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Pieter Cohen, detective alimentario
Francisco García Olmedo
06/10/15

Leo en la revista Science una historia edificante que tiene por protagonista a Pieter Cohen, médico internista en el Cambridge Health Alliance en Massachusetts. Pocos días después de accidentarse gravemente en una excursión durante el mes de agosto de 2014, entre operación y operación, a hurtadillas de sus familiares, se las ingenió para revisar el manuscrito de un trabajo científico realizado junto a dos colegas y enviarlo para su publicación en la revista Drug Testing and Analysis, con el ruego a los editores de que aceleraran al máximo su evaluación y eventual publicación. Su prisa se debía a que lo que deseaba publicar era el descubrimiento de que una docena de suplementos alimentarios vendidos en Estados Unidos para la pérdida de peso, el estímulo de la función cerebral y la mejora del rendimiento deportivo contenían un análogo sintético de la meta-anfetamina que jamás se había probado en humanos y apenas se había ensayado en animales hace más de medio siglo. Nada se sabía, por tanto, sobre su eficacia y seguridad para las aplicaciones a las que estaba destinándose. El trabajo se publicó online en octubre del año pasado y en abril de 2015 la US Food and Drug Administration se dirigió a catorce empresas que vendían este tipo de suplementos advirtiéndoles de que eran legalmente productos adulterados. Con esto, Cohen dio por cerrado su último caso.

En contraste con la normativa que afecta a los medicamentos en Estados Unidos, la que se aplica a los suplementos alimentarios es inapropiadamente laxa, por cuanto los controles se hacen a instancia de parte una vez que los productos ya han empezado a circular en el mercado. Los suplementos alimentarios son un peligro público en muchos países, incluido el nuestro, en el que llegan al usuario a través de una mal controlada red de distribución tejida en torno a los gimnasios.

La carrera de Pieter Cohen como autoproclamado detective privado especializado en suplementos alimentarios ‒un híbrido entre Indiana Jones y Sherlock Holmes, dice el artículo de Science‒ empezó en 2005, cuando era un médico principiante en cuya consulta empezaron a aparecer pacientes con un extraño síndrome. Una mujer apareció con palpitaciones, sudor, ansiedad y cansancio, otra con fallo hepático, y un tercero fue despedido de su trabajo porque en un análisis rutinario de orina aparecieron trazas de anfetamina. En el barrio donde ejercía abundaban emigrantes brasileños que, según logró descubrir, importaban de Brasil unas pastillas llamadas Arco iris, un suplemento ilegal para el adelgazamiento que contenía antidepresivos y hormonas tiroideas.

Varios han sido los casos concluidos con éxito desde entonces por Cohen y sus colegas, que han logrado desarrollar un eficaz modus operandi mediante el cual una iniciativa voluntaria y sin medios logra que actúen las más altas instituciones estatales, supliendo así una normativa defectuosa. El sistema operativo consiste en investigar los suplementos sospechosos con medios improvisados y la ayuda de colegas en laboratorios de América y de Europa, luego publicar los resultados en una revista científica seria pero de bajo perfil y, finalmente, difundir el trabajo publicado a una bien elegida red de periodistas que lo dan a conocer a la sociedad con gran eficacia. De este modo las instituciones no tienen más remedio que responder.

Existen, por supuesto, suplementos alimentarios auténticos que desempeñan un papel positivo en individuos concretos bajo supervisión médica, pero muchos otros, como la hierba de San Juan, la equinácea o la ephedra, son productos botánicos naturales cuyo uso indiscriminado representa un verdadero peligro. La ephedra en concreto ha sido causa de muertes, especialmente entre soldados y deportistas.


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