ARTÍCULO

Una ventana al Este

Metáfora, Madrid, 387 págs.
Trad. Joaquín Garrigós Bueno
Metáfora, Madrid, 244 págs.
Trad. de Fernando de Valenzuela
Metáfora, Madrid, 226 págs.
Trad. Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pistelek
 

Sin entrar en consideraciones de otro orden, es evidente que las transformaciones producidas en los países de la Europa del Este, tras la caída del muro de Berlín, han facilitado nuestro acercamiento a los pueblos del antiguo campo de influencia soviético. Con todo, la literatura contemporánea de estos países, y aparte de algunos nombres sueltos (Milan Kundera, Czeslaw Milosz, Bohumil Hrabal, Danilo Ki v s...), sigue quedando a desmano para el público español. En esta necesaria tarea de difusión se ha empeñado ahora la nueva editorial Metáfora, que se dispone a publicar, con traducciones rigurosas y cuidadas, obras literarias de esta otra Europa cuya vida, en general, nos resulta tan desconocida. Metáfora ha editado hasta el momento cinco títulos: comenzó su andadura con una novela de Ismaíl Kadaré, uno de esos pocos nombres con tirón, para adentrarse seguidamente en un inmenso territorio virgen. Los libros que aquí se reseñan desarrollan argumentos muy vinculados a la historia reciente de sus respectivos países; pero cada uno de ellos representa un estadio distinto de esta convulsa historia: la novela de Norman Manea transcurre en la Rumania de Ceaucescu; en La educación de las chicas en Bohemia, Michal Viewegh observa con agudeza las novedades de una flamante República Checa; los cuentos del bosnio-croata Miljenko Jergovic´ desembocan en el estallido de Sarajevo. Tres momentos: socialismo de Estado, transición democrática, enfrentamiento nacionalista. Norman Manea (1936) abandonó Rumania en 1986 y reside en la actualidad en Estados Unidos. Escritor reconocido internacionalmente, permanecía aún inédito en castellano. Joaquín Garrigós ha salvado con éxito este primer envite, porque, en verdad, El sobre negro encierra no pocos escollos, tanto por la variedad de sus registros como por las capas y pliegues de la estructura narrativa. Sin embargo, Manea no usa nunca estos procedimientos de modo arbitrario, ejerce un dominio completo sobre el material que maneja. El lector se enfrenta, pues, a un texto complejo pero sólido, de profunda cohesión interna. Bien es cierto que, en ocasiones, la novela encuentra dificultades para no ahogarse en su propia retórica.

El sobre negro es, ante todo, una novela política; un artefacto literario contra el régimen de Ceaucescu. La sociedad rumana de los años ochenta se describe con crudeza: oprimida por el Estado, vigilada en todos sus actos, maniatada, empobrecida. Un mundo de locos, un país adormecido. En efecto, estos son los dos pilares alegóricos que sustentan el relato: la clínica psiquiátrica y la Asociación de Sordomudos. El socialismo real se ha convertido así en una pesadilla, un laberinto sin luz, un completo absurdo.

Contra esta realidad se rebela Tolea, extraño profesor reconvertido en recepcionista de hotel. Este personaje no es sólo un héroe de corte kafkiano, enfrentado inútilmente a fuerzas sin sentido, el soporte que encarna la denuncia política; Tolea transita por las calles de Bucarest con una carta en el bolsillo, guarda su propio misterio, investiga el pasado del padre, afirma el orgullo judío, tal vez arrastra la culpa y desafía la muerte. A su vez, el cincuentón Tolea proclama con descaro su singular estilo histriónico, paradójico, de continuo arrogante, también erudito... Este carácter implica en sí mismo una provocación, Tolea actúa así intencionadamente para despertar a los demás de su insensibilidad.

No obstante, el enigma del sobre negro acrecienta día a día la desesperación y el profesor judío terminará doblegado por el sistema, caerá en el delirio, “sordo y mudo” como todos los otros. En este desenlace, Manea cruza demasiados elementos, acumula en exceso referencias culturales. Y en el afán por manifestar una posición estética firme, regeneradora de las letras humanas, apura el paralelismo entre su texto y Una carta perdida de Ion Luca Caragiale (1852-1912). El lector aquí se pierde un poco y no sabe bien a qué carta quedarse.

En La educación de las chicas en Bohemia, de Michal Viewegh (1962), ya se ha superado en Chequia esta etapa anterior: el comunismo es cosa del pasado y las marcas comerciales certifican a cada página el triunfo del capitalismo internacional. La novela registra los comportamientos de una sociedad que trata de quemar a toda prisa su antigua fe revolucionaria y acomodarse lo mejor que puede a la nueva situación. Esta mirada sociológica encuentra en la sátira una baza segura, muy agradecida, y Viewegh aprovecha bien los recursos de su vena humorística; no puede extrañar que con esta obra se haya consolidado su popularidad.

La narración parte de un dato autobiográfico (un maestro que ha logrado un éxito literario y pasa del anonimato al reconocimiento público), juega con esta ambigüedad entre realidad y ficción. Ya famoso, pero obligado aún al trabajo en el colegio, el innominado profesor de la fábula recibe de un conocido mafioso el encargo de ayudar en los estudios a su hija Beata. Pese a los escrúpulos, el maestro –casado, con una hija- acepta un dinero fácil. Y sobre esta situación primera, se urde la trama: Beata, de veinte años, se revelará como una criatura sorprendente, y –cómo no- el amor une a la chica y al maestro de Bohemia. Pero, apenas sin respiro, la joven salta de un amor a otro, busca con inquietud, se vuelve ecologista, abraza luego un par de religiones, explora, tantea, sin encontrar su propio destino; recorrerá desorientada el catálogo de tics de la aldea global…

Viewegh refrena suficientemente la historia, la burla no se le escapa hasta el disparate, incluso rompe con regularidad el ritmo narrativo e intercala citas que establecen no sólo un corte o distanciamiento, sino una lúcida reflexión sobre el propio discurso. Varias de estas citras se refieren a la situación de la enseñanza: la escuela checa –se asegura- ha asumido sin debate ni criterio una pedagogía importada, con lamentables resultados. Sin embargo, no siempre el ámbito escolar se acopla bien al nudo central, por más que la protagonista llegue a trabajar en el mismo centro que su amante tutor (!). Y es que Viewegh, interesado principalmente en destacar el carácter simbólico, ejemplar, de Beata, deja que algunos episodios de la novela se queden en meros apuntes o esquemas.

Tanto la sátira escolar como el trágico final de la protagonista señalan entre bromas y veras la crisis de valores en la moderna Chequia; sin embargo, el texto no trasciende el estado de cosas que examina, más bien refuerza esos mismos hábitos y valores de los que se ríe. El autor se conforma –en palabras de su personaje- con ejercer de “enlace voluntario entre el material de lectura despreciado pero comprado y la literatura respetada pero que casi nadie lee”. Conque no es tanto que el texto se muestre complaciente, cuanto que sus carencias poéticas terminan por privarlo de mayor sustancia.

La obra de Miljenko Jergovic (1966) designa un tercer estadio o momento de este cielo histórico: la descomposición violenta de la antigua Yugoslavia. De Jergovic ya conocíamos El jardinero de Sarajevo (Dèria); en Los Karivan recoge otra colección de cuentos y alcanza, de nuevo, resultados muy notables. El libro reúne relatos breves, de estructura sencilla y contados personajes; no obstante, en cada pieza se registra una huella de Bosnia, cruza un soplo de inquietud.

Sin respetar el orden cronológico, los acontecimientos fluyen desde el pasado lejano, en el que resuena la ocupación otomana o el imperio austrohúngaro, a los días aún vivos d la República Federal, para terminar en el conflicto bélico de los años noventa. Todo transcurre sin prisa en la patria de Iván el Negro (Karivan, en serbocroata); y como miembros de esta estire legendaria podrían ser consideradas todas las gentes de esta tierra, sin excluir a ninguna. La vida remite aquí a una época fundacional, y no por ello necesariamente remota, en la que cada día parecen posibles el milagro y la tragedia. Jergovic levanta así un mito amoroso, materno, una épica sin héroes, poblada de cerrajeros, pastores o comerciantes de pegamento. Un tiempo ya clausurado, sin remisión perdido; por fuerza evocado desde esta hora fatal, bajo las bombas de Sarajevo.

Ya en el primer cuento –que da título a la colección- F.R. investiga el árbol genealógico de la familia. Este ferroviario, nombrado siempre con sus iniciales, asoma en varias ocasiones y otorga cierta unidad al conjunto. Una vez que se conoce la muerte de este Karivan –años setenta-sigue una decena de cuentos ambientados en la reciente guerra, serie con la que se cierra el volumen. Volcado en su oficio, con los horarios de trenes bien memorizados, F.R. representa una cultura asentada, todo lo que ha saltado por los aires. El ferrocarril vertebraba los pueblos y las gentes de Bosnia; ahora los morteros de los chetniks han impuesto el honor y el desorden. 

01/08/2001

 
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