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LITERATURA ESPAÑOLA
El disfraz del duque
Joaquín Leguina
POLÍTICO Y ESCRITOR
nº 173 · mayo 2011
Manuel Vicent
AGUIRRE, EL MAGNÍFICO
Alfaguara, Madrid - 304 pp. 18,50 €

El domingo 20 de marzo de 2011 apareció en El País un artículo firmado por la duquesa de Alba. Era, en el fondo, una dolida misiva dirigida a Manuel Vicent, cuyo libro Aguirre, el magnífico llevaba en las librerías poco más de un mes. Para doña Cayetana Fitz-James Stuart y Silva, viuda de Jesús Aguirre desde el 11 de mayo de 2001, la «biografía» que Vicent acababa de publicar era una injuria, una ofensa «a quien ya no se podía defender», al esposo con quien tan intensamente había vivido. Pero la viuda no aportaba una sola cita del libro para avalar las razones de su amargura. Y no porque en el libro de Vicent no abunden descripciones y sarcasmos capaces de enojar a la viuda. Por ejemplo, estas dos perlas:

Una de aquellas tardes de otoño, después de una cita secreta en Malpica, en el asiento trasero del Mercedes, la duquesa se puso blanda, le cogió la mano, la depositó sobre el corazón, acercó los labios hasta el oído de Jesús y le susurró muy ardiente: «Jesús, liémonos». Y Jesús le respondió: «No es suficiente, no me basta».

Algunos vecinos de la plaza de María Guerrero habían visto corretear a Jesús Aguirre a través de las cuatro ventanas de su piso de soltero persiguiendo a algún jovenzuelo, una escena de caza casi pastoril, en la que tal vez se recitaba a Garcilaso.

Cuando leí el libro de Vicent –y lo leí con el placer que suele acompañarme durante la lectura de casi todo lo que escribe este valenciano– no acababa yo de entender cómo Vicent se había metido en este jardín lleno de rosas, sí, pero con muy agudas espinas: el jardín del palacio de Liria.

Manuel Vicent lo ha explicado después: «Yo pretendía escribir un retablo ibérico donde se entendiera medio siglo de historia de España a través de un personaje. Era el personaje idóneo por las distintas facetas que mostraba. Desde una posguerra en provincias, un seminario en Comillas, sus estudios en Múnich... El hecho de que confesara, casara y diera la comunión y la extremaunción a toda la progresía del momento […] y cuando se secularizó, dirigió la editorial Taurus y, por último, desemboca inesperadamente en la aristocracia […] Él mismo era una pura ficción literaria. El simulador, el oficiante, el litúrgico, el cisne negro. Nunca dejó de ser clérigo en el sentido de oficiante y, de hecho, esta representación la llevó a todos los estadios por los que pasó. Cuando ya fue duque, ofició de duque como nunca ha habido otro en España […]. El libro, más que un ajuste de cuentas con el duque de Alba, lo es con un espacio y un tiempo políticos […] desde la mirada del esperpento».

Sea como fuere, Vicent –buen conocedor y degustador de las artes plásticas– ha hecho un retrato del duque de Alba que se mueve entre La familia de Carlos IV de Goya y las despiadadas telas de Bacon. ¿Y Valle-Inclán? Sólo en parte, en aquellos destellos amargos que aquí y allá trufan el texto de esta no biografía. Por eso, tomarse el texto de Vicent como si fuera una biografía o un retrato fiel es un error. Estamos ante una ficción construida desde una muy particular mirada, la mirada agridulce del humor: «Si no se tiene sentido del humor no se ve la realidad. El humor se produce cuando ves la realidad desde dos ángulos distintos. Este personaje del que hablamos, Jesús Aguirre, es de ficción siendo real. Y, además, llevó esa ficción a todas las facetas de su vida. Su vida fue una aventura de personaje».

Pero me temo que ésta no ha sido la lectura del libro de Vicent que ha hecho Cayetana de Alba ni aquellos amigos de Aguirre –no sé si son numerosos– que hayan considerado el libro una traición o poco menos. Sin embargo, para el común de los mortales, el texto –como tantos de los suyos– es únicamente buena y depurada literatura. Porque así es la literatura de Vicent, desde las columnas («todas sus columnas [de Vicent] suenan a la misma columna, pero eso es la música de la xiringa. En cada columna dice una cosa diferente y él, tan fenicio, mata a un moro», escribió Francisco Umbral de Vicent) hasta la frescura, el olor y el sabor de sus novelas «de la tierra», de su tierra y de su mar («Vicent se sumerge en el Mediterráneo y hace la novela poemática […] el género que mejor presenta y representa […] preciosista en crudo, estilista de las quijadas de burro», que también son palabras de Umbral).

Supongo que al protagonista no le hubiera gustado nada verse retratado como lo ha hecho Vicent en este libro (el autor ha escrito en otro lugar que «la literatura es siempre producto de la putrefacción, ya sea de sentimientos, memorias o sueños»), mas en su defensa, en la de un ser humano que se llamó Jesús Aguirre y Ortiz de Zárate, daré mi impresión personal.

Cuando, en mi presencia, Jesús Aguirre habló alguna vez de los Alba (no recuerdo que dijera «nosotros, los Alba», como le atribuyen sus malvados amigos), lo hizo poniendo en sus palabras gran prosopopeya. Yo pensé siempre que se expresaba así no porque se sintiera heredero de tan viejo linaje, sino como muestra de su humor, que lo tenía, y fino. En este caso, un humor al servicio de la desmitificación. Es posible que yo ande completamente errado con esta hipótesis, pero no es descabellado pensar que lo único que quería Jesús Aguirre cuando se disfrazaba de duque era representar, no el papel de Vittorio de Sica en El general della Rovere, sino el de un actor que quiere transmitir una verdad cruel para los poderosos de este mundo, y que en latín suele citarse así: Sic transit gloria mundi.


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