ARTÍCULO

La fragata-mundo de Melville

Alba Editorial, Barcelona, 663 págs.
Trad. de José Manuel de Prada Samper
Pre-Textos, Valencia, 192 págs.
Bartleby y el escribiente seguido de tres ensayos sobre Bartleby de Gilles Deleuze, Giorgio Agamben y José Luis Pardo
 

La larga sombra de Herman Melville (1819-1891) en la literatura contemporánea invita a pensar qué tiene este narrador que propicia tantos homenajes. Escribiendo en plena mitad del siglo pasado, Melville esparce una visión espiritual y desolada del mundo que se proyecta hacia la modernidad con el ímpetu de una pesadilla que regresa una vez y otra. Es también autor de consumo de la juventud, gracias a las eficaces crónicas de aventuras que encontramos en Moby Dick, Taipi o Benito Cereno. Pero son las obras de la veta profunda, en la que también incluiremos la historia de la ballena blanca, las que reclaman nuestra atención: historias como las que aparecen en Las Encantadas, relato de unas islas sembradas de tortugas marinas; Bartleby, metáfora de la alienación moderna; o Pierre or the Ambiguities, fascinante fresco de la desintegración de una personalidad debido al matrimonio entre hermanos ilegítimos. La exhortación «¡Oh, Bartleby! ¡Oh, humanidad!» resume la temperatura de este hombre torturado cuya obra remite a una necesidad de contar mediante símbolos y a una cierta pulsión profética. Melville, como Poe, moriría rodeado de pobreza y amargura, después de haber extraído de su tenebrosa mina algunas pepitas de oro que serían heredadas por las generaciones venideras y utilizadas en la fabricación de sus abalorios narrativos. Pensemos en un Álvaro Mutis, por ejemplo.

Ahora se traduce una obra desconocida en castellano, White Jacket (1850), y a la pregunta de si se trata de un rescate de algo desechable hemos de contestar que de ningún modo. Antes al contrario, en este libro, escrito un año antes que Moby Dick (y dos antes que el citado Pierre, lo cual arroja tres obras extensas y complejas publicadas en el corto período de tres años), vamos a poder contemplar con mayor claridad las virtudes de nuestro autor: una fantástica intuición en el mantenimiento de la tensión narrativa, máxime cuando se trata de un vademécum de la marina de guerra de la época; esa aguda inteligencia para abstraer, sintetizar, resaltar los más variados elementos; una sintaxis limpia que sustenta una prosa elegante y clara, de vigoroso ritmo, de increíble eficacia estilística; una concepción moral de la vida y la sociedad que regala estupendas diatribas en contra de la flagelación, el horario de comidas o los absurdos ceremoniales marinos; un, en fin, perverso sentido del humor, que parejo a sus inauditas facultades de observación, da tono festivo a un libro que se puede recomendar con toda garantía.

Si Melville pretendió hacer un ejercicio de estilo con su pizca de denuncia, nostalgia y celebración, le salió una buena novela, moderna y nada convencional. ¿Acaso no tiene su narrador simbólico, ese marino de la chaqueta blanca que no consigue en sus dos años de travesía por todos los mares, pintar de negro esa prenda al objeto hacerla impermeable a las inclemencias del mar y de sus semejantes? ¿Qué son ese culto gaviero mayor, ese capitán borrachín, ese maestro de armas o ese cirujano desaprensivo sino redondos personajes de un drama vital, más hondo y veraz que la propia realidad? ¿Cómo no ver en ese barco, el Neversink, el mundo, todo el mundo, desde las cofas hasta los moluscos del casco, desde el orgullo estrafalario del comodoro hasta los hombres encargados de las bodegas más profundas? Melville se sirve de las condiciones de vida de los marinos para, mirando por el revés del catalejo, pintar la injusticia, el temblor, la absoluta precariedad y maravilla de la vida en sociedad simbolizada por esos cuerpos tendidos en las hamacas, envueltos en sudor, una noche de calma en el trópico.

«Un buque de guerra se parece a una casa de tres pisos en una parte sospechosa de la ciudad, con un sótano de profundidad indefinida, y una serie de sujetos patibularios que miran desde las ventanas». Melville refiere anécdota tras anécdota y tiene la sagacidad de demorarlas –dejarlas suspendidas, a ellas y al lector– con precisas informaciones sobre la organización del buque o digresiones sobre tal o cual aspecto militar, legal o geográfico, haciendo que el lector disfrute tanto de unas como de otras y además espere con ilusión el desenlace de las pequeñas historias. Los casi cuatro capítulos dedicados a la operación de un gaviero en alta mar constituyen un modelo de relato difícil de superar. Aquí Melville convence más aún que Conrad, Faulkner o Chéjov. La muerte a la que destina el cirujano jefe a ese pobre marinero, a consecuencia de la autoridad que desea imponer en la reunión de cirujanos de la flota, es contada con tal exquisitez y humor negro que desata la total entrega del lector. Sí, no hay duda que el marino, como el novelista, «necesita buena memoria», pero más aún necesita del sentido del ritmo y del sentido de la proximidad del lector. Chaqueta Blanca declara ya al principio que es «hombre de humor meditabundo», como corresponde al gaviero que desde la cofa contempla la sociedad embarcada en un océano indescifrable. Aunque también es un marino como los otros y como tal nos cuenta sus peripecias: pensando que el lector es su alter ego y que no va a contarle sino lo que le es precioso, interesante, humano. «Fuera de nosotros mismos no hay misterio», dice Chaqueta Blanca.

En esa fragata que alberga a más de quinientos hombres, el escritor americano ve quiénes están en el barco y quiénes quedan fuera. El rumbo hacia el sur del Neversink, su paso por el cabo de Hornos, sus pertrechos para la batalla naval, el incidente en Perú con el gaviero extraviado, marcan el papel de la Armada americana en el continente. La doctrina de «patio trasero» ya había empezado su andadura. Pese a la lucidez con la que nuestro autor contempla la guerra, el papel mesiánico de América está bien afirmado en su corazón. «Hay ocasiones –afirma el cronista de la chaqueta blanca– en que a América corresponde crear precedentes y no obedecerlos». Y luego remacha: «Casi por primera vez en la historia de la tierra, el egoísmo nacional es una filantropía sin límites, pues no podemos hacerle un bien a América sin al mismo tiempo dar limosna al mundo». Pero no son palabras estas de un panfleto político sino de una cruenta profecía. En cualquier caso, aquí el nivel simbólico sobrepasa la vanguardia de las naciones. Con Melville nos hallamos en alta mar a bordo del buque de guerra. Sabemos que «vista desde fuera, nuestra embarcación es una mentira». Es casi indiferente si estamos o no en tiempo de paz porque vamos lastrados con la pólvora de nuestras conciencias y «navegamos con órdenes selladas» en esta «fragata-mundo».

Y a órdenes selladas es, por cierto, a lo que obedece Bartleby. Nadie sabe quién es ni qué desea. El juicioso abogado que relata la historia sabe que apenas aclarará nada con su narración, excepto descargar su conciencia acerca de un escribiente que no era nadie y que se escudaba tras una fórmula extraña –I would prefer not to, preferiría no hacerlo– cuando se le pedía que cumpliese con su trabajo o cualquier otra cosa. Bartleby el escribiente fue subtitulado por Melville «Una historia de Wall Street», quizá pensando en el muro que interpone el protagonista entre su privacidad y el mundo. Se trata de una novela corta en apariencia cómica, dada la caracterización de los dos personajes secundarios, Turkey y Nippers, compañeros de escribanía de Bartleby. Pero la comicidad se desvanece cuando comprendemos que no tiene explicación (todo chiste se basa en su significado), pues el propio destino del escribiente es inescrutable.

Resulta curioso que los tres ensayos interpretativos del personaje reunidos en el volumen Preferiría no hacerlo adopten una perspectiva filosófica, y ninguno se limite a explicarlo en tanto que narración. Al parecer, Italo Calvino pretendía adoptar esa perspectiva, pues sobre Bartleby iba a versar su última conferencia en Harvard poco antes de que le sobreviniera la muerte. Calvino pensaba disertar sobre «la coherencia» (consistency) que presentan el personaje y la novela misma, absoluta coherencia que prefigura la que encontraremos después en La metamorfosis de Kafka. En cualquier caso, es saludable que Gilles Deleuze empiece asegurando que «Bartleby no es una metáfora del escritor, ni el símbolo de nada». Para el filósofo francés, se trata de un nuevo Cristo que viene a anunciar la fraternidad universal originada en América, por contraposición a la piedad cristiana y a la sociedad paternalista. Melville sería el que alcanzó a ver más lejos entre los del círculo de Concord (Emerson, Thoreau y Hawthorne), llegando a una síntesis entre el animismo y el pragmatismo, un pachtwork para el futuro que no acaba de llegar. «¿Qué pide Bartleby –se pregunta Deleuze– sino un poco de confianza, mientras que el abogado le ofrece únicamente caridad y filantropía, todas las máscaras de la función paterna?».

En opinión de Agamben, el personaje de Bartleby es un experimento de contigencia absoluta, un Mesías que se mantiene entre el poder ser y el poder no ser: «Es el recuerdo de lo que no ha sucedido». Si la posición del italiano, más allá del desarrollo de este planteamiento, nos parece en exceso teórica y hasta sacada de contexto, la de José Luis Pardo resulta más próxima al relato mismo y acaso a las intenciones del autor americano. Aquí Melville es un apóstol, alguien cuya misión es no contar su historia, un personaje que se esfuerza en escapar a la lente de aumento de la literatura. Según Pardo, el misterio de Bartleby reside «en la negación esencial del futuro» que proviene de la ausencia de pasado. Su actitud vital es siempre «declinatoria» y se dirige al silencio y al sin-sentido. Melville consigue hacer literatura de un personaje que se niega a actuar y a recordar, lo cual es verdadero virtuosismo novelístico. Podemos ver a Bartleby como un hermano petrificado del marino Chaqueta Blanca, alguien que ha dejado la fragata-mundo y el mar, la humanidad, por el abismo purificador de la nada. En estos dos libros, Herman Melville regresa para cautivarnos con toda la potencia de sus símbolos y de sus ideas.

01/06/2000

 
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