ARTÍCULO

A vueltas con la decadencia de la ciencia árabe-islámica

 

Lamento que el profesor Julio Samsó inicie su artículo «La ciencia árabe-islámica y su papel» (Revista de libros, nº 75, marzo del 2003) poniendo mi texto anterior «La ciencia árabe-islámica y su revolución pendiente» (Revista de libros, nº 63, marzo del 2002), como ejemplo de lo que él llama «mala prensa del mundo islámico», por haber sostenido yo en mi artículo la opinión de que una de las causas del rechazo, la rabia y la antipatía hacia Occidente, bastante generalizados en muchas sociedades de musulmanes, tenía como origen la frustración ante el enorme retraso científico y tecnológico de la cultura islámica respecto de la occidental. Este hecho, desgraciadamente cierto y muy evidente, no es nuevo y está documentado con suficiencia en muchos textos académicos tanto de una como de otra cultura, por lo que creo que es innecesario discutir sobre ello. Cerrar los ojos ante esta evidencia puede que restaure el orgullo de unos y evite la mala conciencia de otros, que sufren aprensión de ser tildados de islamófobos y de faltar a la corrección política, pero no nos sirve para resolver los desencuentros entre ambas culturas, que a buen seguro se agudizarán si finalmente tiene lugar el anunciado paseo militar estadounidense hasta Bagdad.

No es del todo acertado, como afirma el profesor Samsó, que en mi artículo defienda la tesis de que el motivo por el que la ciencia árabe-islámica no pasó, ni siquiera en sus momentos de mayor esplendor, de ser preciencia o ciencia primitiva (en comparación con la que surgió en Europa tras la revolución científica) sea que estuviera siempre mediatizada por el islam. Al contrario, sostengo que, en sus inicios, los musulmanes y la tolerancia de su naciente doctrina religiosa favorecieron muy posiblemente la acumulación del conocimiento racional y empírico. Las razones que aduzco para que no surgiera en aquellos tiempos una ciencia moderna tal y como apareció siglos después en Europa son más complejas y las agrupo en cuestiones epistemológicas, organizativas y sociales que se discuten en mi texto, a la vez que creo haber dejado claro que algunos de los conocimientos que se alcanzaron en esos siglos dorados de la ciencia árabe-islámica (nueva racionalidad matemática y experimentación analítica en óptica, por ejemplo), perfectamente calificables como científicos en el sentido moderno de este término, no se igualaron en Occidente hasta ya avanzada la revolución científica europea.

Mantiene el profesor Samsó, casi al inicio de su artículo, que la «ciencia no tiene religión y el científico árabe y/o musulmán, como cualquier otro científico, se ha movido siempre por razones personales, siendo la curiosidad la más importante de ellas». Este aserto, epistemológicamente acertado y psicológica y socialmente discutible, es históricamente erróneo. Además, está en flagrante contradicción con lo que el propio autor nos narra en la parte final de su breve ensayo bajo el epígrafe de «Ciencia árabe e islam».

Tras comentar que yo encuentro, «demasiado fácilmente», en el freno que supuso el islam, las razones que justifican el estancamiento y declive de la ciencia árabeislámica, incapaz de realizar una modernización semejante a la que finalmente tuvo lugar en Europa –lo que no es del todo exacto, ya que en mi artículo antes citado aduzco otras razones de índole sociológica e histórica para estos hechos–, el profesor Samsó parece que renuncia a «explicarnos de forma general y simplista el complejo asunto de la decadencia de la ciencia árabe-islámica». Empero, y casi a renglón seguido, apunta como posibles causas de esta decadencia el «aislamiento cultural en el que se encuentra el mundo islámico» en el siglo XV –aislamiento basado en el desprecio y también, según muchos autores, en la desconfianza religiosa por las «novedades occidentales», añado yo– y el «agotamiento de su temática propia», o lo que es lo mismo, que, aparentemente, a los científicos musulmanes o que trabajaban en sociedades de musulmanes se les acabó, casi de golpe y porrazo, su curiosidad y ya «no tenían problemas nuevos que plantearse». Estas tesis me parecen muy endebles y discutibles y mucho menos acertadas que las que se basan en la realidad histórica de la inexistencia de un proceso de secularización en las sociedades de musulmanes, lo cual, junto con la desaparición de los inestables e inseguros mecenazgos de jerarcas ilustrados y el desprecio por las «ciencias extranjeras» (o «antiguas») de las influyentes y poderosas madrazasPor razones de espacio, en mi artículo anterior se suprimió un párrafo en el que se analizaba el fenómeno denominado «puertas cerradas al Ijtihad» que, aunque tuvo algunas excepciones, resultó bastante generalizado y significó la práctica desaparición de la razón en la interpretación de la jurisprudencia islámica y que a partir del siglo XIII contribuyó muy posiblemente al dogmatismo religioso de las madrazas (principalmente, las de la mayoría sunni) y al estancamiento del saber racionalista y crítico de la ciencia (Cf.: Wael B. Hallaq: «Was the Gate of Ijtihad Closed?», InternationalJournal of Middle East Studies, 1984 y Watt W. Montgomery: «The Closing of the Door of Ijtihad», Orientalia hispanica, 1974)., muy posiblemente impidió el nacimiento y consolidación de la empresa científica similar a la que se logró con posterioridad en Europa. Además, esta postura muestra una preocupante falta de autocrítica de la cultura islámica que es bastante común entre arabistas y eruditos musulmanes y que constituye, en mi opinión, un freno para la necesaria modernización laica y gnoseológica del mundo islámico.

La ciencia moderna nació gracias a la curiosidad y al talento de científicos geniales como Newton y Galileo, mas también, y sobre todo, debido a la posibilidad de discutir, públicamente, sin injerencias religiosas o políticas –aunque las hubo, asimismo, ocasionalmente en Europa; a los científicos occidentales nadie les regaló su independencia gnoseológica–, los problemas y resultados de la indagación racional, de acumular conocimientos mediante el debate libre y el intercambio y la transmisión sistemática de los hallazgos y avances del saber. Es posible que, incluso más allá del siglo XV, eruditos musulmanes aislados siguieran haciendo con su ciencia individual, en sus torres de marfil, nuevos descubrimientos y que algún día especialistas en historia de la ciencia árabe-islámica encuentren en oscuros rincones olvidados de los desordenados museos árabes sorprendentes manuscritos, semejantes a los de Ibn Sahl hallados recientemente por Roshdi RashedBrahim Guizal y John Dudley: «Ibn Sahl, descubridor de la ley de la refracción de la luz», Investigación y Ciencia, febrero del 2003. Típico ejemplo de un descubrimiento que quedó aislado, perdido por razones varias, que dice mucho de la sagacidad y clarividencia intelectual del científico que lo hizo pero que no aportó conocimiento ni avance del saber a una sociedad en la que no existía empresa científica organizada., conteniendo resultados científicos que se anticipaban a otros semejantes que se iban a alcanzar posteriormente en Occidente, lo cual, por otro lado, es signo del descuido y desprecio por el saber que poco a poco se fueron haciendo endémicos en las sociedades de musulmanes y que no se explican con el agotamiento de la temática ni con la incapacidad de plantearse nuevos problemas científicos a partir del siglo XV. Además, esta displicencia –y muy probablemente, también temor– por el conocimiento empírico enlaza con el rechazo de la imprenta por la mayoría de las sociedades islámicas durante cientos de años.

Sea real o no la posibilidad de encontrar nuevos ejemplos aislados de buena ciencia árabe-islámica a partir del siglo XV, lo importante es que nunca se dio en el mundo islámico algo parecido a esa especie de república científica, organizada más o menos de forma rudimentaria, en la que se reunieron los científicos europeos gracias, sobre todo, a que la laicización de la cultura occidental les permitió la creación de instituciones autogobernadas e independientes de estudios superiores, estableciendo entre ellas cauces sistemáticos de comunicación, lo que posibilitó que el conocimiento científico se discutiera libremente y se hiciera público y acumulable. Por el contrario, las sociedades teocráticas, alérgicas a la crítica racional constante de todo conocimiento establecido, no fueron ni suelen ser buen terreno de cultivo para que florezca la ciencia moderna.

01/04/2003

 
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