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FILOSOFÍA
Lecturas pragmatistas
Antonio Valdecantos
nº 55-56 · julio-agosto 2001
WILLIAM JAMES
Pragmatismo. Un nuevo nombrepara viejas formas de pensar
Prólogo, traducción y notas de Ramón del Castillo
Alianza, Madrid - 264 págs. 889 ptas.

JOHN DEWEY
La miseria de la epistemología. Ensayos de pragmatismo
Edición, traducción y notas de Ángel Manuel Faerna
Biblioteca Nueva, Madrid - 176 págs. 942 ptas

SIDNEY HOOK
John Dewey. Semblanza intelectual
Introducción de Richard Rorty. Trad. de Luis Arenas y Ramón del Castillo
Paidós, Barcelona - 170 pp.

La aparición en castellano de estas tres obras de los pragmatistas clásicos (Sidney Hook pertenece también en cierto sentido a ellos) va a contribuir notablemente a definir la idea que del pragmatismo se hagan los estudiantes y el público curioso futuro. Aunque James y Dewey fueron traducidos muy pronto al castellano, cabe sospechar que, entre nosotros, estos autores son, sobre todo, gente un tanto alegre, entusiasta y edificante a la que citan con aprobación filósofos contemporáneos de obligada consulta como Rorty o Putnam, o como Habermas y Apel. (Lo anterior se puede afinar un poco más: la idea que se tiene de los pragmatistas está muy condicionada por los juicios de Rorty; son una especie de abuelos risueños de Rorty). A James y a Dewey –en mayor medida que al esotérico Peirce– los hemos convertido, no se sabe cómo, en nuestros contemporáneos. Es habitual creer que el pragmatismo, o cierta manera de entenderlo, está incorporado a lo que se supone ha de ser el catálogo oficial de actitudes filosóficas de comienzos del siglo XXI .

Pero no es cuestión de discutir ahora en qué sentido somos todos pragmatistas o deberíamos serlo. Lo que aquí importa o debería importar es qué hay de valor en Dewey y en James, aunque perdiera todo valor el supuesto de que todos somos más o menos pragmatistas. Me atrevo a recomendar un modo de lectura que no sé si contará con muchos adeptos, aunque me temo que no. ¿Por qué no leerlos como si no fuesen hitos irrenunciables, etc., de la filosofía contemporánea, sino como se lee a la mayor parte de los filósofos del pasado? Porque a veces la actualidad es enemiga del leer bien. James y Dewey son, a fin de cuentas, señores que vivieron y escribieron hace muchos años, y muchas cosas de las que dijeron seguro que tienen una relación más indirecta de lo que suponemos con lo que a nosotros nos interesa. A los clásicos de la filosofía se los puede tratar de dos maneras: como predecesores nuestros y como gentes que desafían lo que creemos (incluido lo que creemos sobre los clásicos). Sólo la segunda función justifica tomárselos en serio.

El Pragmatismo de James comprende ocho conferencias pronunciadas en Boston y Nueva York entre 1906 y 1907 sobre los temas centrales de la corriente pragmatista. Son célebres las exposiciones que hace aquí James de la religión y de la noción de verdad, pero el libro está lleno de pasajes muy penetrantes y se lee con el placer que sólo proporciona la mejor retórica. El prólogo de Ramón del Castillo resulta, por su parte, una introducción utilísima. También lo es, desde luego, el de Ángel Manuel Faerna a La miseria de la epistemología de Dewey, aunque en este caso deba añadírsele la responsabilidad de la selección de escritos que componen el volumen y del título del mismo. Faerna ha recogido siete textos de entre 1908 y 1941, todos ellos salvo el cuarto referidos a distintas cuestiones epistemológicas. Los titulados «El patrón de la investigación» (un capítulo, en realidad, de Logic: The Theory of Inquiry) y «Proposiciones, asertabilidad garantizada y verdad» figurarán a partir de ahora entre las lecturas obligatorias de cualquier curso de teoría del conocimiento. Quien lea la compilación de Faerna sin mucha noticia previa de la obra de Dewey y de su figura tenderá, quizá, a creer que Dewey fue un filósofo más profesional y convencional de lo que realmente fue. Para este mismo lector resulta muy recomendable la «semblanza intelectual» que Sidney Hook hizo de Dewey en 1939. El libro constituye una magnífica exposición de las preocupaciones que animaron su vida y su obra (desde la filosofía al activismo político o la pedagogía); es, seguramente, la mejor introducción que puede aconsejarse para la lectura de Dewey, aunque es el libro, y esto conviene no olvidarlo, de un amigo y de un seguidor convencido.

Uno puede leer estas obras y hacerse tan deweyano como lo era Hook, o esforzarse en hacerle justicia a James por lo mucho que le debemos. Pero esto no es lo mejor que se puede hacer con estas obras. James y Dewey son, sin duda, muy actuales y todo eso, pero han envejecido lo bastante como para producir la extrañeza que causan las gentes de épocas pasadas. Y lo que más extraña es, quizá, su candoroso optimismo. Los pragmatistas clásicos pensaban lo que pensaban en epistemología y en teoría moral porque su confianza en el género humano y en su propio país apenas tenía límites. Sospecho que si nos pusiéramos a recuperar semejante confianza, nos quedaríamos, en el mejor de los casos, en un gesto cultural un poco amanerado. A los pragmatistas clásicos les pasa algo semejante a lo que sucede con las palabras que los traductores llaman «falsos amigos». Dan una impresión de cercanía que convida a tomarlos al pie de la letra, aunque a la hora de la verdad la impresión sea falsa. Lo que tienen estos falsos amigos es que le dejan a uno la tarea de determinar cuál será la hora de la verdad, porque, tratándose de pragmatistas, dicha hora no se define de la manera acostumbrada, sino mirando qué es lo mejor que se puede llegar a creer.


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