivo de los acontecimientos en Kosovo que concluyeron con el bombardeo de Serbia por la OTAN, sirve para introducir el bloque de los tres capítulos siguientes, «La mano amiga de las potencias extranjeras», «Pax americana» y «Kosovo, el principio del fin». Dice literalmente Suljagic, refiriéndose a que los palés de alimentos lanzados desde aviones estadounidenses caían en territorio controlado por los serbios: «Nos amargaba la gente que durante años se había negado a ayudarnos, sin importarles que estuviéramos a punto de desaparecer, y cuando por fin decidieron dar un paso que no suponía ningún riesgo, no eran capaces de hacerlo bien»Ibidem, p. 74.. «No fueron capaces de hacer casi nada bien» es una frase que describe la mayor parte de las decisiones tomadas por los actores internacionales, unas decisiones imputables a los propios intereses de los actores. Por ejemplo, el aval alemán a la independencia de Croacia y Eslovenia perseguía hacer frente a la impopularidad de la reunificación, a la vez que buscaba preparar un mercado. La Unión Europea accede para no contrariar a Alemania y cuando Estados Unidos entra en escena –tras la incapacidad de Europa– favorece los hechos consumados sobre el terreno para facilitar las negociaciones sobre los mapas. Estas concluyen en Dayton, siguiendo el procedimiento, consagrado en los planes anteriores, de convertir la necesidad –los hechos militares sobre el terreno– en virtud –división territorial–, con una escasamente viable geometría política para Bosnia y Herzegovina: un extraño objeto constitucional compuesto de una entidad simple (la República Serbia de Bosnia, con el 49% del territorio) y otra compuesta (la federación bosniocroata, con el 51%), aparte de una secuencia de subdivisiones que hacen complicada, cara y, a la postre, insostenible una gestión política cotidiana«La guerra había sido emprendida para conseguir la separación étnica. La guerra terminaría solo cuando esta se consumara. En tal sentido, las conversaciones de Dayton se encaminaron a la consecución de la paz mediante la limpieza étnica» (Laura Silber y Allan Little, op. cit., p. 350)..

Hay tres elementos que se repiten como un estribillo a lo largo de los capítulos.

1) Que buena parte de las propuestas suponían una conculcación del principio de inviolabilidad de las fronteras internacionales, pieza fundamental de los Acuerdos de Helsinki. Y si la Comunidad Europea y Estados Unidos lo habían atropellado, los líderes nacionales podían invocar ese precedente para no aceptar los límites internosFrancisco Veiga, op. cit., p. 304.. Anexo a este punto iba el reconocimiento implícito de la figura del Estado-nación puro, el factor que se denunciaba, sin embargo, como causante de la guerra. Ello suponía, en definitiva, un cambio del demos titular en la dirección particularista.

2) Que el fracaso político no fue óbice para la introducción de la ortodoxia económica, utilizada inicialmente por las elites nacionalistas como un elemento de distanciamiento del socialismo federal. En ocasiones esta tendencia se manifestó en el apoyo a iniciativas directas, como la del G-7, que trazó un plan neoliberal duroJosé Ángel Ruiz Jiménez, Y llegó la barbarie. Nacionalismo y juegos de poder en la destrucción de Yugoslavia, p. 184.. En esta misma dirección se inscribe la designación de Dominique Strauss-Kahn, exdirector del Fondo Monetario Internacional, como asesor del Gobierno de SerbiaDominique Strauss-Kahn tuvo que abandonar el Fondo Monetario Internacional por un escándalo sexual. Después se dedicó a la asesoría y a la gestión de fondos. Su cometido al servicio del Gobierno serbio consistía en atraer a inversores extranjeros. En febrero de este año ha sido nombrado supervisor del banco Crédit Dnieper, propiedad de Viktor Pintchouk, el segundo hombre más rico de Ucrania.. Su cometido será el de atraer inversores extranjeros para centrarse en la reestructuración de la deuda externa y negociar… con el FMI. La operación ha sido diseñada por el viceprimer ministro Aleksandar Vucic. Tony Blair, que cuenta con JP Morgan Chase, Zurich Financial Services o el Gobierno de Kazajistán entre sus 467 clientes fue designado asesor especial para Albania con parecidas atribuciones. En febrero de 2015, Tony Blair Associates firmó un contrato para asesorar al primer ministro serbio Aleksandar Vucic, que fue ministro de información de Milosevic durante el conflicto de Kosovo. Algunas fuentes indicaron que el pagador era Abu Dabi, lo que llama la atención si se recuerda que Blair es el enviado especial del Cuarteto en Oriente Medio.

3) El oportunismo –«sacar tajada», según la percepción extendida entre la población de los Balcanes– es especialmente visible en el capítulo sobre Kosovo. Los acontecimientos de Kosovo (1998-1999) tienen componentes endógenos –las tensiones entre serbios y albanokosovares, con la supresión por parte de Milosevic de la condición de provincia autónoma (1988) y las reivindicaciones independentistas de los albanokosovares en la cuna de Serbia, según el cliché–, alentados por el fortalecimiento del Ejército de Liberación de Kosovo, en parte consecuencia de la llegada masiva de armas de resultas del colapso de Albania por las estafas piramidales. Pero hay otras razones. En vísperas de elecciones, Clinton necesitaba soltar el lastre del asunto Monica Lewinsky y reparar el mal recuerdo de la intervención en Somalia durante el mandato de Bush; Blair, reafirmar su narcisismo; y la OTAN, encontrar una justificación para su continuidad tras el final de la Guerra Fría. Existe una relación entre los dos últimos: Blair fue uno de los más fervientes defensores de la intervención –llevada a cabo al margen del Consejo de Seguridad– como representante del denominado «intervencionismo liberal» o humanitario, la «guerra buena» en nombre de los derechos humanos (una perversión y una impostura). Se trataba, y cito literalmente, de «una batalla entre el bien y el mal, entre civilización y barbarie, entre democracia y dictadura». Blair dedica un capítulo a Kosovo en su autobiografía, pero son suficientes las páginas del imprescindible ensayo de Misha GlennyMisha Glenny, The Balkans. Nationalism, War and the Great Powers, Londres, Granta, 2012, pp. 667-670., en las que leemos que allí Blair conoció su mayor gloria –muchos niños kosovares llevan su nombre y las niñas el de Madeleine, por la secretaria de Estado norteamericana–, que la intervención supuso un ejercicio de cinismo porque se amparaba en la Resolución 1244 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que garantizaba la autonomía de Kosovo dentro de la República Federal de Yugoslavia (párrafos 10 y 11), y que la campaña de Kosovo «preparó buena parte del sustento filosófico para los desastres que sucedieron tras los acontecimientos del 11-S», incluidos esos limbos del derecho como Abu Grahib o Guantánamo (Ruiz Jiménez titula uno de sus epígrafes «Kosovo, el agujero negro del derecho internacional»). De Milosevic = Hitler a Sadam Husein = Hitler no hay solución de continuidad, aunque implicara la legitimación de un grupo terrorista, el Ejército de Liberación de Kosovo, como aliado estratégico (hay que subrayarlo: dos años antes del 11-S, su líder Hashim Thaçi ha desplegado una amplia paleta criminal de carácter mafiosoY hay una continuidad más tangible que tendrán en primicia, al menos en castellano, los lectores de Revista de Libros. En el curso de las negociaciones entre la OTAN, presidida por Javier Solana, y Slobodan Milosevic, este último ofreció los planos del búnker de Sadam Hsein al entonces jefe militar de la organización, Wesley Clark. El búnker fue encargado por Husein a ingenieros yugoslavos tras su visita al de Tito en 1976. En el curso de las negociaciones citadas, se preguntó a uno de los ingenieros –la fuente que uso– sobre la autenticidad de los planos, que este confirmó. Algunas de estas noticias aparecieron en los medios en vísperas de la intervención en Irak, como en ABC News.). La operación Fuerza Aliada consistió en setenta y ocho días de bombardeo «humanitario» que intensificó la limpieza étnica de Kosovo por las tropas yugoslavas (serbomontenegrinas), con un balance de entre dos mil y diez mil muertos entre los albanokosovares y entre quinientos y mil quinientos muertos como consecuencia de los bombardeos de la OTAN. Además, como señala Ruiz Jiménez, aparte de la implantación de negocios, Estados Unidos tiene en Kosovo una de sus bases militares más extensas.

Es bien conocida la influencia de la épica del Kosovo medieval en el auge de Milosevic, y el autor da buena cuenta de ella, pero apenas se encuentra apuntada la influencia del enmarcado de Kosovo 1999 en los desarrollos posteriores. Puede resumirse en dos rubros de alto calado –especialmente para el devenir de la socialdemocracia, pero también de la seguridad colectiva que vemos hoy amenazada por el Daesh–: por un lado, el sabotaje de facto de los Acuerdos de Helsinki y el encumbramiento del Consenso de Washington; y la alianza entre neoconservadores y liberales en la defensa del intervencionismo de las grandes potencias, por otro. Si hace dos décadas Misha Glenny acertaba al señalar que mientras Occidente no sepa qué hace en la Europa oriental, «Europa seguirá siendo un lugar peligroso», la aplicación de la versión neocón de la doctrina Kosovo en Asia ha convertido al planeta en un lugar peligroso. Eso ha hecho revisar sus posturas a algunos liberales, como Timothy Garton Ash, que reprochaba entonces a la izquierda no secundar el entusiasmo neoconservador para extender la democracia en el mundo, mientras que unos años más tarde consideraba que «nuestra nueva forma europea de hacer las cosas tiene que ver con la integridad de los procedimientos. Deben respetar las fronteras de los Estados existentes, pero en casos excepcionales los territorios de los Estados pueden negociar las autonomías especiales o incluso votar ser independientes, como Eslovaquia y Kosovo, o tal vez Escocia un día, pero siempre por la vía pacífica, mediante la negociación y el consentimiento, con la sanción del derecho nacional e internacional. El cómo importa incluso más que el qué». Pero fue el ardor dialéctico creado en Kosovo, con apotegmas como los de Blair recogidos antes, el que inspiró la figura del «eje del mal» del discurso a la nación de George Bush en enero de 2002 y el que alentó la intervención en Irak montada sobre la impostura de las armas de destrucción masiva. Han tenido que pasar años, pero sobre todo la emergencia de actores como el ISIS, para que Tony Blair admitiera que fue un error la intervención en Irak y reconocer una responsabilidad parcial por el nacimiento del ISISEn el abultado elenco de figuras execrables por su comportamiento en los Balcanes, el exprimer ministro británico debe figurar con todos los merecimientos en su doble condición de mesías del intervencionismo y profeta de la ortodoxia económica neoclásica: para lo primero, véase Nicholas J. Wheeler y Rachel J. Owen, «Liberal Interventionism versus International Law. Blair’s Wars Against Kosovo and Iraq», en David B. MacDonald, Robert G. Patman y Betty Mason-Parker (eds.), The Ethics of Foreign Policy, Aldershot, Ashgate, 2007, pp. 83-98; para lo segundo, el reportaje publicado en New Statesman «Leader: the tragedy of Tony Blair, what he was and what he became». Para Tony Judt, Blair es uno de los políticos ingleses de la generación joven que «se ha caracterizado por su indiferencia a las lecciones del siglo XX».. Kosovo fue un precedente ominoso en otro registro: la instrumentalización de los medios internacionales. Robert Fisk, desde las páginas de Le Monde diplomatique, formulaba esta denuncia-pregunta: «¿Estaban obligados los periodistas a comportarse como los loros de los generales de la Alianza?»

La caída de Milosevic, tras las movilizaciones internas y alguna ayuda externa, cierra un ciclo. Pero dejando de lado el hecho de que buena parte de los líderes de Occidente había apoyado inicialmente a Milosevic como un garante de la estabilidad en la región, aquí también se revelaron falsas las inferencias-profecías que prometían una nueva era una vez caído el caudillo.

Haciendo balance

El séptimo capítulo acierta en la expresividad del título: «¿Luchamos para esto? Las nuevas Croacia, Bosnia y Herzegovina, y Serbia». Aquí observamos cómo el fin de la fase bélica, con su séquito de destrucción, no ha significado de ningún modo la regeneración democrática y la mejora de las condiciones de vida. Aparte de la inestabilidad que persiste en determinados lugares, la literalidad de los acuerdos ha reafirmado las heridas de la guerra, de Eslavonia o Krajina a Herzegovina; de la República Serbia de Bosnia a Kosovo. Con una constante: la progresión paralela del radicalismo étnico y la corrupción. La destrucción del tejido civil se revela en la vuelta de actores asociados a los responsables de las guerras en las últimas convocatorias en Croacia y en Serbia, agravada con algunas decisiones incomprensibles del Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia y con los procesos de rehabilitación de figuras criminales de los años cuarenta en Croacia y SerbiaMás detalles en Martín Alonso, «El TPIY» y «La justicia encalla en la Haya», que concluye así: «Para Marek Edelman, superviviente del gueto de Varsovia, Srebrenica constituía una victoria póstuma de Hitler. Según Sudetic, “si Hitler hubiera sido juzgado por los crímenes del Holocausto según el requisito recién formulado por el TPIY de ‘ayudar e inducir’ podría muy bien haber resultado absuelto” (The Economist, 1 de junio de 2013)». Véase también Isabel Ferrer, «La justicia internacional imprevisible». Parece que, en su última fase, el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia se ha contagiado de las malas prácticas que han caracterizado la acción internacional. La negación de justicia a las víctimas es una traición en toda regla a la pedagogía de Auschwitz.. Aleksandar Vucic en Serbia, con un exultante Vojislav Seselj, exonerado por el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia pero en absoluto arrepentido, y la vuelta de la Unión Democrática Croata, con Grabar-Kitarovic al frente del Gobierno en Croacia, suenan a un retorno a los años noventa. Los altos funcionarios o militares exonerados o retornados tras el cumplimiento de la pena han sido recibidos como héroes en los lugares respectivos. Pero aunque Ruiz Jiménez limita el foco a Croacia, Bosnia y Herzegovina, y Serbia, el balance negativo es extensible al resto del territorio de la Federación fenecida. Kosovo es seguramente la zona donde el impacto ha sido más alto en términos de cultura política, puesto que se partía de una situación de opresión objetiva y un ejemplar movimiento de resistencia no violenta y se ha abocado a una mezcla de etnofascismo y mafia (sin escrúpulos para colaborar con la correspondiente serbia, como también ha sucedido entre las cúpulas militares, que se ayudaron en la eliminación de testigos incómodos, principalmente gitanos). Seguramente no hay imagen más elocuente de la catástrofe que esos ciudadanos kosovares atravesando Serbia junto a los refugiados sirios para salir del país. Montenegro se encuentra asfixiado por el autoritarismo corrupto de Milo Djukanovic, dirigente que, interesadamente, ha felicitado a Seselj por su exculpación, dado que Montenegro estuvo implicado en varias de las peores masacresResulta iluminadora la carta enviada a Barack Obama por Zeljko Ivanovic, periodista, defensor de los derechos humanos y figura central de la sociedad civil montenegrina con motivo del décimo aniversario de la independencia (Le Courrier des Balkans es un portal imprescindible para seguir la actualidad de la región).. En Macedonia, el Tribunal Constitucional ha avalado la amnistía presidencial a todos los políticos corruptos. En estos países se han difuminado las diferencias ideológicas a favor de una alianza implícita entre la tecnocracia y una extrema derecha de facto. Ni siquiera Eslovenia ha salido bien parada. Ruiz Jiménez ofrece un dato elocuente: su deuda ha pasado de 2.600 millones de dólares en el momento de la independencia a 56.300 millones en la actualidad. Se encuentra, en efecto, como otros países del Sur, cogida en la trampa de la deuda y la austeridad.

Refugiada albanesa

Los muertos, refugiados, desplazados, mujeres violadas, infraestructuras destruidas, índices de calidad de vida, pero, sobre todo, la descomposición del ecosistema político, dibujan un balance demoledor (p. 384). El último capítulo se ocupa de elaborar algunas reflexiones generales a partir de las líneas argumentales expuestas. El autor insiste en el efecto perverso de la descentralización, así como del uso de los referendos en las condiciones reinantes; en el poder destructor del oportunismo de los líderes, capaces de instalar una lógica situacional que amparaba la banalidad del mal; y en la confianza ingenua de la población en que lo malo no ocurriría. Ruiz Jiménez hilvana alguna de las piezas de la psicología social que llevan de la categorización a la estigmatización, y de allí a la destrucción del designado como otro. Y vuelve sobre el pernicioso papel de la comunidad internacional, que «nunca estuvo interesada en la paz en Yugoslavia» (p. 198). De modo que a la galería de impresentables personajes «balcánicos», criminales de toda laya, habría que añadir una larga lista de figuras de las instituciones internacionales. Los Carl Bildt o Tadeusz Mazowiecki son claramente minoritariosCarl Bildt ha sido de los pocos políticos que han hablado claro sobre la deriva del Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia: «Cada vez es más difícil encontrar lógica o consistencia entre las diferentes sentencias del TPIY».. Dos de las actuaciones han sido particularmente perversas: la intervención militar en Serbia dejó en mal lugar a los pacifistas que se enfrentaban a su propio militarismo, pero, sobre todo, la exoneración de criminales de guerra por el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia ha puesto a los pies de los caballos ante la opinión pública a esa parte sana de la sociedad civil que exigía justicia (véase nota 38). Termina el libro con el epígrafe «Balcanes, la frontera interior de Europa». Seguramente son más que eso: son también un espejo del lado oscuro de los colectivos, que aflora cuando hay –cuando se crean– las condiciones propicias, como indicaré enseguida. En ese sentido, los Balcanes son un aviso imperecedero de que el abismo está siempre al acecho. Y de que la activación de políticas identitarias en condiciones de escaso pluralismo y de malestar social, como el que crean las crisis económicas severas, son un vivero de barbarie, como ya nos avisó Mary Kaldor en New & Old WarsMary Kaldor, una de las voces más lúcidas sobre la relación entre la economía y las guerras globales, fue asesora de YugoFax, una publicación de War Report y The Helsinki Citizens Assembly. En el volumen colectivo Breakdowm. War & Reconstruction in Yugoslavia se recoge una contribución suya y de Sonja Licht en la que leemos: «La política desde abajo no puede ser nacional». Asimismo, y para completar la visión de Ruiz Jiménez, «Lo que los negociadores de la Comunidad Europea no hicieron fue mostrar el más mínimo interés en las iniciativas ciudadanas. No se reunieron ni hablaron con esos grupos que querían genuinamente la paz y estaban en condiciones de ejercer presión sobre sus gobiernos» (YugoFax, Breakdown. War & Reconstruction in Yugoslavia, Londres, War Report, 1992, pp. 12 y 13). Ruiz Jiménez toca este punto cuando señala que las mujeres «pudieron haber sido unos actores muy importantes si la comunidad internacional les hubiera otorgado un papel más relevante» (p. 325). En Las nuevas guerras, un capítulo lleva por título «Bosnia-Herzegovina, un estudio de caso de la nueva guerra», de muy recomendable lectura..

Por el otro extremo, el autor menciona a esa parte de la sociedad que fue la primera víctima del nacionalismo –la Buena gente en tiempos del mal, como tituló su libro la nieta de Tito–, pero este asunto merecería quizás un tratamiento más detallado. Por varias razones. En primer lugar, para mostrar no sólo la impericia, sino el abandono de los principios de las instituciones internacionales que reconocen el protagonismo de la sociedad civil en la construcción de una cultura política democrática. En segundo lugar, por el contraste entre la hiperactividad que rezuma la intervención militar y el abandono de estos núcleos del pluralismo y la tolerancia. En tercer lugar, para romper el reduccionismo sinecdoquial de todos los nacionalismos que identifican al país con la fracción de la elite más influyente.

En esa parte de la resistencia al nacionalismo hay que recordar con el autor al Centro del Derecho Humanitario y a Mujeres de Negro, tachados una y otra vez de traidores y objeto de amenazas constantes y vigentes. Mujeres de Negro cumple veinticinco años en 2016 y ha desarrollado una infatigable campaña a favor de la paz, contra el militarismo y el patriarcalismo. Pero también en defensa de las víctimas sin acepción de fronteras o etnias y de quienes se han resistido a la lógica militar, como los pacifistas y desertoresMujeres de Negro prestaron apoyo a los desertores y reclamaron a los países europeos que cumplieran la Resolución del 28 de octubre de 1993 del Parlamento Europeo, que pedía a la comunidad internacional «proteger a los desertores y prófugos que no quieren participar en guerras nacionalistas» y a los Estados miembros que «concedan un estatuto jurídico a los desertores y prófugos de la antigua Yugoslavia». También han colaborado con colectivos gitanos y prestado ayuda a los refugiados sirios que atravesaron los Balcanes el verano pasado. Aunque se definen como activistas, han elaborado un notable corpus de publicaciones que constituyen una fuente obligada para los estudiosos de la región. Entre ellas, por ejemplo, Women’s Side of War o Women’s Court: About the Process, la fundamentación de una iniciativa novedosa, el Tribunal de Mujeres celebrado en Sarajevo en mayo de 2015. Su posición respecto a las políticas identitarias viene ilustrada por uno de sus eslóganes: «No nos dejemos engañar, empezando por los nuestros». El colectivo apoyó la independencia de Kosovo. Como Natasha Kandic, del Centro de Derecho Humanitario, la coordinadora de Mujeres de Negro, Stasa Zajovic, corresponde a ese rubro de nuevos héroes que recuerda Michael Seidman en su reseña de Algunos hombres buenos: «los héroes ya no son guerreros, sino pacifistas que rechazan la violencia y la guerra. […] su heroísmo no consistió en matar, sino en salvar vidas». Es interesante esta perspectiva, porque rompe el triángulo siniestro y reduccionista –matar, morir o huir– que dibuja Ruiz Jiménez. Y de estos y otros contextos podríamos generalizar con Fred Halliday («The Perils of Community. Reason and Unreason in Nationalist Ideology», en Nations and Nationalism, vol. 6, núm. 2 (2000), pp. 153-171 (p. 170)): «No son los que lucharon por sus banderas, sino por otras banderas y a veces contra sus banderas, quienes merecen la mayor admiración»..

Pero hay más actores dignos de mención. Para limitarnos a Serbia, no puede olvidarse una institución que merecería patentarse –y reconocer–: el Centro de Descontaminación Cultural, un espacio abierto y acogedor en todas las dimensiones de estos dos adjetivos. También hay que referirse al Círculo de Belgrado, que desde su fundación por Miladin Zivotic en enero de 1992 agrupa a artistas, intelectuales y científicos opuestos al «totalitarismo nacionalista», en palabras de su presidente Radomir Konstantinovic, que vale la pena ampliar porque apuntan a una variable determinante, el blindaje cognitivoLa cita procede de «Vivre avec le monstre», incluida en un monográfico de Les Temps Modernes (Une autre Serbie, vol. 49, núm. 570-571, enero-febrero de 1994) dedicada al Círculo de Belgrado. Esta revista, fundada por Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, y dirigida por Claude Lanzmann, publicó otro monográfico sobre el asunto titulado Les intellectuels et la guerre. Les opposants de Belgrade (núm. 576-578, verano de 1994). La idea de una Serbia paralela fue motivo de debate entre las ONG, como refiere Obrad Savic, editor del Belgrade Circle Journal («Parallel Worlds. NGOs and Civil Society», en Belgrade Circle Journal, núms. 3-4 (1995), 1-2 (1996), pp. 286-296). A pesar de la homogeneización cultural, hay un rico fermento de debate cívico en los Balcanes, que ha mantenido los vínculos rotos en las instituciones oficiales. Véase, a modo de ejemplo, Dragica Vujadinovic, Lino Veljak, Vladimir Goati y Veselin Pavicevic (eds.), Between authoritarianism and democracy. I. Institutional framework, Belgrado, CEDET, CEDEM, CTCSR, 2003, e Idem, Between authoritarianism and democracy. II. Civil society and political culture, Belgrado, CEDET, CEDEM, CTCSR, 2005, que contienen un análisis detallado de la sensibilidad colectiva en Serbia, Montenegro y Croacia.: «El totalitarismo vuelve a las personas ciegas ante la monstruosidad, y esto es lo más terrible: lo más horrible del totalitarismo es que hay cada vez menos horror. […] Esa es la razón por la cual la mayoría de las personas no perciben el totalitarismo, no lo viven, no lo ven como tal: la mayor parte de las veces, cada uno de nosotros nos hemos totalitarizado, sin siquiera darnos cuenta. La conciencia autónoma del totalitarismo no existe». He aquí una consideración para apuntalar desde otro ángulo la idea de la banalidad del mal: se hace banal porque no es reconocido como tal. Algunos de los opositores tuvieron que emigrar debido a las amenazas, como el historiador y miembro del Círculo de Belgrado, Ivan Djuric, rival de Milosevic en las elecciones presidenciales de 1990, al frente del Movimiento de Fuerzas Democráticas. Djuric, que junto a otros emigrados había predicado en el desierto pidiendo una acción decidida para detener la guerra y no reconocer los cambios de fronteras ni las divisiones étnicas, murió en el exilio en París. Es autor de un valioso Glosario del espacio yugoslavo (véase nota 13).

Podemos completar este balance propiciado por Ruiz Jiménez con el resumen de la reciente Conferencia Regional sobre la Protección de los Derechos Humanos, que se celebró en Belgrado bajo la organización del Comité Helsinki: «En todos los Estados de los Balcanes, con semejanzas y diferencias, los defensores de los derechos humanos son objeto de amenazas, particularmente quienes se ocupan de asuntos como la confrontación con el pasado, la situación de las personas LGBT [lesbianas, gays, bisexuales y transexuales] o quienes investigan sobre la corrupción».

Es mucho y muy valioso lo que contiene Y llegó la barbarie, desde cuyo mirador he incorporado otros materiales. Hay en él algunas carencias que señalo, porque ello podría contribuir a mejorar sucesivas ediciones. Las primeras, formales y muy necesarias, habida cuenta de la profusión de detalles que el libro contiene, ayudarían enormemente a la legibilidad: un detallado índice analítico, una lista de siglas y algunos cuadros con los parámetros más relevantes (demografía, indicadores económicos, resultados electorales…) para completar los mapas del encartePor ejemplo, es ilustrativa la distribución en porcentajes por origen del cuerpo de oficiales del Ejército Popular Yugoslavo, en relación con la población: serbios, 60% del cuerpo de oficiales y 36% del conjunto de la población, respectivamente; croatas, 13% y 20%; eslovenos, 3% y 8%; montenegrinos, 6% y 3%; macedonios, 6% y 6%; musulmanes, 2% y 9%; albaneses, 1% y 8%; húngaros, 1% y 2%; yugoslavos, 7% y 5%. El cuadro lo tomo del que, a mi parecer, sigue siendo el más documentado estudio sobre el Ejército Popular Yugoslavo en castellano (Xavier Agirre, Yugoslavia y los ejércitos. La legitimidad militar en tiempos de genocidio, Madrid, Los Libros de la Catarata, 1997, p. 72). Es obvio que la literatura sobre el tema es inabordable, aunque no tanto en castellano; en este caso, echo en falta la bibliografía de Carlos Taibo, uno de los analistas que más ha escrito sobre los conflictos en los Balcanes, así como el monográfico de Cuadernos del Este, «Yugoslavia rota» (1992).. Hay algún descuido en las referencias. Andreu (p. 35) no está en la lista, luego se cita a López Andreu (p. 59) y quien sí aparece referenciado es Rodríguez Andreu (p. 60). Lo mismo pasa con Ferreira (pp. 201, 218) y Marcos Ferreira (p. 202), pero que aparece como «Navarro, Marcos Ferreira» en la bibliografía. No están registrados en las referencias Font (p. 207), Little 95 (pp. 78, 82 y otras) ni Gabriel Jackson. Al final del índice onomástico ha quedado erróneamente un bloque de cuatro nombres descolocados.

«En todos los Estados de los Balcanes, con semejanzas y diferencias, los defensores de los derechos humanos son objeto de amenazas»

Desde el punto de vista sustantivo, uno echa en falta un análisis detenido de los principales responsables de la psicosis colectiva a que alude repetidas veces el autor: los intelectuales y la capacidad de resonancia de unos medios controlados por las elites nacionalistasSon muy recomendables estos trabajos: Mark Thompson, Forging War. The Media in Serbia, Croatia, Bosnia and Hercegovina, Luton, University of Luton Press-Article XIX, 1999; Dusan Reljic, Killing Screens. Media in Times of Conflict, Shropshire, Central Europe Review, 2001; y Renaud de la Brosse, Propagande politique et projet d’«Etat pour tous les serbes». Conséquences de l’instrumentalisation des médias à des fins ultranationalistes, un informe redactado para el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia en 2003.. A veces se percibe un cierto resabio esencialista, como cuando se acepta la tesis etnonacionalista serbia de que todo empezó en el Kosovo medieval. O cuando se alega que Bosnia tiene una identidad artificial. Como ha mostrado fehacientemente la psicología social, de Kurt Lewin a Henri Tajfel, lo que importa no son las condiciones objetivas alegadas para discriminar –identificarse–, sino la voluntad de diferenciar.

Por último, cuando el autor sostiene que su línea va contracorriente (p. 433), hay que decir que tiene razón en parte, allí donde señala con justicia y rigor la instrumentalización llevada cabo por diferentes actores, especialmente internacionales, y una cierta demonización –tardía, hay que recordar– de Milosevic; es discutible, en cambio, por cuanto no hace falta ninguna inventiva para establecer no sólo la responsabilidad, sino también el cinismo y el autoritarismo de Sloba, como lo llama Ruiz Jiménez. Mencioné la extrañeza de atribuir a Cosic su condición de activista de los derechos humanos, una condición que DjuricIvan Djuric, op. cit., p. 39. pone en su sitio. Como hay que poner en su sitio, pero esto no lo mienta Ruiz Jiménez, la condición de preso de conciencia –adoptado por Amnistía Internacional– de Vojislav Seselj. Lo fue en 1985, cuando había sido encarcelado por exhibir un mapa de la «Gran Serbia». Retrospectivamente, seleccionar como centro de su biografía su condición de preso, tras haber sido responsable de crímenes tan abyectos, no es menos desafortunado que recordar a Dobrica Cosic como activista. Pero hay otros detalles. Uno de los elementos que mejor definen la posición minoritaria o a contracorriente del autor es su argumentación para atribuir las masacres del mercado de Sarajevo a las propias fuerzas bosnias. Quien esto escribe estaba en este punto de acuerdo con la creencia mayoritaria y valora por ello el elenco de pruebas presentadas para poner las cosas en su sitio o, al menos, en la mesa de las dudas. Es difícil salir indemne del torbellino de las imposturas y las instrumentalizaciones. Uno de los más conocidos defensores de esa tesis es Michel Collon, quien, preguntado por el autor de este ensayo si Srebrenica también había sido obra de los bosnio-musulmanes, replicó que él no había estado allí, pero que si eran falsas las atribuciones de las masacres del mercado, por qué no iba a serlo la de Srebrenica. (Lo que Collon no dijo ni escribió es que era una persona próxima a Slobodan Milosevic y había participado en programas de la muy controlada televisión serbia)Michel Collon ha sido invitado varias veces a España por el nacionalismo radical vasco y sus tesis han sido asumidas como verdad oficial por este y otros sectores de cierta izquierda. Su libro, ¡Ojo con los media!, fue publicado por la editorial Hiru, traducido y adaptado por Eva Sastre Forest, de cuya madre Collon era amigo personal (Martín Alonso, Las derivas yugoslavas y sus ecos cercanos, pp. 19-25).. José Ángel Ruiz Jiménez (p. 228) cita a Collon, quien suele citar en su apoyo al general Lewis MacKenzie, comandante de UNPROFOR (Fuerza de Protección de las Naciones Unidas), una secuencia que se ha convertido en rutina. Pero tampoco faltan las oscuridades en la hoja de servicios de MackenzieMartín Alonso, Las derivas yugoslavas y sus ecos cercanos, p. 22.. Hay otros asuntos menos polémicos que no están en Y llegó la barbarie, sin que ello signifique un juicio de intenciones, porque es imposible atender a todos los detalles:

1) Cuando la OTAN bombardeó la sede de la televisión en Belgrado, el Gobierno estaba avisado. Se pasó la advertencia a algunos de los directivos, pero quedaron quince personas, que murieron; la madre de una de ellas colabora habitualmente con Mujeres de Negro; obviamente, la responsabilidad principal es de los atacantes.

2) Varios de los reclutas que vieron a Ratko Mladic en los cuarteles, cuando había sido cursada la orden de captura a las autoridades serbias por el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia, murieron sospechosamente suicidados.

3) Varios de los gitanos kosovares que debían testificar contra militares serbios fueron asesinados por militares albanokosovares: como un intercambio de favores, porque algunos militares de ambos lados comparten negocios mafiosos (un ejemplo del efecto de las coaliciones cruzadas: véase infra).

4) Las organizaciones de derechos humanos están siendo objeto de amenazas, no sólo por parte de sectores vinculados a la extrema derecha, sino por intelectuales, responsables públicos, parlamentarios y sectores religiosos, como afirma la directora del Comité Helsinki de Derechos Humanos de Serbia, Izabela Kisic.

5) Tras los Acuerdos de Dayton, camiones serbios repartían armas a los serbios en Kosovo, como había ocurrido en la zona reivindicada por los serbios en Bosnia unos años antes.

6) Las fosas secundarias y el transporte a Serbia de cadáveres kosovares son hechos probados, aunque hayan sido utilizados con fines oportunistas por la OTAN. Como son hechos probados que las palas excavadoras para abrir las fosas en Bosnia fueron enviadas desde Serbia.

Naturalmente, las consideraciones de quien esto escribe son también objetables.

De excepción a regla, de lo particular a lo general

Al día siguiente del triunfo de la extrema derecha en Austria y de Aleksandar Vucic –un nacionalista convertido a la tecnocracia sin dejar el oportunismo– en Serbia, el politólogo y exprimer ministro italiano, Enrico Letta, escribía en Twitter: «El mismo día los proeuropeos pierden en Austria y ganan en Serbia». Ciertamente, no es un buen síntoma que se considere el triunfo de Vucic un motivo de regocijo europeísta, salvo que entendamos por Europa otra cosa que quienes la soñaron en las brumas de hace setenta y cinco años. En cierta medida, algunas decisiones de la Europa actual son tan preocupantes como las que acompañaron a la implosión de Yugoslavia. El resurgir de los nacionalismos no resulta precisamente esperanzador. Y para volver al principio, a la dificultad de entender, ¿no resulta difícil de entender que hace veinticinco años se festejara con fundamento la caída del Muro de Berlín como un triunfo de los derechos humanos y hoy estén construyéndose muros y vallas en Europa, precisamente para atropellar un derecho tan básico como el de asilo? ¿Tendremos que repetirnos la pregunta «¿Cómo fue posible?»? Y llegó la barbarie es una contribución iluminadora para un interrogante ineludible, el de qué condiciones de la meteorología social dan cuenta de la metamorfosis de apacibles pingüinos en bramantes rinocerontes tribales –como Mihailo Markovic (pp. 59, 239), el Nino de Brian Hall (p. 50), el Gottlob Frege de Jonathan Glover (pp. 376-377, en la bibliografía de Ruiz Jiménez)–, según la magistral pieza dramática de Ionesco, que los conoció de cerca. Y como uno escribe con la lente del presente, del presente tenebroso de nuestra Europa, no puede por menos de evocar las palabras de Stojan Cerovic, periodista comprometido de Vreme en la agonía del sueño yugoslavo. Después de recordar que la idea de Yugoslavia –de unir a pueblos antes enfrentados– precedió en varias décadas a la idea de la integración europea, avisa de que «si la integración fracasa, Europa compartirá nuestro destino [...]. Habremos sido la vanguardia»YugoFax, op. cit., pp. 77-78.. En este último apartado volveré sobre la tarea pendiente de la supuesta incomprensibilidad, incorporando el cometido adicional de mostrar la continuidad entre acontecimientos sociales que suelen ser tratados de manera independiente.

Los seres humanos necesitamos dar sentido a la realidad. Si lo ocurrido en los Balcanes nos parece incomprensible es porque: a) no tenemos los recursos suficientes para desentrañar la historia reciente de la zona; o b) porque utilizamos unas herramientas equivocadas, digamos prejuicios y estereotipos en vez de guiones fiables. El libro de Ruiz Jiménez proporciona los elementos para hacer frente a este desafío, pero deja pendiente un problema de capacidad cognitiva: no es fácil concentrar la plétora de datos que proporciona en un relato conceptualmente manejable. Según la llamada Ley de Miller, la memoria humana tiene un límite de capacidad, de modo que no puede procesar más que un número limitado de piezas (7 ± 2, según Miller). Para los procesos sociales hay una fórmula simple que consta de tres piezas: la estructura, condiciones objetivas o contexto; los sujetos o actores; y la rejilla de sentido o los marcos narrativos que sirven de lente para percibir y definir la estructura y para orientar la conducta de los actores. La simplicidad es, sin embargo, aparente, porque la interacción hace que cada una de las piezas funcione unas veces como variable dependiente (efecto) y otras como independiente (causa). Por eso el esquema no es el de una causalidad lineal, sino dialéctica o en bucle; con un papel determinante para los marcos porque, según Alfred Schütz, «es el sentido de nuestra experiencia y no la estructura ontológica de los objetos lo que constituye la realidad»Alfred Schütz, El problema de la realidad social, Buenos Aires, Amorrortu, 1974, p. 230.. Norbert Elias acerca el foco a nuestro tema, aunque estaba pensando en otra realidad: «El problema planteado estriba en cómo romper el círculo vicioso no sólo del armamento, sino también de la hostilidad entre los grupos de seres humanos enfrentados; porque el armamento no entra en el círculo por sí solo. Es el miedo, el temor, la hostilidad abierta o encubierta de los grupos humanos lo que lo impulsa»Norbert Elias, Humana conditio. Consideraciones en torno a la evolución de la humanidad, trad. de Pilar Giralt, Barcelona, Península, 1988, p. 138..

Un joven refugiado sostiene un dibujo con bombas lanzadas desde un avión

Este esquema triádico es simple pero abstracto, mientras que los relatos exigen concreción y continuidad. En la narración, la memoria es secuencial: por eso no hay un límite. La lógica narrativa procede por encadenamiento, anudando piezas desde el principio –«Érase una vez un país»– hasta el final –«Y así llegó el final de Yugoslavia»: perdón por la frivolidad–. Por eso voy a tratar de recoger en una secuencia narrativa los principales nudos que llevaron la barbarie a los Balcanes como efecto inseparable de la destrucción de Yugoslavia.

1) Como Yugoslavia no era una gran potencia, su margen de acción estaba condicionado por el contexto de los bloques antagónicos de la Guerra Fría. Era una baza valiosa por su oposición a Moscú y recibió por eso el apoyo de Occidente. También por su protagonismo al frente del grupo de Países No Alineados. Con la caída del Muro pierde su valor estratégico. Occidente pone ahora sus ojos en las revoluciones anticomunistas de Europa Central y ve la filiación socialista de la región como un lastre. (Significativamente, buena parte de los intelectuales más destacados de las revoluciones de 1989 apoyaron las intervenciones militares en Kosovo e Irak).

2) Esto repercute en el precario equilibrio interno entre las dos lealtades, la federal al socialismo autogestionario y la nacional a las repúblicas constituyentes. La caída del comunismo afectó a la legitimidad de la primera, que se encontraba ya tocada por el autoritarismo, el lujo de la «nueva clase» denunciado por Milovan Djilas, un disidente de primera hora, la ausencia del carisma de Tito (muerto en 1980) y la crisis económica.

3) De todos modos, ese desgaste no hubiera sido fatal sin la existencia de un marco de incentivos alternativo, el que había configurado una descentralización que había contribuido a la formación de elites locales con una notable ventaja comparativa en el control de los recursos y de los incentivos.

4) Los líderes de estas elites ven peligrar su estatus vinculado al credo socialista y adoptan el programa de «menor resistencia, el camino fácil» (Danilo Kis): el nacionalismo. Su condición de conversos les obliga a una radicalización hiperadaptativa; tienen que parecer más fervientes que los nacionalistas de toda la vida.

5) Lo último significa que los nuevos líderes tienen que invocar marcos narrativos distintivos, identitarios, que destilen una línea divisoria clara entre «ellos» y «nosotros». Para ese menester necesitan la colaboración de agentes diferenciadores: intelectuales que con un manejo instrumental de la historia producen interpretaciones del pasado a la medida de las necesidades de los líderes del momento (ventriloquía inversa) y sectores del clero que aportan dosis equivalentes de dogmatismo y maniqueísmo social. Se trata, en suma, de crear una «comunidad interpretativa»Philippe Burrin, Ressentiment et apocalypse. Essai sur l’antisemitisme nazi, París, Seuil, 2004, p. 77., basada en una selección de marcadores agonísticos.

6) En tal contexto de competitividad, los relatos identitarios generados producen divisiones radicales en la sociedad y adscriben un estatus diferencial a los actores en virtud de su pertenencia. Se opera así un doble proceso: homogeneización interna –que lamina el pluralismo– y discriminación intercomunitaria –que corta las vías de diálogo y convierte a sus partidarios en apestados–. A la vez, estos relatos, cargados de victimismo y resentimiento, vehiculan emociones destructivas de bajo coste movilizador: el miedo y el odio. La creación de la figura del «otro» como enemigo ancestral es esencial: se convierte en chivo expiatorio del irredentismo emocional que genera el resentimiento.

7) Con este mobiliario mental, las declaraciones unilaterales de independencia y los referendos no hacen más que profundizar las líneas divisorias –lógicas excluyentes– y preparar el terreno para que la violencia simbólica alcance el punto crítico y se transforme en violencia física en los espacios contestados, los iluminados por aquéllas.

8) El comienzo de la guerra supone un cambio cualitativo. A pesar de la resistencia inicial de buena parte de la población, los poderes fácticos ayudados por los medios convierten las construcciones míticas de los intelectuales en realidad. Ahora el protagonismo pasa a los combatientes y la lógica bélica favorece la radicalización por encima de cualquier otra consideración ética, humanitaria o de solidaridad vecinal. Esta radicalización supone la eliminación de los inhibidores habituales de la conducta humana: jóvenes corrientes aprenden a saquear, matar, violar y descuartizar.

9) La guerra favorece también lo que cabe denominar como coaliciones cruzadas negativas, por cuanto se ven favorecidos los sectores más extremistas en detrimento de los moderados, por un lado, y su objetivo principal es «a la contra» (por eso es tan necesario el enemigo), por otro. Las guerras étnicas tienen siempre este contrapunto de destrucción de lo más valioso del tejido social interno.

10) El conjunto de estas prácticas configuran una lógica perversa que se retroalimenta en forma de espiral de bucles viciosos. Las acciones siguen el guión de los juegos de suma cero. Tal dinámica sólo se detendrá por el exterminio, el desgaste o la intervención externa.

11) La incompetencia de la comunidad internacional, que intervino para frenar el exterminio, se expresó de dos maneras: la tardanza en actuar, primero, y la adopción de decisiones reforzadoras de las estrategias de las elites nacionalistas, de crear unidades étnicamente homogéneas, después. Por eso, ni los Acuerdos de Dayton, que significaron el fin de la secuencia de la descomposición de la Federación, ni la Resolución 1244 del Consejo de Seguridad de Las Naciones Unidas, relativa a Kosovo, que abrió las puertas a la secesión, han favorecido la reconstrucción de estas comunidades. Un error fundamental en la acción internacional fue prescindir de los agentes locales comprometidos con el pluralismo y la tolerancia.

12) Si la descentralización sin democracia agotó la legitimidad federal, el neoliberalismo sin respeto a los derechos humanos, sin atender a las necesidades de verdad, justicia y reparación, ha llevado a los países de los Balcanes occidentales a una situación en la que los índices de calidad de vida no dejan de disminuir y de ascender las ansias de los jóvenes de emigrar. La vuelta al primer plano de la política de figuras vinculadas con los desmanes de hace veinticinco años es un indicador inequívoco del fracaso de estas políticas.

13) El hundimiento es una metáfora náutica muy solicitadaNo me resisto a dar un ejemplo, porque condensa desde el título mismo lo que no hace la pesada prosa, y por la representatividad –con el subrayado del desenlace– del autor, Zoran Djindjic: «Le navire a changé de cap, mais la même confusion règne toujour à bord» (Le Monde, 6 de octubre de 2001).. Vis, el barco de guerra de Tito, fue hundido el 22 de mayo de este 2016 en el extremo de la península de Istria. Será una atracción turística para submarinistas, alegaron las autoridades croatas. (Emir Kusturica ha sido abducido por el fervor nacionalista y no será capaz de repetir la fábula, ahora en el underground pelágico)En una especie de revancha de la metáfora, el barco se resistió a ser hundido; hubo que esperar a la tercera explosión. Como titula The Dubrovnik Times, hasta el hundimiento estuvo a punto de fracasar.. De ese pasado sumergido se alimenta una yugonostalgia muy extendida –especialmente en Bosnia y Herzegovina, con un muy frecuentado Café Tito al lado del Museo de Historia de su capital–, que convive asimétricamente con el revisionismo sobre la historia pasada y el negacionismo sobre la recienteLa nostalgia desbordaba las fronteras yugoslavas. El exiliado rumano Norman Manea recuerda la envidia que le producía Belgrado, donde «tenían libros traducidos de todo el mundo», en contaste con la «degradación humillante y miserable» de Bucarest. La persistencia del sueño federal se refleja de otros modos en Bosnia y Herzegovina. En Sarajevo es muy activo el Grupo anti-Dayton, que no acepta las divisiones operadas en el país y persigue restaurar la Constitución anterior a la guerra para sustituir lo establecido en los Acuerdos de Dayton.. Asimétricamente, porque el revisionismo tiene la representación política dura del etnos constitucionalizado y territorializado, pero la yugonostalgia carece de otro anclaje institucional que los lazos de cooperación entre colectivos cívicos supervivientes de la brutalización.

Como se ha dicho, la fórmula balcánica consiste en un proceso acumulativo de prácticas inciviles que configuran una espiral alimentada por una lógica perversa. La responsabilidad principal compete a los actores radicalizados internos y a los actores permisivos, indiferentes u oportunistas externos. En todo caso, el desenlace del proceso supone la desautorización más contundente en Europa de la pedagogía de Auschwitz. Digo en Europa, porque Ruanda conoció procesos paralelos con respuestas parecidas: y no sólo Ruanda. Lo que muestra, en definitiva, la inespecificidad del módulo balcánico.

A lo largo de este artículo han aparecido varias referencias a la regresión civilizacional que supusieron los totalitarismos y las guerras anexas. El analista social tiene que explicar los hechos particulares, pero también intentar integrarlos en plantillas generales o generalizables. Como decía Jorge Semprún sobre Auschwitz, hay que explicar los hechos, pero también su significado. El nazismo germinó en un país europeo cultural y tecnológicamente vanguardista: la paradoja de la proximidad entre Weimar y Buchenwald que inquietaba a Semprún. Entre Srebrenica y Viena hay doscientos kilómetros menos que entre Murcia y Orense. Yugoslavia pereció cuando se perdió la memoria fundacional inspirada en el horror de las guerras, cuando se descuidó la pedagogía negativa de la descivilización. La Europa reciente nació como un sueño reactivo a la barbarie de los campos. ¿Qué espacio ocupa hoy en las preocupaciones europeas lo que Tony Judt llamó «la lección del siglo XX»: «la facilidad con la que la guerra, el miedo y el dogma pueden llevarnos a demonizar a los otros, negarles una humanidad común o la protección de nuestras leyes, y hacerles cosas incalificables».

Martín Alonso es doctor en Ciencias Políticas y autor de Universales del odio. Creencias, emociones y violencia (Bilbao, Bakeaz, 2004), El catalanismo, del éxito al éxtasis (2 vols.) (Barcelona, El Viejo Topo, 2014 y 2015) y «No tenemos sueños baratos». Una historia cultural de la crisis (Barcelona, Anthropos, 2015). Ha investigado sobre las retóricas de la identidad, el nacionalismo y la violencia política. Fue miembro del grupo de expertos del área de paz de Bakeaz (Bilbao) y participa en el proyecto Sufrimiento social y condición de víctima. Dimensiones epistémicas, sociales, políticas y estéticas, del Instituto de Filosofía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

07/09/2016

 
COMENTARIOS

lino veljak 12/09/16 10:12
excellente!

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