Octubre 2020
Revista de Libros
ARTÍCULO

Arendt y Heidegger:
rnrncuestiones privadas, consecuencias públicas

Tusquets, Barcelona, 1996
Trad. de Daniel Najmias
192 págs.
 

En el momento de su muerte, en 1975, Hannah Arendt tenía tres fotografías sobre su mesa de trabajo: la de su madre, Martha Cohn, la de su marido, Heinrich Blücher, y la del filósofo Martin Heidegger. La publicación del libro de Elzbieta Ettinger Hannah Arendt y Martin Heidegger (Tusquets, Barcelona, 1996), ha expuesto a la luz pública la relación sentimental que ambos mantuvieron. Con anterioridad conocíamos esta amistad por la ejemplar y exhaustiva biografía que Elisabeth YoungBruehl había escrito sobre Hannah Arendt (Alfons el Magnánim, Valencia, 1993), en la que daba cabida cuenta del difícil y tortuoso camino que siguió esta relaciónNo debemos olvidar que lo que, sin embargo, podemos conocer sobre los aspectos más íntimos y privados de su relación, no dejan de ser meros apuntes de lo realmente ocurrido, ya que el archivo que guarda la correspondencia privada de Arendt y Heidegger –y que sin duda contiene las claves de su affaire– permanece clausurado para los investigadores por deseo expreso de los herederos de Heidegger. La excepción a esa regla parece haber sido la profesora Ettinger, quien, desafortunadamente, a pesar de haber podido disfrutar de tal privilegio, no cita en sus libros los párrafos textuales de las cartas, sino que los parafrasea, al mismo tiempo que intercala sus comentarios, privando con ello a los lectores de un conocimiento directo de los textos. . Sin embargo, no deja de ser una ironía el someter al escrutinio público un asunto tan íntimo como los vínculos que se profesaron, ya que Arendt siempre distinguiría cuidadosamente entre las actividades que tienen lugar en la esfera pública y las que acaecen en la esfera privada. Aplicando sus propias palabras al tema, diríamos que «hay muchas cosas que no pueden soportar la implacable, brillante luz de la constante presencia de otros en la escena pública. El amor, por ejemplo, a diferencia de la amistad, muere, o mejor dicho, se extingue en cuanto es mostrado en público». ¿Qué sentido tiene entonces plantearnos qué relación mantuvieron? Al fin y al cabo, la historia de este romance no deja de ser una de tantas historias que ocurren en una de tantas universidades: el brillante y joven profesor que se encuentra atraído por la también brillante estudiante de primer curso y con la que pronto comienza una relación sentimental secreta a espaldas de su esposa. Pero lo que hace de esta relación algo singular –y desconcertante– no es tanto el hecho de encontrarnos frente a dos de los grandes pensadores de este siglo manteniendo un affaire, sino las circunstancias que siguieron a la relación y el fuerte simbolismo de la misma: una judía alemana, estudiosa de las cuestiones políticas del judaísmo, que se ve obligada a exiliarse, enamorada de un alemán que aplicó leyes antisemitas bajo su mandato como rector de la universidad de Friburgo. Lo inaceptable, a juicio de aquellos que critican la postura de Arendt, no es el hecho en sí de la relación, sino el supuesto perdón que Arendt otorgó a Heidegger después de la Segunda Guerra Mundial y la posterior reconciliación. Es a partir de ese momento cuando los asuntos privados pasan a tener consecuencias públicas, transformándose en el objeto de un intenso debate en el ámbito académico estadounidense, en el que –muy a la manera americana– se han mezclado las cuestiones privadas con las públicas, produciéndose relecturas de la obra de Arendt –especialmente de la ya en su momento polémica Eichmann en Jerusalén– a la luz de su experiencia personal con Heidegger, en las que tampoco han faltado palabras muy críticas –como las del Premio Nobel Elie Wiesel– por su simpatía hacia Heidegger y su supuesta falta de Ahabath Israel (amor al pueblo judío).

Cuando en 1924 una joven Arendt marcha a la universidad de Marburgo para iniciar sus estudios de filosofía se encontraría con un círculo de profesores que intentaban apartarse de las escuelas establecidas de la época –neokantianos y neohegelianos– y crear un nuevo modo de pensar. Entre ellos destacaba un joven profesor de treinta y cinco años, Martin Heidegger, a quien sus alumnos, entre los que se encontraban la propia Arendt, Hans, George Gadamer y Herbert Marcuse, llamaban «el rey secreto» de la filosofía alemana y «el mago» por la irresistible capacidad de seducción que desplegaba ante sus estudiantes. Hannah Arendt no escaparía tampoco al hechizo del maestro. En ese mismo año, a instancias de Heidegger, comenzarían una relación amorosa clandestina, ya que la relación entre la alumna y el profesor hubiese sido un escándalo en una pequeña ciudad de provincias. Por otra parte, Heidegger nunca se planteó abandonar a su mujer, Elfriede, con la que había alcanzado una mejor posición social a través del matrimonio. En 1926 Arendt se traslada a la universidad de Heidelberg, por recomendación del propio Heidegger, para seguir estudiando con Karl Jaspers. En los años siguientes se mudaría a vivir a Berlín, ciudad en la que se casaría con su primer marido, Günther Stern. Al mismo tiempo, empezaría a interesarse en las cuestiones sobre la identidad judía, de la mano del líder sinoista Kurt Blumenfeld. Para entonces, mientras que Heidegger, con el que se seguía escribiendo y viendo ocasionalmente, ya había publicado Ser y tiempo (1927), Arendt preparaba su obra sobre Rahel Varnhagen, una judía berlinesa del siglo XVIII, dueña de uno de los salones más famosos de su época, por el que pasaría Goethe, entre otros. Lo que Arendt se planteaba en esta obra era su propia identidad como judía alemana, experimentando y aprendiendo, lo mismo que hiciese la heroína de su libro, la diferencia entre lo que va a denominar la figura del advenedizo –parvenu–, esto es la del judío asimilado que renuncia a su identidad para ser aceptado por la sociedad, y la del paria consciente, que se plantea su inclusión en la esfera pública reclamando precisamente el reconocimiento de su identidad. Arendt misma se sitúa por estas fechas en esa posición de paria consciente, afirmando que cuando alguien es atacado por ser judío, no puede contestar como alemán o como portaestandarte de los derechos humanos, sino tan sólo como judío, esto es, sosteniendo el principio de que «sólo se puede resistir bajo los términos de la identidad que es objeto de ataque». Con ello Arendt estaba tomando, de una manera clara y directa, uno de los caminos intelectuales que la guiarían en los próximos años y que con frecuencia se olvida a la hora de interpretar su pensamiento: el planteamiento de las cuestiones del reconocimiento de las diferencias en la esfera pública y las tensiones que esto origina, problemas que desarrolla precisamente en torno a la situación de los judíos en Alemania y de los que daría buena cuenta en Los orígenes del totalitarismo.

En 1933 los acontecimientos políticos marcan la primera gran ruptura en su relación personal. Mientras que Arendt se encuentra ya totalmente involucrada en las cuestiones judías desde su exilio en París –tanto desde el punto intelectual como del activismo político, formando parte de la organización clandestina que ayudaba a huir a aquellos que escapaban de la persecución nazi–, Heidegger, como es bien sabido, ocupa el rectorado de la universidad de Friburgo y comienza a aplicar las leyes antisemitas de expulsión de los judíos de la universidad. Entre los expulsados se encontraba su antiguo maestro y mentor Edmund Husserl, a quien se le prohibió la entrada en la facultad y cualquier tipo de reconocimiento. Heidegger, conociendo los hechos, no hizo nada para evitarlo y eludió cualquier tipo de contacto con éste. A Hannah Arendt le llegaron rumores de lo ocurrido, y del comportamiento de Heidegger en general, desde su exilio en París, y le escribió una carta haciéndose eco de esos rumores y esperando una respuesta. Ésta no se hizo tardar. En el tono que provocó que Arendt definiera a Heidegger como «un gran mentiroso», éste negó todas las acusaciones –lo mismo que hiciese años más tarde ante el comité de desnazificación– y con los mismos argumentos: su objetivo como rector fue proteger la independencia de la universidad a la vez que a los colegas judíos, proporcionándoles becas y ayudándoles de distintas formas. En ningún caso, argüía, podía sostenerse que su comportamiento fuese antisemita. La reacción de Arendt sería la ruptura de su amistad, a la que seguiría un silencio que se prolongaría durante más de quince años. Lo que había ocurrido podría resumirse con sus propias y amargas palabras: «El problema, el problema personal, no era lo que podrían estar haciendo nuestros enemigos, sino lo que nuestros amigos estaban haciendo».

Arendt continuaría su situación de apátrida en el exilio, emigrando de una manera definitiva a Estados Unidos. Durante esos difíciles años, en los que Arendt comienza a ganarse la estima del público de intelectuales neoyorquinos, no hubo ningún tipo de comunicación entre Arendt y Heidegger. Sin embargo, al silencio del maestro no le siguió el silencio aquiesciente de la alumna: por el contrario, Arendt inicia un diálogo implícito con Heidegger, en el que comienza a tomar un camino filosófico de oposición y contestación a éste. En 1949, explicando para el público norteamericano el alcance de la filosofía existencialista, Arendt se muestra muy crítica respecto a la concepción heideggeriana del Dasein –a la vez que manifiesta su admiración filosófica por Jaspers– por ser la expresión de una subjetividad romántica que concibe al hombre como un ser aislado. Por el contrario, frente al solipsismo existencial heideggeriano, ya se perfilaba en el pensamiento de Arendt la importancia y el alcance que para ella tenía la pluralidad, concebida como la condición humana básica. Esta premisa fundamental del pensamiento arendtiano quedaría plasmada ya en Los orígenes del totalitarismo, obra cuya redacción abordaría durante esos años, y en la que algunos autores han querido ver un fuerte cariz antiheideggeriano. Al dedicar la mayor parte de sus reflexiones de esos años a la cuestión judía y al fenómeno totalitario, Arendt no sólo estaba intentando encontrar una respuesta a un mundo que se derrumbaba a su alrededor, sino que también buscaba las respuestas para aquello sobre lo que Heidegger guardaba silencio.

Con motivo de su participación como Directora General de la Comisión para la Reconstrucción Cultural Judía, la ya reconocida internacionalmente Hannah Arendt viaja en 1950 a Europa a dar una serie de conferencias. Ese viaje no sólo supone el reencuentro con la lengua y el país materno, sino también la reaparición de Heidegger en escena. Éste seguía manteniendo un terco y persistente silencio acerca de su colaboración con el régimen nazi, que no se rompería hasta una entrevista realizada en 1966 para Der Spiegel –y que por deseo expreso habría de publicarse póstumamente– en la que, de nuevo, seguía afirmando el mismo tipo de discurso autoexculpatorio. Por mediación de Jaspers, ambos volvieron a encontrarse. Lo que ocurrió exactamente no es algo que podamos conocer fidedignamente, y por tanto, sólo podemos especular sobre ello. Lo que sí sabemos es que para entonces ya Heidegger le había confesado a su esposa su antiguo amor por Arendt, refiriéndose a ella como «la pasión de su vida», y que desde entonces Elfriede siempre estaría presente en las entrevistas entre ambos. Los años siguientes estuvieron marcados por los constantes viajes a Europa de Arendt con su segundo marido, Heinrich Blücher, y por los silencios intermitentes. Este precario equilibrio de la relación se rompería de nuevo en 1960, después de varios años sin correspondencia alguna, tras la publicación en alemán de la traducción de La condición humana (1958). En el ejemplar que le enviaba a Heidegger, Arendt le escribía «Verás que no lleva dedicatoria (...) el libro es una consecuencia de los primeros días en Marburgo, y te lo debe casi todo a ti, en todos los aspectos». Sin embargo, una vez más, Heidegger guardó un ominoso silencio. Pero esta actitud se distinguía de otras actuaciones suyas anteriores. Como señala Seyla Benhabib, debemos interpretarlo como un silencio filosófico ante la osadía de Arendt: ésta se había atrevido a subvertir las categorías principales de su maestro, ya que partiendo de premisas heideggerianas había llegado en la citada obra a conclusiones profundamente antiheideggerianasThe Reluctant Modernism of HannahArendt, Newbury Park, California, Sage, 1996. Hay traducción castellana del capítulo de este libro, dedicado precisamente al tema que nos ocupa y titulado El reluctante modernismo de Hannah Arendt. El diálogo con Martin Heidegger, Valencia, Ediciones Episteme, Eutopías, Documentos de trabajo, vol. 114, 1996. Dana R. Villa también mantiene la misma postura en su interesante y documentado libro Arendt and Heidegger. The Fate of the Political, Princeton, Princeton University Press, 1996.. Al decir de la propia Arendt, lo que había venido a demostrar frente al ego del maestro era «que podía contar hasta tres, e incluso hasta cuatro», sin duda algo más de lo que Heidegger esperaba de una alumna, y se sintió traicionado por ello. Mientras que las categorías que dominan Ser y tiempo revelan un existencialismo en el que el Dasein es un ser para la muerte, Arendt va a recoger el concepto de ser-en-el-mundo que en Heidegger carece de cualquier dimensión subjetiva, y va a dar un paso más allá al incorporar en este concepto la pluralidad, resultando de ello un ser en-el-mundo-conotros, que desplaza a la muerte en favor de la pluralidad y de la natalidad como categorías centrales del pensamiento político, a la vez que mantiene un concepto de acción entendida como interacción. Cabe aventurar que, tal vez, consciente o inconscientemente, con la publicación de La condición humana, Arendt se desquitó, desde un punto de vista filosófico, de las desventuras que, en el plano personal, le acarreó su relación con Heidegger. Hasta 1967 no volvería a encontrarse con el filósofo, cada vez más retirado y enfermo, con el que, una vez más, aunque no sin reticencias, mantendría una correspondencia y escasas visitas. En 1969, el diálogo implícito que Arendt había mantenido con su maestro a lo largo de sus obras se hace explícito en un artículo de conmemoración del ochenta cumpleaños de éste«Martin Heidegger, octogenario», Revista de Occidente, núm. 84, marzo 1970.. En él, Arendt establece una comparación entre Heidegger y Platón. A su juicio, ambos filósofos entienden que el ejercicio de la filosofía requiere una retirada de los asuntos humanos: lo que caracteriza a la actividad del pensar es su soledad, no requiere la presencia de otros para su ejercicio, como bien sabía Heidegger desde su cabaña de la Selva Negra. Sin embargo, tanto Platón como Heidegger sintieron la tentación de intervenir en las cuestiones mundanas, en la esfera pública, y se alinearon del lado de los tiranos. Al contrario que Kant, sucumbieron a la tentación de creer que los filósofos podían ser reyes. Pero quizás, lo relevante del análisis arendtiano es el subrayar que ambos mantienen un modelo de filosofía que preconiza el aislamiento de la realidad compartida con los otros seres humanos, y que esto desemboca en un tipo de filosofía que carece de sentido común, entendiendo por tal –a la manera kantiana– un sentido que compartimos con los demás y que, lo mismo que la razón, se ejercita en público. Por el contrario, tanto Platón como Heidegger redujeron la actividad teórica a una actividad solitaria, que tenía lugar en la esfera privada. Por ello, cuando quisieron trasladar la vida teórica de la esfera pública, en un rasgo que Arendt denomina déformation professionelle, ya lo hacían desde una manera de entender el espacio político que resultaba profundamente antipolítica en sí misma, pues había eliminado de principio la pluralidad y la publicidad implícita en la esfera pública.

Hasta su muerte, ocurrida en 1975, un año antes que la de Heidegger, Arendt puso en práctica, a lo largo de su vida, muchas de las ideas que se plasmaron en sus obras. En relación a su historia con Heidegger, quizás sólo quepa recordar dos de ellas de especial significado: la necesidad de comprender y la importancia de la amistad. Respecto a la primera, baste citar sus propias palabras y leerlas a la luz de lo expuesto: «La comprensión significa más bien, examinar y soportar conscientemente la carga que los acontecimientos han colocado sobre nosotros –ni negar su existencia ni someterse mansamente a su peso como si todo lo que realmente ha sucedido no pudiera haber sucedido de otra manera–. La comprensión en suma, es un enfrentamiento impremeditado, atento y resistente con la realidad, un soportamiento de ésta, sea lo que fuere». Pero además podemos afirmar que Arendt no sólo demostró a lo largo de su relación con Heidegger esa «comprensión» y una generosidad de la que éste carecía, sino que también manifestó una profunda amistad por el maestro, sabiendo que «una vida sin amigos no valía la pena ser vivida» y que la esencia de la amistad es el discurso, como bien nos muestra el constante intercambio de ideas, que en su caso no cesó de mantener con Heidegger.

01/10/1997

 
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