ARTÍCULO

SIN TÍTULO. Todos los hombres del Rey

Plaza y Janés, Barcelona, 1997
 

Todos los hombres del Rey no termina de resolver su dilema originario. La solvente escritura de José Apezarena parece dar por innatas una serie de cualidades en la persona de nuestro monarca; a continuación desarrolla hasta el agotamiento la positiva influencia que han ejercido sobre su persona, en uno u otro aspecto, los sucesivos profesores, tutores o consejeros que le han asignado. «Positiva» se entiende que quiere decir tendente hacia el conjunto de los valores que hoy se consideran propios de las sociedades democráticas. Y ello desde el lejano Vegas Latapié hasta Juan Castañón de Mena, pasando por el general Martínez Campos (don Carlos). En este aspecto, la presente obra se suma a las que desde hace un par de años inundan los mostradores de las librerías, las cuales, de ser creídas, nos obligarían a afirmar que la transición política española tiene a estas alturas más autores que la Odisea. Autores o coautores en diversos grados de complicidad, otros por inducción, otros por encubrimiento, de nuestro actual régimen son, por supuesto, todos estos preceptores. ¿Es posible que tantos y tan altos personajes de la milicia, de la Administración o simplemente de la aristocracia más o menos civil, de despacho casi diario con el general Franco, encerraran en su corazón, indetectable, tan firme vocación democrática?

Sorprenden, efectivamente, ciertas afirmaciones acerca de las ayudas del Rey a la UCD de Adolfo Suárez, que, de comprobarse, podrían llevar a desmontar la apologética segregada en los últimos tiempos de conmemoraciones: «El Rey ayuda a su presidente del Gobierno [Suárez] a buscar financiación, a través de unos emiratos árabes, para la puesta en marcha de un nuevo partido [UCD]». El autor anota al pie: «Testimonio recogido por el autor, prestado por personas que prefieren no ser citadas». Nada menos. Revoluciones aparte, no tenemos más remedio que aceptar la gravedad de una reflexión, nunca expuesta a lo largo de la obra, que se desencadena sola al concluir la lectura: si eran tantos y tan encumbrados los personajes monárquicos, monarquistas y demócratas en el entorno del general Franco y en las altas magistraturas del Estado, ¿cómo permitieron que tantos y tantos ciudadanos tuvieran que esperar hasta aquel eufemístico «hecho biológico» para ver concluir sus sufrimientos de cárcel, exilio o persecución? ¿O es que el democratismo juancarlista no ha sido tan «autor» de lo que ha venido después, y se reducía a un mero juego (así se explicaría) de cortesanos?

01/08/1997

 
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