Septiembre 2020
Revista de Libros
ARTÍCULO

ALAN J. PAKULA
rnLa sombra del diablo

 

El título original de esta película de Alan J. Pakula es The Devil's own, algo así como el diablo propio o el diablo que lleva uno dentro, vamos, el que se opone al ángel de la guarda, lo que no está mal cuando se trata de asuntos norirlandeses siempre infectados de teología.

Las primeras imágenes de La sombra deldiablo son de una belleza muy prometedora. Mientras leemos los títulos de crédito, una barca se aproxima a tierra, es un atardecer de Irlanda lleno de fulgores marinos. Pero lo que sigue, una vez que llega la barca a destino, en realidad la primera secuencia verdadera de la película, dejará su huella de manera fatal en toda ella. Una familia que vive en un apartado caserío al lado del mar se sienta a la mesa para cenar, el padre hace la señal de la cruz y se dispone a dar gracias a Dios por los alimentos que van a recibir. El entorno y la intimidad se presentan con hermosura armónica: el verdor exultante de la tierra, la masa henchida y serena del océano, pero también el gesto feliz de la madre, la firme y varonil ternura del padre, el encandilamiento del hijo, un niño de ocho años de ojos azules primorosos. Inicia el padre la oración y se abre de súbito la puerta de la casa. Un encapuchado armado irrumpe en el umbral. Sin mediar palabra dispara a quemarropa contra el corazón del padre que se desploma entre los gritos de la madre y la estupefacción del hijo sobre la sagrada mesa del hogar.

Pues bien, aquí se acaba la película, quiero decir, la película sobre el terrorismo irlandés, sea narrada desde el punto de vista de la peripecia individual del terrorista, sea –ya que la mayor parte del escenario es neoyorquino– al modo de un thriller, más o menos vigoroso, según he leído en algún sitio.

He leído también que los dos actores protagonistas, Harrison Ford y Brad Pitt, discutieron el guión hasta encontrarlo satisfactorio. Pero más parece haber sido sometido a una masa complaciente de espectadores que lo hubieran elaborado según las pautas más tópicas del cine de Hollywood. La clave, ya lo he dicho, está, a mi modo de ver, en esa secuencia inicial que gravita sobre toda la película. Y es que el primer terrorista verdadero que aparece es ese encapuchado que dispara contra el padre del niño mientras reza. De modo que lo que sigue, sea lo que sea, y por terrible que sea, que nunca lo será más que ese crimen primero, se explica por el deseo de venganza que incrustó la acción terrorista en el alma del niño. Así es como empiezan muchos westerns, incluidos Los «espagueti westerns».

Porque lo que a uno le gustaría saber es quién fue el autor de aquel primer disparo, no tanto qué malvado asesino apretó el gatillo, como qué organización, qué Estado, o qué grupo militar o paramilitar, fue el responsable del mismo. Y de eso, que está condicionando la conducta del personaje de Brad Pitt, nada se dice, cuando queda claro que si mata, lo hace para, a su modo, restablecer la justicia en el mundo, aunque la suya sea una justicia fuera de la ley. Y la verdad es que cuando mata lo hace siempre en enfrentamientos que poco tienen que ver con la acción terrorista tal y como la conocemos por estos pagos; el tiro en la nuca o el coche bomba. Así, lo vemos combatir repeliendo una emboscada en Belfast, que, armamento al margen, recuerda una de esas refriegas cinematográficas que con tanta profusión han protagonizado los hermanos James, con peripecia de fuga incluida.

Aunque hay más naturalmente. Porque en seguida nuestro terrorista se desplaza a Nueva York y la película quiere desplazarse también hacia ámbitos propios del thriller pero le pasa como al árbol que se niega a echar raíces en entorno ajeno.

El policía en cuya casa se aloja el joven terrorista, y que interpreta Harrison Ford –evocador del padre de que le privó aquel encapuchado inicial–, es un dechado de virtudes de sorda y sorprendente eficacia. Le vemos correr tras delincuentes de color mucho más jóvenes que él a los que siempre termina por dar alcance, algo que desde luego riñe por lo menos con la experiencia de cualquier olimpiada. Además en veintidós años de servicio nunca ha disparado contra nadie. Un hombre ejemplar que, sin embargo, cuando su compañero dispara por error contra uno de estos jóvenes delincuentes de color y lo mata, falsea la relación de hechos para encubrirlo.

Y aquí se pone en marcha con precisión de reloj el código hollywoodense a que tan acostumbrados estamos los espectadores. El policía que ha cometido un error tiene que morir. Es la única purga posible que de paso liberará a Harrison Ford de tener que enfrentarse a su mentira. De modo que muere. ¿A manos de quién? De nuestro niño vengador, hoy terrorista del IRA, naturalmente. Ya lo tenemos casi todo. El policía íntegro con figura de padre busca al terrorista vengador con figura de hijo por las calles de Nueva York. ¿Qué es lo que va pasar? El espectador lo sabe muy bien: el terrorista con figura de hijo ha de morir a manos del policía íntegro con figura de padre.

Claro que antes, y para que la catarsis sea completa, el terrorista se enfrenta a la organización con la que negocia la compra del armamento que han de llevar a Belfast unos cuantos irlandeses desalmados. Tales sujetos secuestran a su enlace en Nueva York y nada menos que le cortan la cabeza, porque sí, para mostrar lo muy malos que son. Pues bien, sujetos tan crueles y resueltos, capaces de tamañas fechorías, citan en una fábrica abandonada –¿no es ya fatigoso el escenario?– a nuestro joven héroe o antihéroe. La escena de su encuentro es memorable. Acosado desde todas las esquinas, con rifles escondidos en la sombra apuntándole por detrás y por delante, sale airoso de la cita y acaba él solito con toda la banda de abominables.

Y, ahora sí, ya puede ir al encuentro del padre.

01/08/1997

 
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