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LITERATURAS
De los nombres de Kafka
Carlos Fortea
TRADUCTOR Y PROFESOR DE TRADUCCIÓN EN LA UNIVERSIDAD DE SALAMANCA
nº 165 · septiembre 2010
Álvaro de la Rica
KAFKA Y EL HOLOCAUSTO
Trotta, Madrid - 142 pp. 13 €

A primera vista, se antoja bien difícil acometer a estas alturas un nuevo intento de interpretar al poliédrico, polimórfico, profético y proteico Franz Kafka. Su actividad como escritor no se parece a ninguna, lo que sería relativamente fácil de conseguir. Su producción literaria es única a pesar de las décadas y los epígonos, lo que sin duda es simplemente increíble. Cuando faltan apenas tres años para el centenario de La metamorfosis, Kafka aún es sinónimo de lectura del mundo, y lo kafkiano símbolo de la angustia causada por la búsqueda de un sentido a la existencia.

De manera sin duda involuntaria, el inquietante escritor de Praga ha generado una literatura exegética que multiplica por mil el tamaño de su propia producción. Se le han aplicado los adjetivos más variopintos, desde enigmático hasta esotérico, desde visionario hasta críptico. Ha causado en muchos –entre los que me incluyo– un asombro imposible de aliviar ante la inverosímil combinación entre la total sencillez de la escritura y la insuperable densidad conceptual.

Es ante ese telón de fondo ante el que la lectura de cualquier nuevo texto sobre Kafka se convierte al instante en un momento de excitación y escepticismo. Por eso, la excitación aumenta al leer, en el prólogo de Claudio Magris, las siguientes palabras: «El libro [...] está lleno de intuiciones agudas y demostradas, de nuevos horizontes y perspectivas. Por lo menos, habría que recordar una fulminante interpretación».

Certero como siempre en la elección de los términos, Magris elige para las tentativas del autor de este libro una palabra, intuiciones, que está llena de lo mejor de la tradición ensayística y especulativa. Álvaro de la Rica es consciente de que no es posible abordar a Kafka desde una perspectiva tan solo académica, y sospecho además que lo que él quiere exige, precisamente, desprenderse del peso de las autoridades para volver al contacto primario con los textos y, si acaso, con los primeros exégetas.
Es desde esa perspectiva especulativa desde la que el autor tiende sus tentáculos en direcciones a las que como mínimo no estamos acostumbrados, y que podrían denominarse, con todas las cautelas que el caso exige, una lectura judaica y otra que casi bordea lo esotérico.

¿Por qué Kafka y el Holocausto?, se pregunta el lector a las pocas páginas de un libro que no tiene muchas, y no hay en el volumen una respuesta contundente a eso. Antes al contrario, se nos sumerge en una lectura creativa de Kafka que se permite el lujo de suprimir la división en epígrafes, declarar que el libro está dispuesto para ser leído de un tirón y después añadir, al final de algunos de los capítulos –que, según el autor, sugieren sólo la posibilidad de hacer una pausa–, añadimientos que suponen a veces una especial llamada de atención sobre un aspecto poco comentado.

No tengo intención de desvelar los atisbos que el autor propone en un texto que tiene un cierto porcentaje de suspense en su calidad de intuitivo, pero no me resisto a citar algunas frases que dan idea de los senderos que el autor recorre con osadía, como cuando escribe: «Sorprende la suficiencia con la que se han despreciado las interpretaciones apocalípticas de Kafka» (p. 55), iniciando una serie de paralelismos que lo lleva a lugares insospechados, o como cuando leemos frases tales como: «Se trata sin duda de un hecho extraordinario que desafía nuestra capacidad de comprensión racional de los fenómenos» (p. 74).

De la Rica se interna por caminos que no es habitual encontrar transitados en el ámbito de la exégesis literaria, pero lo hace apoyándose en términos de comparación inequívocamente literarios, aunque pertenezcan a tradiciones que no parecen comparables a priori con la historiografía de la narrativa, como los místicos o, incluso, algunos textos de la tradición religiosa. Abre puertas que, como él mismo señala, ya habían sido entreabiertas en alguna ocasión (véase p. 75), pero cuyos umbrales quizá pocos se habían atrevido a cruzar.

Especialmente relevante resulta su relectura del fabuloso y concentradísimo texto Ante la Ley, precisamente aquella «fulminante interpretación» a la que Magris se refiere en su prólogo. De la Rica sostiene una postura nueva que desdeña por obvias las anteriores, y al hacerlo bordea una lectura críptica que, por kafkiana, resulta verosímil. Es en este punto del discurso en el que se entreveran el enraizamiento con la tradición mosaica al que hacíamos referencia en un principio y las conclusiones extraídas de la comparatística, tratando de darse mutuamente sentido.

Tal vez se trata de una interpretación al límite. Tal vez sea ese el principal atractivo de este volumen, excéntrico en el más noble sentido del término: el de quien no repite en infinitos círculos lo ya oído hasta la extenuación. Ante su lectura, uno tiene la refrescante impresión de haber vuelto al ensayo como género literario, no como ramal de la investigación literaria. Seguramente no satisfaría las exigencias formales de un Literaturwissenschaftler, pero, sin necesidad de buscar el acuerdo, provoca la imaginación, suscita la reflexión, incluso incita, por qué no, a la discrepancia.


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