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LITERATURA ESPAÑOLA
Intimidad de Antonio Pereira
Dámaso López García
nº 90 · junio 2004
ANTONIO PEREIRA
Recuento de invenciones
Ed. de José Carlos González Boixo Cátedra, Madrid - 378 págs. 9,90

En una cuidada y muy correcta edición de José Carlos González Boixo, se ha publicado recientemente Recuento de invenciones, una antología de la extensa obra narrativa de Antonio Pereira. A estas alturas, resulta inútil presentar a Antonio Pereira, sólo cabe decir que quien no lo conozca no sabe lo que se ha perdido. El narrador de Villafranca del Bierzo quizá no sea de los inevitables de la primera fila, de esos que saben llamar la atención hacia sí o hacia su obra con declaraciones rimbombantes, con oropeles mediáticos, con sutil o tosca mercadotecnia editorial; no. Tal vez porque su obra demuestra que la propia vida y la literatura no se hallan a gusto cuando las jalea todo un surtido de fanfarrias comunicativas, sino en la vida vivida con su correspondiente intensidad, en la sinceridad y autenticidad de las emociones, en la reflexión, en la capacidad para dejar sobre el papel lo que es verdaderamente importante para el ser humano.

Antonio Pereira es conocido, sobre todo, como autor de relatos breves, y esta antología hace justicia a ese reconocimiento. Se representan en este volumen piezas de ocho libros diferentes de relatos que el autor publicó entre 1967 y 2000. Treinta y tres años de penetrantes observaciones de lo individual y lo social que han hallado su camino para convertirse en acertada y coherente expresión estética. Las invenciones de Pereira hallan su fundamento literario en una tradición que filtra la observación de lo real a través de una tupida malla de alambres de ironía, de sabio distanciamiento, de curiosidad por la variedad de los intereses y afanes humanos, de un rico anecdotario rural y provinciano que hoy tal vez se habrá perdido irremediablemente; y todos estos alambres los cerca un bastidor narrativo desde el que el autor simula «pequeñas incertidumbres», mientras que narra los hechos «como si no los entendiera del todo». Muchos relatos tienen esa característica de revelación a medias, una revelación que se somete a la consideración del lector, quien debe hacerla germinar en el punto en que la deja el autor. El resultado merece la pena. No son pocos los relatos que concluyen con una revelación inesperada, una información que arroja luces nuevas sobre lo anterior. Es esta una característica que compromete la narración de forma determinante. Los finales de cualquier narración, de cualquier poema, están semánticamente saturados, y una equivocación mínima puede dar al traste con el invento. Antonio Pereira siempre acierta. Los relatos de esta clase preparan al lector para una forma de reflexión que exige una nueva lectura de lo ya leído y vivido. Se trata de esa clase de literatura, la de Proust, Virginia Woolf o William Faulkner, por ejemplo, que viaja desde la conciencia del presente, reciente y repentinamente adquirida, hacia algo que ocurrió como revelación en la infancia, y que sólo la conciencia adulta sabrá comprender en su verdadera extensión y significación. Este viaje de regreso al pasado se hace alegoría de la lectura en cada uno de los cuentos de Antonio Pereira, cuando el lector, con una conciencia y unos conocimientos nuevos, se siente obligado a leer otra vez el relato que acaba de terminar.

Esa dialéctica, ese diálogo entre el presente y el pasado, entre lectura y relectura, brinda al lector, además, un espacio propio desde el que analizar las relaciones entre la infancia que aprendió sin saber que sabía y la vida adulta que convoca su sabiduría para volver a considerar lo irreparable. El lector asiste, generalmente divertido, a esta perplejidad. Ambos recursos, el del punto de vista de la infancia y la vida adulta, y el de los finales que exigen una reconsideración de todo lo anterior, obligan al lector a pasar, como poco, dos veces por el mismo lugar. ¿Qué se consigue con ello? De manera fundamental, se consigue refinar, es decir, enriquecer las formas de conocimiento. Muchas de las explicaciones que se da el ser humano sobre sus actos, si se revisaran, acaso adolecerían de la misma falta de fundamento que señala Antonio Pereira en sus relatos. Además, no todo puede explicarse de forma sencilla, no todo sigue las reglas comunes de la causalidad. Hay en todo acontecimiento humano una determinación aleatoria que cambia el rumbo ordinario de las cosas; suele llamarse literatura a esa determinación.

El mundo al que dirige su atención Antonio Pereira es el mundo cotidiano, el de la intimidad familiar y local, el mundo alérgico a las estridencias. Dirige su atención el narrador hacia las formas de acercamiento o incomprensión entre jóvenes y adultos, entre las ciudades y los pueblos, entre hombres y mujeres, entre ricos y pobres, entre sabios y necios, entre naturales de unos y otros países. Todas estas diferencias son el lubricante necesario para que funcione la precisa maquinaria de observación que maneja el narrador. Las visitas a provincias de Millán Astray, «La pernocta del general», o del propio Franco, «Los preventivos», no brindan efusiones de juicios personales o políticos, eligen estos relatos un tono que se distancia de lo dramático, se demoran en la relación de los acontecimientos personales vividos por las gentes del pueblo, en su propio medio, ajeno a la geopolítica, ajeno a las grandes solemnidades del poder. Un beso rechazado o la costumbre de la humillación perpetuada hasta el absurdo son los desencadenantes de unos relatos que hallan en las conductas de las personas la mejor descripción de las limitaciones y posibilidades de los seres humanos. «De todo hablaban, menos de él, de aquel que los mantenía unidos y metidos allí; la sombra vaga, pero dominadora...»


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