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Un post muy breve sólo para decir...
Andrés Ibáñez
06/03/15

...que he visto Birdman, de Alejandro González Iñárritu, me lo he pasado bien, me ha parecido una gran película pero me ha parecido, al mismo tiempo, de una pasmosa ingenuidad. Por no usar una palabra más fuerte.

La idea de que los cuentos de Raymond Carver son la verdadera literatura y el arte auténtico y verdadero, y que la ciencia ficción es una estupidez para descerebrados, es un disparate tan inmenso que no merecería la pena ni comentarlo. Sólo puede pensar tal cosa una persona que

a) no haya leído jamás a Raymond Carver

b) no haya visto ni leído jamás ciencia ficción

Los cuentos de Carver no están mal, me gustan, aunque confieso no comprender la pasión abrasadora que suscitan en tantos lectores. En la película, el protagonista está montando una versión teatral del cuento «De qué hablamos cuando hablamos de amor», y el hecho curioso es que, cuando vemos a los actores recitando las líneas del cuento de Carver, el resultado es desastroso. El cuento, leído, es bastante tontón, pero montado en un teatro resulta completamente ridículo. A la salida del cine hubo una pequeña discusión entre mis amigos: algunos pensaban que la intención del director era, precisamente, reírse de Carver o, más bien, de todos los que consideran esas vaciedades pseudoexistencialistas como Gran Literatura. Porque lo cierto es que, en la película, la escena de los amigos que hablan de amor parece una chorrada suprema. Pero es evidente que la intención de Iñárritu no era la de ridiculizar a Carver y los carveristas, sino todo lo contrario. Él mismo declara que Carver es su autor favorito. ¿Habrá leído a otros?

La película está maravillosamente contada e interpretada. Es una fiesta de cine, porque Iñárritu, a pesar de los disparates que piensa, y que parecerían corresponder a un hombre muy, muy mayor, es un gran director.

Mi escena favorita es esa en la que Michael Keaton, que ha protagonizado la serie de ciencia ficción Birdman y ahora quiere rehacer su imagen y convertirse en un actor «de verdad» montando una obra en Broadway, se acerca al borde de un edificio y se lanza al vacío, suponemos que para suicidarse... y echa a volar sobre los edificios de Manhattan.

Es otra de sus muchas fantasías, por supuesto, pero también la escena más conmovedora y lírica de la película. Y es de ciencia ficción.
 


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