ARTÍCULO

El español en América

Espasa-Calpe, Madrid, 1998
272 págs. 2.950 ptas.
 

Casi desde el momento mismo de la independencia de las repúblicas americanas nacía entre los eruditos y letrados de los nuevos países la preocupación por el hecho de que la secesión política pudiera ir acompañada de una ruptura lingüística que, en general, era considerada como nociva. Todavía hace cien años, el gran filólogo colombiano Rufino José Cuervo, inmerso en estudios de lingüística evolutiva, estaba convencido de que la suerte del español en América no podía ser otra que la del latín: fragmentarse en diferentes lenguas nacionales que seguirían caminos distintos.

Humberto López Morales, lingüista de prestigio, catedrático de la Universidad de Puerto Rico, secretario general de la Asociación de Academias de la Lengua Española, sostiene una opinión radicalmente diferente. Hoy el 90 por 100 de los hablantes del español lo hace en América, de manera que el eje de la lengua ha ido desplazándose al otro lado del Atlántico, pero, al mismo tiempo, las comunicaciones entre los hablantes del español han crecido exponencialmente y la unidad de la lengua queda reforzada como nunca antes. En La aventura del español en América, López Morales presenta las vicisitudes de nuestra lengua en su difusión en el continente americano desde la llegada de los primeros españoles a las Antillas hasta la reciente creación de Mercosur y su inserción obligada en los nuevos planes de estudio de Brasil.

En los primeros capítulos se impone una orientación histórica. López Morales insiste en la hipótesis del andalucismo del español americano, hoy plenamente asentada: entre andaluces y extremeños (lingüísticamente, si no idénticos, sí muy próximos) constituyeron el 47,6 por 100 de los colonizadores en los dos primeros siglos. Más difícil es justificar que la mayor parte de los colonizadores procedieran de las ciudades y que por ello quedaran atrás las «rusticidades» de la Península. Sin olvidar el importante papel de Sevilla en el trasiego de población, tal como ya puso de relieve Menéndez Pidal, hay que considerar que hasta el siglo XIX casi toda la población peninsular era campesina y que sin ella no podría entenderse, por ejemplo, el porcentaje de población extremeña, procedente de una región donde incluso hoy faltan grandes ciudades.

Si conocemos el origen de los colonizadores, el lugar de su asentamiento en América es más difícil de precisar, teniendo en cuenta los frecuentes desplazamientos realizados a zonas muy distintas de los lugares de llegada. En todo caso, es ingenuo suponer que la afinidad climática haría elegir a los andaluces las tierras calientes costeras mientras que los castellanos preferirían las tierras altas, pues ello contradice lo que es habitual entre los inmigrantes, que simplemente se instalan en los lugares en que encuentran acomodo más satisfactorio. Y todavía más ingenuo es derivar de esta hipótesis alguna trascendencia en el reparto dialectal americano. Es que, a diferencia de lo que sucede en la Península Ibérica, donde algunas de las fronteras dialectales pueden ser trazadas con nitidez y explicadas en virtud de la repoblación, en América los límites dialectales varían según se tenga en cuenta la fonética, la morfología o el léxico y faltan explicaciones plenamente fundadas sobre su origen. López Morales propone, con buen sentido, un criterio integrador que permita proporcionar el perfil lingüístico de cada país aunque probablemente no será posible el trazado claro de las fronteras dialectales hasta que se haya terminado de elaborar el atlas lingüístico del continente.

Pero López Morales no se limita a proporcionar las cifras frías del número y de la procedencia de los españoles. La empresa de América era difícil y arriesgada y suponía un desgarro social de la familia y los deudos. La correspondencia desde América conservada en los archivos no sólo sirve de impagable testimonio lingüístico sino que muestra, a veces con dramatismo, siempre con emoción, los sentimientos de aquellos hombres.

En las nuevas tierras el español entra en contacto con otras lenguas, las de los indígenas, y también las de la población africana llevada como esclava en proporciones importantes. En el momento del descubrimiento, los pueblos americanos hablaban una gran cantidad de lenguas, más de seiscientas, que supusieron para los españoles un grave problema de comunicación, sobre todo, cuando se proponen su evangelización. De esas lenguas, algunas desaparecen tempranamente como consecuencia de la extinción de las poblaciones que las hablaban (en las Antillas, ya en el siglo XVII ). Pero, en conjunto, han persistido, y ello se debe a que la política lingüística de la Corona española fue dubitativa y contradictoria hasta finales del siglo XVIII, de manera que no hubo voluntad clara de hispanización de los indígenas fundamentalmente hasta la época republicana. En la actualidad, el contacto con el español amenaza gravemente la pervivencia de estas lenguas indígenas, a pesar de la política de respeto que hacia ellas, al menos sobre el papel, suelen mostrar las autoridades políticas. Con la excepción de las grandes lenguas generales (quechua, aymara, nahuatl, guaraní), su fragmentación y la escasez de población de muchos de los pueblos que las hablan hacen que sea muy difícil su supervivencia.

Del contacto lingüístico con el otro gran grupo que configura la población americana, el de los negros africanos, a diferencia de lo que sucede en colonias inglesas, francesas u holandesas, no han resultado criollos (lenguas mixtas) de base española. La única excepción es el papiamento, hablado en Curaçao, y el palenquero de Colombia. López Morales explica muy satisfactoriamente la inexistencia de estas lenguas mixtas: los esclavos no constituyeron nunca una población aislada, de modo que los negros criollos aprendían el español, que era la lengua de prestigio.

Junto con la orientación histórica, en toda la obra es constante el interés por el vocabulario. En su aventura americana, el español toma elementos léxicos de las lenguas amerindias ya desde el primer viaje de Colón. Por eso, se aprecia claramente el papel de pórtico que tienen las Antillas: voces procedentes del arahuaco hablado en estas islas se difunden después a otros países americanos llevadas por los propios españoles. La influencia de las lenguas africanas es mucho menor y, además, muchos de los términos de origen africano, al estar asociados a realidades que han desaparecido, están cayendo rápidamente en desuso incluso en Cuba o en Puerto Rico, allí donde el influjo africano era mayor.

El vocabulario específico de América no es resultado sólo del contacto lingüístico. Su diversificación con respecto al peninsular se deriva también de la incorporación de neologismos tomados de fuentes distintas (un ejemplo típico es el del vocabulario de la construcción), y naturalmente, también es consecuencia de la actuación de mecanismos de cambio semántico, sobre todo de tipo eufemístico o disfemístico, que producen usos nuevos aunque de limitada extensión.

Pero la divergencia final en el léxico de unos y otros países no es excesiva. A partir de encuestas de disponibilidad léxica se observa que el índice de compatibilidad es alto en lugares muy distintos del ámbito hispanohablante (Madrid, Méjico, Concepción, Santo Domingo, etc.): en torno al 64 por 100 de las palabras dentro de las 50 más usadas en cada área son comunes. Y lo que es aún más importante, la compatibilidad tiende a aumentar. De un lado, porque los neologismos técnicos, que durante muchos años fueron claramente divergentes, se van uniformando mediante un proceso al que no son ajenas las Academias de la lengua. Por otro, ya lo hemos apuntado, se está produciendo una rápida mortandad de toda una parte del léxico especializado, el vinculado a formas de vida tradicionales.

En los cambios sociales que subyacen al abandono del léxico tradicional, un factor decisivo es la asombrosa urbanización de la población americana. Alguna ciudad como San Juan de Puerto Rico reúne a la mitad de la población de la isla; otras, como Montevideo, Santiago de Chile, Buenos Aires, Santo Domingo y Lima, albergan casi a la tercera parte de los habitantes de sus respectivos países. Mientras que durante un tiempo se temió que tan impresionante inmigración rural impusiera su norma en las ciudades, el resultado ha sido exactamente el contrario: la ciudad hace valer su norma lingüística y los habitantes que no se acomodan a ella son discriminados. López Morales ejemplifica este proceso con un estudio variacionista de la pronunciación en Puerto Rico.

En los últimos capítulos del libro se examinan los contactos del español con el inglés. Sin olvidar la suerte de la antigua población hispánica de los Estados Unidos ni la de los inmigrantes en ese país, López Morales se centra, sobre todo, en el país que mejor conoce y que, además es el de destino lingüístico más incierto, Puerto Rico. Tras narrar su azarosa historia legal, estudia la penetración del anglicismo, desde luego mayor que en otros países, pero aún sorprendentemente escasa después de cien años de fuerte presión política y cultural en favor del inglés.

Sin duda, Humberto López Morales no ha agotado las aventuras del español en América. Podría haber tratado de la historia –trágica– de los inmigrantes canarios en Luisiana, aislados en medio de una población de lengua francesa, primero, y de lengua inglesa después, pero que, tras doscientos años de soledad, aún conservan reliquias de su lengua. O, al contrario, podría describir cómo los jesuitas renuncian al español en su evangelización del Paraguay buscando, mediante el empleo del guaraní, evitar la contaminación ideológica y moral de los indios, o tantos y tantos otros aspectos de la realidad lingüística americana. Los asuntos tratados en su libro no llegan a tener unidad temática ni una coherencia plena, pero la estructura en mosaico que ha elegido el autor proporciona al lector no técnico una perspectiva clara y suficientemente general de la historia y de la diversidad de español en América.

01/03/1999

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