Agosto 2020
Revista de Libros
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ARTÍCULO

Las mil caras del racismo

Princeton, Princeton University Press, 2014
464 pp. $39.50
 

La historia comparada ha sido un poderoso método y un campo fértil para la comprensión de temas tan fascinantes como la invención europea del modo de producción capitalista, la ciencia moderna, el gobierno representativo y otras instituciones occidentales. Desde que Max Weber formulara su tesis sobre las raíces culturales protestantes del capitalismo en 1905, un enorme corpus de literatura centrada en «Occidente frente al Resto» ha debatido la difusión de la hegemonía europea por todo el mundoEric Jones, The European Miracle, Cambridge, Cambridge University Press, 1981.. Un pilar fundamental del dominio occidental fue la clasificación de los pueblos en una jerarquía en la que los europeos, situados en lo más alto, poseían cualidades intelectuales y morales superiores, mientras que los americanos, africanos y asiáticos nativos, que ocupaban posiciones inferiores, carecían en diversos grados de estas cualidades. El sistema de creencias que legitimó y sistematizó las desigualdades es el «racismo». Existe una vasta bibliografía sobre los orígenes, la difusión, las variedades y las consecuencias del racismo y la discriminación étnica, que ha explicado las instituciones de las sociedades multiétnicas contemporáneas en todo el mundo, las relaciones entre mayoría y minoría, así como las tribulaciones que comporta la incorporación de emigrantes extranjeros como iguales en todas las sociedades.

El libro aquí reseñado, cuyo autor es catedrático de Historia en el King’s College de Londres y un especialista en la colonización española y portuguesa, compendia un gran número de estudios sobre las relaciones de raza y sobre la ideología del racismo. Se trata de una obra de una amplitud intelectual y una erudición impresionantes. El lector aprende sobre la esclavitud en la época grecorromana, la cristianización de los pueblos tribales germánicos y eslavos que invadieron los restos occidentales y bizantinos del imperio romano, la expansión del islam en Oriente Próximo y el Mediterráneo, en especial España, las guerras de las elites feudales europeas y los enfrentamientos de la Iglesia contra el islam durante las Cruzadas para recuperar Tierra Santa, las complejas relaciones comerciales y políticas de los venecianos con los bizantinos, árabes y turcos otomanos, la accidentada historia de tolerancia y persecución de los judíos, los viajes europeos de descubrimiento en busca de oro, especias y esclavos, el sistema portugués y español de gobierno de pueblos nativos, las incursiones holandesas e inglesas por medio de compañías comerciales, los esclavos en las plantaciones en Brasil, el Caribe y el sur de Estados Unidos, las migraciones de familias inglesas y francesas que buscaban asentarse y dedicarse a la agricultura en Norteamérica, los debates de jesuitas, filósofos de la Ilustración y científicos naturales sobre los orígenes humanos y las etapas de su desarrollo, la abolición de la esclavitud y las diversas consecuencias que trajo consigo para las relaciones entre razas en los diversos países, y un largo etcétera, hasta llegar al genocidio estatal de tintes racistas que perpetraron los nazis con los judíos y los asesinatos masivos y la limpieza étnica de pueblos eslavos en la Segunda Guerra Mundial, así como otros genocidios del siglo XX. En cada uno de los capítulos se pone el énfasis en las interacciones europeas-no europeas, la jerarquía étnica y de raza que logra institucionalizarse, y las percepciones e ideologías que justifican la dominación europea.

¿Cómo es posible que una misma persona sea considerada negra en Estados Unidos, de color en el Caribe y blanca en Brasil?

El libro es una obra que ha de encuadrarse en la historia y no en la ciencia social. Bethencourt selecciona y toma prestada de la ciencia social la teoría sobre la raza y la etnicidad sin una visión sistemáticaDonald Horowitz, Ethnic Groups in Conflict, Oakland, University of California Press, 1985.. La categorización social y la división de grupos en jerarquías existen en todas las sociedades humanas en función del género, la edad y el parentesco, y se hallan muy extendidas para la etnicidad, la lengua, la raza, la religión, la nacionalidad, los antepasados, la ocupación, la educación y la clase social. Con la categorización surgen las fronteras grupales, el etnocentrismo, la endogamia, la exclusión de exogrupos, la animosidad, el prejuicio, la discriminación, la dinámica mayoría-minoría y la desigualdad y el dominio que caracterizan no sólo a la raza y el racismo, sino también a la desigualdad de género, los prejuicios de clase, la intolerancia religiosa y la hostilidad hacia los inmigrantes. El autor aborda algunos temas característicos de la ciencia social, del tipo de, por ejemplo, «¿cómo es posible que una persona sea considerada negra en Estados Unidos, de color en el Caribe o en Sudáfrica y blanca en Brasil?», pero tiende a explicar las percepciones europeas y el dominio sobre los no europeos en términos de categorías raciales y de racismo en vez de esbozar una teoría multidimensional de los grupos étnicos. El racismo se traduce en hostilidad, prejuicio y discriminación contra un grupo étnico sobre la base de unos atributos físicos, mentales y morales inferiores –reales o imaginados– que se piensan que son heredados. El racismo erige una barrera permanente a una etnicidad cambiante, porque la herencia racial anula el cambio conductual y cultural y los logros individuales, como es el caso de los afroamericanos en Estados Unidos, que siguen siendo «negros» al margen de la educación y del color de su piel. El racismo legitima la explotación y el dominio por parte de un grupo conquistador o privilegiado sobre otro que se tilda de inferior. Se apoya en una mezcla de estereotipos negativos del grupo excluido, emociones como la animosidad y el miedo, actitudes influidas por los prejuicios, y discriminación.

Bethencourt discrepa del eje central de las narraciones de aquellos historiadores que atribuyen el racismo europeo al nacionalismo, el colonialismo y el imperialismo del siglo XIX. En la Edad Media y la Edad Moderna, la diferencia más importante entre grupos étnicos era la religión, que se veía reforzada o atenuada por otros atributos como el color de la piel, el servicio al grupo gobernante, la rivalidad económica, las funciones militares y cosas por el estilo. Sin embargo, cuando se dan unas circunstancias de conquista y subordinación diferentes, como en la reconquista cristiana de España, cuando los musulmanes y los judíos fueron convertidos por la fuerza, los gobernantes políticos y las elites religiosas creían que las inclinaiciones heréticas y otros rasgos podían heredarse y no quedaban erradicados por la aculturación. Estas creencias expresaban temores sobre la lealtad de sus nuevos súbditos y sobre cómo podía asegurarse el Estado frente a la subversión y la rebelión. Así, antes de la época decimonónica del racismo, algunas clasificaciones étnicas y la discriminación incluían la transmisión hereditaria de atributos negativos, que es lo que constituye el núcleo del racismo. El autor se refiere a ellos como «racismos» porque su gran variedad reflejaba las circunstancias de un grupo étnico determinado en su relación con los grupos gobernantes y con otros dentro de la jerarquía étnica local. Los prejuicios étnicos, la discriminación y la segregación en la vida cotidiana –racismos informales– surgieron antes de que el racismo institucional formal se manifestara en leyes y normas del Estado que restringieron los derechos legales, económicos y políticos de los grupos étnicos, como limitarles o prohibirles ocupar puestos políticos, dedicarse a determinadas ocupaciones, tener propiedades a su nombre, contraer matrimonio con un miembro del grupo de la mayoría, y convertirlos en víctimas de la segregación espacial, la conversión forzosa, la expulsión e, incluso, el genocidio.

Bethencourt defiende que los racismos antecedieron a la teoría de las razas e influyeron en las instituciones del racismo, y que el estudio comparado del racismo debería comenzar, por tanto, con las Cruzadas y con los conflictos entre el cristianismo y el islam en la periferia mediterránea, en vez de con el comercio europeo de esclavos o los sistemas de plantaciones en el sur de Estados Unidos, el Caribe y Brasil. A mí particularmente se me escapa la importancia de este desacuerdo entre los historiadores, porque no cambia la explicación de los conflictos de grupo y las jerarquías étnicas.

Bethencourt cree que los estereotipos de los no europeos que se formaron los europeos expresaron de maneras sutiles las pretensiones morales e intelectuales de superioridad y fueron tanto un preparativo como un prerrequisito para el racismo. Los marcadores tradicionales de identificación étnica, como peinados, barbas, vestidos, ornamentos, tatuajes, armas, hábitat, edificación, mercancías, plantas y árboles, animales domésticos y salvajes, se han utilizado en todas partes para identificar a distintas variedades de personas. Exploradores, geógrafos, misioneros, pintores y artistas europeos afirmaron la superioridad europea al seleccionar y resaltar de manera sesgada este tipo de marcadores, que entretejieron dentro de narraciones e imágenes visuales. Bethencourt complementa el análisis textual con descripciones visuales procedentes de libros de viajes, mapas, pinturas y esculturas, como sucede con el sarcófago del rey normando de Sicilia, Roger II, y los cuadros de Tiepolo que simbolizan los cuatro continentes entonces conocidos en la escalera de la residencia del arzobispo en Wurzburgo. Estas páginas se encuentran entre las más satisfactorias de Racisms.

Judíos ancianos limpiando la calle ante la mirada de la policía (Viena, 1938)

Bethencourt se centra en la dominación europea y el racismo: guerras de conquista, como las Cruzadas, la invasión normanda de Sicilia y la reconquista cristiana de España (capítulo 2), seguida de la colonización española en las Américas (capítulo 7). Describe los enfrentamientos económica en que se vieron involucrados repetidamente los judíos (capítulo 9), cómo compitieron los europeos por el comercio de especias en India e Indonesia, tanto con los pueblos asiáticos como entre sí (capítulo 8), o la rivalidad entre los colonos europeos en Norteamérica y los americanos nativos para hacerse con la tierra y el comercio de pieles (capítulo 10). Escribe sobre migraciones laborales, tanto voluntarias como forzosas, como la de los esclavos africanos (capítulo 6), sobre los períodos laborales forzosos de aprendizaje en China e India (capítulo 19) y sobre las nuevas jerarquías étnicas resultantes. Guerra y conquista, rivalidad para hacerse con los recursos y el comercio, migraciones laborales y colonización de nuevos pobladores fueron todos ellos factores que incrementaron la hostilidad de las relaciones entre grupos étnicos y dieron lugar a la institucionalización de nuevas jerarquías étnicas y a la discriminación, que no son exclusivas de los diseños de dominación y explotación europeos. Cuando un gobierno autoritario llega a su fin, ya sea cuando concluye el dominio colonial (colonias africanas), el comunismo (en Yugoslavia), la dictadura militar (Primavera Árabe) o el imperio (austrohúngaro, otomano, soviético), fomenta las disputas de poder entre grupos étnicos, nacionales y religiosos, lo que no hace más que agudizar las diferencias de grupo, las animosidades, la discriminación o los conflictos violentos, así como reestructurar las unidades políticas.

Un punto fuerte de la exposición que hace Bethencourt de las jerarquías étnicas y raciales es su manera de establecer un vínculo entre los proyectos materiales y políticos para ejercer el dominio con un andamiaje ideológico sobre la raza. En todas las culturas, europeas y no europeas, a lo largo de las distintas épocas, como subrayó Max Weber, se ha buscado la legitimación del estatus elevado, el privilegio y la autoridad con una ideología religiosa y con derechos basados en la sangre, un indicador de herenciaHans Gerth y C. Wright Mills, From Max Weber. Essays in Sociology, Oxford, Oxford University Press, 1958, pp. 271, 276.. Estas creencias proporcionan una convención social arbitraria de dominio con la fuerza del diseño de Dios para el universo y las leyes de la naturaleza, que están más allá de la capacidad humana para poder cambiarlas y que deben ser aceptadas. Los programas de dominación política descritos magistralmente por Bethencourt pasan a justificarse e imbricarse en la ideología religiosa y racista, lo que hace que la discriminación étnica y racial se refuerce y se vuelva persistente. La naturalización de las convenciones sociales con las creencias raciales constituye un tema esencial del libro y se encuentra abordado de forma plenamente satisfactoria.

No resulta posible ni apropiado resumir lo que escribe el autor sobre todos estos temas. Yo he leído con gran provecho los primeros capítulos sobre las clasificaciones y relaciones étnicas que surgieron de los conflictos europeos con los musulmanes y durante la época inicial de los descubrimientos europeos y la penetración en América, África y Asia. Me han parecido más detallados y penetrantes que las secciones posteriores sobre la raza en el sur de Estados Unidos, la abolición de la esclavitud, el racismo nazi, el Holocausto, los genocidios y otros temas que nos resultan familiares gracias gracias a fuentes bien conocidas. Es posible que los lectores quieran profundizar sus conocimientos sobre ellos y decidan consultar la bibliografía especializadaComo, por ejemplo, Benjamin Valentino, Final Solutions. Mass Killings and Genocides in the 20th Century, Ithaca, Cornell University Press, 2004..

Bethencourt afirma que el racismo no es exclusivo del mundo occidental

A continuación voy a comentar tres temas dentro del enfoque que adopta Bethencourt para estudiar el racismo y las jerarquías multiétnicas que me han parecido incompletos o tendenciosos: 1) El racismo de los pueblos no europeos; 2) El énfasis en la discriminación y la segregación, pero no en la cooperación y la asimilación étnica; y 3) Las visiones no racistas de las relaciones étnicas que acaban dando lugar a una ciencia social. No estoy cuestionando los hechos y los datos de las relaciones entre razas y las creencias que las sustentan, que son voluminosos, detallados y proceden de numerosas fuentes. Estoy suscitando cuestiones en torno al énfasis, la omisión y la interpretación.

1) Bethencourt afirma que el «racismo no es exclusivo del mundo occidental» (p. 372), pero no va mucho más allá. No encontramos mención alguna del comercio de esclavos africanos por parte de árabes y musulmanes, que fue de un volumen tan grande como su equivalente europeo, duró hasta bien entrado el siglo XX y fue extremadamente cruel y letal para los africanos. El racismo árabe y musulmán persiste. En Darfur, en 2003 y 2004, las víctimas africanas de las milicias árabes (llamadas yanyauid) contaron a los investigadores que, antes de que fueran atacadas, violadas y saqueadas, los árabes proferían epítetos raciales como «Vosotros, negros, no sois humanos. Sois como monos» y «Burros, esclavos, tenemos que deshacernos de vosotros». Las víctimas también contaron haber oído palabras llenas de odio contra los fur y otros negros africanos por parte de oficiales sudaneses, como el dirigente árabe Musa Hilal, que fue quien articuló la ideología supremacista árabe en el mercado cuando dijo a sus seguidores: «Vamos a matar a los negros de esta zona y si matáis a personas nadie será perseguido»John Hagan y Wenona Rymond-Richmond, Darfur and the Crime of Genocide, Nueva York, Cambridge University Press, 2008..  Los yihadistas del Estado Islámico en Siria e Irak están justificando masacres, esclavismo y expulsión forzosa de minorías étnicas y religiosas que han capturado con argumentos racistas y religiosos y mediante el recurso a un discurso del odio. La discriminación y la violencia étnica y religiosa son moneda corriente en todo el mundoMonty G. Marshall y Ted Robert Gurr, Peace and Conflict, College Park, University of Maryland (Center for International Development and Conflict Management), 2001, 2003 y 2005..

Las jerarquías étnicas que obstaculizan la construcción pacífica de naciones, el desarrollo económico y la ciudadanía igualitaria en todo el mundo fueron el resultado no sólo del colonialismo y el imperialismo occidentales, sino de las políticas y prácticas de gobiernos de los imperios árabe, otomano, mongol, persa y otros, así como de Estados contemporáneos no occidentales. La jerarquía, desigualdad y discriminación que forman parte de las creencias hindúes sobre pureza y contaminación, y que se transmiten por medio de herencia ocupacional de padres a hijos, y por endogamia durante cientos de años, y que afectan a millones de seres humanos, se conocen como el sistema de castas (jati) hindú, en el que los brahmanes se encuentran en lo más alto de la escala y los intocables en lo más bajo. A pesar de la visión que tiene Bethencourt del mismo (pp. 361-362) como una benigna división del trabajo, servía para diferenciar a los seres humanos en minuciosas categorías sociales que iban de los nacidos dos veces brahmanes a los intocables en una dimensión superior-inferior que se apoyaba en las relaciones de explotación patrón-cliente. Bethencourt describe la versión portuguesa de las castas indias (pp. 117-121) y explica cómo su comprensión influyó en su cristianización y en su estrategia de colonización, pero no lo ve desde dentro como discriminación y desigualdad. Tal como dijo a un antropólogo un campesino de una casta inferior: «Los brahmanes eran poderosos tanto en dinero como en educación […]. Nosotros no contábamos con educación debido a la pobreza. Ellos tenían propiedades y lo tenían todo. Nuestras tierras eran todas de ellos»William y Charlotte Wiser, Behind Mud Walls, Oakland, University of California Press, 1963, pp. 291-292.. En punto a discriminación y desigualdad, los europeos tenían poderosos competidores en todo el mundo. Los europeos las practicaron con uno detrás de otro, al igual que hicieron los ingleses con los irlandeses, y otro tanto hicieron también entre ellos los no europeos.

Familia de brahmanes, finales del siglo XIX

Las percepciones de los viajeros y misioneros europeos en las Américas, que subrayan el salvajismo de los nativos y que son abundantemente citadas por Bethencourt, no son únicamente europeas. Compáreselas con el relato del encuentro del clérigo árabe Ibn Fadhlan en 922 d. C. con comerciantes vikingos en el Volga: «Son las criaturas más sucias de Dios. No tienen vergüenza de vaciar sus intestinos y sus vejigas […] son como asnos que se han descarriado»Citado en Carlton Coon, A Reader in General Anthropology, Nueva York, Holt, 1948, capítulo 14.. En la representación visual podrían compararse las imágenes condescendientes y degradantes de no europeos reproducidas en Racisms con los rostros grotescos de misioneros y comerciantes europeos tallados por artistas africanos occidentales. Para todos los modos de percepción, estereotipo, etnocentrismo, prejuicio, discriminación y violencia colectiva por parte de los europeos vis-à-vis los no europeos pueden encontrarse abundantes ejemplos de esto mismo protagonizados por asiáticos, africanos y nativos americanos enfrentados entre sí y contra los europeos.

Creo que hay que tener mucho cuidado y no caer descuidadamente en el error de introducir criterios de influencia y simbolismo europeos al interpretar las relaciones sociales y la cultura indígenas. Cuando daba clases en la Universidad Makerere de Uganda, estudiantes universitarios varones intentaban salir con chicas de Kigezi que tenían la piel más clara que las otras mujeres africanas. Yo pensé –equivocadamente, como luego se demostró– que guardaba relación con una preferencia por un color de piel claro debido a su asociación con los británicos. Después de hablar con mis alumnos descubrí que una costumbre muy arraigada, y que era anterior a la llegada de los europeos, consistía en extender cenizas por la piel de una novia para hacerla parecer más pálida, exótica y atractiva en su boda. El encanto era, por tanto, similar al de un alemán que se siente atraído por mujeres «exóticas» italianas, españolas y libanesas, o al de un italiano atraído por una rubia sueca. Según Bethencourt, los belgas de Ruanda favorecían supuestamente a los tutsis, de piel más clara, sobre los hutus, más oscuros, debido a su apariencia más «europea» (p. 351). Lo cierto es que los europeos se aliaron oportunistamente en África con las elites locales en un sistema conocido como «gobierno indirecto». Casualmente esas elites eran emires musulmanes negros en el norte de Nigeria, una monarquía ganda negra en Uganda y una monarquía tutsi de piel más clara en Ruanda y Burundi.

2) La historia de las relaciones étnicas lo es de conflicto, conquista, dominación, exclusión y poder asimétrico en la creación de nuevas jerarquías sociales, como resalta Bethencourt, pero es también una historia de comercio mutuamente beneficioso, asimilación, matrimonios mixtos, identidades compartidas, tolerancia de las diferencias y aumento de la igualdad. Todo ello resulta desdeñado por Bethencourt. La exogamia y el ratio de hombres y mujeres son elementos esenciales para comprender cómo los pueblos de Europa se convirtieron en naciones, por ejemplo, o cómo los invasores germánicos se convirtieron en la nación francesa. Ernest Renan puso el énfasis en la religión y los matrimonios mixtos como los mecanismos clave de asimilación e integración: «el pueblo germánico adoptó el cristianismo durante el contacto prolongado con los pueblos griegos y latinos […] los francos, borgoñones, godos, lombardos y normandos tenían con ellos muy pocas mujeres de su propia raza […] la tribu en su conjunto contrajo matrimonio con mujeres latinas […] un francés no es ni un galo, ni un franco ni un borgoñón. Es más bien lo que emergió del caldero en el que […] han estado hirviendo a fuego lento elementos diversos»«What is a Nation», en Geoff Eley y Ronald Suny (eds.), Becoming National. A Reader, Nueva York y Oxford, Oxford University Press, 1996, pp. 44 y 49..

Los matrimonios mixtos constituyen el mecanismo más antiguo de promover la cooperación y asimilación entre grupos étnicos

Del mismo modo, el ratio de hombres y mujeres entre emigrantes y colonizadores europeos y la endogamia moldearon la raza y las clasificaciones y relaciones étnicas en todo el mundo, lo que explica la fuerte polaridad de blanco y negro en Estados Unidos, y las categorías más matizadas y graduadas basadas en el color de la piel y la ascendencia en Brasil, el Caribe y Centroamérica. Los matrimonios mixtos constituyen el mecanismo más antiguo y más habitual de promover la cooperación y la asimilación entre grupos étnicosCharles Wagley y Marvin Harris, Minorities in the New World, Nueva York, Columbia University Press, 1958.. Por ejemplo, durante el período inicial de colonización, Portugal envió soldados, oficiales, comerciantes y otros hombres a Brasil, sin mujeres. En poco tiempo, por medio del matrimonio y el concubinato, se creó una población de niños mestizos, algunos de los cuales pasaron a integrarse con los europeos. Debido a la escasez de hombres portugueses, la Corona favoreció el matrimonio de portugueses e indiasIbídem, p. 24.. Los varones europeos contaban con un incentivo para proteger los derechos y la propiedad de su prole y para legitimar a los herederos de raza mixta en aras de la continuidad de la familia y la propiedad. En la terminología actual, los padres invertían en el capital humano de hijos de raza mixta cuando eran legítimos, pero no cuando seguían siendo esclavos, lo que se tradujo en una mejoría de sus oportunidades vitales y en una aceptación de las personas de color en una sociedad blanca dominante. El desigual ratio de sexos, los matrimonios mixtos, los lazos de sangre y la política gubernamental marcaron el rumbo para el posterior peculiar sistema brasileño de clasificación étnica. Fue muy diferente en las colonias inglesas de Norteamérica, con familias enteras que emigraban y que se reproducían entre ellos. La costumbre y, más tarde, las leyes justificadas por una ideología religiosa y racial crearon barreras estancas para la asimilación de hijos mixtos porque se percibían como una amenaza para una sociedad blanca y una cultura europea. Aunque Bethencourt cita (pp. 182-186) los números y el ratio de sexos de emigrantes de diversos países europeos a diferentes partes del mundo, desdeña las consecuencias de estos datos demográficos para el microparentesco y la dinámica familiar que moldearon la macrodinámica de la discriminación y la integración.

El comercio crea cooperación entre Estados y grupos étnicos basada en el interés común y las necesidades, recursos y destrezas comunes. Los filósofos de la Ilustración eran plenamente conscientes de que el comercio tenía una dimensión filosófica y moral que afirmaba la humanidad común y era hostil a la esclavitud. En el capítulo 14, sobre el abolicionismo, Bethencourt describe cómo los nuevos economistas y filósofos políticos en el siglo XVIII, los fisiócratas, Adam Smith, Montesquieu, Diderot, Rousseau, Benjamin Franklin y otros defendieron el intercambio y el desarrollo económico basado en la mano de obra libre y el comercio libre, y condenaron la esclavitud, la mano de obra esclava y otras formas de servidumbre, tanto sobre bases morales, porque la esclavitud negaba la dignidad humana, como sobre bases de eficiencia, porque la mano de obra esclava era menos productiva que la mano de obra libre.

El comercio cambió las rígidas jerarquías coloniales en África. Al comienzo del colonialismo, los africanos tenían poco que ofrecer salvo su mano de obra como esclavos o como criados con un contrato de aprendizaje forzoso. Se crearon nuevas instituciones, como plantaciones y campamentos mineros, basadas en un poder asimétrico que acentuaba la desigualdad y la discriminación. Posteriormente, la economía europea en un mercado global produjo oportunidades para los cultivadores de subsistencia africanos a fin de que pudieran convertirse en pequeños granjeros y producir cultivos comerciales para el mercado global, como café, algodón, cacao, té, caucho, aceite de palma, arroz, plátanos y otros productos tropicales que no se cultivaban en EuropaEric Wolf, Europe and the People Without History, Oakland, University of California Press, 1982.. Estos mercados funcionaban con nuevos tipos de organización, como cooperativas, sindicatos y escuelas que competían con las jerárquicas empresas mineras, agrícolas y comerciales controladas por europeos. Se formaron estratos sociales no tradicionales: empleados, profesores, clérigos, constructores y reparadores, soldados y policías, o funcionarios y burócratas africanos. Los africanos educados en universidades europeas se convirtieron en abogados, médicos y dirigentes políticos. De resultas del desarrollo económico y el comercio, los europeos trataron con una población africana mucho más diferenciada socialmente, y estos vínculos suavizaron la explotación original y afectaron a las percepciones y a la discriminación. En suma, a pesar de los horrores del comercio de esclavos, o de los excesos cometidos en su explotación del Congo (el «corazón de las tinieblas» de Conrad) por el rey Leopoldo, en la última parte del siglo XX fueron los europeos quienes provocaron el final del racismo y la discriminación institucional, a pesar de que muchos de ellos abrigaban creencias y prejuicios racistas privados.

Caricatura de Zola (París, 1900)

3) En paralelo con el racismo, emergió una protociencia social no racista y que se enfrentaba a él por medio de la observación de pueblos no europeos y de la comprensión de sus instituciones y culturas. Los misioneros, en especial los jesuitas, fueron los primeros observadores sistemáticos de los pueblos no europeos y teorizaron sobre la diversidad humana, rechazando la esclavitud natural aristotélica. Fueron etnógrafos y protoantropólogos surgidos antes de que naciera la antropología profesional. Francisco de Vitoria (en De Indis, 1539) escribió que «los indios no son endebles de mente y poseen […] el uso de la razón […] porque hay un cierto método en sus asuntos […] tienen gobiernos que están dispuestos ordenadamente y tienen matrimonios y magistrados, caciques, leyes y talleres, y un sistema de cambio […] también tienen un tipo de religión», esto es, eran fundamentalmente similares a los europeos, aunque vivían en un estadio diferente y más atrasado de civilización. Debido a la humanidad de los indios y a la unidad de la humanidad, Bartolomé de las Casas, José de Acosta y otros jesuitas defendieron que estaban capacitados para su conversión al cristianismo, eran capaces de mejorar personalmente y no debían ser esclavizados. Bethencourt (pp. 78-82) muestra que el jesuita José de Acosta creó una sofisticada teoría del desarrollo social y cultural por etapas, desde los salvajes (caribes) sin gobierno organizado, a los pueblos racionales (chinos y japoneses) que estaban alfabetizados, contaban con un comercio y un gobierno organizados, y a los europeos, que se situaban en el estadio más elevado. Las teorías del progreso y la civilización por etapas proseguirían en la Ilustración y con los teóricos evolutivos sociales del siglo XIX (Auguste Comte, Herbert Spencer).

Las teorías de las etapas evolutivas representaron un avance intelectual y moral en la reflexión sobre la raza y las diferencias étnicas, porque con educación y ayuda todos los pueblos podían volverse civilizados y participar de los beneficios de las instituciones europeas (libertad, gobierno de la ley). Los nuevos modos de investigación, las preguntas y las explicaciones tienen un sabor sorprendentemente moderno. Acosta creía que el retraso de los americanos nativos y los habitantes de las islas del Pacífico se debían al aislamiento. El historiador económico Eric JonesOp. cit., p. 227. defiende asimismo que el aislamiento bloquea las transferencias tecnológicas y culturales y el comercio, que estimulan, en cambio, el desarrollo allí donde se producen. Volney, en su Voyage en Syrie et en Égypte (1787), cuestiona la opinión de que «los habitantes de países cálidos, degradados por la temperatura y por su disposición, están destinados por naturaleza a ser esclavos del despotismo». Atribuye, en cambio, la pobreza, la esclavitud y el despotismo a la ausencia de una clase independiente de comerciantes, nobles, clero y terratenientes, cuyo poder y posición social compensatorios servirían para contener, como en Europa, el absolutismo de la dinastía gobernante y los círculos oficiales. Esto podría haber sido escrito por un científico social contemporáneo. La teoría de las etapas fue buena ciencia protosocial.

Bethencourt escribe que «el modelo precoz de mejora cultural se basa en la idea de la superioridad europea». Creyeran o no los jesuitas y los filósofos en la superioridad de los europeos, sus explicaciones no descansaban en ideas raciales de superioridad. La contribución europea única a la tecnología y la ciencia, el bienestar material y el gobierno representativo es una realidad y se halla ampliamente aceptada por todos los pueblos. Una vasta literatura profesional aborda el tema de la creación de la modernidad en EuropaDavid Landes, The Wealth and Poverty of Nations, Nueva York, Norton, 1999; Jones, op. cit.. No asume la superioridad europea ni expresa un sutil sesgo racial. Cuando yo daba clases de estudios estadounidenses en Pekín, mis alumnos querían saber cómo los Estados Unidos pasaron a ser ricos y poderosos. No creían que los estadounidenses fueran superiores a los chinos; por el contrario, resaltaban cómo China había inventado la burocracia, la imprenta, la pólvora, el papel moneda y muchas más cosas. Las teorías por etapas en sí mismas no son sesgadas y racistas, aunque se han utilizado para justificar la dominación europea.

Bethencourt muestra en la cuarta parte de su libro que en el siglo XIX una nueva ciencia de la raza se convirtió en el marco intelectual dominante para pensar en la jerarquía racial y étnica inmutable. Los europeos septentrionales estaban en lo más alto y los africanos en lo más bajo, con otros entre medias, y nada podía cambiar eso. La teoría de la raza fue utilizada unida a diversos intereses económicos y políticos como un arma ideológica para la dominación. El imperialismo europeo y la expansión colonial en África y Oriente Próximo fueron justificados por teorías científicas de la raza. La pretensión moral de la «carga del hombre blanco» para civilizar a los nativos, como hacen los padres con sus hijos, se hallaba ampliamente aceptada. La Alemania nazi justificó su persecución y el exterminio de razas inferiores –eslavos, gitanos, judíos– con teorías racistas. Sin embargo, el pensamiento ilustrado sobre la raza no se extinguió. El conocimiento sobre la diversidad humana y la variedad de culturas que comenzó con los jesuitas y la Ilustración se convirtió en ciencia social en el siglo XX. Se ha aplicado con gran provecho al estudio de los prejuicios y la discriminación por motivos raciales, a las relaciones étnicas y de raza, y a las instituciones de las sociedades multiétnicas.

Con estas salvedades, recomiendo la lectura de Racisms. Se trata de un libro muy bien escrito y desprovisto de la jerga académica. El lector entenderá todas y cada una de sus frases. Las explicaciones se encuentran formuladas con claridad. Las ilustraciones complementan muy bien el texto. Bethencourt hace que el lector reflexione sobre cuestiones importantes. Ha escrito una historia útil y concisa de cómo se originaron las jerarquías, instituciones y sociedades multiétnicas, cómo fueron justificadas por las teorías raciales y cómo persistieron y fueron modificándose con el paso de los siglos.

Anthony Oberschall es catedrático emérito de Sociología en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill. Es autor de Social Conflict and Social Movements (Chapel Hill, Prentice Hall, 1973), Social Movements: Interests, Ideologies and Identities (New Brunswick, Transaction, 1993) y su último libro es Conflict and Peacebuilding in Divided Societies (Londres y Nueva York, Routledge, 2007).

Traducción de Luis Gago
Este artículo ha sido escrito por Anthony Oberschall
especialmente para Revista de Libros

05/06/2015

 
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