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CARTAS AL DIRECTOR
Galileo: a vueltas con la ciencia y la religión
Juan Luis Lorda
nº 169 · enero 2011

El número 165 de Revista de Libros, recoge una reseña de Antonio Beltrán Marí sobre el libro El caso Galileo. Mito y realidad, de Mariano Artigas y William Shea. Estoy suscrito a la revista desde que comenzó y pocas veces he leído una crítica con tanta falta de criterio y de estilo intelectual.

Cualquiera sabe que el caso Galileo está muy sacado de quicio por el constante uso polémico y denigratorio al que se ve sometido. Quizá si uno no es cristiano no lo nota tanto. Pero, si es cristiano, acaba molestándole tener que leer dos o tres veces a la semana alusiones al caso, generalmente deformadas con las que quiere probarse que el cristianismo es incompatible con la ciencia. Y, además, te lo encuentras en los libros de bachillerato. Y muchos jóvenes tienen la idea de que Galileo fue quemado en la hoguera por haber amado la ciencia.

Se comprende entonces el interés que existe en la Iglesia católica por poner el tema en sus justas dimensiones, reconocer los fallos que haya podido haber, llegar a una versión equilibrada y darlo por superado. Pero da la sensación de que es inútil, por más estudios que se hagan.

Conocí bastante a Mariano Artigas (fallecido en 2006) por ser compañero de claustro. Era físico, filósofo y teólogo, con una dedicación apasionada y absorbente a la filosofía de la ciencia y a las relaciones entre fe y razón, donde ha dejado una obra muy consistente, con más de veinte libros publicados, varios en inglés y alguno en Oxford University Press, que no publica a cualquiera. Fue Premio Templeton y a lo largo de toda su vida investigó el caso Galileo, recorriendo los lugares asociados a Galileo y estudiando directamente los archivos de la Santa Sede y la documentación original que se conserva. No creo que nadie en España haya hecho un trabajo semejante. Por otro lado, él tenía una mentalidad científica y, en el fondo, sintonizaba mucho más con Galileo que con todos los demás personajes que participaron en el drama.

Pero se ve que no es bastante. Es inútil ser ponderado en un medio donde las cosas se tratan a gritos. El señor Beltrán califica la obra de Artigas y Shea de «apostolado». Declara que, a pesar de toda la documentación que ha movido, hace «afirmaciones que, más que describir los hechos manifiestan crudamente su escala de valores» y es una «postura apologista radical».

Y uno piensa: si el libro de Artigas, que está escrito con tanta ponderación y tiene detrás una inmensa masa de documentación y tantos años de trabajo, es calificado así, ¿cómo habría que juzgar esta reseña? ¿Acaso no revela «crudamente» la escala de valores de su autor? ¿Acaso no es un «apostolado» y no manifiesta una «postura apologista radical»? Una vez más se comprueba lo difícil que es dialogar en España sobre las cosas importantes, por falta de estilo intelectual y exceso de vísceras. Todo se convierte en prolongación cultural de la Guerra Civil.


Juan Luis Lorda
jllorda@unav.es


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