ARTÍCULO

Un programa ecosocialista

 

Ni tribunos es un libro abierto, sugerente y valeroso, que ha sabido combinar con rigor un gran conocimiento del creciente peligro ambiental global y un esperanzador primer boceto de pautas políticas claves para un futuro sostenible y solidario. Sus autores defienden que el ecologismo no es un capricho moral o estético, ni la racionalidad económica a largo plazo de las sociedades opulentas, sino que la instauración de una sociedad ecológica, económicamente sostenible y socialmente justa es nuestra única oportunidad para evitar una catástrofe social y ambiental.

La crisis hace mucho anunciada por los ecologistas se manifiesta ya en el derrumbe de pequeñas economías tropicales, el progresivo agotamiento de fuentes minerales y energéticas, la pérdida de fertilidad y superficie de la tierra arable, la degradación de ríos y mares que obliga a restringir la explotación de caladeros, la alteración del clima, la destrucción de hábitats naturales que son reservas genéticas valiosas, la acumulación de basura y residuos peligrosos y la brecha Norte-Sur, que cada día se crece. Pero las turbulencias políticas o coyunturales del mercado global, y las contratendencias deflacionistas causadas por la sustitución y mayor eficiencia tecnológica en el consumo de recursos –así como por la mayor explotación de los endeudados proveedores primarios–, disfrazan la tendencia a largo plazo a una carestía creciente de las materias primas. La crisis ecológica global se sigue de una decisión política: asumir y fomentar la expansión de la producción y el consumo masivos para mitigar el descontento nacido de una desigualdad social creciente a escala global y de una pérdida generalizada de la propiedad y sentido personal y comunitario del propio trabajo –cuando se logra uno–. Física, termodinámicamente, esa decisión es insostenible.

La crisis precisa una solución política. Y eso es lo que ofrece este libro, cuya lectura conviene iniciar quizá por su segunda parte, donde Jorge Riechmann expone las líneas esenciales del tema con amable pedagogía y gran conocimiento: sólo es sostenible la economía basada en recursos renovables; el uso de medios no renovables limita nuestras opciones futuras; las respuestas tecnológicas –reciclar, aumentar la eficiencia, crecer para aprovechar economías de escala– tienen límites técnicos insuperables; el crecimiento económico reciente ha sido en gran medida sólo aparente, y ha destruido un patrimonio irrecuperable de recursos naturales. La causa última de la crisis es el carácter expansivo del capitalismo. La necesidad y voluntad de sumar más recursos al flujo económico para elevar el nivel de vida de una población creciente y ansiosa de bienestar crea una competencia, entre empresas como entre naciones, que beneficia a quien externaliza costes: ambientales, sociales y, finalmente, también de capital. La reducción prospectiva de la retribución del capital sólo puede paliarse con más acumulación, expansión, concentración y tecnificación del capital y más externalización de costes sociales y ambientales. Pero ignorar esos costes públicos falsea el sistema de precios y causa una asignación de recursos errónea y autodestructiva. Riechmann discute en detalle reformas plausibles para corregir la situación: de las cuentas nacionales, para incorporar los costes ambientales; del sistema fiscal, para gravar el uso de recursos no renovables –y no el empleo– y redistribuir renta a quienes no pueden transferir a precios, como vía de evasión fiscal, los gravámenes; del sector público, para producir masiva y eficientemente bienes básicos –y dejar al mercado competitivo los bienes donde la elección cualitativa del consumidor sea constitutiva de la bondad del producto–.

Y aun ese capitalismo domesticado sería expansivo y depredador. Por tanto, una economía sostenible no podría ser capitalista –aunque mantenga en parte el mercado–. Al haber dificultades técnicas insalvables para monetarizar muchos bienes ambientales o sociales –los bienes inapropiables e indivisibles como el clima, el aire o la salud–, su estándar de provisión y calidad habría de fijarse políticamente. Por tanto, la alternativa es un socialismo democrático: un gran aumento de la voz popular en la gestión del capital: las empresas serían cooperativas de trabajadores; la producción se guiaría por la orientación crediticia de una banca pública y el presupuesto del Estado como núcleo de un plan orientativo guiado por metas políticas de justicia y sostenibilidad. El trabajo no sería más una mercancía, pues quien desease un empleo podría obtener un «salario social» (no generalizado, ni como «paro») por ejercer labores de atención social y/o ambiental.

¿Es practicable ese diseño «utópico»? Las sociedades avanzadas (y la economía-mundo) están regidas por un nuevo mandarinato de altos gestores y/o grandes propietarios que administran grandes organizaciones sobre la base de la confianza política, accionarial o crediticia. A esa «elite de poder» le atraería la primera propuesta de Riechmann, pues amplía sus competencias y ámbito de influencia sobre el mercado y el Estado; pero una reforma socialista daría autonomía económica a la base social y generaría nuevos grupos y asociaciones con aspiraciones políticas, minando así su capacidad de dominación. Esto parece un conflicto «de clase» al viejo estilo, y la pregunta clásica es: ¿qué coalición de fuerzas, y por qué medio, obligaría a esa «clase» a aceptar un nuevo orden social? Esta pregunta subyace a todo el libro.

En la primera parte, Francisco Fernández Buey mira desde la tradición emancipatoria socialista y constata que el socialismo «real» adoptó todos los males sociales y ecológicos del capitalismo sin el bálsamo de la democracia formal, y que la socialdemocracia aceptó el status quo, se desmovilizó e instaló en el neocorporatismo a cambio de democracia formal y la expansión del Estado de Bienestar, hoy en crisis. Y nuestras democracias, aunque permiten avances sociales por presión de la opinión pública, estarían hoy en manos de una elite partidista y tecnócrata incapaz de articular un programa de reestructuración económica y social a escala global. En fin, la única opción sería apelar a la utopía como esperanzador motor reivindicativo y, apoyándose en los valores de justicia y solidaridad, forjar una gran coalición –casi un Frente Popular civil– que una a socialistas democráticos, ecologistas, mujeres, pacifistas y solidarios con el Sur, y ante todo a los jóvenes, para impulsar el cambio de las actitudes y políticas globales.

Es cierto que los gobiernos y las transnacionales que compiten por la apropiación masiva de los recursos globales ceden, antes o después, a las demandas puntuales de una opinión pública cohesionada y tenaz. En ese sentido, si Ni tribunos ayuda a forjar esa opinión, habrá cumplido una de sus metas. Pero si hablamos de una reestructuración económica y social a escala global, la cuestión es bien diferente. Mientras los costes de los ajustes económicos/ecológicos puedan transferirse a países y estratos sociales más pobres a través de los mercados mundiales; mientras esos espacios geopolíticos o de la estructura social no amenacen la seguridad de los poderosos o caigan en tal estado que brote una oleada de indignación moral; mientras el mito del crecimiento indefinido tenga algún crédito; mientras esa coalición por la justicia social y la seguridad ecológica no cuaje a nivel global, mientras ese desafío no se produzca, en suma, la brecha de la desigualdad seguirá creciendo y la cuerda de la insostenibilidad tensándose para sostener el privilegio, opulento e irresponsable, de una proporción menguante de la humanidad, nosotros, y aún más, la minoría satisfecha y poderosa entre nosotros. Pero quizá textos como éste, que bosquejen horizontes plausibles, ayuden a concretar y a dar credibilidad y respaldo a quienes desean una futura comunidad de especies y generaciones en vez de la insostenible lucha mercantil de todos contra todos que hoy vivimos.

01/08/1997

 
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