ARTÍCULO

El titiritero

Península, Barcelona
Trad. de Jorge Navarro Pérez
272 págs. 19,23 €
 

La historia lo conoce como dictador sin escrúpulos y asesino múltiple, que hizo liquidar a sus enemigos y rivales, inició una guerra de dimensiones inimaginables, dio la señal para el exterminio de los judíos europeos y, por fin, pretendió enviar a la perdición a su propio pueblo. Su biógrafo mejor informado, Ian Kershaw, lo caracteriza como un «ser impersonal» incapaz de cualquier vida independiente de su papel político e incapaz de toda amistad profunda, y le niega una «vida privada» que mereciera ese nombre. Adolf Hitler tenía una amante, Eva Braun, pero la ocultaba en la vida pública y nunca tuvo intención de crear una familia. Sus admiradores y seguidores incondicionales nunca estaban seguros de caer en desgracia de un día para otro. En cuanto el Führer intuía la traición a su persona o a su misión histórica, la vida de esos colaboradores corría un peligro extremo.

Ante este telón de fondo resulta tanto más sorprendente una descripción de Hitler que no se corresponde en absoluto con esta imagen. ¿Qué se nos describe? Un amable caballero entrado en años, que trata a las damas de su séquito con gentileza y casi paternal consideración, que las invita amablemente a la mesa, donde propone temas de conversación inocuos y amenos, adornados con chistes y anécdotas divertidas. Un Führer que se comporta de manera poco autoritaria y que a una empleada, que se disculpa después de presentarse ante él y el rey de Bulgaria con la boca llena y una manzana ya mordida en la mano, le dice tranquilizadoramente: «No importa, hija mía, un rey no es más que un ser humano».

Esto nos suena a la insidiosa propaganda mendaz de los incorregibles falsificadores de la historia. Pero ni siquiera los neonazis utilizarían estos argumentos, ya que desmitifican la imagen heroica de su venerado ídolo y la convierten en la figura insulsa de un cuento para irse a dormir. No, esta descripción no tiene segundas intenciones, es, extrañamente, tan ingenua como despreocupada. Proviene de la memoria aún fresca de Traudl Junge, que desde diciembre de 1942 hasta el 30 de abril de 1945 fue secretaria personal de Hitler y registró sus vivencias ya en 1947-1948, aunque no las publicara.

La publicación se produjo cuando la visitó Melissa Müller, una periodista cuarenta y siete años más joven y experta en el tema, que tuvo con ella numerosas conversaciones, en parte ante las cámaras. Al mismo tiempo que el libro, apareció un documental cinematográfico Im toten Winkel, firmado por André Heller y Otthmar Schmiderer. La película revela con mayor claridad la profunda discrepancia existente entre la autora espontánea de 1947 y la entrevistada, que desde mediados de los años sesenta analizó con pundonor y sinceridad su pasado. Traudl Junge murió en febrero de 2002 a la edad de 81 años.

Estuvo acertada Melissa Müller al convencer a Traudl Junge para que publicara su manuscrito sin alteraciones. La inmediatez y la espontaneidad de las notas, por mucho que puedan irritar o incluso chocar al lector de hoy, constituyen el fuerte de este texto. Quizá confirme la tesis de Hannah Arendt sobre la «banalidad del mal», pero sobre todo subraya la yuxtaposición directa de rasgos de carácter, que generalmente se tienen por contrapuestos, en la persona de Hitler: cordialidad y frialdad, afabilidad y crueldad, pedantería y extremismo superlativo. Aunque las notas de Junge sólo muestren un lado de esa personalidad, el otro nos es de sobra conocido a través de innumerables fuentes. Junge no contribuye a la comprensión de Hitler como hombre político, pero sí a la interpretación de su supuesto «ser impersonal».

¿Era Hitler sólo un actor que siempre ocultaba cuidadosamente sus móviles internos? Tras la lectura del libro de Junge más bien parece que Hitler se permitía en su círculo más íntimo una vida privada muy limitada, por no decir pobre, que separaba de su papel de Führer. En esta vida privada residual sin duda podía ser moderado, amable y sensible. No es cuestión de que desempeñara un segundo papel al margen del primero, el determinante y decisivo para él. Quienes lo rodeaban no notaban una disonancia que hubiera podido intranquilizarlos. Todos comprendían que el Führer necesitaba momentos de asueto, en los que el «genio» político se recuperaba de las fatigas de su «misión histórica».

Condicionadas por la actividad de Junge como una de las cuatro secretarias personales de Hitler durante los últimos tres años de la guerra, sus anotaciones se concentran en tres escenarios: la Wolfschanze, el cuartel general del Führer en Prusia Oriental, el Berghof, su refugio privado en el Obersalzberg, y el búnker del Führer bajo la cancillería del Reich en Berlín. Las poco frecuentes sesiones de dictado de Hitler y las cartas que tenía que escribir ocupaban poco tiempo a la secretaria Junge. Pero también tenía la misión ineludible de hacer compañía a Hitler durante las comidas, las pausas para tomar el té y en las sobremesas nocturnas en un círculo de íntimos. El Führer atribuía a esta misión una importancia casi nacional, como si se tratara de un servicio al pueblo alemán. En numerosas repeticiones las notas de Traudl Junge caracterizan a Hitler como a un anfitrión que trataba a las damas con especial «amabilidad y cortesía». Ni les imponía su monótona dieta o su comida vegetariana, ni les prohibía que fumaran en su ausencia. Las repeticiones del texto hacen tanto más verosímil el relato.

Eva Braun ocupa en él un espacio relativamente grande. En el Berghof era la señora de la casa. Allí incluso sus dos terrier escoceses tenían preferencia sobre Blondi, la perra pastor alemán tan querida de Hitler, cuya inteligencia ensalzaba continuamente y con la que solía jugar con entrega y paciencia. En el ámbito privado Hitler trataba a su amante con respeto, y cuando bromeaban era evidente que ambos se divertían. Junge cree que lo que atraía a Hitler en Eva Braun no eran tanto su aspecto y su buen gusto sino sus «cualidades humanas». Sus conocimientos sobre las mujeres los derivaba en muchos aspectos de ella. Cuenta Junge que Hitler hablaba a menudo sobre Eva Braun y se preocupaba por su bienestar. Siempre que la conversación se centraba en ella Traudl Junge creía ver «que los ojos de Hitler adquirían un brillo cálido y profundo y que su voz se volvía suave y dulce». A pesar de todo, no besó a Eva Braun en la boca en presencia de otros hasta el 22 de abril de 1945, ocho días antes de su suicidio compartido. Poco antes Hitler había declarado que «todo estaba perdido irremediablemente».

Día tras día Traudl Junge tomó parte en estas conversaciones en un círculo reducido. Fueron tantas que en 1947 había olvidado casi todos los detalles. Lo que queda es más el recuerdo de una atmósfera que de datos concretos, más el cómo que el qué. Lo que desde el principio sorprendió a la joven secretaria fue «la espontaneidad de la conversación». Generalmente se bromeaba y reía, se ridiculizaba a otras personas, se contaban anécdotas y pequeños incidentes. Los perros, la alimentación y los matrimonios eran algunos de los temas favoritos. En estas veladas privadas Hitler ponía mucho empeño en que no se trataran temas como la política y la guerra.

Sin embargo, podía ocurrir que Hitler se interesara por una cuestión y expusiera entonces sus convicciones fundamentales en largos monólogos. «Su religión eran las leyes de la naturaleza », resume Junge: la ley de la lucha, en la que sucumbe todo el que carece de vitalidad y es débil. Una vez Traudl Junge fue compañera de mesa de Himmler, quien con tono jovial relató una anécdota, según la cual había instituido en un campo de concentración como guardia de incendios digno de toda confianza a un declarado pirómano. Hitler respondió con un breve gesto de aprobación. El tema del destino de los judíos era absolutamente tabú. En una ocasión una invitada hasta entonces bien recibida describió la deportación de judíos que ella misma había presenciado en Amsterdam y le preguntó al Führer si estaba de acuerdo. Hitler abandonó sin una palabra la habitación. La dama no volvió a ser invitada.

Sin duda, de las anotaciones de Junge pueden extraerse algunos comentarios políticos de Hitler, por ejemplo, sobre viejos compañeros de lucha, sobre Mussolini, sobre los «traidores» del 20 de julio de 1944 o sobre las armas «milagrosas », pero no desempeñan un gran papel. Tampoco su relato sobre los diez últimos días en el búnker del Führer añade muchos datos nuevos a las descripciones, en parte minuciosas, de las que actualmente disponemos como las de Hugh R. Trevor-Roper (1946), James O’Donnell y Uwe Bahnsen (1975) o la de Anton Joachimsthaler (1996). Pero Traudl Junge consigue transmitir al lector muy intensamente el estado de ánimo desolado y fantasmal de los ocupantes del búnker y el declive vertiginoso del Führer. No sin razón la película Bis zur letzten Stunde de Bernd Eichinger, que llegará a los cines a finales de 2004, se basa en gran medida en las anotaciones de Junge. Tampoco hay que olvidar que algunas tradiciones importantes se basan exclusivamente en el relato de Junge. Únicamente ella refiere haber escuchado en el momento supuesto del suicidio de Hitler una fuerte detonación que, según ella, el hijo de Goebbels, Helmut, confundió con un «impacto pleno» de un proyectil de la artillería rusa.

Este testimonio y otros aparecen citados en el ensayo histórico de Joachim Fest Der Untergang, publicado en 2002.

Cuando, en la medianoche del 29 de abril de 1945, Hitler solicitó los servicios de su secretaria para una sesión de dictado, Traudl Junge alcanzó la cima de su función como secretaria de Hitler: éste le dictó su testamento privado y político. Con ello Junge escribió «la última página de la historia del Tercer Reich», que fue entregada al mundo sin corrección alguna. Las declaraciones divergentes de Junge en lo que se refiere al momento y al orden de los dictados son hasta hoy una fuente de confusión para los estudiosos del tema. Una colección de los recuerdos de Junge, compilada por el pseudo-historiador británico David Irving, da a entender que los dictados tuvieron lugar muy avanzada la noche, mientras que Junge declaró ante el juzgado de Laufen, el 24 de febrero de 1954, que habían comenzado poco antes de medianoche. En cualquier caso, la secretaria se sorprendió mucho de que Hitler no utilizara su testamento político para una justificación o incluso una declaración de culpabilidad, sino que, por el contrario, repitiera viejas, y para todo el mundo conocidas, «explicaciones, acusaciones y exigencias» y que, para colmo, nombrara un nuevo gobierno nacionalsocialista. Pocos días antes había pronunciado este tremendo veredicto: «El nacionalsocialismo ha muerto », porque los alemanes no han estado a la altura de su misión histórica.

Las memorias de Traudl Junge dibujan la imagen de «un Führer humano, comprensivo, intangible», una imagen que sin duda compartieron hasta el final la mayoría de los alemanes, sin que se hallaran tan próximos a él como su secretaria. La otra cara de esta imagen no se mostraba prácticamente nunca. Cuando a principios de 1943 Hitler abandonó por unos días el búnker del Führer y se hizo allí una extraña calma, Junge comprendió de pronto hasta qué punto toda la actividad se centraba en la persona de Hitler. Todas las personas de su séquito dependían de él como las marionetas de un «titiritero» que las manejaba a su gusto. Así se comprende la rabia impotente que se apoderó de los seguidores de Hitler cuando éste los abandonó definitivamente. Les dejó únicamente «el vacío y el desconcierto».  

01/08/2004

 
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