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SOCIOLOGÍA
Las anticipaciones fallidas
Enrique Gil Calvo
Enrique Gil Calvo es profesor de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid. Su último libro publicado se titula Nacidos para cambiar, cómo construimos nuestras biografías.
nº 62 · febrero 2002
AMANDO DE MIGUEL
Las profecías no se cumplieron
Premio Internacional de Ensayo Jovellanos
Ediciones Nobel, Oviedo, 270 págs. -

Nuestro sociólogo más fértil, a juzgar por su cosecha anual de publicaciones, acaba de obtener el último Premio Jovellanos con este sucinto informe sobre el fracaso de las predicciones en torno al cambio de milenio. Y lo hace desde un saludable escepticismo, que busca poner de relieve el considerable incumplimiento por defecto o exceso de casi todas las proyecciones de futuro que se habían venido anunciando. Pues no sólo fracasaron las grandes profecías imaginadas por la ciencia ficción, con sus ingenuas expectativas de progreso y desarrollo técnico indefinido, sino que además tampoco hubo nadie que acertase a pronosticar hechos tan significativos como la caída del muro de Berlín o la generalización de los ordenadores personales.

Entonces, si los profetas suelen fracasar, ¿por qué se les escucha? Amando de Miguel lo explica por la necesidad de domesticar el futuro haciéndolo previsible para anticiparse a él, pues sólo así se logra reducir la incertidumbre adquiriendo confianza y seguridad. Pero aquí surge la paradoja, según nuestro autor, pues lo previsible resulta rutinario, aburrido y poco emocionante, por lo que sólo el fracaso de las profecías devuelve a la realidad su aventurado carácter de caja llena de imprevistas sorpresas ocultas. Es la famosa serendipity, concepto acuñado por Walpole e introducido en la sociología por Robert Merton, que designa los hallazgos encontrados por sorpresa cuando lo que se esperaba descubrir eran otras cosas completamente distintas.

¿Y por qué fracasan las profecías? De Miguel culpa a los propios profetas, cuya ignorancia, vanidad o interés gremial sesga su percepción, cayendo en errores redundantes que les hacen deformar la realidad. Aquí también se podría recurrir a la teoría mertoniana de las profecías que se autocumplen o autorrefutan a sí mismas, una vez que se hacen públicas. Pero nuestro autor apenas lo menciona de pasada, señalando sin citar a Merton que muchas profecías menores aciertan al permanecer secretas. Por lo demás, la causa más influyente del fracaso se imputa a la sobrevaloración del desarrollo técnico, que contamina casi todas las predicciones. Y al respecto se apunta que esta errónea fe en el determinismo tecnológico se debe tanto al incremento de la progresión científica (que no es acumulativa como el arte, según sostiene De Miguel, aunque sí lineal ) como al excesivo peso que se atribuye al impacto social del cambio técnico. Es verdad que los recursos materiales cambian a velocidad creciente, pero no así el orden institucional, que permanece intacto en buena medida. De ahí el incumplimiento de las profecías y la consiguiente frustración de las expectativas.

Este sensato escepticismo rayano en la desconfianza hacia las virtudes de la técnica para controlar el futuro, que cabe compartir casi por completo, constituye, sin duda, lo mejor del libro. Por eso resulta una lástima que luego su autor no sea consecuente con él, aplicándolo al repaso de las diversas profecías que componen el grueso del volumen. En efecto, al margen de unas breves pinceladas autojustificatorias sobre algunos pronósticos demográficos y educativos, la mayoría de los ejemplos analizados se centran en las profecías tecnológicas (expresión que De Miguel rechaza, a mi juicio correctamente), y aun ello con cierta superficialidad, pues no existen análisis serios sobre el cambio técnico, por el estilo de obras tan conocidas como la de Joel Mokyr sobre la selección de las innovaciones, la de Nelson y Winter sobre evolucionismo económico y la de Schumpeter sobre los ciclos de Kondratieff, hoy proseguida por Chris Freeman.

Lo cual es de lamentar, pues, al margen del mencionado costumbrismo tecnológico, casi nada se nos dice sobre las profecías que se han aventurado sobre el incierto futuro de instituciones sociales tan decisivas como el Estado, la Familia o el Mercado (que son las tres más estratégicas de todas), ni tampoco sobre el Fin de la Historia o el Findel Trabajo (por citar las dos profecías más famosas sobre nuestra sociedad, aquélla panglossiana, apocalíptica esta otra). Y lo mismo sucede con cuestiones tan candentes para nuestro futuro como la dichosa globalización, la llamada sociedad del riesgo o el destino de nuestra cultura, que, para el fundador de la moderna sociología (y aquí me refiero a Weber, por supuesto), habría de adentrarse en una ominosa jaula de hierro sin sentido, hoy redefinida por los pensadores posmodernos como una ecléctica jaula de goma, aleatoria y versátil pero no menos absurda. Pero de este balance sobre el cambio de milenio poco dice Amando de Miguel, fuera de citar a Ortega marcando distancias con él.


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