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Mulet contra la anticiencia
Francisco García Olmedo
19/05/15

La revista National Geographic dedica su número de marzo de este año a «La guerra contra la Ciencia», y en él se trata de explicar por qué en un mundo tan dominado por los avances científicos y tecnológicos tantas personas en apariencia razonables se inclinan por adoptar posturas por completo anticientíficas o meramente acientíficas. Oigo también en un noticiario que uno de cada cuatro españoles todavía cree que el Sol gira alrededor de la Tierra y en otro que «Veintiún premios Nobel “estudiaron” en la Universidad de Princeton». Acabo dudando de si sirve de algo mi modesto esfuerzo por divulgar la ciencia. Por el momento seguiré en el intento.

Recibo el libro Medicina sin engaños (Barcelona, Destino, 2015), de José Miguel Mulet, que pasa revista a «todo lo que se necesita saber sobre los peligros de la medicina alternativa» y me siento reconfortado. Mulet es un investigador valenciano que ha acabado convirtiéndose en esforzado guerrero contra la anticiencia, poniendo en peligro tal vez su propia carrera científica. Sus armas son libros con títulos tan elocuentes como Los productos naturales, ¡vaya timo! o Comer sin miedo, que afortunadamente están teniendo amplia difusión. Parece que incluso alguno va a aparecer hasta en chino. Mulet escribe con bienhumorado desenfado y los títulos de algunos capítulos de su último libro dan buena idea del tono y amplitud de su discurso, que no deja títere con cabeza en el enorme repertorio de la superchería médica: «Psicología, psiquiatría y lo que no es lo uno ni lo otro»; «Medicinas naturales. Morir es también natural»; «Homeopatía, el azúcar más caro del mundo»; «Medicinas orientales, acupuntura y otros cuentos chinos»; «Osteopatía, quiropráctica y cuellos que crujen»; «El corazón de las tinieblas: alternativas en la lucha contra el cáncer, antivacunas, negacionistas del SIDA y otros», son algunos ejemplos.

Nuestra vida se enfrenta a infinidad de riesgos reales y ficticios que a menudo ni nuestra intuición ni nuestro sentido común pueden distinguir. La tecnociencia que nos rodea es cualquier cosa menos dócil a la intuición. Como ha señalado alguien, el método científico permite dilucidar si lo que decidimos creer está basado en las leyes de la naturaleza o no. El método científico tiene sus limitaciones, pero carece de rival.

La idea de una Tierra plana sobrevivió siglos después de Galileo y la noticia del descubrimiento de que la tierra gira sobre sí misma y alrededor del Sol no ha llegado todavía a muchos españoles, a juzgar por los resultados de la encuesta arriba aludida. La falsa conclusión de que una determinada antena es responsable de los cánceres diagnosticados en sus alrededores tiene a menudo más seguidores que las conclusiones contrarias del más riguroso de los análisis estadísticos. No son pocas las personas que siguen creyendo en los poderes curativos del agua imantada, a pesar de que los físicos no se cansan de reiterar de que el agua no es susceptible de imantarse, y los médicos de informar de que nada imantado ha curado nunca a nadie. La lista de estos desmanes intelectuales es interminable.

Quien crea que la anticiencia echa raíces en los sectores menos cultos de la sociedad se equivoca por completo, ya que numerosas personas de altas cualificaciones militan en ese campo: José María Aznar y Václav Klaus, jefes de Estado, niegan la explicación científica del cambio climático; otros de sus colegas son creacionistas y, según parece, hasta el mítico Steve Jobs insistió en tratarse un cáncer de páncreas detectado tempranamente mediante una dieta mágica y no recurrió a la medicina científica hasta que fue demasiado tarde.

A veces los daños causados porque alguien abrace la anticiencia son limitados o afectan exclusivamente al individuo errado, pero si la persona tiene relevancia política o mediática, los daños a terceros son inevitables. Además, cualquiera que sea la proyección del militante anticientífico, hay casos en que los daños a terceros se producen como consecuencia directa de su actuación: véase si no el caso de quienes rechazan las vacunas, que ponen en peligro la inmunidad colectiva.

Los científicos e investigadores suelen salir bien parados en las encuestas sobre la fiabilidad de los distintos profesionales, pero, al parecer, no lo suficientemente bien como para hacer funcionar correctamente a la sociedad en aquellos aspectos que tienen un componente científico o técnico.


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