ARTÍCULO

Homo homini lupus

Anagrama, Barcelona, 632 págs.
 

Por encima de las tendencias y los géneros literarios, por encima incluso de los espacios y los tiempos narrativos, de las tramas y los personajes, es decir, de su concepción formal, se suelen valorar en ocasiones la proyección y la finalidad ética de una obra. De esta forma se dice que la literatura debe dar una visión de la realidad y expresar la experiencia conflictiva del ser humano con el mundo, la cual, aun siendo individual, o tal vez por ello, se traduce de inmediato en un referente universal. La literatura se convierte así en un medio fecundo de análisis y comprensión de los sentimientos y las pasiones universales del hombre y de su relación con el entorno.

Paloma Díaz-Mas (Madrid, 1954), escritora de pluma excelente y ritmo pausado –desde 1984 su creación se reduce a dos novelas, un libro de cuentos y otro de viajes–, ha insistido en dar una visión crítica de la realidad mediante un tratamiento simbólico que trasciende el entramado de las anécdotas y las circunstancias concretas del espacio y el tiempo, con el fin de objetivar unos universales narrativos existenciales. Para ello se ha servido habitualmente del género histórico –en el que ocupa un destacado lugar entre los novelistas contemporáneos–, tal vez la tendencia narrativa más apropiada para transformar en territorio mítico la concreción espacio-temporal y a los personajes y hechos puntuales en emblemas perdurables.

Díaz-Mas vuelve a localizar La tierra fértil en la Edad Media, en la Cataluña feudal del siglo XIII , y en ella cuenta la vida y la fatalidad determinista de un caballero, las desventuras de su saga familiar y los expolios que asolan a su feudo, esa tierra fértil hermanada con la desgracia, la fortuna adversa y las redes de venganza que se urden a su alrededor. Pocos y breves son los momentos de sosiego y de felicidad en la existencia de Arnau de Bonastre y los suyos, pues, como si de una versión de la historia bíblica de Israel se tratase, no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague y lo que ha de ser acaba siendo.

El lector puede rastrear en las páginas de esta extensa novela una perfecta conjunción de materiales extraídos de la tradición, no sólo la bíblica, que está presente con referencias continuas al texto hebreo y con analogías argumentales evidentes (la maldición divina, el génesis y el apocalipsis, el éxodo, las invasiones y las luchas fratricidas, las plagas, etc.), sino también la de la epopeya griega y latina –por ejemplo, el amor entre Arnau y Joan Galba recuerda al de Aquiles y Patroclo– y la medieval en su vertiente artúrica, romanceada y caballeresca. El tono de la narración y los diálogos es sin duda épico, pero tampoco escasean las recurrencias a los enxiempla y los apólogos típicos del Medievo (véase por ejemplo las págs. 468-481) y a las fórmulas medievales de los consejos y los avisos.

La historia de La tierra fértil, al igual que la épica y las historias romances, es una sublimación de los valores humanos y una idealización del amor, de la amistad, de la piedad filial, de la valentía y la fidelidad, de la generosidad y la clemencia, del heroísmo y del honor; pero también, por otra parte, es una materialización intemporal del dolor y la desesperación, de la envidia y la venganza, de la crueldad y la sinrazón, del abuso gratuito y la desigualdad social, de la indignidad prepotente y el menosprecio de la vida y la muerte.

Es decir, la novela puede leerse como un apasionante relato histórico y épico de caballerías, de estructura progresiva y enorme tensión narrativa que mantiene en todo momento de su lectura la atención y curiosidad; también puede leerse como una gran obra que recoge unas líneas esenciales en la tradición histórica y cultural europea y como un gran fresco que representa la existencia de unos hombres y unas mujeres que no pueden evitar la fatalidad de sus propios destinos en unas circunstancias violentas; pero, sobre todo, también puede leerse, según dijimos al comienzo, como una visión crítica del mundo y una reflexión existencial sobre el ser humano realizadas desde una concepción mítica que universaliza los caracteres, el espacio y el tiempo.

El tiempo huye irreparablemente, pasan los hombres y pasan los imperios, unos suceden a otros sin que deje de girar la rueda de la diosa Fortuna y al final sólo queden los nombres tallados en una piedra. Pero la historia se repite y los sentimientos y las pasiones permanecen inalterables pese a todo. La novelista, por tanto, no sólo ha escrito una historia verosímil y fascinante que pudo haber ocurrido en la Edad Media y contado la peripecia de unos personajes amados o enfrentados entre sí por lazos de sangre o de amistad, sino que ha creado un universo coherente en el que todos ellos están contemplados en su universalidad y son portadores de unas claves reflexivas válidas para siempre.

La peripecia existencial de Arnau de Bonastre viene a demostrar una vez más que la vida es una búsqueda infructuosa de la felicidad o una lucha constante contra las veleidades de la fortuna, que la condición contingente del ser humano le hace caer siempre en los mismos errores, que el paso por la tierra es una cacería cruel en que los humanos se van devorando los unos a los otros porque así es de naturaleza, que el peor enemigo está dentro de cada uno al lado de sus sentimientos y decisiones, y que nada valen los honores, el poder y la riqueza contra la muerte si al final es ella con su poder la que rige el destino y arrasa con todo. Todo lo real lo es en apariencia, porque a la postre escapa como un sueño y ya es tarde para preguntarse, como es un permanente ubi sunt?, adónde ha ido.

Y es que entre los sueños, los indicios y las premoniciones, entre las gestas heroicas y las ignominias, entre las pasiones arrebatadas del amor y del odio, que como caballos desbocados conducen la novela y como avisos alteran el fluir de la acción, Paloma DíazMas ha recreado con maestría unos topoi, unos temas eternos que, procedentes de la Antigüedad y del Medievo, aún siguen vigentes. Estos topoi, que hemos ido comentando en esta reseña, coinciden con los expuestos en su día por las Coplas de Manrique o LaCelestina y mantienen como ellos su formulación y carácter universales. Más que otra cosa en La tierra fértil, ellos son, sin duda, los que vertebran el ritmo de la narración y construyen el contenido simbólico de la obra.

01/01/2000

 
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