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Artículo
Compleja sencillez
José Luis de Juan
24/06/14
Jhumpa Lahiri
La hondonada
Trad. de Gemma Rovira Ortega
Barcelona, Salamandra, 2014 - 416 pp. 20 €

En Intérprete de emociones había una mujer india que iba a visitar a su hija a una ciudad estadounidense. Su mayor alegría era preparar comidas muy complejas que nunca llegaban a ser como la mujer quería o esperaba, pues los ingredientes era muy distintos a los que ella estaba acostumbrada. Se pasaba horas buscando estos ingredientes y luego jornadas enteras en una cocina extraña con un resultado nunca satisfactorio. Acabó deprimida y queriendo volver a su casa. Este cuento, incluido en el libro que le valió a Jhumpa Lahiri el premio Pulitzer del año 2000, mostraba una fértil sensibilidad para narrar el desarraigo, la facilidad con que los seres humanos ven tambalearse una identidad duramente conseguida. Algo parecido sucedía con el protagonista del cuento que daba título al volumen, el escritor de cartas (viejo oficio que curiosamente aparece en la película futurista Her, sugiriendo así la intemporalidad del porvenir), que intenta salvar el puente de culturas y gustos para emocionar a los que se fueron.

Como sabe Lahiri, el lugar y la atmósfera que vivimos en la infancia nos acompaña toda la vida. Los hay que luchan contra la impronta inicial y emprenden el camino muchas veces falso o inútil del desarraigo. Y los hay que resisten hasta el final, acunados por el plácido y terrible destino del origen. La hondonada trata de todo esto: de unos y otros, de los arquetipos y de la sustancia cotidiana, insoslayable, de la vida y la realidad en que se asienta. Es una novela ambiciosa, lúcida, que va más allá del realismo sucio o «histérico» (adjetivo empleado por James Wood) creado por los mejores novelistas estadounidenses de los últimos treinta años y, al mismo tiempo, es una novela que no da todo lo que promete. Una novela que logra interesarnos, conmovernos y estimularnos, pero en la que, a la postre, vemos el artificio, es decir, el maridaje tan inestable entre el arte y el oficio, entre la brillantez del misterio y la humana imperfección del trabajo.

El escenario es la hondonada, esa depresión del terreno (lowland, en inglés) que se llena de agua en un arrabal de Calcuta. En ella juegan dos hermanos, Udayan y Subhash. Y en ella morirá años después uno de ellos, perdido en una rebelión contra la injusticia y la necesidad de superar a los padres, sin haberse desprendido nunca de ellos. En cambio, el desarraigo del hermano mayor, Subhash, es más convencional, el típico del emigrante, que deja la hondonada por el océano Atlántico, la América que lo absorbe todo como un ogro insaciable: identidades y lealtades. Al otro lado del ring novelístico, están los padres y la herencia, la tradición que hay que honrar. Ellos también pertenecen a la hondonada de Tollygunge que anega el monzón, y la contemplan desde la terraza de su casa: es su mundo familiar. Allí ocurrirá la tragedia, lo irreparable, lo que rasga las vidas de todos.

Impecable, simbólico escenario el que extiende ante nuestros ojos Lahiri, de auténtico teatro griego. Y el arranque es perfecto, con esos dos hermanos fascinados por el club de golf, que se cuelan allí por la noche y un policía les pilla y golpea al mayor con el palo de hierro. Quizá sea por esto, no por los ideales, sino por el orgullo herido de la infancia, por vengar a su hermano, por lo que Udayan se lanza a la lucha terrorista. Udayan, el mismo que se queda en casa y toma esposa y aparentemente se convierte en un hombre de familia, mientras su rebelión clandestina, su búsqueda de identidad a través de ella, lo consume. A Gauri, su mujer, la «vemos» bien al principio de su relación: su carácter independiente, sus intereses intelectuales, su desprecio por lo tradicional y, a la vez, su obediente sumisión al amor y sus circunstancias. Ella llena un arquetipo, que enriquece su misma diferencia. Pero luego, tras la muerte de su marido, se desdibuja, y sin verdadera justificación, pasa a enfundarse en otro: el de madre que abandona a su hija, que desaparece con acritud, sin mirar atrás ni responsabilizarse de nada. La venganza de Gauri contra Udayan, que la utilizó y luego la abandonó al morir a manos de la policía por nada, es implacable y alcanza a todo lo que está relacionado con su marido. Este es el personaje clave de la novela y el más discutible, en términos de «realismo» sucio o histérico.

¿Por qué Guari deja al hermano, Subhash, que ha hecho el sacrificio familiar, ligado a la tradición y a la fidelidad a la hondonada, de acogerla a ella y a su bebé aún no nacido, llevarla con él a la seguridad de Providence, y así tratar de enmendar la tragedia, o de minimizar sus terribles daños? ¿Por qué ese odio, ese desapego, esa falta de instinto maternal? Guari es el único personaje de esta novela que construye su propia identidad, que se zafa de su destino. Que es capaz de secar en sus ojos y en su cerebro la hondonada. Ni el bueno de Subhash, ni sus padres ni, por supuesto, el asesinado Udayan, han podido. Pero ella sí, y esa fuerza la trasmite a su hija Bela. Por eso, demonizándola, dejando que la veamos como una bruja sin entrañas que quiere vivir su vida «como un hombre», caiga quien caiga, Lahiri la convierte en la heroína camuflada de la novela. Ahora bien, este es el lado «intelectual» de la narración, pero, ¿qué ocurre con el «emocional»? Sucede que el lector no entiende a Gauri, porque su creadora no consigue explicarla psicológicamente. No la «muestra». Quizá sea deliberado, o quizá no consigue mostrarla. Por eso, de vez en cuando, a falta de situaciones cotidianas que nos hagan verla, se ve obligada a «resumir» así las motivaciones del personaje: «Todos sus intentos fracasaban, porque no había cimientos. Con el tiempo, esa sensación fue minándola, revelando su egoísmo, su ineptitud. Su incapacidad de soportarse a sí misma». ¿Ineptitud? No: ella forja su destino, por absurdo que sea.

Desde luego, es legítimo que algún personaje de novela sea inexplicable, gratuito. A veces, incluso lo celebramos. Porque así la necesidad de verosimilitud se confirma mediante la excepción. ¿Acaso la vida no está llena de decisiones y situaciones inexplicables? Pero el problema no va por ahí. Se manifiesta en la excesiva enjundia narrativa que toma un personaje plano, Subhash, que tampoco entendemos que no busque a Gauri y la haga recapacitar o reaccionar. Se hace cargo de Bela sin ser el padre, no parece tener problema alguno, cuando debería tener muchos. Tampoco es creíble que Gauri siga sola, escondida en una universidad de California. Los intentos de Lahiri de «avivarla» con flashbacks del movimiento rebelde naxalita y del papel de su marido y ella en él, irritan más que interesan al lector. Eso ya quedó atrás y la autora los utiliza artificialmente. La hondonada no es eso, es otra cosa: es el drama de los hermanos, el campo de golf, el policía. Drama que cristaliza con Bela, la hija de Gauri y Udayan que es adoptada como hija propia por Subhash. He aquí cómo Lahiri redondea y da relieve a la figura inexplicable y heroica de Gauri: Bela se hace a sí misma, es independiente, un personaje de arriba abajo. Y nos brinda el clímax de esta obra llena de aciertos y verdades, cuando Bela reacciona a la revelación de que su maravilloso padre no es su verdadero padre.

En definitiva, La hondonada es una novela de planteamiento complejo que se desarrolla de una manera sencilla, a veces arquetípica en la caracterización de los personajes. Emocionalmente cautivante, también en lo intelectual. Podría habernos ahorrado las codas finales, que restan intensidad a una historia bien trabada en general. Lahiri podría haber explicado mejor a Gauri, si bien en ella reside la fuerza y la resonancia de esta novela que busca de una manera original el equilibrio entre el yin y el yan, entre lo masculino y lo femenino. Gauri y Bela forman un equipo de inescrutables renuncias que todas las acciones buenas o moralmente cuestionables de Subhash y Udayan no logran superar. Robert Graves dice en un poema que el hombre «hace» y la mujer «es». Y el «ser», como sabemos, es siempre un enigma que se desvela mediante meras aproximaciones. Jhumpa Lahiri, auténtica intérprete de emociones, ha intentado acercarse con valentía a uno de sus flancos.

José Luis de Juan es escritor. Sus últimos libros son Campos de Flandes (Barcelona, Alba, 2004), Sobre ascuas (Barcelona, Destino, 2007) y La llama danzante (Barcelona, Minúscula, 2013).


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