ARTÍCULO

Un tardoadolescente en Bolonia

Anagrama, Barcelona, 1997
Trad. de Carmen Artal y Joaquín Jordá
192 págs.
 

El «viejo» Alex, protagonista de esta novela, es un joven de diecisiete años marcado, como todos los adolescentes, por las zozobras existenciales de su edad. Brizzi retrata las contradicciones de un personaje demasiado mayor para ser niño y demasiado pequeño para sentirse integrado en el mundo de los adultos.

Alex vive con el piloto automático encendido». Eso significa ponerse ciego el sábado por la noche, ir al instituto junto a compañeros sonámbulos, neopasotas y asilvestrados, volverse a poner ciego al siguiente sábado, vomitar antes de entrar en casa y despertarse el domingo por la mañana con dolor de cabeza, en medio de una familia galvanizada ante el televisor, atrincherada en el comedor contemplando las chorradas americanas vía grundig. Se pierde en proyectos de corte de pelo cada vez más radicales y chapas de West Ham United cosidas a la cazadora militar o a la bomber para épater la bourgeoisie, un look agresivo para distinguirse «de los diecisieteañeros con polo ralph lauren y rizos rubios de querubín mariquita». Pero también es un joven que va a la iglesia y se confiesa y habla de política en los lavabos del instituto y que a lo largo de la novela veremos evolucionar en medio de sus contradicciones, porque Alex sabe que «se puede sobrevivir con el piloto automático, pero vivir es otra cosa».

Ese vivir empieza cuando conoce a Adelaide, la chica con la que intercambia poemas de Cummings («hablaban de poetas como modelo de vida, como mitos, como palancas con las que reventar la mediocridad de la vida de todos los días e ir a volar la cometa al prado que estaba al otro lado») y tardes mirando al cielo.

Este tardoadolescente rockero retrata a una juventud de los noventa saturada de la mediocridad de la clase media en la que existe «una especie de maquinita de guerra que me ha marcado a sangre y fuego ciertos compromisos con el Luchar por Objetivos a Alcanzar y no exponerse a ser un Adulto Repleto de Arrepentimientos». Según escribía Brizzi en el periódico L'Unitá en 1995, «vivimos en una sociedad gerontocrática en la que a los jóvenes se les confina a un gueto bien delimitado, lejos de quienes toman las decisiones. Para ellos queda vagar en sus motos por las ciudades, hacer deporte o asistir a conciertos rock. Y quien quiera integrarse en la sociedad habrá de despojarse cuanto antes de su juventud. Esa juventud que es la única fuerza desestabilizadora en esta sociedad momificada». Jack Frusciante ha dejado elgrupo transcurre precisamente en ese momento de tránsito, en las ceremonias de iniciación a la edad adulta: «Un momento de soledad, de inestabilidad de carácter, de falta de un sistema de valores establecidos, de incoherencia, escepticismo y desinterés por la aprobación social».

El personaje que da título al libro es el guitarrista de Red hot chili peppers, que abandona el grupo en su momento de mayor éxito, para seguir su carrera en solitario y ser responsable de su propia vida, aunque ese éxito será mucho más difícil de conseguir, porque vivimos en un mundo que «no perdona a nadie que se salga del grupo, hay que aprender a interactuar con los semejantes y no levantar la cabeza». Una lección que Alex aprenderá de su amigo Martino cuando decide «saltar fuera del círculo que le han dibujado alrededor». Pero hay otras maneras de salirse del grupo como le indica el propio Martino en su carta de despedida: «Creo que sólo se puede salir de esto o siendo inteligentísimo, espiritualmente libre como los monjes budistas o los grandes filósofos, y entonces te elevas; o cogiendo el saco de dormir y yéndote a vivir a la estación o a los campamentos de gitanos, y entonces te rebajas». Alex, independiente y sensible, intentará ser él mismo y optará por elevarse (de ahí la referencia constante a El Principito) y buscar el infinito que toda persona lleva dentro. Su relación con Adelaide, el descubrimiento del amor, le irá cambiando de forma progresiva. Se nota incluso en su manera de expresarse, que evoluciona de un léxico de «guerrero de la noche», de perros jóvenes con dolores de cabeza ciberpunk, hasta la escritura de «un cuaderno lleno de versos de canciones, reflexiones extemporáneas y cuentecitos...». Con Adelaide descubre un mundo nuevo lleno de referencias culturales (Saint Exupery, Baudelaire, el cine, la música...), todo recobra una dimensión diferente que le hace elevarse de esa realidad mediocre, como se eleva en su bicicleta, pedaleando con todas sus fuerzas para acudir a las deseadas citas con Aidi, ese pedaleo nos hace sentir el aire fresco contra el rostro y nos transmite también la fuerza de sus pensamientos.

Enrico Brizzi, un joven veinteañero, estudiante de ciencias de la información, que de niño fue miembro de los scouts, publicó esta novela en una pequeña editorial, Transeuropa, y consiguió un efecto inmediato: que la rescatara una gran editorial como Baldini y Castoldi, quedar finalista del prestigioso premio Campiello, y acercarse a la mágica cifra de 500.000 libros vendidos y el éxito de crítica y lectores. Brizzi forma parte de una polémica nueva generación de jóvenes escritores italianos –un fenómeno que también se ha producido en Francia, Inglaterra y España– en la que se encuentran nuevas voces como Alessandro Baricco, Silvia Ballestra, Aldo Nove, o Nicolo Ammaniti... que no configuran un grupo compacto. Ciertos críticos han intentado establecer características comunes entre algunos de estos nuevos narradores, como su interés por protagonistas adolescentes, la utilización de un lenguaje fragmentado y de las jergas juveniles, la transcripción de una realidad violenta y vulgar, la música como fondo, etc., y les han adjudicado etiquetas del tipo Splatters o Literatura Pulp (por la película Pulp Fiction de Tarantino).

La polémica entre defensores y detractores de este tipo de literatura sigue abierta. A esos nuevos escritores, dicen, no les interesa teorizar, ni tienen intención de revolucionar la literatura, sólo quieren contar la realidad a su manera. En el caso de Brizzi y del fenómeno Jack Frusciante no se puede decir que sea así, ya que marca una distancia con lo considerado Pulp: En su libro hay música de fondo, pero no está a todo volumen y deja escuchar lo que los personajes quieren expresar; el sexo no es una referencia ineludible; la violencia se limita a un suicidio, sin regodeos ni sangre por todas partes; el coche a toda velocidad por carreteras que no llevan a ningún sitio es sustituido por la bicicleta con pensamientos que buscan un sentido; las drogas y el alcohol no empapan cada página; y hay crítica social y política y proximidad a su entorno, que lo hace más creíble. Habrá que esperar la traducción de la segunda novela de Brizzi, Bastogne, protagonizada por un toxicómano. Tal vez ahí el efecto Pulp sea más evidente, de momento en Jack Frusciante se eleva a años luz de esas simplificaciones juveniles.

01/06/1997

 
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