ARTÍCULO

Economía para todos, incluso intelectuales y políticos

 

Cuenta José Pla en la segunda edición (1957) de su Madrid 1921, un dietario que yendo en tren camino de Madrid con su amigo Joan Crexells, reflexionando sobre los paisajes que habían visto y las incidencias del viaje, estuvo tentado de decirle: «Hay que ponerse a estudiar economía…No entendemos nada de lo que está más allá de nuestras narices». Ya fuera una reflexión del Pla joven de los años 20 o (como es altamente probable) un añadido posterior del Pla maduro -gran amigo y «discípulo particular» de Juan Sardá, catedrático de Teoría Económica y fundador del moderno Servicio de Estudios del Banco de España- se trata de una preocupación muy rara entre escritores y políticos, y no sólo, en España, una muestra llamativa de la extraordinaria inteligencia de su autor.

Considerar irrelevante o asumir de forma displicente o desafiante la propia ignorancia económica ha sido, a lo largo del siglo XX, y lo sigue siendo, la actitud de muchos políticos e intelectuales que opinan sobre los males de la sociedad (casi siempre, la capitalista) y sus remedios. Esta actitud no sólo no se ha corregido con el descrédito del marxismo, sino que se ha acentuado, como si se dijera: si el catecismo marxista –que tenía una teoría económica detrás, aunque fuera fallida- no es válido para entender y guiar la evolución social e histórica, entonces, nada puede serlo. Sería muy larga, casi interminable, la lista de escritores, científicos, políticos de todos los partidos, filósofos, jerarquías de todas las Iglesias, famosos periodistas y artistas de todas las disciplinas que han sido analfabetos económicos, ignorantes de que lo eran o a los que su analfabetismo, aun reconocido, no ha causado preocupación, ni ha sido obstáculo para que emitiesen opiniones tajantes sobre las más enrevesadas cuestiones económicas.

Evidentemente, la historia del siglo XX, con sus tragedias y la experiencia del sistema soviético y sus imitadores, ha influído, y mucho, tanto en las críticas como en la defensa del capitalismo liberal, que tiene hoy más defensores y menos enemigos mortales que en los años que precedieron y siguieron a la II Guerra Mundial. Pero el debate sigue abierto y la crisis que ahora atravesamos ha contribuído a avivarlo y a darle nuevas orientaciones.

¿Qué fuerzas actúan y a través de qué mecanismos para producir más empleo o más paro, inflación alta o baja, mucho o poco ahorro, mayor o menor productividad, mayor o menor crecimiento, más alto o más bajo nivel de vida? ¿Entendemos las diferencias entre las limitaciones del capitalismo liberal y las de otras formas de organización económica que confían menos en el mercado? En defensa del Capitalismo, Diálogos Filosóficos sobre el Mercado y el Estado (2009), de José L. Feito, y La economía explicada a Zapatero y a sus sucesores (2011), de Pedro Schwartz, son dos estupendas introducciones al análisis económico que nos pueden ayudar a responder a esas preguntas y a entender otras cuestiones, algunas alejadas, aparentemente, del día a día económico.

El capitalismo liberal y otros sistemas económicos

Los Diálogos Filosóficos entre el defensor del capitalismo, Liberto, y el enemigo, Fabiano, tratan del modelo de competencia perfecta, que nace con Adam Smith y se sigue elaborando y modificando casi hasta hoy, aunque su armazón analítico venga, en lo fundamental, del último tercio del siglo XIX y primera mitad del XX. Este modelo –que es algo así como el alma de la teoría económica- explica las decisiones de los agentes económicos y sus resultados agregados en el marco de la economía de mercado, definida por dos características esenciales: propiedad privada de los medios de producción y libertad de consumidores y empresas para tomar decisiones.

Empezando por el principio: dado que los recursos nunca son suficientes para cubrir todas las necesidades y todos los deseos de todos los individuos, cualquier sistema económico debe decidir, de un modo u otro, las cosas que no se van a producir, los fines de los individuos que no se van a satisfacer. En el capitalismo, son las decisiones de individuos y empresas, no las organizaciones administrativas o los poderes estatales, quienes determinan lo que se produce y, por consiguiente, lo que no se produce o se produce menos.

Una segunda diferencia importante entre el capitalismo y otros sistemas económicos, señala Feito, «»no es la mayor o menor desigualdad de rentas sino el mecanismo que genera dicha desigualdad. En otros sistemas, el mecanismo puede ser la asignación de rangos infranqueables a la cuna donde se nace o la pertenencia a un determinado clan o partido político. En el capitalismo, el mecanismo que genera la desigualdad es la persecución de la eficiencia…la capacidad [de los individuos] de satisfacer las demandas de los demás… [de forma que] la desigualdad se pone al servicio del conjunto de la sociedad”.

Tercera idea: la confianza en la superioridad del capitalismo liberal respecto a otras formas de organización económica no se fundamenta en la creencia de que las decisiones de individuos y empresas son siempre óptimas para su bienestar, o en el postulado de que el capitalismo produce más y «mejor» felicidad individual que otras formas de organización económica. Los defensores del capitalismo pueden aceptar, dice Feito, «las deficiencias del paradigma del agente racional» del modelo de competencia perfecta, algo que ha sido objeto de mucha atención en las últimas décadas y que ha proporcionado argumentos para el activismo intervencionista de los poderes públicos. En realidad, «el argumento fundamental a favor de la iniciativa privada y de los mercados no reside en su perfección, sino en que son mecanismos menos imperfectos que la iniciativa pública y el Estado»; y, en todo caso, como le dice el liberal Liberto al anticapitalista Fabiano, la irracionalidad y el error «afectan también a las decisiones políticas e igualmente a funcionarios y políticos que, después de todo, son también humanos». Y en cuanto a la capacidad del capitalismo para producir felicidad, el punto de vista liberal es –parece que la historia del siglo XX lo justifica de modo contundente- que el sistema económico y político no puede, ni debe plantearse como objetivo hacer a los individuos felices, para lo cual tendría que definir el contenido de la felicidad que se pretende, «sino facilitarles el mayor rango de opciones y la mayor libertad posibles para que cada cual persiga la felicidad a su manera».

Algo que hay que subrayar es que el capitalismo liberal, aunque está en contra de muchas intervenciones públicas que considera innecesarias o dañinas para el bienestar y la libertad, no es, en absoluto, una utopía libertaria, ni está en contra del Estado, porque lo necesita: «De la misma manera que no puede haber capitalismo si el Estado asfixia la propiedad privada, tampoco lo habrá si no cumple… la responsabilidad esencial de velar por la seguridad y demás dimensiones de los derechos de la misma… si no existe un Estado…capaz de proteger la propiedad privada y garantizar el cumplimiento de los contratos individuales y de la ley en general, además de llevar a cabo algunas otras tareas esenciales que puede desempeñar más eficazmente que el sector privado».

Estas cuatro ideas ayudan a entender el capitalismo y sus diferencias con otros sistemas económicos. Pero el corazón de la defensa del capitalismo liberal es la convicción de que es el sistema más eficiente, el que puede darnos más libertad y mayor bienestar personal y social, evitando fantasías y experimentos que han acabado siendo criminales y trágicos o, en el mejor de los casos, groseras máquinas de opresión y despilfarro. Es el más eficiente porque, a través del mercado, es decir, a través de la interacción de infinidad de centros de decisión independientes, el sistema de precios tiende –aunque no sea un mecanismo perfecto, pero sí menos imperfecto que cualquier sistema administrativo- a «asignar los recursos productivos de manera que se obtenga la mayor satisfacción posible de las necesidades y deseos de los individuos», lo que no significa, desde luego, ni plena satisfacción de cada individuo, ni igualdad en la satisfacción o en la insatisfacción.

Las leyes de la economía

Schwartz empieza su libro diciendo que entender las leyes que regulan la economía es más difícil de lo que muchos creen porque son, con frecuencia, contra-intuitivas, y el sentido común no ayuda demasiado a descubrirlas o entenderlas. Y algo parecido podría decirse de las consecuencias de intentar sustituir o modificar los engranajes del mercado por otros, diseñados por la política y la ingeniería social. Aunque el libro de Schwartz es muy diferente en contenido y estilo del de Feito, su objeto es, en realidad, el mismo: explicar conceptos básicos del análisis económico y justificar por qué el mercado es el mejor procedimiento de que disponen las sociedades civilizadas para asignar los recursos y lograr el máximo posible de bienestar.

En palabras del autor, «no es un libro de recetas para salir de la crisis, ni un libro de autoayuda nacional…Es un libro de explicación de las leyes de la economía, esas leyes cuyo olvido conduce a desastres como el actual». Está estupendamente escrito, es divertido y, a la vez, riguroso. Igual que el de Feito, está pensado para ser leído con provecho por no economistas, intelectuales alejados de la economía y políticos de todos los colores; si hay algún tecnicismo, se explica siempre de forma accesible a cualquiera.

Muchos lectores recordarán de dónde viene el título. Aprovechando un famoso intercambio, conocido por la indiscreción de un micrófono inoportunamente abierto, entre el entonces (2003) aspirante a presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero, y su colaborador, Jordi Sevilla, Schwartz divide su libro no en capítulos, sino en «tardes»: las dos que Zapatero –que es aquí el paradigma de los políticos poco duchos en la materia- necesitaba para aprender economía básica, y una más, de propina. La primera «tarde», muy didáctica, se ocupa de la crisis actual; pero nos interesan más las otras dos, dedicadas, la segunda, a «lo que hay que olvidar», una selección de ideas erróneas de famosos economistas y políticos; y la tercera, a lo contrario, a «lo que hay que aprender y no olvidar», otra selección de ideas económicas importantes, pero esta vez, correctas.

Las seis ideas erróneas seleccionadas por Schwartz son: 1) que la expansión monetaria y la inflación contribuyen a animar el crecimiento económico (John Law, 1671-1729); que los recursos naturales están en inminente peligro de agotamiento por el crecimiento de la población y la codicia del hombre moderno (Malthus, 1776-1834); que las leyes de la historia llevan al capitalismo hacia el monopolio y lo abocan a su desaparición, con crisis cada vez más severas ( Marx, 1818-1883); que la distribución de la renta puede y debe realizarse por la política, según las normas de la justicia (J. S. Mill, 1806-1873); que la armonía social exige el tipo de prestaciones públicas que nacen en la Alemania de Bismarck y se generalizan en el siglo XX constituyendo el «»Estado del Bienestar”; y que el gasto público, incluso improductivo, es un instrumento eficaz para combatir el desempleo y salir de las recesiones (Keynes, 1883-1946).

Entre las lecciones de la «tercera tarde», dedicada a las buenas ideas, destacamos: que la libre competencia no es un juego de suma cero en el que lo que unos ganan necesariamente otros lo pierden, sino de suma positiva, en el que todos podemos ganar a través de la ampliación del mercado; que el dinero no es neutral y que una mala política monetaria que lleve a la inflación o a la deflación destruye riqueza y bienestar; que no hay una relación simple entre consumo y renta disponible; que no existe una tasa de paro que asegure la estabilidad de precios; que los ciclos económicos son la respuesta del mercado a perturbaciones reales (incluyendo episodios de sobreinversión improductiva o ineficiente debido al mantenimiento de tipos de interés muy bajos o negativos); que hay que evitar los «errores anticíclicos», entre otros: pensar que es el consumo, no la inversión, la que gobierna el crecimiento; que el crecimiento económico no tiene, hoy por hoy, más límite insalvable que el conocimiento; que hay tres conceptos económicos o tipos de «cálculo» fundamentales para la toma de decisiones: el coste de oportunidad (el valor que imputamos a la más valorada de las opciones rechazadas), el «desequilibrio general» (cualquier sistema económico es una trama de conexiones e interacciones, y es fundamental anticipar las consecuencias no deseadas que nuestras decisiones producen en esa trama), y el descuento de valores futuros, lo que significa acercar al presente la evaluación de «un bien o mal futuro, reduciendo su valor tanto más cuanto más valor relativo concedamos al presente», un tipo de cálculo financiero cuya lógica puede generalizarse para comparar, a través de su valor monetario imputado, decisiones que se producen en diferentes momentos de tiempo; y, finalmente, que muy diversos bienes considerados «públicos»” pueden ser suministrados eficientemente por el mercado.

Como escribe Feito, las leyes económicas tienen sus cimientos en la escasez de recursos y en la naturaleza humana; y como dice Schwartz, no hay leyes económicas «conservadoras» y leyes económicas «progresistas» que podamos elegir según nuestra ideología. Cada régimen económico tiene sus consecuencias y la ciencia económica –aunque no sea una ciencia exacta- nos puede ayudar a entenderlas y, al menos aproximadamente, predecirlas. Pero, claro, podemos preferir la ignorancia que tanto inquietaba ¡y con razón! a Pla.

26/05/2012

 
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