ARTÍCULO

El alcalde de Casterbridge

 

En un momento de esta novela, uno de los personajes dice: «Desde luego, hay unas fuerzas superiores que manejan nuestras vidas». El personaje no puede saber que tales «fuerzas superiores» provienen del puro designio del autor. Pues habrá pocas ficciones en que su autor juegue con tanto empecinamiento el papel de Dios omnipotente, dueño caprichoso del destino de sus criaturas mediante una peripecia llena de fatales sorpresas para los desdichados personajes que deben soportarlas.

La novela se divide en 45 capítulos no muy extensos, cargados de incidencias que van enredando –nunca mejor dicho– la trama. En el arranque, Michael Henchard, un aparvador que va de camino, se emborracha en una taberna campestre, y subasta y vende a su mujer, Susan, y a su pequeña hija, Elizabeth Jane, a un marinero llamado Newson. La mujer y la niña desaparecerán, sin que, una vez sobrio, pueda Henchard encontrarlas. Casi veinte años después, muerto al parecer Newson, Susan y Elizabeth Jane volverán a acercarse al hombre que las vendió, aunque la hija no conoce la verdadera relación de su madre con él. Durante ese tiempo, Henchard ha llegado a convertirse en el más poderoso comerciante de cereales de Casterbrigde, y en su alcalde. La aparición de Susan y Elizabeth Jean coincide con la de un joven escocés llamado Donald Farfrae, capaz de regenerar el trigo estropeado, que se dispone a marchar a América para hacer fortuna. Fascinado por el joven escocés, Henchard acaba convenciéndole para que se quede en Casterbrigde a su servicio como administrador. Al tiempo, rechaza a un tal Joshua Jopp, el hombre al que había llamado para ese mismo puesto. Para disimular su relación con Susan de una forma honorable, Henchard se vuelve a casar con ella, incumpliendo la promesa que había hecho a una pobre señorita llamada Lucetta, cuyo honor al parecer había comprometido en la lejana ciudad de Jersey. Por otra parte, se inicia una relación prometedora entre Farfrae y Elizabeth Jane. La fuerte simpatía que Henchard siente por su administrador se desmoronará ante el progresivo éxito social de éste. Acabará despidiéndolo y prohibiéndole que vea a su hija. La postrera enfermedad de Susan coincidirá con una herencia que hará rica a la lejana Lucetta. Antes de morir, Susan escribirá una carta a Henchard, «para abrir el día de la boda de la chica», en que le confiesa que la verdadera Elizabeth Jane murió de niña, y que ésta es hija del marinero Newson. Henchard lee la carta por casualidad, y cobra singular aborrecimiento por la muchacha, aunque escribe una carta a Farfrae, negociante en cereales cada vez más poderoso, autorizándole a cortejar nuevamente a su hija. Sin comprender la actitud distante de su padre, Elizabeth Jane cuenta sus penas a una desconocida, la señora Templeman, que la invita a instalarse en su casa y convertirse en su señorita de compañía. Donald Farfrae irá a visitar a Elizabeth Jane a su nueva morada y se encontrará con la señora Templeman, produciéndose una mutua atracción que tendrá resultados catastróficos para Henchard, ya que la tal Templeman es, en realidad, Lucetta, que ha venido a la ciudad para casarse con él. El antiguo administrador rechazado, Jopp –que al parecer conoce el pasado de Lucetta en Jersey-ha sido contratado por Henchard, pero los negocios le van muy mal y Henchard se arruina. Farfrae, casado con Lucetta, llega a ser el hombre más rico de la ciudad, y alcalde, y a comprar la antigua casa de Henchard, mientras éste se degrada socialmente hasta convertirse en un peón a su servicio, recuperando su modesto empleo de aparvador.

Nada faltará para que se cumplan todos los extremos melodramáticos del asunto: la dueña de aquella taberna en que Henchard subastó a su mujer e hija reaparecerá para hacerlo público. Newson, el marinero que las compró, no ha muerto, como ellas creían, y llega con bastante dinero para intentar recuperarlas. Unas antiguas cartas de Lucetta a Henchard, en que queda patente su al parecer indecorosa relación, serán entregadas por él a Jopp para que se las devuelva a la mujer, y desveladas en el más miserable figón del pueblo por gentes llenas de resentimiento. Los niveles de fatalidad son tales, y el destino de Henchard tan cruel, que no es extraño que antes de morir redacte un testamento en que, entre otras cosas patéticas, pide que no se le recuerde.

Esta exposición de ciertos aspectos del argumento no puede recoger todas las verdades parcialmente conocidas, confidencias repentinas, mudanzas en el sentimiento, impulsos irrefrenables y puras casualidades que van dirigiendo los comportamientos de los personajes. En su trama, la novela está montada como un verdadero juego de prestidigitación, en que no se desdeña ningún elemento para conseguir el resultado sorprendente, en una sucesión de golpes de efecto que siempre nos descubren que el autor se guardaba otro as en la manga. Sin embargo, la concisa y huraña determinación con que todo se nos va relatando atenúa su esquema folletinesco, y además consigue construir un personaje de extraordinaria solidez, el testarudo, apasionado y contradictorio Michael Henchard, aunque a la vista de su escasa preparación para los negocios, que se pone de manifiesto cuando Farfrae empieza a trabajar con él, comprendamos que también el autor ilusionista nos ha escamoteado el relato de lo que pudo permitir el ascenso de Henchard en Casterbrigde durante esos casi veinte años que median entre la sórdida subasta inicial y el momento del regreso de su mujer.

La verosimilitud general de la novela, por encima de su rebuscamiento argumental, está en la construcción del escenario, ese ficticio Casterbrigde de origen romano, inmerso en lo rural, contagiado por la naturaleza cereal del entorno. No hay que olvidar que el libro es contemporáneo de Germinal, de La Regenta, de Fortunata y Jacinta, de Los pazos de Ulloa, pero también de El Horla y de El extraño caso delDr. Jeckyll y Mr. Hyde. La aproximación naturalista ha sido sustituida por otra cargada de intenciones ocultas y de un radical pesimismo ante el absurdo de la condición humana. Sin duda en la extrañeza y el furtivo sarcasmo de la mirada de ese autor prestidigitador está el principal mérito de esta novela.

01/03/1997

 
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