ARTÍCULO

JOSÉ LUIS DE JUAN. ESTE LATENTE MUNDO

Este latente mundo ha sido publicada por Alba Editorial.
 

Todavía se escriben muchas novelas desde la convicción, no tan ingenua si se venden, de que la novela, como el periodismo, es un testimonio directo y especular del mundo. Eso favorece la existencia de novelas obvias, que pretenden ordenar narrativamente ciertos estereotipos de las conductas humanas que todos podemos conocer por los medios de comunicación, o por lo que nuestros amigos nos cuentan. La novela de José Luis de Juan no pertenece a esa familia, sino que se propone presentar un texto específico, metafórico, nada subsidiario de la realidad cotidiana, dentro de esa tradición sin cánones ni escuelas que acaso haya dado los logros literarios más interesantes del siglo que terminará este año –o el que viene, según el capricho de cada uno–. Además, esta novela es insólita por otras razones. En el peculiar sistema binario que parece haber presidido su composición, las dos quintaesencias de lo humano, por un lado el producto escrito de la invención conceptual y literaria, y por otro el semen, elemento básico para la reproducción biológica, cumplirían la simetría más profunda. La escritura, que parece quedar en los libros, susceptible de ser manipulada, trastocada, y por último olvidada y perdida, pese al esfuerzo de los escritores y al cobijo de las bibliotecas; la sustancia seminal, dilapidada sin destino en los escarceos carnales de unos personajes que, con una disposición muy propia de nuestra época, unen el apasionamiento físico a la frialdad mental.

El sistema binario está en casi todos los aspectos del libro. En cuanto a su forma, se trata de dos historias que se desarrollan en contrapunto, a través de veintinueve fragmentos. Una transcurre en Roma, durante el Bajo Imperio. En ella, en tercera persona, se describe la vida de Mazuf, copista sirio que trabaja en el negocio editorial de la época y visita a menudo las bibliotecas de la ciudad, y que dedica sus asuetos a una enfervorizada y promiscua pederastia. La otra historia transcurre en tiempos contemporáneos. El universitario Laurence narra, en primera persona, diversos sucesos acaecidos a lo largo de los años, en los que el asesinato disimulado de suicidio compone la cumbre de ciertas relaciones. En este caso, el panorama de los manuscritos es sustituido por el mundo de Harvard y sus bibliotecas, y la indiscriminada pederastia de Mazuf encuentra similitud en una enconada práctica genital, por parte del narrador, con sus colegas y superiores del mismo sexo. La decidida homosexualidad de ambos personajes, que parecen pertenecer al linaje de ciertos scelerats sadianos, sin otro destino que la inmediata embriaguez sensual, no impide que, al menos en una ocasión cada uno, se relacionen con una mujer.

El juego de duplicidades no termina en lo que se ha apuntado, simplificando las líneas temáticas del libro, pues en la historia de Mazuf hay otra sutil duplicidad: el copista, con el tiempo extraordinario ventrílocuo, manipulará los textos que le son dictados para darles el contenido que cree más adecuado según la lógica o la estética. En la historia que cuenta Laurence, Jonathan, uno de sus colegas, amantes y víctimas, se entretiene dentro de una biblioteca en la actividad furtiva de separar verticalmente en dos mitades cada página de Decadencia yruina del Imperio Romano, de Edward Gibbon, para volver a unirlas alterando la secuencia originaria, y crear un nuevo texto inescrutable. Que sea una mujer, una especie de novia, la que hereda la clandestina tarea, forma también parte de la ley de dobles que estructura la novela. La culminación del sistema binario, expuesta con mucha contención y medida, sería el hecho de que la historia que se nos cuenta de Mazuf, que tiene como escenario el Argileto romano, con las bibliotecas y barrios infames de la ciudad, parece haber sido escrita por Jonathan, mientras que la historia que tiene como escenario las bibliotecas –llenas de «merodeadores»–, despachos y dormitorios americanos del Harvard y Cambridge de nuestra época, parece pertenecer a la inventiva de Mazuf. Un juego metaliterario resuelto con acierto, que sólo puede pertenecer a la lógica de lo novelesco, y que consigue imbricar y dar sentido narrativo a todo el conjunto.

Calificar de novela histórica la parte romana sería reducirla injustamente al género. Sin duda la recreación de ambientes, la labor de los libreros y de sus equipos de trabajo, las referencias al entrenamiento de los copistas, el trasfondo de actitudes y reflexiones que se expone, tienen gran verosimilitud, pueden reconocerse por el lector como un mundo en verdad latente. Pero hay en la manera de narrar una voluntad de lejanía que desdibuja esa certeza, aunque no para hacerla menos verosímil, sino para rodearla de una cierta calidad alegórica, como si ciertamente Mazuf y sus trabajos literarios, y sus sórdidos ejercicios sexuales, no fuesen sino un artefacto simbólico para reflexionar sobre nuestra propia realidad. Del mismo modo, la convincente y meticulosa recreación de las bibliotecas, personajes y lugares por los que ha transcurrido la vida de Laurence, sus compañeros, la secreta dedicación a una sexualidad crispada y peligrosa, no deberían juzgarse desde una perspectiva naturalista, pues están cargados de un sentido que me atrevo a considerar expresivo de acabamiento y decadencia.

Sin embargo, acaso el significado último esté más claro en el episodio de Mazuf que en el de Laurence. La novela nunca pretende apoyarse en lo psicológico, pero así como la actitud de Mazuf se asume y reconoce pese a lo nada común de su personalidad, la de Laurence queda mucho más difusa y, a mi juicio, no acaban de justificarse plenamente en el relato los motivos de su comportamiento. Acaso en esto haya influido el punto de vista, que al plantearse en el caso de Laurence desde la primera persona, parece exigir mayor profundización en sus verdaderas motivaciones y deseos. También creo que hay desequilibrio entre los aspectos que pertenecen al mundo de la lectura y la biblioteca, y los que tienen como referencia el frenesí sexual de los personajes, en que puede haber habido en el autor cierta tentación provocadora. En fin, eso es cuestión de gustos, y nadie le podrá negar su excelente mano narrativa, que se muestra incluso en la concisión y eficacia con que plantea y resuelve lo obsceno.

01/11/1999

 
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