ARTÍCULO

Violencia revolucionaria y represión en America latina

Plaza y Janés, Barcelona
295 págs. 2.800 ptas.
Ed. de Elisabeth Burgos Tusquets, Barcelona
298 págs. 2.300 ptas.
 

Cuando el 1 de enero de 1959 Fidel Castro y los suyos entraron triunfantes en La Habana, comenzaba un nuevo capítulo en la historia política de América latina, marcada por la lucha armada y la violencia revolucionaria. Esto no significa que en el pasado la violencia hubiera estado ausente, ya que la mayoría de los actores políticos la utilizaba con mayor o menor intensidad, implicando al Estado en sus prácticas. Inclusive, cuando la correlación de fuerzas entre los principales partidos era equilibrada o la coyuntura política estaba en un callejón sin salida, era frecuente que determinados actores, no siempre los mismos ni del mismo signo, golpearan las puertas de los cuarteles para que los militares sacaran las patatas del fuego y reencauzaran a la sociedad civil. A partir del triunfo de la Revolución cubana se produjo un cambio sensible sobre la valoración de la violencia política y su práctica, su impacto social y sus efectos sobre el conjunto de la población. Desde entonces la violencia política se asoció a la lucha armada y ésta a la revolución, de modo que guerrilla y guerrilleros, palabras de origen castellano, se convirtieron en patrimonio del lenguaje universal. Como esto ocurría en un mundo muy ideologizado y polarizado entre EEUU y la URSS, en plena guerra fría, no es de extrañar que existieran diferentes lecturas de la lucha armada. Mientras que para unos se insertaba en la larga lucha por la justicia social y la igualdad (socialismo o comunismo en algunas acepciones, antiimperialismo o nacionalismo antioligárquico en otras), para otros era la más clara encarnación del expansionismo soviético y del peligro bolchevique.

Sin embargo, no todas las expresiones de la violencia política tenían el mismo origen. En ciertos países, algunos sectores de las oligarquías políticas y económicas respondían a la violencia con violencia (cuando no la habían utilizado primero) o presionaban para que el Estado y sus aparatos (para)policiales o (para)militares endurecieran la represión. Modelos y tecnología no faltaban. Un gran aporte de la cultura francesa fue la difusión de la tortura como eficaz instrumento represivo. Tras la independencia argelina, numerosos experimentados torturadores en paro, la mayoría vinculados a la OAS, acudieron al mercado latinoamericano buscando trabajo. También hubo otros aportes, muchos provenientes de los tristemente célebres centros de formación y entrenamiento militar y policial de EEUU en el canal de Panamá. Pese a la teoría de la dependencia, la creatividad de los militares locales fue enorme, lo que les permitió avanzar en el refinamiento y la perfección tecnológica de sus métodos. Así lo prueban las desapariciones forzosas y masivas o la implementación del Plan Cóndor de colaboración interdictatorial en el Cono Sur, durante la década de los setenta. Eran los años en que Pinochet engañaba al Papa con su lenguaje plañidero y los militares argentinos, con la complicidad de parte de sus connacionales durante el Mundial de fútbol de 1978, sostenían con descaro y sin ruborizarse que los argentinos somos derechos y humanos.

El punto de vista de la Revolución cubana se condensa en la siguiente frase del Che Guevara, que le sirvió para justificar no sólo su aventura congoleña, sino también otras en América Latina: «En cuanto al imperialismo yanqui, no vale solamente el estar decidido a la defensa; es necesario atacarlo en sus bases de sustentación, en los territorios coloniales y neocoloniales que sirven de basamento a su dominio del mundo». Esta filosofía explica, junto a las necesidades de supervivencia del modelo que los cubanos querían construir, las prácticas de exportar la revolución a otras latitudes, algo que persistió durante largas décadas. Por eso son ejemplificadoras las memorias de Masetti, que desvelan el funcionamiento interno de los servicios de seguridad cubanos y su continua injerencia, muchas veces con actividades claramente delictivas, en la vida política de sus vecinos latinoamericanos. A diferencia de lo que ocurre con la producción editorial de otras latitudes y en otras lenguas, la nuestra no se distingue ni por la proliferación del género biográfico ni por la abundancia de diarios y memorias. Quizá este sea uno de los escasos puntos en común de las tres obras presentadas, las tres basadas en testimonios personales, si bien cada una está estructurada de un modo diferente, como prueban el Diario escrito en el Congo por Ernesto Guevara, las memorias del revolucionario profesional y agente de los servicios de seguridad cubanos Jorge Masetti y los testimonios sobre la represión de ciudadanos españoles en Chile y Argentina, recopilados por los periodistas catalanes Eduardo Martín de Pozuelo y Santiago Tarín.

El Diario del Che en el Congo es una versión revisada por su hija, Aleida March, con el nihil obstat del Comandante en Jefe, lo que lleva a pensar en algunos retoques para mayor gloria de la Revolución. En el prólogo, Aleida March señala que junto a la corrección de estilo se incorporaron observaciones y se eliminaron algunas notas y todo en un «gran compromiso con la historia». El espíritu hagiográfico de su tarea comienza con la discusión con su padre en torno a si la aventura africana fue una epopeya (pág. 11), como ella afirma, o un fracaso, como señaló el Che en su Advertencia preliminar. Después del asesinato de Patrice Lumumba, y respondiendo al Consejo Supremo de la Revolución, el gobierno cubano intervino contra Mobutu. En los primeros meses de 1965, más de un centenar de combatientes cubanos comandados por el Che comenzaron su aventura, aunque inicialmente no se comunicó a los congoleños quién dirigía la expedición. El Diario permite seguir el grado de improvisación de la aventura: el desconocimiento de la realidad congoleña, de las posibilidades de triunfo, y del número y calidad de las tropas revolucionarias locales. De alguna forma esto explica el asombro del Che ante la superstición, el alcohol y la prostitución o los problemas tribales. Incluso se observa un sesgo «despectivo», por no decir racista, hacia la realidad africana. En este sentido, destaca la superficialidad del análisis social del «epílogo». Pero no sólo contaba el desconocimiento del entorno, sino también la falta de organización y las carencias de entrenamiento de la propia tropa, ya que la improvisación también se reflejaba en la mala jefatura militar.

Otro tema vinculado a la exportación de la revolución surge de las evidencias que llevan a pensar que estamos frente a una suerte de revolución compulsiva. Una revolución que supuestamente quieren otros pueblos, pero en realidad no quieren hacer, como muestra el fracaso del Che en Bolivia. En una carta de un combatiente cubano a su superior inmediato en el Congo se lee: «Nosotros estamos obligando a un personal que no quiere pelear y yo creo que eso no es lógico; sinceramente yo creo que esto no es correcto de obligarlos. Yo no tengo esos grandes conocimientos, pero veo esto muy mal» (pág. 233). El Che consideró muy grave la carta y ordenó una investigación sobre el tema. Más allá de los enfrentamientos entre Fidel Castro y el Che Guevara, esgrimidos por los defensores del Che, entre ellos Jorge Masetti, para fortalecer su figura, lo cierto es que numerosas prácticas violentas sobrevivieron a la muerte del Guerrillero Heroico.

El libro de Masetti testimonia la presencia de militares y agentes cubanos en numerosos conflictos latinoamericanos de las décadas de los setenta y los ochenta. Ricardo, el padre de Jorge, era amigo del Che, fundador de Prensa Latina y el principal dirigente del intento de crear un foco guerrillero en el norte argentino, una aventura que le costó la muerte en 1964. Según Jorge, «el intento de guerrilla de [su] padre en Argentina fue en realidad el primer proyecto ideado por el Che para irse a combatir a América Latina» (pág. 30). Después de criarse en Cuba, Jorge, nacido en 1955, comenzó a trabajar para los servicios cubanos, realizando distintas operaciones en Argentina, Chile, México, América Central y otras partes del continente. Resultan significativas algunas de sus confesiones, comenzando por la de que «los guerrilleros sustituyeron a cualquier otro personaje en los juegos infantiles de [su] generación» (pág. 29).

La centralidad de la lucha armada en algunos movimientos latinoamericanos generó una dinámica retroalimentada por la violencia. Numerosos combatientes, como Masetti, anteponían la acción armada a cualquier actividad militante, subestimando el «trabajo legal o de masas». Escribía Masetti en 1973, al poco tiempo de regresar a su Argentina natal, una Argentina convulsionada por las acciones de los Montoneros y del trotsquista Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), al que se vincularía: «Pienso que se pierde mucho tiempo en reuniones teóricas que no nos llevan a nada» (pág. 47). Una vez dentro de la espiral de la violencia es difícil salir de ella y elegir otro medio de vida distinto al de las armas (los fierros). Esto se ve en su exilio europeo, cuando deciden «operar» para obtener los recursos necesarios para la supervivencia, al ser imposibles las «expropiaciones» en Argentina. Por ello comenzaron a robar cajas de ahorro en España, aunque el fracaso en un banco acabó con buena parte del grupo en la cárcel.

La inminencia del triunfo sandinista en 1978 atrajo la atención de los activistas que ante la derrota de sus opciones políticas (Argentina, Chile, Uruguay, etc.) se habían quedado sin ninguna misión en sus vidas, a tal punto que eran muchos los que se limitaban a vegetar esperando tiempos mejores. Así fue como numerosos Masettis se dirigieron a América Central (Nicaragua primero, El Salvador después) y reencontraron en la pelea la razón de ser de sus atormentadas existencias. Pero luego había que seguir y entonces se ve que los límites entre la violencia revolucionaria y la delincuencia común son muy tenues, especialmente en lo que se refiere a las relaciones con los traficantes de armas y los narcotraficantes. De ahí el doble lenguaje imperante en Cuba, donde pese a las críticas al narcotráfico, el trato dado a conocidos narcos como Robert Vesco, Guillot Lara o Carlos Lehder es cuando menos afectuoso. Cruzar la línea fronteriza entre violencia revolucionaria y delincuencia común era casi constante para personajes como Masetti, que tanto se dedicaban a «expropiar» un banco como a poner en circulación dinero falsificado, «lo que abría otra perspectiva en la recuperación de fondos destinados a las organizaciones revolucionarias, por ser menos arriesgado que los ataques a bancos» (pág. 196).

La ejecución del general Arnaldo Ochoa y de Tony la Guardia, el suegro de Masetti, provocaron su salida de Cuba y su alejamiento de la disciplina del régimen. Fuera de la dinámica de la lucha armada, Masetti pudo formularse algunas preguntas sobre la capacidad transformadora de la violencia y de su propio pasado. «La revolución ha sido un pretexto para cometer las peores atrocidades quitándoles todo vestigio de culpabilidad. Nos escudábamos en la meta de la búsqueda de hacer el bien a la humanidad, meta que era una falacia, porque lo que contaba era la belleza estética de la acción. Éramos jóvenes irresponsables, aventureros; éramos una casta aparte, incluso aparte de los revolucionarios que operaban localmente en sus países, militantes que se vieron obligados a adoptar la lucha armada no como un hecho estético, sino obligados por las circunstancias políticas. Nosotros, en cambio, éramos una mezcla de James Bond, aderezados con unas gotas de un marxismo muy superficial, a quienes todo les estaba permitido... Éramos la avanzada de la Revolución cubana, los niños mimados de Fidel Castro y de Manuel Piñeiro... Hoy puedo afirmar que por suerte no obtuvimos la victoria, porque de haber sido así, teniendo en cuenta nuestra formación y el grado de dependencia de Cuba, hubiéramos ahogado el continente en una barbarie generalizada. Una de nuestras consignas era hacer de la cordillera de los Andes la Sierra Maestra de América Latina, donde, primero, hubiéramos fusilado a los militares, después a los opositores, y luego a los compañeros que se opusieran a nuestro autoritarismo; y soy consciente de que yo hubiera actuado de esa forma» (págs. 274-275).

Pese a la dureza de sus palabras, Masetti es incapaz de llegar al fondo de la cuestión: ¿cuál es la responsabilidad de Fidel Castro y del Che Guevara en la inmolación en el altar revolucionario de varias generaciones de jóvenes latinoamericanos?, ¿cuáles fueron los efectos del intento cubano de exportar su revolución en la represión sistemática de la izquierda implementada por los militares latinoamericanos? Más allá del hecho indiscutible de la responsabilidad de políticos y militares en la salvaje represión de los setenta y los ochenta, habría que preguntarse por la responsabilidad de la guerrilla en el pandemónium entonces vivido, lo que se relaciona con el problema de las víctimas españolas en la represión y nos lleva al contenido de España acusa.

Tras la estela de la instrucción de los jueces Baltasar Garzón y Manuel García Castellón, los periodistas Martín de Pozuelo y Santiago Tarín presentan aterradores testimonios, conocidos la mayoría, inéditos algunos, sobre los efectos de la represión en Argentina y Chile, centrados en el colectivo de quienes poseían la nacionalidad española. Sin duda alguna, estos testimonios muestran la crudeza y la barbarie de la represión, aunque la necesidad de elaborar un producto que diera rápida respuesta a las necesidades del momento provoca algunas inexactitudes, subsanables con algo más de investigación. Por ejemplo, los efectos de la matanza de Ezeiza se sitúan el 17 de noviembre de 1972, primer retorno de Perón a la Argentina, cuando en realidad ocurrieron el 20 de junio de 1973, fecha del definitivo regreso del general. Otro tanto ocurre a la hora de penetrar en las interioridades de los juicios contra los militares chilenos y argentinos, al limitar sus testimonios a dos de los letrados que llevan las acusaciones particulares.

Más allá del título algo efectista del libro, quisiera señalar mi discrepancia con una de sus premisas centrales, que enfatiza el hecho de que uno de los principales objetivos de la represión militar de ambas dictaduras era liquidar la memoria, especialmente la memoria popular, y que el papel de los procedimientos españoles en el proceso de recuperación de esa memoria colectiva es fundamental. Se olvida, por un lado, que los objetivos de los militares eran más pedestres e inmediatos y que éstos pasaban por la eliminación material del enemigo, por el método que fuera, y, por el otro, que aunque estemos en la época de la globalización, inclusive en la globalización de la justicia, hay procesos históricos que todavía siguen existiendo en el interior de los pueblos y éste es precisamente el caso.

La suma de estas memorias y testimonios puede arrojar algo más de luz en torno al problema de la utilidad de la violencia política y sobre todos de sus costos, ya que no de sus causas. Cuando todavía persisten las acciones irracionales de las FARC y el ELN en Colombia, subsisten los últimos coletazos de Sendero Luminoso en Perú y vemos cómo el subcomandante Marcos se da codazos permanentemente por ocupar un lugar en el ciberespacio o conquistar un titular de la prensa europea o norteamericana, quizá haya llegado la hora de preguntarse si tiene sentido seguir considerando esas experiencias como románticas y liberadoras.

01/01/2000

 
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