ARTÍCULO

Rosenberg como pretexto

Algunos problemas de la historiografía sobre el nacionalsocialismo alemán y el fascismo europeo

Barcelona, Crítica, 2015
Trad. de Lara Cortés Fernández, Teófilo de Lozoya Elzdurdía, Isabel Romero Reche y Alicia Valero Martín
767 pp.
 

Entre los dirigentes del Partido Nacionalsocialista alemán (NSDAP), y en especial entre quienes llegaron a sentarse en el primer proceso de Núremberg, Alfred Rosenberg ha sido siempre un personaje infravalorado o considerado desde una perspectiva impropia.

Es fácilmente constatable el primer asunto, el que se refiere al escaso interés que ha despertado su figura no sólo en el público siempre ávido de lecturas sobre esta experiencia, sino incluso entre los investigadores especializados en el período del fascismo y en su variable alemana. Una sola biografía importante, bien documentada, lo suficientemente extensa como para cubrir una militancia del primer al último minuto del nazismo: la de Ernst Piper, que se editó en Múnich en 2005. Ínfima aproximación, en comparación con lo que se ha llegado a escribir, en diversos registros y en tan dispersa calidad, en monografías dedicadas a personajes de primera o segunda línea del régimen: pensemos en el propio Hitler, en Hermann Göring, en Joseph Goebbels, en Heinrich Himmler, en Albert Speer, en Ernst Röhm, en Otto y Gregor Strasser, en Julius Streicher, en Reinhard Heydrich, en Rudolf Hess, en Martin Bormann, en Werner Best, en Otto Ohlendorf, en Ernst Kaltenbrunner, en Adolf Eichmann, en Robert Ley, por citar sólo a algunos de quienes cuentan desde hace muchos años con estudios académicos o con aproximaciones realizadas desde la abundante bibliografía de ensayistas especializados que no construyen sus trabajos con las preocupaciones y sutilezas más propias del mundo universitario.

La inquietud debe orientarnos hacia cuestiones que tienen que ver con los, a veces, pintorescos desplazamientos de un interés académico que no deja de ir a remolque de las presiones de la opinión pública: la hipertrofia de los análisis sobre el exterminio, por ejemplo. Sin duda, este interés no es solamente el resultado de la presión emocional de un público formado en el «espectáculo concentracionario» o, en el mejor de los casos, interrogado moralmente por todo aquello que se concentra en el concepto de Auschwitz. Lo que ha considerado la historiografía alemana más solvente es que en el exterminio pueden analizarse elementos sustanciales que explican la totalidad de la experiencia fascista germana, yendo más allá de lo que eran análisis aislados de circunstancias de barbarie, para ir construyendo redes de conocimiento que nos dan las dimensiones no lineales de este proceso. El exterminio está analizándose en su relación con una lógica de ocupación y repoblación territorial; vinculándolo a la necesidad de ofrecer a la comunidad popular, de cohesión tan precariamente sostenida sobre una dinámica expansiva, los recursos sacados de la expoliación de un paisaje conquistado a través de la guerra y la movilización de masas; estableciendo el nexo entre las necesidades de las grandes empresas alemanas –en especial, del sector químico– en los momentos en que se optó por la autarquía tras la Gran Depresión y la oferta de mano de obra barata para trabajar en campos híbridos de reclusión y trabajo al servicio de empresas cuyos directivos eran altos oficiales honorarios de las SS, como la IG Farben; enlazando esta cuestión con los conflictos entre diversas autoridades y diversos proyectos existentes en el seno del régimen desde el comienzo de su andadura, en especial entre ideólogos radicales, populistas con poder local y tecnócratas destinados a la eficiencia productiva en la guerra total. Creo que esta enumeración indica ya el acierto de haberse centrado en esa etapa durante largo tiempo: prácticamente no se ha hecho otra cosa interesante en la historiografía alemana desde la última década del siglo XX. Pero esto se ha realizado a costa de un factor evidente: el abandono de las investigaciones que atestaron los ambientes académicos alemanes y anglosajones en los años setenta y ochenta. Es decir, el análisis del proceso constituyente del movimiento nacionalsocialista y el estudio de la gestión del régimen en los años que precedieron a la guerra. Parecen haberse dado por zanjados estos temas, cuando el proceso de fascistización ha pasado a ser un instrumento analítico de singular importancia en otras experiencias europeas, porque pone sobre la mesa un temario de asuntos indispensables: la relación entre fascismo y contrarrevolución; la radicalización de masas y los procesos de movilización colectiva en tiempos de democracias frágiles; la lenta formación de una identidad, más allá de los pequeños círculos de fanáticos, convirtiéndose en la base de una cultura política mayoritaria; las diversas formas de entender la adhesión a un movimiento heterogéneo, pero que consiguió presentarse como representativo de una multitud de sectores con intereses sectoriales insertos en un movimiento nacional popular, donde sus discrepancias acabaron siendo digeridas según criterios funcionalistas de gran eficacia sintetizadora.

La historiografía lo ha presentado como un curioso actor secundario y un
soñador poco implicado en tareas brutales

En estas circunstancias generales debe considerarse mejor la infravaloración de la figura de Alfred Rosenberg. Porque resulta especialmente paradójica. Si Rosenberg es una persona estrechamente vinculada a la fundación del partido y a la andadura de sus primeros años, hasta el punto de que fue nombrado por Hitler jefe del movimiento mientras él se encontrara preso tras el fracaso del Putsch de Múnich en noviembre de 1923, ¿cómo es posible que no se estudiara su función en la organización inicial, en los conflictos severos vividos tantas veces hasta su llegada al poder? Por citar sólo algunos, el del verano de 1921, cuando Hitler se enfrentó a la vieja guardia del Partido Obrero Alemán (DAP); el de 1924, cuando Hitler se hallaba cautivo en Landsberg y el nacionalsocialismo parecía deshilvanarse, actuando su aún frágil organización de acuerdo con las opciones más o menos electoralistas, más o menos unitarias, más o menos violentas presentes en el espacio völkisch; el de 1926, cuando la conferencia de Bamberg liquidó el proyecto alternativo de los hermanos Strasser y los líderes del noroeste; el de 1930-1931, cuando el giro a la derecha de Hitler, en busca del voto de la clase media, hubo de enfrentarse con la respuesta airada de los «socialistas nacionales» de Otto Strasser que, unidos a los disidentes de las SA, crearon el Frente Negro; el de finales de 1932, cuando el número dos del partido, Gregor Strasser, abandonó sus responsabilidades tras fracasar en sus intentos de que Hitler aceptara una posición secundaria en un gobierno de concentración nacional inclinado hacia posiciones de pacto con el sindicalismo cristiano.

Todas y cada una de estas crisis, además de aquellos períodos de conciliación y ajuste de estrategias que vivió el NSDAP en su nada lineal búsqueda de una mayoría social, deberían habernos proporcionado menciones más relevantes a la posición de un militante de primera hora. Si su importancia corresponde más bien a los conflictos internos del régimen ya en el poder, en su función de custodio de la ortodoxia ideológica del NSDAP, ¿cómo no le ha dado mayor relevancia la inmensa atención que, en todas las experiencias fascistas europeas, se ha desplegado para considerar lo que sucede en el ámbito de la elaboración doctrinal y de la cultura? ¿Cómo no se le ha prestado la atención debida cuando, en los años ochenta y noventa, los esfuerzos de investigación desarrollados por Roger Griffin, por Emilio Gentile y por una tardía lectura de George L. Mosse, llevaron al examen de la calidad ideológica de un movimiento analizado hasta entonces de modo negligente, como si careciera de un paradigma social que se opusiera a las culturas políticas contra las que combatía? Y lleguemos al tercero y más sorprendente, si cabe. Si el exterminio pasa a ser el factor de mayor capacidad hermenéutica para el estudioso del nacionalsocialismo, y si recientemente se ha trabajado con tanto ahínco en la lógica de la repoblación de los territorios orientales, su avidez saqueadora y su pulcra política económica destinada a cubrir las necesidades de la comunidad popular ¿por qué no se ha tenido en cuenta a quien ocupaba el cargo de ministro de los Territorios Ocupados en el Este, algo que tuvo la suficiente importancia como para costarle la vida en 1946?

Esta ausencia incomprensible quizá nos resulte algo menos enigmática si tenemos en cuenta que, en su trabajo, el historiador es prisionero, demasiadas veces, de una documentación contemporánea tan poco inocente como las opiniones que se desplegaron por los compañeros de proyecto político. De ahí lo que se ha considerado una evaluación inapropiada del papel desempeñado por Rosenberg. Una evaluación que se ha inspirado en las propias querellas internas del partido y del Estado, en los conflictos entre áreas de responsabilidad, en los esfuerzos por mantener cada una de las agencias del sistema en una situación privilegiada. Lo que opinaban quienes deseaban hacerse con el mando exclusivo en el campo de la ocupación de Polonia y la Unión Soviética, como Heinrich Himmler, Reinhard Heydrich y Oswald Pohl, en primer lugar. Además, lo que pensaban quienes deseaban introducir medidas de corrección en la política económica, chocando con el racismo «elemental» –más bien «fundamental»– de Rosenberg, como Ohlendorf en su defensa de la propiedad media y del comercio como actividad digna del ario; como Speer, tratando de dar eficacia a un fordismo alemán contra las acusaciones ortodoxas de americanización; o como Hermann Göring, buscando el modo de optimizar una producción bélica que fuera, al mismo tiempo, base de un poder personal en el Tercer Reich. Por otro lado, lo que consideraban quienes veían en el nacionalsocialismo un movimiento social de masas, en el que la raza era una alusión difusa –como los dirigentes del Frente Alemán del Trabajo o los responsables de la gestión diaria de la vida local, los Gauleiters–, que difícilmente podían asumir rigideces en la construcción de una «vecindad» con mano de obra reclutada en el exterior basadas en criterios ideológicos raciales inflexibles. Finalmente, lo que podían opinar los responsables de la propaganda, y en especial Goebbels, sobre los materiales culturales con que se construía una idea de comunidad nacional, frente al determinismo biológico de Rosenberg.

Estas y otras muchas perspectivas han ido acumulando un soberbio desdén por el personaje, que no es más que escoria provocada por la combustión de su prestigio en el complejo mundo de interdependencias de un sistema totalitario de aquellas dimensiones de control, de aquella diversidad interna y de aquellas ambiciones intervencionistas. De este modo, Rosenberg aparece como el político sin capacidad de liderazgo, como el servil mayordomo cultural de Hitler, como la adiestrada ave de rapiña estética destinada a las ridículas sentencias sobre el «arte degenerado» que se dieron a mediados de los años treinta. O como el administrador incapaz de una oficina en defensa de la ortodoxia cultural del régimen: de los comentarios jocosos de Hitler a El mito del siglo XX se hacían eco codicioso quienes serían tratados con mayor severidad aún por el Führer, cuando mostraran su incapacidad de resolver los callejones sin salida a que les llevaba la política del régimen. Personaje trivial, segundón a la sombra del líder, excéntrico inventor de legendarios pasados heroicos que evitaban la modernización del régimen, ingenuo gobernador de territorios ocupados siempre desafiado por las autoridades de las poderosas SS, siempre enfrentado a las abrumadoras tareas que la lógica exterminacionista y las necesidades de obtener recursos sobre el terreno exigían de modo estresante a los gobernadores locales. Cualquiera de estos rasgos ha ido prendiendo en la evaluación final que la historiografía ha esbozado del personaje. En especial, para dar la idea de un curioso actor secundario, un soñador poco implicado en tareas brutales, un intelectual de escaso valor pero de abnegada dedicación, un constructor de fantasías bastante inofensivo y un perdedor constante frente a los eficaces administradores de un régimen totalitario, cuya dinámica interna era siempre la de dar visibilidad a su labor, a fin de poder absorber recursos personales y económicos y ganar espacios de soberanía para su propia y parcial visión del proyecto nacionalsocialista.

La publicación de sus diarios ha sido posible por la recuperación de los materiales que uno de los funcionarios de origen alemán que trabajó en el proceso de Núremberg, Robert Kempner, conservó consigo hasta el final de su vida, en 1993. Había dado sólo noticias fragmentarias sobre su contenido, aunque tras ofrecer una relación bastante exhaustiva de los períodos claves en los que el material redactado por Rosenberg se había extraviado definitivamente, con toda probabilidad en el proceso de destrucción de materiales que los propios funcionarios del Reich llevaron a cabo en vísperas de la derrota de 1945. Quedaron huecos tan importantes como los de la mayor parte de 1941, los primeros nueve meses de 1942 y algunos meses de 1943. Personalmente, me habría interesado disponer de algo que Rosenberg nunca escribió: unos diarios de los tiempos fundacionales del NSDAP y de los años que llevaron a aquel grupo provinciano de la Alta Baviera a convertirse en un movimiento nacional de masas que liquidó la República de Weimar, una profunda cultura liberal burguesa, en el movimiento obrero socialista más poderoso de Europa fuera de la Unión Soviética. Ese material nunca llegó a escribirse, del mismo modo que no escribieron sus memorias Gregor Strasser, Julius Streicher, Max Amann, Hermann Göring o Robert Ley, lo que nos habría proporcionado fuentes inapreciables en su contraste para evitar deformaciones. Dado que continúan en los archivos alemanes algunas memorias anotadas de primeros combatientes del NSDAP, como el manuscrito de Ludolf Haase sobre el inicio del partido en la Baja Sajonia –un testimonio indispensable cuya publicación habría de ser un objetivo prioritario de las instituciones dispuestas a intervenir en estos asuntos–, hemos de conformarnos con la existencia de alguna rareza de gran valor, como las memorias sí publicadas de Albert Krebs –el indispensable Tendenzen und Gestalten der NSDAP, disponible en una buena versión en inglés como The Infancy of Nazism, editada por William Sheridan Allen– para conocer el carácter del movimiento en los años veinte. Y filtrar con la debida cautela los autocomplacientes diarios de Goebbels o los esfuerzos de salvación personal que apestan en las memorias de individuos de la penosa catadura moral de Baldur von Schirach o de Albert Speer.

La virtud que ha tenido la publicación de estas memorias, prologadas de forma tan inteligente y erudita por Jürgen Matthäus y Frank Bajohr, es obligar a la historiografía sobre la experiencia fascista alemana y europea a volver a ocuparse del lugar de Rosenberg en el nacionalsocialismo. Lo cual, como derivada más interesante, implica volver a pensar un inacabable objeto de reflexión, a la luz de lo que ya es inevitable: reconocer el peso de las personalidades que lo integraron, sin permitirnos crear arcenes artificiosos en los que dejarlos en reposo analítico, por comodidad, por ignorancia o por haber tomado posición acerca de lo que el nacionalsocialismo –y el fascismo en su conjunto– fueron en la historia de aquel momento de crisis fundamental de la civilización europea en la primera mitad del siglo XX. Porque el análisis del nacionalsocialismo tiene, entre los propósitos de un historiador, analizar la severa transformación sufrida por la cultura europea en aquellos años decisivos. Y hacerlo averiguando, en primer lugar, cuáles fueron las motivaciones de quienes emprendieron caminos que podrían resultarnos incomprensibles y, al tomarlos como carentes de significado, dejarían en la penumbra una parte sustancial de nuestro conocimiento de la primera mitad del pasado siglo. Pero, además, porque tales biografías y el ciclo en que se produjeron estas experiencias personales atañen a cuestiones en torno a las cuales gira la reflexión histórica, y en torno a las que vuelve a dar vueltas con tremenda preocupación de todos en estas mismas horas: los procesos de radicalización, la construcción de identidades excluyentes, la deslegitimación de la democracia, el trato instrumental de los seres humanos como mercancías, esclavos o escoria sobrante y amenazadora, la construcción de culturas del miedo, la fabricación de utopías basadas en novedades rotundas que secularizan viejos misticismos revestidos de actualidad, entre otros elementos inquietantes.

Los acusados en los juicios de Núremberg

Al historiador le corresponde, más que reiterar su capacidad de erudición para dar cuenta de los datos concretos que ha acumulado, una tarea intelectual que siempre ha de llegar después de esta labor de documentación empírica:  dar significado a un ciclo de nuestra historia. Eso es lo que nos diferencia de hacer un mal periodismo retroactivo, de limitarnos a ser minuciosos cronistas con una conmovedora e inútil atención a los detalles, de oficiar como intelectuales orgánicos al servicio de supuestas emancipaciones sociales o no menos supuestas identidades nacionales, o de reducirnos a la autocomplacencia de haber acumulado una buena colección de acontecimientos. Bien decía Ortega que, a falta de naturaleza, tenemos historia y que somos algo que se conjuga en gerundio. Bien decía que en nuestra existencia somos acontecer. Lo que nunca dijo, acostumbrado a un momento en el que la historia se planteaba quizá visiones mucho más ambiciosas en su voluntad de dar explicaciones amplias, es que el historiador tuviera que resignarse a ser el criado de los hechos o el ujier de los sucesos. Lo que pedía Ortega era una perspectiva. Lo que deberíamos solicitar, tras haber demostrado hasta qué punto hemos sido capaces de recuperar lo mejor de las virtudes positivas y de haber logrado no poco empeño en familiarizarnos con disciplinas de ciencias sociales indispensables, es ir algo más allá, atrevernos a saber, ofrecer una panorámica, dando por sentado lo que es nuestra labor más dura –la documentación que debe ser leída hasta la extenuación–, de un modo que la supere, que conecte los datos, que esté inspirada por alguna opción teórica, no sólo atenazada por una simple servidumbre metodológica – en la distinción que tan bien trenzó Eric Voegelin hace más de medio siglo.

Vayamos, pues, a situar en esta perspectiva, por lo menos, la intención de quien escribe estas líneas. Porque no me enfrento a un estudio sobre el nazismo, sino a las palabras de un alto dirigente nazi, a su testimonio grabado con la sinceridad que se supone a un diario. No a los diarios pensados para ser publicados, como buena parte de los de Goebbels, sino a este tipo de material cuya radical sinceridad debe de estar bien relacionada con el esfuerzo de destrucción a que fue sometido. Tiempo después, el propio Rosenberg escribiría esa pieza exculpatoria que fueron sus escritos de Núremberg, las Letzte Aufzeichnungen publicadas en 1966, algunas de cuyas páginas más compasivas con sus compañeros de militancia me resultaron tan perturbadoras al escribir Todos los hombres del Führer en 2006, cuando era diez años más joven y diez veces más ingenuo.

Lo que tengo en mis manos es el diario de una época muy concreta. La primera anotación está escrita el 14 de mayo de 1934; la última, el 3 de diciembre de 1944. Ambos son momentos cruciales. En el primer caso está a punto de producirse una crisis muy importante en el régimen, que viene alimentándose desde mediados del verano de 1933, cuando los sectores más radicales de las SA se enfrentaron al fin de la revolución decretado por Hitler, y cuando los núcleos más conservadores del régimen, que despertaban de su sueño de domar a Hitler, empezaban a querer cumplir con su deseo de considerarlo un mero paréntesis en la resolución de la crisis alemana y la liquidación de la democracia en 1933. Rosenberg da cuenta de la «intolerable» actitud de los reaccionarios como Edgar Julius Jung, el secretario de Franz von Papen, que fue ejecutado en la purga de junio. Pero, sobre todo, dedica unas páginas llenas de respeto a Gregor Strasser, el verdadero creador del movimiento nacionalsocialista como organización coherente y de masas, integradora de tan diversas actitudes de protesta antirrepublicana. Era, desde la refundación del partido en 1925, el número dos indiscutible del NSDAP, cuya carta de dimisión a Hitler –rescatada por Peter Stachura en los años setenta– mostró las dos estrategias que habían entrado en conflicto en vísperas de la captura del poder. Strasser se mostraba, en aquella carta de dimisión, un adversario implacable de personas como Goebbels, y enemigo del estilo que este deseaba inculcar a lo que, para Strasser, era un partido nacionalista que precisaba de programa realista, no un movimiento religioso al que le bastaba con liturgias excitantes. La contingencia implacable de la historia se mostró muy bien en aquella crisis: ¿qué habría sido del nacionalsocialismo en caso de triunfar un perfil como el de Strasser? Los futuribles no son ajenos a la tarea del historiador, a no ser que se incline por el determinismo retroactivo, una de las muchas cómodas maneras de escapar a la reflexión en que se sume, revolcándose en la perezosa acumulación de desperdicios empíricos, buena parte de nuestro mundo académico.

Y Rosenberg, en su anotación de julio de 1934, deja escapar esa contingencia: la traición de Strasser es deplorable al haberse unido no a los radicales de Ernst Röhm, sino a los conspiradores conservadores. Pero más deplorable es, a sus ojos, el baile sobre su tumba que se ha permitido un Goebbels que debía los inicios de su carrera política precisamente a la sagaz generosidad con la que Strasser descubría a los mejores y permitía el ascenso de los más preparados para disputar las áreas de respuesta social a la izquierda. Esta anotación, que nos muestra una fibra sensible de Rosenberg para saber leer dónde se había encontrado el conflicto estratégico clave en vísperas de la llegada al poder, es importante por algo que se comentaba al comienzo de esta reflexión. Y es que el principal problema con que nos enfrentamos los estudiosos del fascismo es el escaso conocimiento que poseen los no especialistas en el tema acerca del proceso de fascistización, un saber que deberíamos proporcionarles nosotros, y que acaba por perjudicar profundamente los análisis de la crisis de las democracias europeas en los años de entreguerras. El «caso Strasser» es uno de esos episodios que contiene una inmensa masa significativa para dotarnos de un mejor conocimiento de lo que fue la parábola del fascismo. Imaginemos lo que supone, en una experiencia que suele considerarse monolítica o caótica –sin escapar a estas dos versiones perfectamente inservibles para entender la funcionalidad del nacionalsocialismo–, haber llegado a observar la crisis interna que se produce, en forma de desacuerdo estratégico, en el momento en que, como sucede en todas las experiencias fascistas, se pasa del partido bien delimitado en su ideología, en su militancia, en su carácter minoritario, a la gran organización de masas que, en forma de un movimiento nacional, pasa a la conquista del poder y a la creación de un nuevo Estado.

No se trataba, desde luego, de un mero asunto táctico: expresaba cómo militantes de primera hora, como Strasser o Goebbels, podían discrepar sobre la naturaleza misma de esa gran unión popular que estaba fabricándose una vez superado el carácter marginal del partido. Cuando se pasa del campo de la demarcación precisa al terreno de la inmensa integración nacional que logró el fascismo, esa concepción del movimiento iba a determinar el carácter del régimen. Como puede suponerse, esa reflexión no interesa en el caso alemán solamente, sino que sería de una extraordinaria fecundidad para explicar lo que ocurre, por ejemplo, con la constitución del movimiento nacional español en 1936, superando los espacios organizativos de la derecha radical de la Segunda República, en algo que no es exactamente el crecimiento de Falange Española y de las JONS, pero que tampoco es una fase de completa desnaturalización de sus presupuestos fundacionales, sino el resultado de un proceso constituyente del fascismo en el que debe tenerse en cuenta la congruencia de este partido, y no de otros existentes en la extrema derecha, para asumir una alternativa a la crisis del Estado liberal.

Rosenberg disponía de una nada desdeñable capacidad intelectual, que le permitió ofrecer a la militancia nazi una concepción del mundo

La última anotación se escribe cuando falta poco para la última ofensiva del ejército alemán, la que se producirá en las Ardenas en los días navideños. Es una curiosa anotación: una larga referencia al desorden casero, donde se encuentra un texto de Rilke cuyo disfrute parece pertenecer a tiempos muy lejanos. Y el recuerdo de una reciente conversación con Marcel Déat, el antiguo socialdemócrata convertido al fascismo y creador de un pequeño partido, el Rassemblement National Populaire, que nunca pudo competir con el partido Popular de su enemigo, el antiguo comunista Jacques Doriot. Déat y los miembros del Consejo de Flandes le preguntan por los motivos de no haber traducido El mito del siglo XX. Tanto en Italia como en España los problemas habían llegado de la mano del catolicismo: Falange es un partido confesional, no deja de decir en sus diarios Rosenberg, aunque no clerical. Y el fascismo italiano ha dependido a lo largo de los años treinta de sus acuerdos con el Vaticano.

De 1934 a 1944: una década es lo que nos ofrecen los diarios, con las desalentadoras ausencias de los años centrales de la ocupación de la Unión Soviética. Insuficientes para proporcionarnos datos verdaderamente cruciales para cambiar nuestra visión de las luchas internas del régimen o de la realización del exterminio, son materia bastante para fascinarnos con ese recuento de la vida cotidiana de un alto jerarca del régimen, cuya función en el seno del Tercer Reich fue decisiva. Como reivindicación de la personalidad y como aproximación a ese mundo concreto, aberrante, burocráticamente tedioso, administrativamente enloquecedor, estéticamente grotesco, políticamente perverso y racional, como corresponde a algo que brotó tan directamente de la crisis de la modernidad tras la Gran Guerra.

Insistamos en ello: hay que aproximarse, como nos lo facilita la introducción, al Rosenberg sin el cual el autor del diario resulta incomprensible. Ese emigrado báltico que acude a Múnich como tantos otros que escaparon a la revolución rusa, y que en la capital bávara fueron determinantes para el rumbo y la suerte económica de las organizaciones de extrema derecha y, singularmente, del DAP y su sucesor, el NSDAP. En 2005, Michael Kellogg dio buena cuenta de ese proceso sin demasiada fortuna en la atención del público en un libro publicado cuando lo único que parecía interesar a la historiografía era el final del régimen, no sus comienzos: The Russian Roots of Nazism. Un prodigioso ensayo dedicado a la emigración zarista y su creación de redes de sociabilidad en los orígenes del nacionalsocialismo, en especial la asociación Aufbau (Reconstrucción), a la que pertenecerían algunos de los más inmediatos colaboradores de Hitler, Rosenberg y Max Erwin von Scheubner-Richter. La muerte de este último en el Putsch de Múnich le impidió alcanzar la importancia en el movimiento a la que estaba destinado por su habilidad organizativa y por su educación militar, aspectos ambos de los que carecía Rosenberg. Pero Rosenberg disponía de algo que lo compensaba con creces: una nada desdeñable capacidad intelectual, que le permitió ser comentarista de los aspectos programáticos del programa aprobado en 1920 y de ir ofreciendo a la militancia nazi algo más que un movimiento político: una concepción del mundo. Desde luego, no todos la solicitaban. Y no todos los intelectuales más exigentes del partido iban a compartir la que tenía Rosenberg, como podemos observar en ese grupo de eficientes administradores del terror que fueron la elite del SD, en especial Otto Ohlendorf, un personaje cuya trayectoria ejemplar es todo un modelo para comprender los motivos de una generación nacionalista conservadora para tomar la vía de la revolución nacionalsocialista. O no todos creían –en contra de lo que pudiera pensarse– que el movimiento nacionalsocialista había de caracterizarse por un biologismo político, un determinismo racial o una exclusiva invocación a los elementos de esencialidad telúrica. Más bien la mayoría que constituyó el gran movimiento nacional de los años treinta no se forjó sobre ese consenso, sino sobre otro: el de la contrarrevolución frente a la República, el del «socialismo» alemán, el de los temores y esperanzas de una clase media desguazada en los años que siguieron a la Gran Guerra, en la adhesión de una juventud que no procedía del romanticismo de las trincheras ni de los cenáculos enloquecidos del antisemitismo populista, sino de los ambientes universitarios en los que la resolución de la crisis de la modernidad se planteaba de acuerdo con las ideas del neoconservadurismo alemán.

Sin embargo, ese rango intelectual que Gottfried Feder y Rosenberg proporcionaron al partido en sus primeros años fueron muy del agrado de Hitler, que sumaba este talante al realismo político de Gregor Strasser, al antisemitismo de Julius Streicher, al obrerismo inicial de Goebbels y Karl Kaufmann, al conservadurismo universitario de Schirach o al concepto de «seguridad racial» que fue desarrollando el grupo de las SS en torno a Himmler. Por diletantes y extraviadas que puedan parecernos los textos de Rosenberg –y uno de ellos aparece entre los documentos oportunamente editados junto con sus diarios como Die Spur des Juden im Wandel der Zeiten (La huella del judío en el curso de los tiempos), de 1920–, conferían un aire doctrinal al movimiento del que este no podía prescindir, al tiempo que lo completaría con la edición cuidadosa de obras como las memorias de Röhm, los discursos de Strasser, las reflexiones agraristas de Walther Darré, o la seminal diseminación que proporcionaban docenas de periódicos del partido y folletos de propaganda dirigidos a sectores concretos de la población. Lo que ofreció hasta ese momento gente como Rosenberg fue presentar el movimiento como algo totalmente distinto a un partido más: se trataba de un giro radical en la historia de Alemania que, curiosamente, hacía de la revolución un proceso de arqueología, excavando en aquella esencia racial que le había sido usurpada al pueblo alemán no sólo en sus aspectos biológicos, sino en la construcción de una identidad cultural. Claro está que esa no era la literatura con que se obtenían votos: pero era la obra con que se constituía un inmenso edificio totalizador, que deseaba representarse a sí mismo de un modo distinto a los partidos programáticos, para exhibirse como la forma del ser alemán, el perfil de su ontología, la esencia de su historia. Nada distinto, si separamos lo racial de lo católico, de lo que proponía el fascismo español en aquellos mismos momentos, de su concepto de la revolución y de su idea de la identidad nacional. Similitud y semejanza que no dejó de observar Rosenberg cuando anotaba sus querellas con la Iglesia –con la protestante y la católica– y destacaba ese carácter cristiano radical del falangismo que había que procurar respetar, tratando sólo de evitar que el cristianismo dejara de ser identidad del Estado, para convertirse en instrumento exclusivo de la Iglesia.

Los años de paz relativa, los anteriores a la ocupación de ese primer laboratorio de exterminio que fue Polonia, dan el testimonio de un hombre que reconoce la mediocridad de buena parte de sus compañeros de partido, generosamente atribuida a sus adversarios. Mediocridad y traición, además, en el conservadurismo instalado en espacios que le interesan especialmente, como el Ministerio de Exteriores, donde resisten aún los diplomáticos de extrema derecha, a quienes la política imperial de Hitler sólo preocupa en términos de posibilidad de la perpetuación de Alemania: es decir, de los riesgos de un conflicto generalizado destinado a perderse. Sin embargo, sus críticas a Konstantin von Neurath nada tienen que envidiar a su burla cruel de Joachim von Ribbentrop, que hacía vinos espumosos mientras los antiguos luchadores se empeñaban en combatir por la revolución antes de 1933. Lo más destacable en este período es la afirmación de un proyecto cultural destinado a acabar con la influencia de la Iglesia reformada y del catolicismo, algo que sólo podía conseguirse mediante la construcción de un verdadero Estado Cultural. Los adversarios eran formidables y, sobre todo, la voluntad de Hitler no era la de abrir frentes internos que no pudiera controlar con facilidad. Pero, para un sector nada despreciable del partido, en especial por los lugares de relevancia que llegó a adquirir en la guerra, despojarse de cualquier escrúpulo religioso no había de ser un tema de poco interés. La llegada de una moral nacionalista ajena a cualquier reticencia cristiana debería ser leída con mayor atención por quien se acerca al nacionalsocialismo, sin confundir los espacios ariosóficos ortodoxos con la progresiva pérdida de un cierto rigor moral que fue dejando de prestar su servicio humanitario. Esa ausencia relativa de lo religioso, sustituida por una invasora creencia en una comunidad que se consideraba provista de los designios de la Providencia, es lo que Rosenberg contemplaba como un camino previo a la completa realización de un gran proyecto de nueva conciencia nacional, que sólo podría ser el resultado de muchos años de formación. Claudia Koonz, en La conciencia nazi, propuso ya una visión muy atractiva de esa representación de la comunidad racial y de sus normas éticas en la mente de los alemanes del Tercer Reich.

Adolf Hitler, Alfred Rosenberg y el Dr. Friedrich Weber durante el Putsch de Múnich

Lo que más interés ha despertado, por lo que he podido leer y escuchar acerca de estas memorias, no es este aspecto, sino el referido al que ahora mismo monopoliza la atención de los académicos y del público no especializado: el nazismo en guerra. Y en la verdadera de las guerras, la que se produce antes de la invasión de la Unión Soviética, con la conversión de Polonia en un inmenso campo de pruebas para el cumplimiento de aquellas tareas que están en el origen de la agresión nazi a sus vecinos del Este. Expongámoslas en su verdadera sustancia. La guerra fue, como demostró Adam Tooze en The Wages of Destruction (2006) –un libro soberbio, indispensable, que sólo ha dejado de traducirse al español entre las lenguas de mayor población en Occidente por caprichos de nuestro mundo editorial–, el modo en que se desplazó la política económica alemana al único lugar en que podía confiarse en la modernización y bienestar del país sin quedar en una posición de dependencia con respecto a los imperios anglosajones: la construcción de un imperio propio en el Este. La pobreza en materias primas, recursos agrarios e incluso población habían impensable que Alemania pudiera alcanzar algún día la oferta de pacto social que permitía la pacificación social en Gran Bretaña o, sobre todo, en Estados Unidos, así como el nivel de enriquecimiento de la clase media o el grado de acumulación de capital de las grandes empresas. El fracaso de la industria automovilística, por ejemplo, no era un problema de técnica de fabricación, sino un asunto de falta de demanda causada por el nivel de vida de los trabajadores germanos. El compromiso para construir una comunidad popular nacionalista sólo podía asegurarse con otro pacto entre el Estado, las clases dirigentes y los sectores populares alemanes: la creación de un gran espacio que permitiera al Reich realizar lo mismo que habían podido llevar adelante potencias con las que no podía disputar en el terreno estricto de la lógica de un gran mercado mundial en el que Alemania nunca podría conseguir una posición equivalente a la de Estados Unidos o Gran Bretaña.  Por tanto, a la dictadura y a la autarquía habían de seguir el imperio y la guerra. La invasión de Polonia era el inicio de una compleja arquitectura social, destinada a la deportación de mano de obra sobrante, a la repoblación por alemanes étnicos, al expolio de dinero y recursos naturales, a la esclavización y al atroz discurso –porque fue práctica y discurso– de la guerra del hambre, destinada a la liquidación de unos treinta millones de rusos como resultado de la pura y simple exportación a Alemania de sus fuentes de subsistencia, como ha mostrado Alex. J. Kay al estudiar la documentación elaborada en la primavera de 1940 por las autoridades militares, del Plan Cuatrienal y del Ministerio de Agricultura.

La premisa se había establecido en Polonia, con titubeos de principiantes, con frustración de expectativas y con anomalías que llevaron a una cierta impresión de desorden administrativo. Rosenberg, como Darré, experimentaron una inmensa frustración cuando el encargado de las tareas de control de la migración fue Heinrich Himmler, nombrado para este fin en octubre de 1939. Pero Hitler nunca dejaba todo el poder en manos de una sola agencia, y procuró que la Wehrmacht, los gobernadores del Estado y las instituciones civiles del partido dispusieran de su propio campo de acción en los territorios ocupados. Pongamos un ejemplo: el control de la movilización de la mano de obra, indispensable para el esfuerzo bélico, no se confió a Himmler, pero tampoco a su feroz adversario Speer, sino a un Theodor Sauckel cuyo mérito principal era –además de no haber leído nunca un solo libro, más allá del Mein Kampf– haber mantenido la autoridad del partido en Turingia desde los años veinte y representar, por tanto, a un sector de la sociedad –el poder local y el vecindario– con el que Hitler deseaba contar ansiosamente.

Las tareas de Rosenberg en el Este, tal como quedan reflejadas en sus diarios –y como pueden extraerse de lo que queda silenciado en tantos años de vacío documental en 1941, 1942 y 1943– fueron del más alto nivel como RM, Ministro del Reich, pero no de un poder exclusivo, lo que era impensable en el sistema del Tercer Reich. Lo que se le procuró fue una instancia desde la que hizo sus conocidas propuestas de un nuevo orden en el que pudieran captarse aquellas etnias radicalmente antirrusas y antisemitas, con la esperanza de crear un cinturón de Estados satélites entre los que destacaría Ucrania como modelo. Pero lo que nos ha llegado en otras versiones más indulgentes, como su espanto ante el trato dado por Erich Koch a la población ucraniana, o su oposición a las actitudes sectarias de quienes veían en todo lo eslavo parte de una misma escoria liquidable, ha de ser revisado. En especial, porque Rosenberg sólo muestra algunas discrepancias tácticas y, sobre todo, ciertas aprensiones personales que proceden de muchos años atrás. Y, sobre todo, porque afirma el proyecto esencial de su Estado Cultural Racial: el exterminio de los judíos y su indiferencia ante la suerte que pudieran correr las poblaciones eslavas de los países bálticos, de Bielorrusia o de Rusia. Es cierto que, según su diario, en la decisiva reunión del 16 de julio de 1941, cuando fue nombrado ministro de los Territorios Ocupados en el Este, ofreció soluciones «políticas», destinadas a salvaguardar la posibilidad de una alianza con los eslavos potencialmente aliados. En este punto, sólo se trataba de asegurar su poder frente al de Himmler o al de Göring, como se demuestra en la dura discusión sobre el nombramiento de Erick Koch como Comisario Político de Ucrania, siendo Gauleiter de Prusia Oriental. Pero Rosenberg silenció todas las decisiones –y el tono en que se tomaron– que se afirmaron en aquella reunión, y que las anotaciones de Martin Bormann –y la realidad de los hechos– nos permitan conjeturar: la cruel decisión de fusilar a cualquier opositor, el trato inhumano a la población ocupada, la visión de todo el asunto como un tema de extracción de recursos con indiferencia de la suerte que corrieran los afectados. Es decir, una operación de limpieza étnica hacia la que partirían en breve tiempo los adustos y abyectos jerarcas del SD al frente de sus Einsatzgruppe. Aún más: en un momento decisivo de la historia, el propio Rosenberg había de afirmar lo que Goebbels puso en su diario: la guerra era una oportunidad, no un inconveniente. El marco de violencia permitía ejercer otra violencia paralela. Para Rosenberg, no se trataba sólo de ese espacio justificante o de ocultación. Era una gran tarea puesta por las necesidades trascendentales de la raza y de la historia ante Alemania. Y era –porque a este dirigente no se le escapaban las cuestiones «menores»– la posibilidad de mantener el esfuerzo de guerra en condiciones de ser alimentado con los recursos de los territorios ocupados.

Tenemos, por consiguiente un libro cuya lectura debe recomendarse, como solía decirse con cierta cursilería ambiental, «calurosamente». Tiene interés como documento parcial. Resulta útil por ofrecernos lo que se dice sin tapujos, pero también lo que se oculta en aspectos tan esenciales como las reticencias de unos u otros adversarios políticos, o las diferencias radicales con Hitler acerca de la creación de Estados satélites. Frustra si no se compara con una literatura de base que nos guíe por un campo minado de siglas, de personajes, de estamentos, de agencias, de responsabilidades, etc., que un lector sin formación puede sufrir con desaliento y tentación de abandonar la lectura. Debe completar lo que ya sabemos –que es mucho– acerca del exterminio. Y, como ya he dicho, para acabar como empecé, debería descubrirnos la importancia de algunos personajes cuya carrera, formación y actitudes diversas habrían de conducirnos al momento en que todo empezó. A aquellos inicios del fascismo tan alejados de la imagen habitual, tardía o de consumación, con la que tendemos a no entender el proceso constituyente de una cultura política, cuya comprensión no puede atender solamente a sus etapas finales.

Ferran Gallego es profesor de Historia contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona. Su último libro es El evangelio fascista. La formación de la cultura política del franquismo (1930-1950) (Barcelona, Crítica, 2014).

06/07/2016

 
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