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Julio Aramberri

Sin sobresaltos…

El pasado 3 de noviembre de 2020, los votantes americanos elegían a su presidente. Cinco días después supieron que la candidatura ganadora era la del Partido Demócrata encabezada por Joe Biden y Kamala Harris.

Trump está despedido.

Ese resultado excederá con mucho las fronteras del país. «América es el más grande escaparate del mundo. Nada de lo que sucede aquí se queda aquí; todo irradia. Si las protestas de Black Lives Matter contra la brutalidad policial estallan en Minnesota, los opositores en Lagos, Nigeria, toman nota. Cuando los manifestantes americanos empiezan a derribar los monumentos confederados, en Gran Bretaña estatuas de antiguos negreros acaban en el río […]  Para bien o para mal, Estados Unidos cuenta» .

Lo mejor que podría haber sucedido a Estados Unidos, a sus aliados y a quienes deseamos que su democracia no sólo sea un ejemplo para el mundo, sino que goce de una salud envidiable es que el candidato ganador hubiera obtenido un claro mandato de los votantes. No ha sido así.

Igual que Trump en 2016, en 2020 Biden se ha aupado con la victoria sobre una sociedad profundamente polarizada. A pesar de una gran afluencia a las urnas, el electorado no se ha comportado de forma muy distinta a como lo hizo en 2016 y el nuevo presidente no ha recibido un mandato concluyente.

La sentencia no ha recaído tanto sobre su política como sobre su personalidad. Más que por incompetente, a Trump le han enseñado la puerta por incivil.

Pero si el juicio no es tanto un drama político como una comedia de costumbres, ¿cómo entender su significado?

¿Acaso estará irreparablemente dañada la república?

Se ha repetido hasta la saciedad que estas elecciones eran decisivas para el futuro del país y del mundo. Al tiempo, ambos lados del debate político han lanzado incontables reproches y acusaciones sobre sus oponentes, de los que se decía que estaban dispuestos a recurrir a todo, incluso al fraude y a la violencia, para alcanzar el triunfo. «Las semanas más peligrosas acechan» titulaba NYT el día anterior a la elección; «Trump revela su treta para robar la elección: cómo impedirlo», redoblaba un comentarista en WaPo. El presidente no iba a la zaga en truculencia. En un tuit del mismo día mantenía que el voto por correo «permitirá fraudes incontrolados e incontrolables y minará las bases de nuestro sistema legal. También alentará la violencia callejera».

Igual que Trump en 2016, en 2020 Biden se ha aupado con la victoria sobre una sociedad profundamente polarizada

No ha sido así. Ni en el día de la elección ni en los de la larga espera por los resultados se han producido incidentes serios y los ciudadanos americanos han aceptado con calma la decisión mayoritaria, fuera o no de su gusto. Para ninguna de las dos partes el mundo se acabó el 8 de noviembre, cuando supieron que Joe Biden y Kamala Harris habían superado el listón de los 270 votos en el Colegio Electoral. La vida continúa, aunque por las trazas los votantes no han dicho claramente hacia dónde quieren que se ponga el rumbo. 

No es mi fuerte la historia de Estados Unidos, así que me remitiré a Wikipedia para recordar que la elección presidencial de 1876 levantó pasiones parecidas a las que pueden derivarse de ésta. Nadie salvo algunos historiadores se acuerda ya de aquellas elecciones que se produjeron cuando el país estaba muy lejos de convertirse en la potencia hegemónica que es hoy, pero son un precedente importante.

En aquel año el candidato republicano Rutherford Hayes se enfrentó con Samuel Tilden por el Partido Demócrata. Fue la elección más disputada de las habidas hasta hoy. Tilden ganó por 285.000 votos y, en la primera votación, el Colegio Electoral se inclinó en su favor por 184 votos contra 165, con 20 votos indecisos en cuatro estados. En el trasfondo de la elección latía algo tan importante como America First lo es hoy: la eventual continuación de la llamada etapa de Reconstrucción que había seguido al final de la Guerra Civil bajo la presidencia del general republicano Ulysses Grant. En aquel tiempo el Partido Demócrata aún defendía la ideología confederada y una estricta separación entre blancos y negros.

«Para resolver la disputa se llegó a una negociación informal conocida como el Compromiso de 1877 que otorgó a Hayes los 20 votos no comprometidos; a cambio de que los demócratas aceptasen su elección, los republicanos accedieron a la retirada de las tropas federales de los estados del Sur, poniendo fin a la Reconstrucción. El Compromiso cedía de hecho el poder en esos estados a los Redentores demócratas [la rama sureña del partido JA], que procedieron inmediatamente a privar de sus derechos a los votantes negros». Se inauguraba así la etapa conocida como Jim Crow que impuso un eficaz apartheid en esa zona del país hasta la aprobación de la legislación sobre derechos civiles en 1964 y 1965.

Hoy en día, la alternativa entre republicanos y demócratas es por completo distinta pero no menos perentoria. Bajo la presidencia de Trump el Partido Republicano ha ido abandonando su antiguo apego al hegemonismo económico y político en la arena internacional para desplazarse hacia una posición de repliegue ante la economía mundialista y ante su propia expansión militar. Esa vuelta a casa se ha hecho sobre una base de relativa exclusión: reducción drástica de la inmigración ilegal y contracción de la legal; el nacionalismo ha recobrado un olvidado protagonismo. Por decirlo con el lenguaje de Walter Russell Mead, con Trump los republicanos han dado un giro hacia la tradición jacksoniana. una mezcla de exaltación de los intereses y los valores nacionales con una cultura centrada en el honor, la independencia y el orgullo militar del pueblo americano. Don’t tread on me que dicen en Texas.

Por su parte, el Partido Demócrata ha transitado con gran velocidad desde la triangulación económica e internacional de Bill Clinton —Clinton renunció a implantar un sistema de salud con mayor presencia pública, limitó las prestaciones sociales y evitó aventuras militares—, hacia la creciente orientación wilsoniana de Obama, un internacionalismo globalista en el que Estados Unidos se conforma con ser uno más entre sus numerosos pares y pasa de la hegemonía al consenso, aunque éste obligue a adoptar decisiones poco convenientes para los intereses de buena parte de la sociedad estadounidense. A escala nacional, los demócratas ponen el acento en la diversidad o su equivalente, la transversalidad, voces bajo las que se oculta una exigente reivindicación de igualdad para todos los grupos y todos los individuos que componen el país. Pero como la igualdad no puede existir sin un referente que sirva para medirla, a la postre adopta la forma de un implacable ataque contra aquellos a quienes se acusa de ignorarla en beneficio propio. Son los hombres, blancos y heteropatriarcales que discriminan al resto, aunque en términos estadísticos y culturales siguen y seguirán conformando, junto con un gran número de mujeres blancas y por muchos años, la mayoría de esa sociedad. El resultado de esa predicada oposición identitaria no puede ser otro que una polarización, al cabo inexhaustible, entre dos campos cuyos intereses son difícilmente transables.

Pero la democracia estadounidense es una de las más antiguas del mundo y, a lo largo de su historia, el pueblo americano ha sabido resolver crisis mayores sin desembocar en una segunda Guerra de Secesión. No es imposible que en el curso de los cuatro próximos años veamos una reedición actualizada del Compromiso de 1877.

Lo que nos lleva al principio. Por favorable que hubiese resultado para Estados Unidos y para el mundo el triunfo sin paliativos de una de las dos candidaturas presidenciales enfrentadas, la realidad ha ido por otro lado. Conviene preguntarse cómo y por qué.

… pero sin mandato

Pues sí, otra vez los sondeos electorales fracasaron en 2020 como ya lo habían hecho en 2016. En esta ocasión prediciendo el triunfo de Biden con unos resultados muy por encima de los que ha obtenido. Hacia el final de la campaña electoral los polls anticipaban con singular desparpajo un triunfo espectacular del candidato demócrata y la arribada de una arrolladora ola azul que abrumaría a las del Banzai Pipeline de Oahu.

Los sondeos marraron. Todos.

Al menos, todos los influyentes. Es decir, aquellos sobre cuyas conclusiones RCP (Real Clear Politics), un grupo de comunicación política, elabora durante los períodos electorales una estimación media de voto ampliamente utilizada por los medios de comunicación. En la semana previa a la elección presidencial 2020 (octubre 25-noviembre 2) su índice daba a Joe Biden, el candidato del Partido Demócrata, un 51,2% de intención de voto a escala nacional frente al 44% del presidente Trump —una diferencia de 7,2%—. Five Thirty-Eight, otro agregador de datos que compite con RCP, la elevaba a 8,4. Los últimos resultados conocidos (noviembre 8, 2020) la han reducido a 3 puntos con 75,2 millones de votos populares (51%) para Biden frente a 70,8 (48%) para Trump.

En el error, a los sondeos los acompañaban no sólo los medios que durante los últimos cuatro años han proclamado con altivez su resistencia a Trump, como NYT o WaPo entre los escritos, CNN y MSNBC entre las televisiones privadas y la cadena de radio NPR, parcialmente financiada con dinero de los contribuyentes. WSJ, cuya sección de Opinión no había ocultado nunca su proximidad con las políticas del presidente daba a Biden una ventaja de 10 puntos en su encuesta final

Todos los interesados por estos asuntos saben que los datos a escala nacional sirven de poco para predecir los resultados finales porque la elección presidencial estadounidense se decide en un Colegio Electoral compuesto por 538 compromisarios designados según el número variable de los escaños de cada estado en la Cámara de Representantes, más los dos senadores que corresponden por igual a todos ellos. Lo que cuenta, pues, es conseguir la mayoría en cada estado —con algunas excepciones, todos los votos de un estado van al ganador— hasta conseguir los 270 que otorgan la presidencia en el Colegio Electoral, algo que depende en buena medida de los llamados swing states, donde las mayorías tienden a oscilar entre los dos partidos. En 2020 su número se estimaba entre 8 y 13, aunque finalmente el centro de la atención se centró sobre los 5 del Midwest que sentenciaron a Clinton en 2018 (Ohio, Iowa, Pennsylvania, Michigan y Wisconsin), más Arizona y Georgia, que finalmente votaron al nuevo presidente.

Tampoco ha habido demasiados aciertos en las predicciones estatales. El presidente de RCP criticó en su momento a los encuestadores de NYT/Siena College, uno de los polls más reputados, por otorgar a Biden una ventaja de más de 10 puntos en Wisconsin y en Iowa. Pero el propio índice RCP tampoco se salvaba de la quema. En noviembre 3 sus previsiones para ocho de los estados más reñidos adolecían de desvíos asombrosos respecto del resultado final. En Florida daban como ganador a Biden con 2,2 puntos de ventaja sobre Trump. Al final Trump se impuso con 2,3 puntos, en total una desviación de 4,5. En Iowa, Trump era el ganador previsto, con una ventaja de 0,4 sobre Biden. Venció por 8,2. Incluso cuando el pronóstico acertaba con Biden la desviación podía ser sorprendente. En Michigan le daban una ventaja de 5,9 que acabó en 1,5; en Wisconsin pasó de 6,7 a menos de 1 punto.

Tanto error necesitaba una explicación y, como es lógico, no ha tardado en abrirse un debate. Para unos, la industria electoral exhibe una fragmentación excesiva y trabaja con técnicas mal ajustadas a los cambios tecnológicos. Las encuestas son un producto caro, con costes que, según FT, alcanzan 50.000 de dólares por cada mil encuestados. Muchas empresas usan, pues, sus trabajos como loss-leaders, es decir, los hacen a pérdida para generar publicidad, ganar prestigio y establecer una marca que atraiga clientes en otros campos de actividad más sencillos de investigar y también más rentables. Adicionalmente, la confianza en los recursos telefónicos para los trabajos de campo olvida la dificultad de acceder a poblaciones jóvenes cuyos móviles identifican la procedencia de las llamadas y no las contestan si provienen de desconocidos. 

 Incluso cuando el pronóstico acertaba con Biden la desviación podía ser sorprendente

Otro nos maliciamos que los errores se deben a algo más serio, al groupthink o incapacidad para enfrentarse al sentir correcto que prescriben los legacy media (radio, televisión y, en especial, prensa) y que, por definición, no admiten rizos entre comunicador y audiencia. Si es de suyo arduo librar de prejuicios al análisis político, especialmente en escenarios tan tensos como los que siguieron al triunfo de Trump en 2016, pedir a los pollsters que sorteen la mentalidad de rebaño cuando trabajan para unos medios que —como ha sucedido en Estados Unidos— disipan las lindes entre información y opinión, es como confiar en los poderes mágicos de la candorga. A buenas horas iban a aceptar WaPo o NYT que su pertinaz martilleo del presidente no rindiera la ganancias que anhelaban.

Uno de los pocos que se atrevieron a mantener su independencia y apostar por Trump hace cuatro años fue Robert Cahaly de Trafalgar Group. Puede que la flauta sonara por casualidad, pero en 2018 Cahaly también pronosticó el triunfo de Ron DeSantis, el actual gobernador de Florida, a quien todos sus colegas habían colocado en la cuenta de los fracasados. En 2020, Cahaly daba a Trump ganador en el Colegio Electoral por un estrecho margen. El pronóstico no se ha realizado, pero Trump ha estado más cerca de la presidencia de cuanto estaban dispuestos a admitir otros encuestadores más celebrados que compartían sesgo confirmativo con la llamada resistencia mediática.  

Para Cahaly, sus colegas cometían un doble error. Ante todo, técnico: entrevistas demasiado largas. Las suyas, por el contrario, son breves. Por una buena razón: sólo quienes cuentan con una opinión ya cristalizada, sea conservadora, sea progresista, gustan de explayarse. A Cahaly, por el contrario, le importan los otros entrevistados, los de en medio, los menos politizados, los que contestan con prisa porque tienen que ocuparse de otros menesteres y cuya opinión, a menudo bastante  más volátil, es la que al final inclina la balanza.

Peor aún, los pollsters no reparaban en el sesgo de aceptación social —cuando el entrevistado se cuida de emitir su parecer para evitar la eventual reacción crítica de su entrevistador—. Quienes saben que sus opiniones van a contracorriente no quieren que les juzgue un extraño al que no conocen y menos aún cuando tanta gente ha visto su empleo en riesgo por mor de una eventual incorrección política como declararse partidario de Trump. Un reflejo que ha llevado a muchos de los encuestadores a olvidarse del gran número de votantes de Trump que preferían no revelar el sentido de su voto.

Ese sesgo casaba perfectamente con la opinión dominante de los medios progresistas estadounidenses. Y de allí rebotó hacia el resto del mundo. La prensa española —no vale la pena hablar de las televisiones, tal es su desvergonzada unilateralidad— se ha limitado a  comprarlo de segunda mano sin regatear en el precio. Sus corresponsales, siempre bien aparcados en Washington DC o en Nueva York, con mayor razón aún para evitar desplazamientos en estos tiempos de pandemia, han recogido sin más las conclusiones repetidas de los diarios y las televisiones biempensantes de aquel país y no es de extrañar que la sorpresa de un eventual éxito de Trump les cortase el resuello por un par de días. Como sus maestros de NYT o WaPo, nunca le han tratado como a un líder político cuyas decisiones no compartían, sino como a un fugado del frenopático.

Vivir en una cámara de resonancia semejante afecta al buen juicio. Al confundir sus deseos con la realidad, los grandes medios progresistas americanos y sus voceros internacionales se han obligado a ignorar, peor aún, a despreciar, no ya al expresidente sino a sus votantes, aquellos deplorables de Clinton que le han apoyado hasta el final.

Son la mitad del pueblo americano.

Hasta dónde llegó la marea azul

La expectativa de una marea azul 2020 que traspasase decisivamente el poder a las manos del Partido Demócrata exigía triunfar en la elección presidencial, ganar la mayoría en el Senado y aumentar su quorum en la Cámara de Representantes. Para ello había que estimular la participación electoral; reducir la ventaja de Trump en algunas categorías demográficas básicas; y recuperar votos en los estados industriales del Midwest.

Lo primero era lo más sencillo porque ambos partidos coincidían en ese interés. La participación estimada en 2020 (66,4%) ha sido la más alta de los últimos 20 años y los demócratas se han vuelto a llevar el voto popular, esta vez con una distancia de 4 millones, muy similar en equilibrio porcentual a la obtenida por Clinton en 2016.

Las grandes categorías demográficas a escala nacional muestran, sin embargo, que el cuerpo electoral en su conjunto se ha movido muy levemente (ver cuadro 1). En 2016 Trump ganó de forma decisiva entre los hombres (+11 puntos), los votantes blancos de ambos sexos (+15), los mayores de 65 años (+9) y los blancos y blancas sin título universitario (+36). En 2020, esos resultados se han reequilibrado sólo en los márgenes. Biden subió 5 puntos entre los hombres, pero Trump los recuperó con las mujeres; Trump mantuvo una menor distancia entre los votantes blancos (+12); rebajó sensiblemente su apoyo entre los mayores de 65 años (+3 frente a Biden por +9 frente a Clinton); y bajó 2 puntos entre quienes no habían cursado estudios universitarios. Entre los licenciados, Trump parecía haber recuperado 5 puntos desde 2016.

CUADRO 1

CATEGORIAS ELECTORALES SIGNIFICATIVAS

Elección 2016 @

Elección 2020 #

Demographics

Clinton

Trump

%

Demographics

Biden

Trump

%

Hombres

41

52

45

Hombres

46

52

47

Mujeres

54

39

55

Mujeres

55

44

53

 

 

 

 

 

 

 

 

18-29 años

58

28

13

18-29 años

61

36

13

30-49 años

51

40

30

30-44 años

54

43

23

50-64 años

45

51

29

45-64 años

48

51

37

65+ años

44

53

27

65+ años

48

51

28

 

 

 

 

 

 

 

 

Blancos

39

54

74

Blancos

43

55

74

Negros

91

6

10

Negros

90

8

11

Hispanos

66

28

10

Hispanos

63

35

9

 

 

 

 

Asiáticos

70

28

2

 

 

 

 

 

 

 

 

NCG*

43

50

63

NCG

47

52

60

CG**

57

36

37

CG

57

41

40

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hombres NCG

43

55

26

 

 

 

 

Hombres CG

50

48

20

 

 

 

 

Mujeres NCG

50

49

34

 

 

 

 

Mujeres CG

64

34

19

 

 

 

 

 

 

 

 

Blancos

 

 

 

 

 

 

 

NCG

28

64

 

 

 

 

 

CG

55

38

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No Blancos

 

 

 

 

 

 

 

NCG

68

26

 

 

 

 

 

CG

77

18

 

 

 

 

 

Los datos están tomados de dos fuentes con metodologías diferentes y no son estrictamente comparables, aunque permiten 

@ https://www.pewresearch.org/politics/2018/08/09/an-examination-of-the-2016-electorate-based-on-validated-voters/

# https://www.wsj.com/graphics/votecast-2020/

*Non-College Graduates < 4 años estudios superiores

**College Graduates 4+ años estudios superiores


Conviene concluir esta rápida sinopsis con un toque de atención sobre un par de aspectos clave para la futura política del presidente Biden: el comportamiento de las minorías étnicas y el grado de educación formal de los votantes. 

Desde hace más de 20 años, justo después de la derrota de Al Gore en el año 2000, los estrategas del Partido Demócrata han apostado por imponerse entre lo que llaman la diversidad racial de Estados Unidos. Esa idea alude a dos realidades demográficas —caída de la natalidad entre la actual mayoría blanca y aumento de la inmigración legal e ilegal hacia el país— y a una ilusión sin base tangible —que las diferencias raciales acarrearán el cuarteamiento de los cimientos culturales sobre los que ha descansado hasta hoy la sociedad estadounidense—.

La disminución del número de blancos iría así acompañada por una reducción de la influencia cultural y política de sus mal avenidas, pero no menos eficaces tradiciones judeo-cristianas y liberales, ahora relevadas o complementadas por una pluralidad de sistemas axiológicos religiosos (islam, budismo, taoísmo) o no (marxismo, agnosticismo, ateísmo, humanismo secular y otros), que darían cuerpo a una totalidad política alternativa a la blanca. A falta de algo mejor, los estrategas demócratas se han inventado el embeleco de la gente de color (medido, al parecer, por el grado de melatonina de su piel), a la espera de convertirla en una clientela cautiva similar a la que desde los 1960s han mantenido entre los descendientes de los esclavos africanos (11-13% de la población actual del país). Según la hipótesis, la hegemonía demócrata entre los negros se extenderá en el futuro hacia los hispanos (60,6 millones, 18% de la población total hoy y de rápido crecimiento) y las minorías asiáticas (18,6 millones y 5,6% del total actual).

Repitámoslo alto y claro: eso es una mojiganga.

Ante todo, el apoyo cuasi unánime de los negros al Partido Demócrata se va cuarteando paulatinamente. En 2020 Trump ha obtenido más votos entre ellos que en 2016. De las mujeres negras sólo 3-4% habían votado republicano en las tres elecciones anteriores; en esta lo habría hecho un 8%. Los resultados entre los hombres negros eran más claros: en 2008 votó a McCain un 5%; en 2012 11% se inclinó por Romney; Trump subió a 13% en 2016 y a 18% en 2020

Si eso sucedía entre un grupo social tan compacto social y culturalmente como el de los negros americanos, aún más difícil de invocar es la supuesta uniformidad política de la minoría hispana, compuesta de gente de todas las razas (blanca, negra, autóctonas e intermedias como sabemos desde los tiempos de la colonia), de todas las clases sociales y de todos los grados de educación formal. Si las identidades en general son un constructo sin base real, ésta de los hispanos es la mejor prueba.

En 2016 Clinton se llevó el 66% de sus votos con una ventaja de 38 puntos sobre Trump; Biden la ha rebajado en 10. Es lógico que los hispanos procedentes de la burguesía cubana, argentina y venezolana y exiliados a Estados Unidos por razones políticas no tengan muchos puntos de contacto con los braceros mejicanos y centroamericanos que se han asentado allí en busca de una vida mejor. En Miami-Dade, el condado más populoso de Florida, con una abrumadora población de origen hispano, Clinton ganó a Trump en 2016 por 30 puntos; Biden sólo por 7, perdiendo los 29 votos electorales del estado por su reducido apoyo entre los cubanos. En otras zonas de población cubana Trump llegó al 80% de los votos.

En la elección 2016 el grado de educación formal fue un buen predictor del voto. Trump ganó por 7 puntos entre los electores que carecían de un grado universitario y perdió por 21 entre los titulados superiores. En 2020, Biden redujo la ventaja de Trump a 5 puntos entre los primeros, pero perdió 5 propios entre los segundos. Los números cambiaban singularmente cuando intervenía el factor racial. En 2016 los blancos de ambos sexos sin grados universitarios dieron a Trump una ventaja de 36 puntos, mientras que los blancos de ambos sexos con título superior se decantaron por Clinton con 17 puntos de diferencia. Entre las poblaciones no blancas de ambos sexos, Clinton aventajaba a Trump por 42 puntos entre los primeros y por 59 entre los últimos. En 2020 las mujeres no blancas con título superior prefirieron a Biden por 30 puntos. Pero esas preferencias tenían más que ver con su posición racial que con el pretendido peso de la educación universitaria.

En resumen, el triunfo de Biden a escala nacional no se ha debido a la aparición de grandes cambios en la distribución del electorado. Las diferencias con 2016 en casi todos los sectores demográficos son marginales y se deben a dos factores básicos. Uno —previsible— ha sido el aumento de la participación electoral, especialmente a través del voto por correo que impulsaron con fuerza los demócratas.

El otro, inexistente hace cuatro años, pero enormemente influyente en 2020, ha sido el impacto de Covid-19. 41% de los entrevistados a pie de urna en 2020 lo señaló como el factor que había decidido su voto, especialmente entre los mayores de 65 años —el grupo de mayor riesgo— cuyo apoyo a Trump se redujo en 2 puntos desde 2016 y subió en 4 para Biden.

Las diferencias que han contado para la derrota de Trump en 2020 han sido aún más marginales en los estados oscilantes que finalmente han decidido la elección en el Cinturón de la Chatarra (Cuadro 2). Biden ha recuperado la mayoría demócrata en tres de ellos (Pennsylvania, Michigan y Wisconsin) y ha vuelto a perderla en dos (Ohio y Iowa) ganando por escaso margen en dos tradicionalmente republicanos (Georgia y Arizona).

CUADRO 2

ESTADOS DECISIVOS 2016-2020

 

% 2016

 % 2020*

Estado

Trump

Clinton

Trump

Biden

Dif. Votos

Dif %

Pennsylvania

48,8

47,6

49,2

49,7

34.458 B

0,5 B

Ohio

52,1

43,5

53,4

45,2

470.677 T

8,2 T

Michigan

47,6

47,3

47,9

50,5

146.123 B

2,6 B

Wisconsin

47,9

46,9

48,9

49,6

25.540 B

0,7 B

Iowa

51,8

42,2

53,2

45,0

138.393 T

8,2 T

Georgia

51,3

45,6

49,3

49,4

7.248 B

0,1 B

Arizona

49,5

45,5

49,5

48,9

20.573 B 

0,7 B

* Votos contados al 99%, sujetos a eventuales acciones judiciales


En suma, la elección 2020 presenta un alto grado de parentesco con la de 2016 aunque con un significativo cambio de protagonistas en la presidencia. El triunfo de Trump en 2016 ha sido degradado durante cuatro años por unos medios que no se resignaban a considerarlo legítimo.

¿Recibirá el de Biden mejor trato?

En buena medida dependerá de su capacidad para avanzar un programa con el que pueda llegar a acuerdos con la oposición republicana y, a su vez, de la fuerza de esta última en el poder legislativo (Senado y Cámara de Representantes). En 2020 a los republicanos les tocaba ir cuesta arriba en ambas cámaras, pero sus resultados —aún provisionales— han sobrevivido a la ola azul.

En el Senado contaban con una mayoría frágil: 53 escaños frente a 47 de los demócratas más los dos de sus aliados independientes —uno de ellos Bernie Sanders—. Como el Senado se renueva por tercios cada dos años, en 2020 los republicanos tenían que defender 23 escaños por sólo 12 de los demócratas. Hasta noviembre 8, ambos partidos habían conseguido que la pugna se saldase sólo con la ganancia de un escaño por los demócratas. Estaban empatados a 48 y pendientes de los resultados en Carolina del Norte, Alaska y Georgia. Por las trazas, los dos primeros iban a seguir en manos republicanas.

En el total de los 35 escaños en liza se incluían dos elecciones en Georgia, una la regular de cada seis años y otra especial provocada por la dimisión del segundo senador. Ambos escaños eran de titularidad republicana. Georgia tiene, a su vez, una particularidad electoral: para salir elegido en una primera votación el candidato tiene que alcanzar la mitad más uno de los votos. Si ese no es el caso, habrá que ir a una segunda vuelta en enero 5, 2021 a la que sólo pueden concurrir los dos candidatos que hayan encabezado la primera. Hasta noviembre 8 ningún candidato había alcanzado esa mayoría, lo que, de forma inesperada, ha convertido a Georgia en la clave del poder legislativo. En caso de un empate a 50 votos los demócratas tendrán la mayoría. Curiosamente la vicepresidenta Kamala Harris cuenta entre sus funciones la presidencia del Senado y tiene voto de calidad, con lo que facilitaría las opciones legislativas del presidente. La batalla de enero 5 será homérica.

La opinión preelectoral se inclinaba también por una repetición ampliada del triunfo demócrata de 2018 en la Cámara de Representantes. Una vez más los pronósticos han fracasado y el resultado final apunta a una mayoría reducida aún por decidir. Hasta noviembre 8, los demócratas habían perdido cuatro puestos y los republicanos ganaban cinco. Cuando acaben los recuentos de votos probablemente añadirán otros cinco.

Joe Biden

El escenario de la gran política está en Washington DC pero en la vida diaria de los ciudadanos pesan más las decisiones ejecutivas y legislativas de los estados en los que residen. Una de las más importantes por su repercusión en la vida nacional es la capacidad de distribuir los distritos electorales en cada estado. En 2020 los demócratas se habían propuesto ganar al menos 10 cámaras legislativas y dedicaron 88 millones de dólares a ese propósito sin conseguir resultados aparentes. En 2021 los republicanos controlarán 59 de las 98 cámaras legislativas existentes en el país

En conjunto, la campaña electoral 2020 habrá costado 14 millardos de dólares (109) y los demócratas han puesto la mayoría de esa suma, lo que no deja de ser curioso para un partido que tradicionalmente critica el papel del dinero en la política y quiere regular su uso. Tal vez, dicen las lenguas de doble filo, porque, pese a la profundidad de los bolsillos de sus patronos, los resultados no suelen estar a la altura de las inversiones.

Michael Bloomberg prometió 100 millones de dólares para derrotar a Trump en Florida y otros 15 para Texas y Ohio. El presidente ganó en los tres. El fondo electoral demócrata para el Senado contabilizó ayudas superiores al millón de dólares de directivos de Netflix, LinkedIn, Renaissance Technologies, Blackstone Group y Facebook, pero no han servido de gran cosa en 2020.  «Los demócratas han contado con el dinero, los medios y hasta las encuestas, pero a la postre se han quedado sin los votos. La sempiterna crítica progresista de que el dinero compra las elecciones ha resultado más tonta que nunca» .

Hasta ahí ha llegado la marea azul de los pronósticos. Si hubiesen acertado, la lluvia subsiguiente se hubiese convertido en una gota fría pero, en su conjunto, se ha limitado a provocar un mediano chaparrón y unos cuantos charcos.

Entre ellos habría que contar las acciones judiciales emprendidas por Trump para exigir recuentos allí donde el margen de su derrota ha sido mínimo y contra presuntos fraudes electorales en varios estados. El presidente, como cualquier ciudadano, es libre de denunciarlos y demandar su reparación, pero como cualquier ciudadano tiene que probarlos ante los jueces. No va a ser una tarea sencilla. De hecho, uno de los pocos lugares en donde podría tener éxito es en Pennsylvania porque las reglas para la aceptación de votos por correo se cambiaron deprisa y corriendo poco antes de las elecciones, pero aun si Trump ganase y consiguiese la exclusión de un número todavía indeterminado de papeletas quedaría por ver si el estado con sus 20 votos electorales acabaría en su columna y, lo que es aún más hipotético, por llevarle hasta los 270.

En cualquier caso, sus demandas han de ser sustanciadas por los jueces antes de que se reuna el Colegio Electoral el 14 de diciembre y no parece que esas decisiones puedan alargarse tanto como en el año 2000, cuando el Tribunal Supremo tuvo finalmente que pronunciarse sobre los resultados en Florida. Hoy los votantes republicanos han aceptado el resultado de las urnas con la mansedumbre que suele acompañar a la falta de argumentos plausibles.

La suerte, pues, está echada y lo único que falta es que Trump conceda su derrota. No se trata de un requisito legal para la proclamación del nuevo presidente, sino de seguir una antigua tradición americana que ayuda a restañar las heridas que inflige toda contienda electoral. Borrón y cuenta nueva.

«Trump aborrece perder y no hay duda de que luchará hasta el fin. Pero si acaba por sufrir esta derrota, será mejor para él y para el país que honre las tradiciones democráticas americanas y abandone dignamente el Despacho Oval» .

Lírica electoral, prosa política

En enero 20, 2021 el nuevo equipo de gobierno jurará su cargo. El Partido Demócrata, sus apoyos mediáticos y sus donantes se han empleado a fondo para ganar. No ha resultado fácil y tampoco lo van a ser sus tareas de gobierno. Y no necesariamente por los límites del incierto mandato que  ha recibido de los electores, no.

En adelante, Biden tendrá que mantener la misma impresionante unidad de propósitos que le ha llevado al triunfo desde que ganara las primarias de su partido en Carolina del Sur. Hasta aquel entonces sus posibilidades habían sido grises tirando a negras, pero en febrero 2020 el electorado de ese estado se volcó en su favor y —aunque esto se haya ocultado cuidadosamente— los dirigentes demócratas vieron en él la posibilidad de evitar una segunda debacle electoral si tenían que escribir su programa al dictado del socialismo irredento de Bernie Sanders.

En 2016 el partido se parecía poco a la coalición de votantes e intereses salida del New Deal de Franklin Roosevelt, del triunfo de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial y de las primeras etapas de su hegemonía internacional hasta la guerra de Vietnam. Desde los 1960s se habían acercado a él diversos grupos con estrategias más específicas, pero no menos ambiciosas en su impulso transformador. Residentes urbanos; diversas oleadas feministas; trabajadores de alto nivel educativo; generaciones jóvenes; y minorías identitarias —raciales, sexuales y religiosas— empezaron a hacer oír su voz.

Así se fueron cristalizando tres tendencias difíciles de conciliar. Ante todo, la burocracia política y el movimiento sindical cuyas estructuras institucionales continuaron desempeñando un papel estabilizador para la antigua política, pero con fuerzas cada vez más mermadas. Más allá, apareció un ala convencida de la necesidad de impulsar las tendencias pro-globalización de la economía mundial. Y, finalmente, un gran sector de descontentos que aún veían en el partido al mejor defensor de sus intereses, pero criticaban el globalismo que favorecía la deslocalización de las cadenas globales de valor y la competencia de los inmigrantes. A este último grupo se sumaron de forma unánime y vocal los movimientos identitarios y los simpatizantes socialistas.

Donald Trump y Hilary Clinton.

Hillary Clinton se reveló incapaz de mantener el equilibrio alcanzado a duras penas en los años del presidente Obama y pagó un alto precio. Sus estrechos lazos con los globalistas y con los grandes intereses en el sector financiero y de negocios erosionaron el apoyo de los jóvenes que habían votado con entusiasmo a Obama. Muchos de ellos, veteranos de los movimientos Occupy en años de la Gran Recesión, veían a Clinton incapaz de controlar los intereses de las grandes empresas. Las críticas de Elizabeth Warren y especialmente de Bernie Sanders hacían mella entre los demócratas jóvenes.

La imprevista llegada de Trump provocó el cataclismo. Por un lado, consiguió excitar el instinto de supervivencia de las burocracias políticas y sindicales del partido que veían en peligro su propia existencia. Más allá —y esto es, a mi entender, mucho más importante— logró una tregua entre los sectores globalistas y la militancia de simpatías identitarias y socialistas.

La solución Biden fue el resultado de una apuesta fáustica: un candidato moderado para defender el programa más radical que hayan adoptado nunca los demócratas , ganar el apoyo de los sandernistas y evitar un segundo desastre electoral.

Ya lo había dicho Mario Cuomo hacía años: las elecciones se hacen en verso. En el verano de 2020, con el virus de Wuhan sembrando por doquier el terror entre una población insegura, la lírica del triunfo apremiaba a la unidad aun al precio de difuminar el mandato que se solicitaba de los electores. Misión cumplida: Trump está en la calle.

Pero el apotegma de Cuomo llevaba un estrambote: que la política se escribe en prosa.

Y ha sido precisamente en California donde los electores se han encargado de recordarlo. El triunfo abrumador de Biden/Harris —65% del voto total— en el estado más progresista del país ha llegado acompañado de la derrota en regla de algunas propuestas radicales incluidas en su programa electoral. La más llamativa, la de la Proposición 16, con un 55% de votos a favor de prohibir que raza, etnia u origen nacional primen en el reclutamiento del personal estatal, en los contratos públicos y en la admisión a las universidades, un caballo de batalla fundamental para los justicieros cósmicos. Un rechazo que se ha extendido también a otros de sus proyectos favoritos como las subidas de impuestos y el control de los alquileres.

No serán las únicas sorpresas que esperan a los flamantes ganadores 2020 y a sus mentores intelectuales y mediáticos. Quienes no lo somos tenemos por delante cuatro años para seguirles la pista.


rdl