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Edén y catástrofe
Manuel Rodríguez Rivero
22/10/12

Una cosa lleva a la otra, como siempre. Escucho, en la voz grave, a la vez firme y trémula, de Sarah Vaughan, Moonlight in Vermont, la estupenda balada compuesta por Karl Suessdorf y John Blackburn, y caigo en la cuenta de que cada estrofa es una especie de haiku («monedas en un arroyo / caen hojas, un sicomoro / luz de luna en Vermont»). Lo cierto es que en Vermont no abundan los sicomoros. Lo más notable de su flora son los bosques boreales, mezcla de coníferas y caducifolias que exhiben todos los tonos del verde en primavera y verano y componen una increíble sinfonía de colores cálidos en otoño (el arce es el árbol más celebrado y lo es aún más el viscoso sirope que se elabora con su savia, y que tanto gustaba a Guillermo Cabrera Infante). Middlebury College, donde paso parte del verano desde hace algunos años, se encuentra precisamente en las estribaciones de las Green Mountains, que, junto con el enorme lago Champlain, constituyen los mas conocidos (y turísticos) hitos de su geografía.

En Middlebury College se fundó hacia 1917 la Spanish School, que, con los años, iba a convertirse en un agradable refugio estacional para un singular colectivo de la élite cultural republicana refugiada en Estados Unidos tras la Guerra Civil. Aquí, en un ambiente idílico y civilizadamente rural en el que uno se encuentra como protegido por una campana de cristal que ahoga los ruidos del mundo, la docta colonia española encontró acogida y esparcimiento estival a cambio de impartir clases a estudiantes acomodados acerca de la lengua, la historia y la cultura de aquel país lejano y hecho trizas por los nuevos bárbaros. Por Middlebury recalaron, en uno u otro momento, los García Lorca, los Fernández Montesinos, los Salinas, Tomás Navarro Tomás, don Américo y señora, los Giner de los Ríos, Joaquín Nin, Adolfo Salazar, Amado Alonso, los Casalduero, Luis Cernuda, etcétera. Toda una pequeña edad de plata transterrada en el dulce paisaje de Nueva Inglaterra.

En Vermont también pasó unos días, años antes de la tragedia y el exilio de los suyos, Federico García Lorca. Pero no estuvo en Middlebury, sino en Lake Eden, un lugar mucho más apartado y agreste en el norte del Estado. Los centenares de lagos que salpican Vermont han atraído siempre a artistas y escritores, así como a la bohemia de las grandes ciudades del Este. Los lagos Caspian o Bomoseen, por ejemplo, han acogido desde principios del siglo XX a pequeñas, pero significativas, colonias de letraheridos, pintores y gentes del espectáculo que desdeñaban los convencionales centros de veraneo de la costa Este. Lorca estuvo en Lake Eden a finales de agosto de 1929, durante su estancia americana, invitado por su amigo el poeta Philip Cummings (1906-1991), a quien había conocido en la Residencia de Estudiantes.

El pasado verano decidí darme una vuelta por allí. Alquilamos un coche (el plural incluye a mi mujer) y nos pusimos en ruta. El paisaje de lo que los vermonteers llaman The Northern Kingdom es diferente. Allí, como en los tiempos de Lorca, hay menos casas y los pueblos y aldeas están más aislados. Tanto que, según se dice, en cierto momento la endogamia entre las familias de granjeros pobres llegó a constituir un problema. A ese relativo aislamiento contribuye, además de su lejanía y de su menor interés turístico, una deficiente red de carreteras y la casi total desaparición de la red ferroviaria, un proceso que se inició con la masiva construcción de autopistas estatales y que culminó con la implementación de la Highway Act durante la presidencia de Eisenhower. Algunos núcleos de población todavía muestran vestigios de su pasado esplendor industrial, cuando el ferrocarril sentó las bases de una prosperidad pasajera y las pequeñas ciudades provincianas (Morrisville, Lyndonville y, sobre todo, St. Johnsbury) se convirtieron en lo que los historiadores llaman boomtowns, flores metropolitanas de un día en el complejo proceso de urbanización estadounidense. Hoy, esas ciudades ensimismadas en su momento de gloria exhiben en su centro histórico cuidadas muestras de lo que ya es sólo arqueología industrial, y su minuciosa preservación habla al visitante no tanto de un pasado memorable, cuanto de un presente nostálgico y frustrado.

Lake Eden es todavía un lugar tranquilo, bordeado por algunas docenas de casas de familias acomodadas y algunos campamentos para veraneantes plebeyos que a mediados de agosto suelen llenarse de moteros y caravanistas, y en los que, cuando cae la tarde, los efluvios de las barbacoas anestesian el aroma de la hierba húmeda y de los bosques de pinos. Lorca llegó aquí por tren (hasta la estación de Montpelier) y permaneció diez días alojado en la cabaña de la familia de su «novio americano». Tenía treinta y un años, y había salido de Granada en junio, huyendo de diversas decepciones y catástrofes sentimentales (Salvador Dalí, el escultor –y personaje tarambana– Emilio Aladrén), deseoso de poner tierra y mar de por medio en la gran metrópoli neoyorquina. Desde Manhattan, tras experimentar el impacto de la ciudad y de la cultura de los negros (aquel «Senegal con máquinas» que dará nervio a su obra maestra Poeta en Nueva York), viaja a Lake Eden, cuyo nombre no dejaría de antojársele irónico en plena devastación afectiva.

Resulta difícil imaginar algo más opuesto al paisaje de la vega granadina y de la Sierra Nevada que ese lago umbroso y enervantemente tranquilo. A finales de agosto, el color de las hojas de los árboles empieza a transformarse en el vistoso pantone que tanto atrae a los turistas cada otoño, pero el bosque y la bruma («me sumen en un estado de desesperación poética muy difícil de sostener», afirma en una de sus cartas de entonces) no eran los mejores bálsamos para unas heridas que, según Luis Rosales, habían dejado al poeta «al borde del suicidio». A la congoja interior se une la de la niebla y, a pesar de su sociabilidad, Lorca termina deseando escapar de aquel lugar, como le indica, en carta de tono perentorio, a su amigo Ángel de Río, que le había invitado a pasar unos días en los más urbanizados paisajes de los Catskills.

De aquella brevísima estancia vermontesca, aún no suficientemente conocida, nos han quedado, sobre todo, algunos poemas incluidos más tarde en Poeta en Nueva York. El mejor y más emocionante de todos es, para mi gusto, el llamado «Poema doble del lago Eden», del que no me resisto a transcribir una estrofa (nada que ver con un haiku):

Quiero llorar diciendo mi nombre,
rosa, niño y abeto, a orilla de este lago,
para decir mi verdad de hombre de sangre
matando en mi la burla y la sugestión del vocablo.

En su primera versión, donde ahora dice «rosa, niño y abeto», decía «Federico García Lorca». Me enteré de ello una tarde, en la cómoda biblioteca de Middlebury, frente a un ventanal con vistas a las verdes montañas. Fue la curiosidad la que me llevó a buscar lago y ruta y a decidir la excursión al lugar lorquiano. Moonlight in Vermont  me ha avivado hoy el recuerdo.


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