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Hoy empieza todo, de Bertrand Tavernier, está distribuida por Vértigo.
 

Los últimos meses han coincidido en las carteleras españolas varias sobresalientes películas europeas, un fenómeno poco frecuente que remite a épocas pasadas, cuando el cine americano, aunque dominador, no se había impuesto de esta manera apabullante y casi en exclusiva que hoy conocemos. Triste exclusiva además, si consideramos el bajo nivel a que ha llegado Hollywood cuyos productos de celuloide parecen hechos para competir con las maquinitas de marcianitos o los juegos de ordenador, cumpliendo una regla casi siempre fatal de mala utilización de la técnica, pues a más dominio de los efectos especiales más estupidez final. El cine europeo, aunque con dificultades y de manera minoritaria, a veces casi secreta –me refiero a ese cine europeo que no mimetiza al americano– se erige cada vez más como una alternativa posible, como en su día, un día no tan lejano, lo fue ya; una alternativa en estilo, en temática y en intención. Tres películas representan estupendamente lo que aquí decimos: la belga Rosseta, la británica Wonderland y la francesa Hoy empieza todo. ¿Qué tienen en común? Algo esencial: son películas tratadas como hechos artísticos, no como objetos de evasión o entretenimiento. En Rosseta se narra la tragedia de una joven que busca desesperadamente su primer trabajo. Rodada en Lieja, se refleja en ella la penuria de la Valonia, la región francófona de Bélgica. Tiene el sello de sus directores, los hermanos Dardenne, Luc y Jean Pierre, cuya carrera cinematográfica se desarrolló en el documental, hasta que hace un par de años rodaron La promesa, en la que mostraban la cruel explotación que sufren los inmigrantes ilegales. Wonderland, del británico Michael Winterbotton, es un turbador relato, cámara al hombro (Steady Cam) –en lo que coincide con Rosseta y con Hoy empieza todo –, de la vida de tres hermanas que funden sus soledades y su frustración en el anonimato bullicioso de la gran ciudad, Londres. Y, por último, Hoy empieza todo, del francés Bertrand Tavernier, que basada en el testimonio personal del maestro Dominique Sampiero, compañero sentimental de la hija de Tavernier, cuenta la tragedia cotidiana de los miembros de una comunidad minera del norte de Francia, de la minería del carbón, un sector ciertamente abocado al cierre. Algo, pues, se está moviendo en el cine, al menos en el cine europeo. Y aunque aquí vamos a dedicar el comentario a Hoy empieza todo, podíamos haber hablado con igual razón de las otras, pues las tres pueden englobarse, a mi juicio, bajo el epígrafe de un nuevo realismo. Son un aldabonazo, una señal de partida de un movimiento que nunca desapareció del todo pero que se mantuvo aletargado y a la sombra. Surgen en distintos puntos de Europa: en Gran Bretaña, Francia, Bélgica, España, y pretenden remover la conciencia de los espectadores. No está nada mal. Pero ¿por qué este tipo de películas ahora? Quizá porque son muchos los que en Europa sienten que se ha tocado fondo, pues desde la caída del muro de Berlín todo el monte es orégano y un liberalismo económico de corte fundamentalista se ha apoderado del mundo como si fuera la panacea universal. Aquí, claro, no vamos a hablar de política, pero sí estamos obligados a hacerlo del entorno en el que nacen las obras de arte. Y hay que reconocer que si bien es cierto que en la Cuba de Castro la escasez ha alcanzado una agresividad que atenta contra la dignidad del hombre, no es menos cierto que en países donde el liberalismo económico ha echado profundas raíces, Brasil, Chile, Venezuela, México, por no salir de aquel hemisferio, la miseria es uno de los modos de vida más extendidos, una miseria que carece además del paliativo de ciertos servicios sanitarios o educativos gratuitos. Así que en ésas estamos. Bertrand Tavernier, el director de Hoy empieza todo, tiene ya una dilatada carrera cinematográfica que inició como crítico en revistas tan conocidas como Cinema 60, Cahiers de Cinema o Positif. Su primer largometraje data de 1973, El relojero de Saint-Paul, basado en la novela de Simenon El relojero de Everton. De entonces acá ha realizado un buen puñado de películas originales y distintas, señaladas cada una de ellas por su ruptura con las precedentes, abarcando los escenarios y los asuntos más diversos, con el solo común denominador de una voluntad de realismo y un estilo academicista. Hoy empieza todo nos introduce en un lúgubre paisaje que no pertenece al tercero ni al segundo mundo, sino al corazón de Europa occidental. Un paisaje que ya nos es algo familiar, gracias al cine inglés sobre todo, esas películas del norte de Inglaterra, de Escocia o Gales, que tienen por escenario un típico poblachón de casas de una o dos plantas, corons, se dice en francés, todas iguales, grisáceas, marrones, oscuras, como el cielo plomizo que parece aplastarlas. En medio del núcleo urbano, retranqueada, para dejar lugar al patio, está la guardería o parvulario o escuela de primeras letras, en francés, l'école maternelle. Y más allá, las torres de las minas arruinadas elevando sus esqueletos contra el horizonte entre montículos de escoria. El lugar es real, está en el norte de Francia, cerca de Valenciennes, y se llama Hernaing. Pero podía ser Asturias, Gales, Escocia, León o Galicia: tiene una tasa de paro del 34%. El gran protagonista es el director del parvulario, Daniel Lefevre, interpretado admirablemente por Philippe Torreton, un actor que ya había trabajado a las órdenes de Tavernier, siempre con excelentes resultados. A Tavernier le gusta rodar con actores improvisados al lado de los profesionales. Hoy empieza todo no es una excepción. Pero asombra no ya el trabajo excelente de todos ellos sino la simbiosis perfecta de unos y otros. Aunque, y eso es lo admirable, de entre los tipos humanos a los que los lugareños prestan su fisonomía, el más genuino parece Torreton. Una interpretación absolutamente magnífica. Al director le ayuda en su tarea docente un abnegado equipo de maestras y, en otro ámbito, una asistente social, Samira, interpretada por Nadia Kaci, dinámica y entusiasta. Pero el director es el personaje fundamental no tanto por lo que le ocurre a él directamente, sino porque a través de sus ojos vemos el mundo. Es un tipo extraordinario –hijo de un padre violento que también fue minero–, se esfuerza con los niños, a los que estimula incesantemente para enseñarles del modo más grato y eficaz posible los primeros conocimientos. Y lo hace sin rutina, con una creatividad enorme, a la que se entrega con fe y entusiasmo, involucrándose inevitablemente en las circunstancias personales de cada niño. Unos no traen el bocadillo de la merienda que las reglas estipulan, otros sufren amenaza de expulsión porque los padres no pueden pagar los casi simbólicos treinta francos que la municipalidad les exige para el mantenimiento de la escuela, unas setecientas cincuenta pesetas. Lo que da idea de la sorprendente penuria que se padece en algunas áreas del pomposo primer mundo. No se trata de homeless o vagabundos que hayan elegido voluntariamente esa libérrima y peculiarísima forma de ejercer la independencia personal, aceptando como penosa contraprestación la marginalidad y la miseria, sino de ciudadanos franceses –no son tan siquiera inmigrantes ilegales africanos–, que quieren un puesto de trabajo y que no lo tienen y que, por lo que se ve, tampoco tienen subsidio de paro ni ayudas sociales suficientes. Una tarde, una madre acude, empujando un cochecito en el que lleva a su bebé, a recoger a su otra hija, Leticia. La madre se ha presentado con inusual retraso y la niña se apresura a su encuentro. La madre se inclina para besarla cuando cae al suelo. Lefevre corre en su auxilio. Pero, antes de que pueda llegar, la madre se levanta de súbito y emprende una precipitada huida, abandonando a sus hijos. Otra enseñante comenta que estaba borracha y que ha huido para evitar la vergüenza de que descubrieran su estado. Lefevre se queda, pues, con los dos niños. Y ahí empieza el conflicto. Telefonea al Servicio de Asistencia Social pero no obtiene respuesta adecuada. Así que, contraviniendo el reglamento que prohíbe tales iniciativas, acompaña a los dos niños a su casa. Lo que allí ve remueve su conciencia y le hace enfrentarse poco a poco con las instituciones, incluido el alcalde comunista. Un enfrentamiento en el que la sombra de Kafka planea levemente pero de continuo sobre todos los estamentos oficiales, fatalmente atrapados bajo la ineludible lógica de la burocracia y de la política. Ese es, en brevísima síntesis, el argumento. Hemos apuntado que el maestro Lefevre tiene una vida privada, pues hemos hablado de su padre, minero jubilado. Añadamos que también tiene una compañera sentimental, Valeria, interpretada por María Piarresi, y que vive con ella y con el hijo de ella. Pero estos datos, no son sino la excusa para hacerle más de carne y hueso, para que esa mirada, a través de la que vemos panorama tan desolador, no sea una mirada meramente instrumental, sino la de un ser de carne y hueso. El que su compañera trabaje en el bar de sus padres, el que forje hierros para hacer esculturas, o el que su hijo sufra una crisis de relación con ellos, poco importa. Lo verdaderamente relevante es cuanto ocurre alrededor y así quiere Tavernier que lo perciba el espectador: la miseria profunda de una comarca que fue próspera, esas familias que sobreviven a base de leche y galletas con diez francos para diez días, que sufren cortes de luz y calefacción de cara al más crudo invierno, que caen en el alcoholismo y a veces en el suicidio. Y aquí está precisamente el riesgo. Porque tan dramática acumulación de elementos negativos podía dar lugar a una conclusión descaradamente panfletaria o a un alegato chillón, lo que no ocurre por virtud de la gracia narrativa, del modo de hacer de Tavernier, implicado pero alejado, emotivo pero frío. Tavernier se enfrenta estrictamente con hechos; no intenta resolver teóricamente nada ni llevar agua a ningún molino. Y eso, claro, se convierte en estilo. Ninguna secuencia adquiere un relieve especial. Es el conjunto el que fluye como en un poema, con ritmo y cadencia, y es el conjunto, no los sucesos aislados, lo que nos conmueve y provoca. La impresión es de un enorme equilibrio. Ça commence aujourd'hui es el título francés de la película. En las primeras secuencias, quizá cuando aún no se han desvanecido los títulos de crédito, una voz en off dice que los sueños y los relatos carecen de principio y final. La película es fiel a esta declaración. La situación que se plantea no encuentra desenlace. Lo que hoy comienza es lo mismo que comenzó ayer, algo que siempre quedará pendiente, porque siempre quedará algo más que hacer, un algo que permita que las cosas cambien. La pobre luz invernal, los personajes, las maestras, los niños, las niñas, el pueblo, la sombra de las minas cerradas configuran un escenario que provoca inquietud cuando no promueve la solidaridad. Un cine como el que hacía tiempo no veíamos, poderoso, inconformista, sin ideología explícita, o sin más ideología que la que se desprende de los hechos.

01/03/2000

 
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