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LITERATURA ESPAÑOLA
Historia de un trepa
Vicente Araguas
Crítico literario
nº 179 · noviembre 2011
Ignacio Martínez de Pisón
EL DÍA DE MAÑANA
Seix Barral, Barcelona - 388 pp. 20 €
Entre tanta seudonovela histórica, alarde más bien de literatura barata adornada con cromos e ilustraciones kitsch, no está de más agradecer el esfuerzo de quienes pretenden recontar la realidad inmediata con personajes que sirvan para humanizarla. La historia con gente reconocible dentro de ella suele ser más digestiva. Y, sobre todo, sirve para aproximarla a quien de verdad la ha vivido. Si quien nos la acerca, como aquí Ignacio Martínez de Pisón, tiene claros el estilo y el concepto con que adoba su pretexto narrativo, el resultado parece –cuando menos– esforzado y meritorio. Para el caso, el autor zaragozano (de 1960), residente en Barcelona desde 1982, ha optado por una técnica coral, distanciadora, por tanto, y pretendidamente objetiva, como es la de narrar la historia de un individuo, también barcelonés de adopción, desde la marcha forzosa de sus raíces aragonesas. Se trata de un sujeto trepador, un arribista, un caradura de los que intentan salirse con malas artes de su origen humilde. Resulta inevitable, viendo a Justo Gil, no pensar en el Pijoaparte de Juan Marsé, «charnego» a la caza de la universitaria progre; solo que Gil, confidente de la BPS, la temida y patética y estrafalaria Brigada Político Social, hubiera delatado a la ingenua Teresa Serrat para que cumpliese mejor su martirologio. Y de cómo el emigrante Justo Gil llega a la hora de las copas altas en Bocaccio o a la «capuchinada», lugares y sucedidos de los que hemos ido sabiendo hoy por el testimonio directo de –por ejemplo– Esther Tusquets o Josep Maria Castellet, «hablan» una serie de elementos, doce en total, que fueron conociendo a Justo. Este no puede escapar, por tanto, de la batería de declaraciones que lo van registrando (y apurando) del derecho y del revés. Del testimonio que prestan sus amigos y conocidos vamos deduciendo al intrépido muchacho que se afana en sus comienzos en cotejar anuncios para hacer de intermediario entre quien compra y el que vende. Esto está al principio del libro y recuerda exactamente a lo que hacía el editor José Manuel Lara al iniciarse en el mundo mercantil. Es casualidad, se supone, que el retrato de Justo Gil sea el de un hombre de mil piezas. Un retrato que sirve para iluminar aquellos años sesenta, los de iniciación para el héroe (o antihéroe, según se vea, en novela con atisbos de picaresca). En paralelo con esa Barcelona que iba dejando atrás la sordidez del Barrio Chino, también frecuentado por Justo Gil, hacia el ya citado Bocaccio, y cambiando las estrategias del nacionalcatolicismo por la protesta clerical de mayo de 1966 ante la comisaría de la Via Laietana, con doscientos curas de sotana aporreados por los «grises». Claro que nada de esto valdría si Martínez de Pisón no desplegase argumentos propios, como su fino sentido del humor, a veces rayano en la escatología o simplemente resuelto con la sutileza hilarante del capítulo alusivo a la asociación de palindromistas. Ahí es donde brilla el talento de funámbulo de Martínez de Pisón quien, a la hora del desenlace, y después de introducir en su novela un personaje «de verdad» como el escritor fascista rumano Vintila Horia, tan olvidado hoy como reconocible (había sido Premio Goncourt) en tiempos, hace que su historia (dentro de la historia, pues) desemboque en un páramo donde el terrorismo puso su parte siniestramente activa en la Transición, con verdugos nacionales y otros de procedencia extranjera, italianos para el caso, con un trasfondo agobiante donde Fuerza Joven, Cedade, El Papus, Joaquín Viola, Bultó, el Exèrcit Popular Català o Terra Lliure no son sino nombres de un remate in crescendo en el que Pisón, escritor sutil y acostumbrado a las maneras y gestos del thriller, hace explotar todo cuanto venía acumulando su novela. 
 
En su resolución, y el autor no camufla sus fuentes, la trama es deudora de una película, Los asesinos, protagonizada por Burt Lancaster, en la que un individuo, cansado de esconderse, decide aguardar la llegada de quienes habrán de acabar con él.  Mientras, en la trastienda de esta historia resuenan –entrecruzándose, pero sin entorpecerse– todas las voces que hablan de un trepador, un arribista, que bien pudiera hallarse en las novelas de Pío Baroja o en Últimas tardes con Teresa de Juan Marsé. Bien entendido que el planteamiento coral de Martínez de Pisón, en lo que tiene de distanciador, ni favorece ni perjudica el retrato, limitándose a ofrecérnoslo con la nitidez nada abusiva con que el autor aragonés utiliza datos verídicos, fechas y situaciones como medio y no como fin. Esto último es, como se sabe, uno de los grandes pecados de la seudonovela histórica actual, que tanto nos abruma con sus cromos y delirios kitsch.

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