ARTÍCULO

Pornografías

 

A mediados de los años ochenta, cuando la Transición transcurría rápidamente por una senda sin espectaculares sobresaltos, tuve ocasión de colaborar en un espacio de la televisión pública dedicado a los libros. Sabido es que el diabólico binomio –libros y televisión– casi nunca logra más ligazón que la que consiguen el aceite y el agua, de manera que el programa acabó al poco tiempo sin que nadie lo lamentara demasiado. De entre los recuerdos que conservo de aquella época, hay uno que me sigue inquietando sobremanera. El productor del programa, un individuo hosco y malhumorado, trabajaba en un despacho cuyas paredes estaban literalmente empapeladas desde el suelo al techo con una impresionante colección de fotos pornográficas. Entiéndaseme bien: no hablo de fotografías de walkirias más o menos estimulantes con sonrisas beatíficas, torsos desnudos y muslos pudorosamente apretados, sino de mujeres posando en auténticos escorzos ginecológicos, vaginas violentadas y abiertas de par en par, escenas masturbatorias a vista de microscopio, cunnilingus y felaciones explícitos, consoladores hendidos en orificios que presentaban perspectivas insólitas, fluidos viscosos sorprendidos por la cámara con precisión entomológica, oscuridades pilosas, fragmentos de carne enrojecida y húmeda ampliados hasta el extremo de que el espectador perdía la referencia corporal y se preguntaba cabalmente acerca de la víscera o la anatomía a la que correspondían. En aquella habitación, en la que afortunadamente tenía que entrar pocas veces y que en el recuerdo se me antoja envuelta en una atmósfera funeral, como de ominoso santuario subterráneo de un culto mistérico y antiguo, trabajaban el mencionado individuo y algunas ayudantes de semblante resignado y paciencia a prueba de agresiones. El tipejo no se limitaba a humillarlas con aquella panoplia escenográfica, sino que, cuando estaba irritado, adobaba los improperios a ellas dirigidos con repugnantes opiniones acerca de la higiene íntima («seguro que esta mañana no os habéis lavado el c***», escuché en cierta ocasión) o de las costumbres sexuales de sus subordinadas. La definición de la pornografía y lo pornográfico ha ido variando a lo largo de la historia, pero de modo muy especial en el transcurso del siglo XX . Hoy día, cuando un perfume o un automóvil se anuncian en prime time con desnudos más que sugerentes, o cuando los magazines vespertinos de la televisión hacen divulgación acerca de la técnica de estimulación de glande y/o clítoris, lo pornográfico no puede significar lo mismo que para los burgueses victorianos que en 1857 aprobaron la ley contra las publicaciones de contenido sexual susceptibles de «pervertir a la juventud», incluyendo, desde luego, aquellos panfletos en los que librepensadores y feministas defendían el control de natalidad. La pornografía no es lo que era. El Holocausto, el Gulag y dos guerras mundiales devastadoras, las imágenes de niños a punto de morir de hambre, de matanzas tribales en África o del fanatismo religioso transmutado en terrorismo juramentado, las agresiones sexuales a las mujeres o a los niños son ahora pornografía. El cuerpo, ningún cuerpo, es ya obsceno a menos que se utilice como herramienta de violencia y humillación. Incluso ciertas feministas que consideraban la pornografía como la más eficaz arma de dominación falocrática piensan ahora que la imaginación pornográfica (el término fue utilizado por Susan Sontag en un famoso ensayo), siempre que esté libre de sexismo, puede contribuir a la liberación del deseo y, por ello mismo, a encontrar una vía regia para la sexualidad de hombres y mujeres. Al parecer estamos ya lejos del célebre axioma «la pornografía es la teoría, y la violación la práctica», que popularizó Robin Morgan en los ochenta. E igualmente lejos, por cierto, del uso de la pornografía como elemento satírico contra el poder religioso y político, de uso frecuente entre los europeos cultos de los siglos XVII y XVIII . He pensado en todo ello durante una breve estancia en Londres para visitar la exposición Surrealism, Desire Unbound, que se ha mantenido en la Tate Modern hasta hace pocos días. Los surrealistas no inventaron, claro está, el material pornográfico, pero hicieron de él un uso intensivo. La liberación del deseo fue uno de los grandes motivos de Breton y sus amigos. Puesto que la mayor parte de los surrealistas fueron hombres –sus compañeras eran, en general, sólo musas o comparsas–, sus representaciones de la mujer ocupaban un amplio abanico que incluía desde su consideración como mero objeto de los deseos masculinos a la hiperidealización que las convertía en híbridos virtuales de vírgenes y madres. De Dalí a Bellmer, de Delvaux a Duchamp, la «liberación» se centraba en la mujer, pero más como lugar o sitio del deseo que como sujeto del mismo. Los fotógrafos formados en el surrealismo –Man Ray o Brassaï, por ejemplo– consiguieron incluso manipular el cuerpo femenino para que, desde el ángulo insólito o la iluminación forzada, sus formas sugirieran la del falo en erección. La placa de Man Ray que ilustra este artículo, y para la que probablemente posó su amante –y también fotógrafa– Lee Miller, constituye un ejemplo de lo que quiero decir. Los surrealistas acabaron en cierto sentido con la pornografía elevándola a la categoría de arte. La muñeca de Bellmer, los dibujos de André Masson para Histoire de l'oeil de Bataille, incluso las sexualmente agresivas esculturas de Giacometti de los años treinta, se nutren de pornografía: por eso fueron subversivas respecto al orden moral establecido. Pero estamos en el siglo XXI . Ahora la pornografía puede ser incluso c hic. Los árbitros de la moda femenina alientan el uso de prendas que hace tan solo una década sólo podían adquirirse en los sex shops y que públicamente únicamente se atrevían a lucir las prostitutas. La lencería que se exhibe en los escaparates de Selfridge's –por referirme a una institución londinense particularmente respetable– es muy semejante a la que anuncian los catálogos de las más osadas revistas «para hombres». Después de década y media de puritanismo políticamente correcto, diseñadores y «creadores de estilo» han invertido la tendencia: lo porno es sexy. La prensa británica se ha hecho eco hasta la náusea de la apertura de las nuevas sex-shops dirigidas por conspicuas empresarias y enfocadas a los «nuevos gustos» de la mujer «postfeminista». Sam Roddick, hija de la creadora del emporio Body Shop –las famosas tiendas de cosmética natural presentes en más de cuarenta países– es la directora de uno de esos sofisticados establecimientos consagrados al culto del orgasmo: Coco de Mer, muy cerca del Covent Garden. Luces tenues, sedas de colores cálidos, elegancia en el display de objetos y prendas de vestir. Soy curioso, de manera que le pedí a mi mujer que me acompañara y nos presentamos en la tienda una fría tarde de diciembre. Nos atendieron muchachos y muchachas hermosos y elegantes que parecían salidos de una agencia de modelos o de un magazine televisivo. Amablemente nos mostraron consoladores –ya no se lleva el látex, ahora se hacen de madera o silicona: más sanos– cinturones de castidad, cremas afrodisiacas, látigos, toda la parafernalia de siempre rodeada de un aura lujosa, y con el grado suficiente de ironía postmoderna. Sonreían mientras nos hablaban con el mismo aplomo con que cualquier vendedor profesional explica las excelencias de su género. Decididamente, los tiempos están cambiando. Igual que siempre.

REFERENCIAS
Catálogo de la exposición Surrealism, Desire Unbound. Tate Publishing. Londres, 2001. 352 páginas.
Brandon, R.: Surreal Lives. The Surrealists, 1917-1945. Macmillan. Londres, 1999, 528 págs. La exposición podrá verse en el Metropolitan neoyorquino entre febrero y mayo de 2002.
Tienda «Coco de Mer». 23, Monmouth Streeth. Londres, WC2.
En la red: www.cocode-mer.co.uk. Pornografías Man Ray Anatomies, 1929.

01/01/2002

 
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