ARTÍCULO

Mayo del 68: París y Barcelona

 

Al intentar precisar la relación entre la España de la séptima década del siglo XX y los sucesos del llamado «Mayo francés», me viene a la mente la pregunta de Sócrates en el Protágoras acerca del conocimiento y su transmisión: si es preferible emplear un discurso racional, o la narración de una historia. A mi modo de ver, quien ha sido testigo y partícipe (aunque minúsculo) de un hecho histórico tiene recuerdos que merecen ser narrados cuando aportan una experiencia personal que excede la anécdota.

La historia que cuenta Sócrates es de gran alcance: habiendo recibido Epimeteo y Prometeo el encargo divino de dotar de distintas facultades a los seres vivos, quedó el hombre inerme y desprotegido, privado de garras, dientes mortíferos, pelaje grueso y alas, e inferior en resistencia y velocidad en la carrera y el salto. Entonces Prometeo le concedió en compensación la inteligencia y el fuego. Es en verdad uno de los mitos más abarcadores que existen. ¿Podemos aplicar la epistemología del Protágoras a los acontecimientos cuyo cincuentenario conmemoramos en estos momentos? Sin duda y sin desdoro, porque el Mayo francés fue también un mito de nuestra historia reciente, y referido a la más poderosa de entre todas las querencias del ser humano: la de la libertad, la alegría de vivir y el amor. En mi recuerdo de lo que fue aquel París resuenan los versos finales del Prometheus Unbound de Shelley, que por entonces leí: «to be / Good, great and joyous, beautiful and free; / This is alone Life, Joy, Empire, and Victory».

El mensaje que en 1968 atravesaba los Pirineos era muy confuso; ya que no cabía confiar en la versión que de él proporcionaban los medios de comunicación (a pesar de la Ley de Prensa de 1966, la «primavera de Fraga»), era forzoso deducirlo de algo tan ambiguo como pintoresco y entonces novedoso: la profusión de pintadas o graffiti que la seudorrevolución francesa de 1968 iba sembrando. Si intentáramos descubrir en aquel morteruelo ideológico el sistema que en el Acto II atribuía Polonio a los dislates de Hamlet, atisbaríamos un proyecto tan incoherente e impracticable como encuadrable en el etéreo ámbito de «la imaginación al poder»: el rechazo de la mezquindad del alicorto debate reformista, de la democracia parlamentaria, de la propiedad privada, las reglamentaciones y las leyes; la exaltación de la acción callejera y la democracia asamblearia; la nostalgia de la felicidad permanente sin restricciones, del deseo sin cortapisas, de la satisfacción de todos los derechos y necesidades sin contrapartida alguna. Por encima de todo, la erotización del leve riesgo de las algaradas callejeras frente a las cargas policiales, que despertaban una deleitosa adicción a la adrenalina, aunque fuera pretencioso llamarlas acción revolucionaria: «Las jóvenes rojas son cada vez más hermosas», rezaba una pintada en la Facultad de Medicina de París. También el desprecio de la cultura, la educación y la sabiduría en tanto que vías de colonización de la mente en una existencia condenada a la cautividad y el aburrimiento. La denuncia estudiantil del aburrimiento indica bien a las claras que estábamos ante una rebeldía de clase media malcriada, cuyo esnobismo encontraba en el desorden, después del sexo y las drogas blandas, un placebo de fin de semana. Qué decir de quienes reclamaban la revolución total distinguiendo entre el marxismo de Groucho y el de Harpo. Un cóctel de pijiprogresía, añoranza de la Edad de Oro, anarquismo, socialismo utópico, dadaísmo y surrealismo, ilustrado con citas de Rimbaud, Artaud, Nietzsche, Bakunin, Proudhon, Sade, Breton y Fidel Castro. Su himno retrospectivo podría ser «We dont’t need no education», de Pink Floyd. Conste que hablo exclusivamente del movimiento estudiantil; no tengo opinión del obrero.

Antes del estallido de 1968, cuanto viniera de Francia tenía para los españoles de la posguerra el encanto de la fruta de un edén al alcance de la mano. Las décadas de los cincuenta y los sesenta tuvieron en el país vecino una marcada personalidad, que dejó su huella indeleble en la generación a la que pertenezco. Las canciones de Gilbert Bécaud («Nathalie»), Jane Birkin y Serge Gainsbourg, France Gall, Françoise Hardy, Michel Polnareff, Sylvie Vartan y Hervé Vilard («Capri, c’est fini»); el cine de Claude Chabrol, Jean-Luc Godard, Éric Rohmer, Alain Resnais, François Truffaut; actores y actrices como Jean-Pierre Léaud, Brigitte Bardot, Catherine Deneuve, Anna Karina, Emmanuelle Riva, Jean Seberg, Delphine Seyrig. Aquellas canciones y aquellas películas hablaban de la soledad, la tristeza, el ansia de amor, la incomprensión, el abandono y la desesperanza. Jaime Gil de Biedma las evocó magistralmente en «Elegía y recuerdo de la canción francesa», de Moralidades: «tú que cantabas la heroicidad canalla, / el estallido de las rebeldías / igual que llamaradas, y el miedo a dormir solo».

En aquel contexto, Mayo del 68 parecía el lógico segundo acto de una contenida tragedia cotidiana marcada por la frustración y la melancolía

Seguía Jaime Gil recordando que la cifra de la época era un chico y una chica en el quicio de un portal, deseando hacer el amor y la revolución: así lo decía literalmente una de las pintadas parisienses. En aquel contexto, Mayo del 68 parecía el lógico segundo acto de una contenida tragedia cotidiana marcada por la frustración y la melancolía cuyo paradigma eran Jean Seberg y Françoise Hardy, y cuyo revulsivo el fin de la resignación de acuerdo con el mensaje de André Breton en el Second Manifeste (diciembre de 1929), un texto tan ambicioso como utópico y que por eso fue la Carta Magna de Mayo del 68, aunque muchos de sus protagonistas no lo supieran.

En ese documento, el Surrealismo se autodefine como una doctrina y un proyecto totalizador cuyo fin es la liberación del individuo y de la colectividad en todos los terrenos en que actúa la represión: el concepto de realidad, el de ser humano, el de organización social y política, y el reflejo de todos ellos en el pensamiento, el arte y la literatura. Sin la intervención solidaria y revolucionaria en los tres ámbitos del discurso artístico y literario, de la moral y de la política, toda acción revolucionaria puede y debe, según Breton, considerarse incompleta y disidente. Así, en ese documento se acusa tanto a los revolucionarios limitados –los que plantean la revolución en términos exclusivamente materiales y políticos, olvidando la necesaria revolución moral individual y los peligros del arte dirigido– como a los surrealistas limitados –los que a su vez no comprenden que la liberación moral, intelectual y artística no tiene sentido ni éxito si no se modifican las estructuras del poder y la propiedad. Si André Breton no hubiera muerto año y medio antes, hubiera podido constatar el segundo fracaso de un proyecto cuyo carácter utópico, ineludible después del asesinato de Trotski, reconoció en su Ode à Charles Fourier (1947): «Fourier, qu’a-t-on fait de ton clavier / qui répondait à tout par un accord».

Pero, suspendiendo por un momento el aura de los mitos juveniles, ¿qué fue, de hecho, Mayo del 68 al otro lado de los Pirineos? Aquella asonada unió por un momento, y contra naturam, a los estudiantes, los sindicatos y el Partido Comunista Francés. La unión era tan frágil como la historia de amor que narró Juan Marsé en Últimas tardes con Teresa: el encuentro forzado y voluntarioso de las aspiraciones y las frustraciones irreconciliables de aquellos a quienes sólo une una falsa solidaridad. Las causas aducidas por los historiadores han sido el paro, la guerra de independencia argelina, la hartura del régimen presidencialista del general De Gaulle, más el eco de la guerra de Vietnam, la rebelión hippie y beat estadounidense, la esperanza en la nueva versión china del comunismo tras el descrédito del soviético en la invasión de Hungría en 1956 y la «primavera de Praga», aquel mismo 1968. Tras la «noche de las barricadas» en el Barrio Latino, el 10 de mayo, seguida de huelga general y ocupación de fábricas y universidades, la algarada se disolvió, aunque al fin De Gaulle dimitió tras el referéndum de abril del año siguiente.

¿Qué tenía en común todo eso con España? No puedo evitar el asociar a aquella Francia una pintada que vi, por aquel entonces, en Zamora: «Jubilación a los catorce años». No sabría decir si fue obra de la mano necromante de Agustín García Calvo, tan afín a lo que sucedía allende los Pirineos. En primer lugar, España ya tenía, desde la década de los cincuenta, un movimiento estudiantil clandestino que intentaba enfrentarse al régimen, evocado en Muerte de un ciclista de Juan Antonio Bardem y probado una década después por las destituciones de Enrique Tierno Galván, José Luis López Aranguren y Agustín García Calvo, y las renuncias de Antonio Tovar y José María Valverde. Y, en segundo lugar, no siendo España una democracia, la disidencia de los años sesenta hubo de tener entre nosotros una dimensión más modesta. En mi recuerdo, fue un movimiento básicamente universitario, tutelado por el Partido Comunista, tan omnipresente y activo que lo llamábamos «el partido», sin necesidad de más precisión; más tarde supimos del célebre «contubernio de Múnich», mientras hacía su aparición el terrorismo nacionalista regional en el País Vasco y en Cataluña.

En el espacio universitario, los objetivos eran dos. Uno próximo, la abolición de los sindicatos verticales contra los que estábamos en pie de guerra por solidaridad con la clase obrera, a la que impedían la libre negociación de sus derechos laborales, aunque para nosotros fueran inoperantes e irrelevantes. Otro muy general, que sólo podía plantearse como un horizonte lejano: la introducción de la democracia en España. Que se sabía que ese era un objetivo laborioso y no inmediato, impensable fuera de las pequeñas acciones parciales, lo demuestra la letra de una de las canciones más célebres de aquel momento: «La estaca» de Lluís Llach: «Si estirem tots, ella caurà, / i molt de temps no pot durar; / segur que tomba, tomba, tomba, / ben corcada deu ser ja». Es decir, una multitud de liliputienses que intentan derribar un menhir, y lo saben.

Los disturbios de Francia no iniciaron entre nosotros nada que no estuviera ya iniciado, pero su envergadura les impidió tener un eco equivalente en España. Lo demuestra uno de los acontecimientos más relevantes de aquella década de los sesenta, producido en marzo de 1966, más de dos años antes del Mayo francés. Y aquí, retornando a Sócrates, me mantendré en el terreno del mito, pero dando una vuelta más a la tuerca para llegar al mito personal, lo cual me da pie a contar, por primera vez en lo que a mí respecta, lo que sigue.

Entre el 9 y el 11 de marzo de 1966, cuando yo llevaba año y medio en Barcelona, se produjo la fundación del Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad de Barcelona (SDEUB), durante un encierro de estudiantes, yo entre ellos, en el convento de capuchinos de Sarriá: es lo que se conoce como «La Caputxinada». Allí asistimos a debates y conferencias y confraternizamos con artistas e intelectuales que se nos habían unido (Carlos Barral, Oriol Bohigas, Maria Aurèlia Capmany, Salvador Espriu, Agustín García Calvo, José Agustín Goytisolo, Joaquim Marco, Joaquim Molas, Pere Quart, Albert Ràfols-Casamada, Jordi Rubió i Balaguer, Manuel Sacristán, Ricard Salvat, Antoni Tàpies). Dormíamos en el suelo envueltos en periódicos y nos alimentábamos de una papilla de tapioca proporcionada por la cocina conventual. Aquel acto de desafío y resistencia estaba destinado a desprestigiar y reemplazar el oficial «Sindicato Español Universitario», o SEU, y recuerdo parte de la canción que con ese motivo, y adoptando la melodía de la de Hervé Vilard antes citada, entonces muy en boga, «Capri, c’est fini», se coreaba: «No volveremos más / a votar por decreto, / no volveremos más / a aceptar reglamentos. / Ya matamos el seu [«suyo» en catalán], / ya tenemos el nuestro», etc.

La Policia custodia la puerta de entrada del Convento de los capuchinos de Sarriá

La asamblea finalizó con el allanamiento del convento por las fuerzas de orden público el día 11. A quienes nos encontrábamos en el interior se nos retiró el Documento Nacional de Identidad y fuimos objeto de una ficha policial; existe un expediente escrito y gráfico depositado en el Archivo Nacional [sic] de Cataluña desde 1996. Años después, en 1970, dediqué una evocación irónica y tierna a aquel momento en mi poema «Nostalgias sindicales», que recogí en la plaquette titulada Barcelona, mon amourVéanse Joan Crexell, La Caputxinada, Barcelona, Edicions 62, 1987, especialmente pp. 38, 52, 100, 110 y 122-125, y Guillem Martínez, La Caputxinada. Crónica gráfica, Barcelona, Residencia d’Investigadors, 2002. También Antoni Tàpies. Memoria personal, trad. de Javier Rubio Navarro y Pere Gimferrer, Barcelona, Seix Barral, 1983, pp. 401-409; Carlos Barral. Cuando las horas veloces [Memorias III], Barcelona, Tusquets, 1988, pp. 88-94. La visión de contexto más amplio la ofrece Josep Colomer i Calsina en Els estudiants de Barcelona sota el franquisme, Barcelona, Curial, 1978, 2 vols., especialmente I, pp. 177 a final. Veinte años después, los periódicos recordaron aquellos días: por ejemplo, El País, 9 de marzo de 1986, p. 24. Mi nombre («Guillem Carnero Abad» [sic]) se encuentra en la página 169 del libro de Crexell, y como «Guillem Carnero» en el de Colomer i Calsina (I, p. 248, y II, p. 152)..

En «La Caputxinada» participó Manuel Sacristán, notorio miembro del Partido Comunista de Cataluña y profesor de la Facultad de Económicas donde yo estudiaba, y a cuyas clases había asistido con admiración durante el curso 1964-1965. El contrato como profesor interino no le fue renovado el curso siguiente, siendo reemplazado por alguien a quien los estudiantes teníamos por miembro del Opus Dei. Dado el ambiente político de aquel entonces y el gran carisma de que disfrutaba el profesor Sacristán, un grupo de estudiantes que podríamos llamar políticamente activos, uno de los cuales era yo, irrumpió, un mes después de «La Caputxinada», en el aula donde impartía clase el sustituto de Sacristán, y uno tras otro le arrojamos a la cara huevos y monedas de una peseta. Con el antecedente de mi «fichaje» policial a la salida del convento de Sarriá, las consecuencias no se hicieron esperarJosep Colomer i Calsina, op. cit., I, pp. 246-248.. Un decreto de 13 de enero de 1956 sancionaba a los estudiantes, según la mayor o menor gravedad de sus faltas, con la prohibición, permanente o temporal, de cursar estudios, según los casos, en los siguientes centros docentes: todos los de España; todos los del distrito en que se hubiera cometido la falta; y el concreto centro en que la misma se hubiera cometido. Tras ello, quedaban sanciones menores: pérdida de matrícula, de curso, y de convocatorias de examenJoan Crexell, op. cit., pp. 49-50..

A fines de 2007 solicité al Archivo Histórico de la Universidad de Barcelona la documentación tocante al expediente disciplinario que se me incoó y las sanciones que sufrí. Obtuve así la papelada del expediente disciplinario iniciado en abril de 1966. El pliego de cargos me acusaba de «haber intervenido en los desórdenes académicos ocurridos en la Facultad de Ciencias Políticas, Económicas y Comerciales los días miércoles 13, jueves 14 y lunes 18 del presente mes, en los cuales se ofendió de palabra y obra a los compañeros que deseaban asistir normalmente a clase, y al propio profesor», todo lo cual constaba por haber hecho su aparición la fuerza pública y haberse anotado los carnets de identidad de los alborotadores. Dicho pliego daba tres días, a partir del 22 de abril, para presentar alegaciones. Las presenté gracias a la falsa coartada que me proporcionaron, con su declaración y firma, en el escrito de exculpación de fecha 23 de abril, varios profesores y amigos de aquella Facultad de Económicas: Juan Hortalà Arau (catedrático de Teoría Económica) y su ayudante, el profesor Pedro Sitjá; Julio Busquets Bragulat (profesor adjunto de Teoría del Estado y conocido miembro de la clandestina y antifranquista Unión Militar Española), y un bedel llamado José Plasencia. Así pude zafarme del mayor castigo (la expulsión del distrito universitario, que recayó sobre treinta y siete compañeros), pero (como otros veinticuatro) no del más leve, el nuevo pago de las tasas del curso académico 1966-1967Joan Crexell, op. cit., p. 109, y Josep Colomer I Calsina, op. cit., I, pp. 246-248.. El sobreseimiento se produjo el 2 de mayo, y la noticia fue apareciendo reiteradamente en la prensa de MadridEl jueves 5 de mayo de 1966 ABC dedicaba las páginas 83 y 84 al artículo, ilustrado con un dibujo de Mingote, titulado «Sesenta y un estudiantes de Barcelona, sancionados», donde mi nombre venía mencionado. También Informaciones, 2 de mayo, p. 2, y 4 de mayo, p. 2, y Pueblo. 3 de mayo, p. 9, 4 de mayo, p. 10, y 5 de mayo, p. 9..

Pero aún queda por contar algo que responde plenamente al espíritu de Mayo de 1968: por qué puse en peligro mi futuro de estudiante metiéndome en aquel convento al que nadie me había invitado, ya que lo hice motu proprio, a título personal y sin formar parte de grupo político alguno. La respuesta está, una vez más, en el poema de Jaime Gil de Biedma: «el chico y la chica / entrelazados, de pie en un quicio oscuro», el emblema de amor y revolución que fue el signo de aquella época. En mi caso, una revolución quimérica unida a un amor no cumplido, al que yo hubiera puesto como música de fondo la canción «Sea of Love», cantada por Tom Waits.

La minidemocracia clandestina que funcionaba en la Universidad de Barcelona nos llevaba a elegir de forma asamblearia a los delegados de curso, como alternativa a los impuestos por el seudosindicalismo del régimen. Yo cursaba entonces simultáneamente dos licenciaturas: la de Ciencias Económicas y la de Filosofía y Letras. Creo que fue en segundo curso de Económicas donde elegimos a una delegada de la que me enamoré a primera vista: Neus Porta Tallada. Mi primer amor, ignorado y no correspondido, de hace más de cincuenta años no puede empañar su memoria ni tampoco la de su compañero y esposo, Francisco Fernández Buey, de cuya existencia no supe hasta después de «La Caputxinada». Siempre los respeté y admiré, y lamenté su muerte prematura, la de ella hace casi siete años, la de él casi seis. El caso es que yo llegué al convento de Sarriá dispuesto a poner mi sacrificio a los pies de ella, que a la entrada me ordenó airadamente que me fuera, supongo que porque yo no era comunista de carnet. Pero me quedé. Nunca la volví a ver.

El balance de aquel episodio y aquellos años podría partir de otro poema de Jaime Gil de Biedma, «Ribera de los alisos», evocando «la melancolía que de entonces me queda», pero haciendo una distinción en cuanto al rencor, la conciencia engañada y el resentimiento que no existieron. Nadie me engañó y a nadie guardo rencor. Me autoengañé como tantos otros, y creo que de ese autoengaño no hemos de avergonzarnos, porque fue signo de la generosidad y la nobleza propias de la juventud. Luego sí nos han engañado, sobre todo a los que apostaron alto y pusieron su vida en juego; yo no fui uno de ellos, ya que salí bien librado y escarmentado. Sería interminable enumerar la lista de decepciones que los últimos cuarenta años de vida política española han llegado a producir en quienes creyeron que con el fin de la dictadura se iniciaba una nueva Edad de Oro. Pero es un asunto que introduciría una pincelada de acritud improcedente aquí.

Lo último que debo preguntarme es qué relación tiene Mayo de 1968 con la antología de José María Castellet, Nueve novísimos poetas españoles (1970), que algunos han llamado «generación del 68» o «del Mayo francés». A ese respecto hay que introducir varias matizaciones.

Es, sin duda, la proximidad entre 1968 y 1970 lo que, un tanto irreflexivamente, ha llevado a esa identificación, cuando los primeros libros de varios poetas de la antología de Castellet son anteriores a 1968: los de Gimferrer (1963 y 1966), Antonio Martínez Sarrión, Manuel Vázquez Montalbán y yo mismo (1967). Se podría vincular al clima de los años sesenta tanto el Mayo Francés como la antología, pero en modo alguno establecer una relación causa-efecto entre el primero y la segunda.

Desde el punto de vista ideológico, la cuestión es compleja. En España, la ausencia de libertades democráticas no admitía la posibilidad de un movimiento insurreccional declarado como el de Francia, ni parece que ese movimiento se planteara siquiera como una posibilidad en los ambientes adversos al franquismo; el objetivo del terrorismo de los años sesenta, en casi todos los terrenos, era la reivindicación nacionalista regional, cuyo carácter semi, seudo o prerrevolucionario es dudoso, aunque implicara la disolución del régimen franquista.

La generación «del 68» adoptó la mejor actitud ante el franquismo: ni la de adherirse a él, ni la de seudocombatirlo, sino la más drástica que existe como rechazo: ignorarlo

Jaime Gil de Biedma publicó en el semanario neoyorquino The Nation de 1 de marzo de 1965 un ensayo titulado «Carta de España (o Todo era Nochevieja en nuestra literatura al comenzar 1965)», luego recogido en El pie de la letra (1980). Por su fecha, por la significación de su autor en el mundo de la izquierda y de la poesía social española, y por su proximidad a José María Castellet y su influencia en su pensamiento, ese texto es enormemente significativo para interpretar el decenio de los sesenta y los fenómenos en él ocurridos. Comienza señalando que los españoles, tanto la burguesía empresarial y plutocrática como la izquierda proletaria, han dejado de creer en la posibilidad de que el general Franco sea derrocado, porque está haciéndose evidente que el franquismo «es un régimen económicamente progresivo». En cuanto a los primeros, se ha implantado el Plan de Estabilización de 1959, ha terminado la autarquía, la industria se ha dinamizado, el turismo está aportando divisas. En cuanto a los segundos, aumenta el nivel de vida y la oferta de puestos de trabajo en el mercado interior, y quienes lo deseen tienen expedita la migración laboral a Europa. De un modo u otro, la clase obrera tiene a mano su tajada gracias al ritmo ascendente de la economía, «¿Quién va a entrometerse –escribe Jaime Gil– en una agrupación política clandestina cuando se puede meter en un tren? ¿Quién se va a tirar al monte cuando se puede ir a Alemania?» Los españoles han renunciado a la espera consolatoria de una reversión del desenlace de la Guerra Civil; «la prosperidad [...] ha dado lugar a una desradicalización de la clase trabajadora». A fuerza de haber perdido la esperanza en la posibilidad de una revolución, han dejado de desearla. «No sería extraño ‒concluye Jaime‒ que dentro de muy poco se desencadenase una intransigente reacción contra la literatura social que ha predominado [...] durante los últimos quince años. Entre los poetas más jóvenes ese movimiento ya empieza a dibujarse». En este momento, Jaime cita el diagnóstico de José Ángel Valente a cuento de que la oposición de los escritores de izquierda ha quedado limitada a un «formalismo temático», un repertorio de «gestos rituales y exorcismos». Aunque no lo mencione por su título, está refiriéndose a «Tendencia y estilo», un texto breve publicado por Valente en la revista Ínsula de noviembre de 1961, cuya conclusión suena a réquiem de la poesía social española de posguerra: «No es difícil que una promoción de escritores caiga en el bache que Lukács acusaba en 1936 con respecto a ciertas manifestaciones deficitarias del realismo, en las que la idea histórica y socialmente justa no alcanza una expresión literaria convincente».

En otras palabras: ni la burguesía empresarial, ni la clase proletaria, ni el contexto internacional, ni las Naciones Unidas iban a dar fin, por la fuerza o por otras formas de presión, al franquismo. Iba a durar lo que de sí diera, y a desembocar en lo que deseara y permitiera la sucesión que Franco se había buscado. Vistas así las cosas, la literatura llamada «social», de protesta y denuncia, quedaba privada de razón de ser y de continuidad; no había tenido ninguna influencia efectiva sobre la sociedad, y dejaba de tener sentido el inoperante e innecesario sacrificio de la estética en nombre de una quimérica comunicación mayoritaria sin objeto.

Yo me atrevería a dar una vuelta más de tuerca al razonamiento de Gil de Biedma y Valente: la generación poética a la que pertenezco, la llamada «del 68», «del Mayo francés» o «novísima», adoptó la mejor actitud ante el franquismo: ni la éticamente inaceptable de adherirse a él, ni la utópica y estéril de seudocombatirlo, sino la más drástica que existe como rechazo: ignorarlo. Ignorarlo, claro, sabiendo que su deseable fin estaba próximo, y no dependía de la literatura.

José María Castellet, el ideólogo oficial del compromiso literario en los años sesenta, el compilador de aquellos Veinte, primero, y Un cuarto de siglo de poesía española, luego, donde se rechazaba el llamado simbolismo en favor del realismo y se arrojaba a las tinieblas exteriores a Juan Ramón Jiménez, realizó en 1970 una insólita pirueta ideológica y estética rehabilitando lo que había condenado. Se ha dicho y repetido que la antología marcó la emergencia de una generación que pretendía dar la puntilla a la poesía social, lo cual es una simplificación y una inexactitud. Lo primero, porque se trataba de dar una alternativa a la poesía confesional primaria, tanto si la confesión era un mensaje doctrinario como autobiográfico neorromántico. Lo segundo, porque la poesía social había fallecido ya, y su defunción había sido certificada por la vanguardia de quienes la habían practicado, proclamando que la coartada ideológica para escribir con torpeza había caducado. Por eso, Castellet, Gil de Biedma y Barral nos comprendieron y apoyaron. Si la caricatura que de nosotros han querido hacer algunos tuviera sentido, no habríamos recibido el apoyo de la izquierda, ni la izquierda nos habría promocionado.

¿Podemos, por lo tanto, considerarnos «la generación del Mayo francés»? Sí en el deseo inmoderado de leer, de viajar, de ver cine, que tan certeramente ha descrito Vicente Molina Foix en su reciente novela El joven sin alma, y en el vivir el amor fuera de las tutelas ideológicas de la Iglesia y del conservadurismo burgués represivo. No en el de poner en práctica de forma violenta una quimérica revolución que la sociedad española no quería; sí en el de esperar y desear que el curso natural de los acontecimientos llevara a España a ser una democracia europea normalizada, en cuyo seno la literatura pudiera descargarse del fardo de la acción política clandestina, autista y abortada, y evolucionar por sus fueros en total libertad.

Con todo, es verdad que debimos algunos de los mejores momentos de nuestra juventud a lo que rezaba una de las pintadas del Mayo francés: «Cuanto más hago la revolución, más deseo hacer el amor». Y si no somos ya los mismos de hace cincuenta años, aún nos emociona oír alguna de las canciones de aquel entonces.

Guillermo Carnero es poeta y profesor honorario de la Universidad de Valencia. Sus últimos libros son Fuente de Médicis (Madrid, Visor, 2006), Poéticas y entrevistas (1970-2007) (Málaga, Centro Cultural Generación del 27, 2007), Cuatro noches romanas (Barcelona, Tusquets, 2009), Estudios sobre narrativa y otros temas dieciochescos (Salamanca, Universidad de Salamanca, 2009), Una máscara veneciana (Valencia, Instituciò Alfons el Magnànim, 2014) y Regiones devastadas (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2

16/05/2018

 
COMENTARIOS

Javier Pérez Escohotado 16/05/18 17:39
Admirado Guillermo: puntualísimo comentario el tuyo, como lo otros que has publicado en la Revista de Libros. Compartiendo la admiración por Gil de Biedma, "Elegía y recuerdo de la canción francesa" la escribió precozmente en 1962, lo que explica lo expuesto en el artículo que citas en The Nation del 65.

Guillermo CARNERO 17/05/18 01:35
Gracias, Javier. Te agradezco tu generosa opinión. Compartimos recuerdos agridulces de aquellos años tan intensos. Un abrazo grande. Guillermo

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