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LITERATURAS
Coetzee se absuelve
José Luis de Juan
ESCRITOR Y CRÍTICO LITERARIO
nº 166 · octubre 2010
J.M. Coetzee
VERANO
Trad. de Jordi Fibla
Mondadori, Barcelona - 256 pp. 18,90 €

La lectura del original inglés de Juventud (2002) justo después de la concesión del Nobel a J.M. Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940) me dejó una huella permanente. No sólo por la lúcida recreación personal, alejada de la indulgencia y la nostalgia que son habituales en ese tipo de libros (pienso en Pamuk), sino sobre todo por su original tono desapegado, frío pero profundo, conseguido gracias al uso limpio de la tercera persona. Había en esa obra una sabia elipsis en aras de la tarea esencial del lector: imaginar, intuir, acaso emocionarse. Dejaba una especial resonancia a través de la reflexión conseguida gracias a la eliminación de «circunstancias extraordinarias» en la narración.

El punto fuerte del sudafricano es su fecunda capacidad de sugerencia desde la austeridad y la renuncia, un arte que se renueva en cada libro. Verano lleva ese arte al extremo. Su protagonista es el mismo de Infancia (1997) y Juventud: John, ahora apellidado Coetzee. La estrategia narrativa ha cambiado, y es legítimo preguntarse si lo han hecho también las intenciones y el planteamiento del autor. Es probable que el cambio radical en su vida (de escritor minoritario a mundialmente famoso) haya provocado la elección de los elementos narrativos, incluso del período de tiempo. Si Stendhal leía el Code Civil antes de ponerse a escribir para refrenar todo énfasis, Coetzee debe mascar hielo a la hora de abordarse a sí mismo como personaje. Lo más probable es que decidiera poner punto final a la incursión autobiográfica matando al protagonista, como aquí hace, dejando que sean otros quienes hablen sobre él. Elige los años de «verano» de su vida, la treintena, de 1972 a 1976. En esos años regresa a Ciudad del Cabo, vive con su padre enfermo y publica dos novelas. No hay en ellos «verano» en un sentido simbólico, puesto que nada resulta luminoso ni apoyo para la nostalgia, al contrario: Coetzee parece desplazado, descontento, sin rumbo, sin compasión.

La soberbia voz en off de Juventud da paso a una brillante polifonía de ventrílocuo, tras un prólogo de retazos de un supuesto «diario», que cierra también el libro. Un profesor inglés, Vincent, realiza entrevistas a personas que tuvieron relación con el escritor. Julia habla de un hombre austero, ensimismado, con quien hacer el amor era una versión del onanismo. Lo encuentra poco adaptado, inepto, en definitiva un «reprimido en el sentido más amplio». Por su parte, la prima Margot carga sobre su frialdad y dice que mira por encima del hombro al resto de la familia. Emplea una palabra afrikaans para referirse a él: es un slapgat, un blando, como si fuese invertebrado. Adriana, una brasileña, madre de una de sus alumnas de inglés, es la que rebaja más al personaje, hasta el punto de elaborar una caricatura. Para ella, John Coetzee es sólo un pobre tipo que se excita en la proximidad de las niñas, y una personalidad patética, que anula todo indicio de mérito o genio. El insulto más revelador que le propina es que vive dentro de un cuerpo fallido, pues ni siquiera puede bailar. Un salto temporal de un par de años nos trae la voz de Martin, un profesor de universidad que lo recuerda como un nostálgico de las relaciones feudales de la vieja Suráfrica. Por fin, Sophie, otra colega, que fue su amante, recuerda su ingenuidad y cierto esnobismo.

Mi preferida es la voz de Margot, que nos llega mediante una transcripción narrativa de Vincent, un recurso muy hábil, pues elimina la monotonía de una sucesión demasiado mecánica de entrevistas. Aquí el autor introduce elementos íntimos, en especial su relación con la lengua afrikaans y con el paisaje del veld. La excursión que ambos emprenden en la destartalada furgoneta de John y la noche pasada en la cabina tienen una gran hondura por lo que revelan de la idiosincrasia de los dos primos y su apego a la tierra. El resultado de las cinco voces es, desde luego, un retrato desfavorable de John Coetzee. Muestran a un hombre débil pero obsesivo, ridículo, engreído, nulo para la relación amorosa y el compromiso. Que un ser así pudiera llegar a escribir obras inmortales resulta menos un misterio que una paradoja. Puede argumentarse que la autoflagelación es una variante de la vanidad, un recurso irónico, pero en el fondo otra manera de echarse incienso. Ahora bien, lo interesante aquí no es tanto el retrato del escritor (su verdad y su fantasía) como los personajes que hablan y se muestran con acentos genuinos y una sorprendente riqueza, algunos más vivos e inspirados que el mismo protagonista.

Al final, el libro, con sus posibles homenajes y ajustes de cuentas, con su impertinente uso del camuflaje, contiene una potente dosis de redención. Nos recuerda la frase de Lévinas: «Je suis un coupable qu’écrie pour gagner le pardon». Esa polifonía de voces (la mezzosoprano Julia, la dura soprano Adriana, las dulces contraltos Margot y Sophie, el bajo Martin) componen una formidable música moral que nos hace pensar en Britten o en Purcell. Ironía, distanciamiento, verdad es lo que Coeetze lleva en sus alforjas en su camino hacia el perdón, no el perdón de los demás, que poco importa a la postre, sino el que uno se debe a sí mismo para seguir viviendo. Y lo importante es lo que recibe el lector al terminar Verano. Pese a ese aleatorio catálogo de miserias, derrotas, rechazos y carencias, se eleva el rasgo constitucional del narrador: la obstinación, esa fuerza que, según Flaubert, permite la novela. Y a su lado, como un andamiaje sosteniendo el frágil edificio del ser, el poder curativo de la tranquila aceptación del propio destino, sea el que sea.


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