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Horticultura
Manuel Rodríguez Rivero
15/09/12

Tranquilos, que todo se va a arreglar. Arrimando el hombro, y entre todos, saldremos también de ésta, como ya hicimos antaño. Somos un pueblo magnífico, puesto a prueba y endurecido tantas veces en el crisol de la historia que hemos desarrollado abundante músculo moral para combatir la adversidad. Miremos a nuestro alrededor: en el fondo no pasa nada, pura contingencia. Un poco de sindéresis, un tiempo de apretar dientes y trabajar duro, y volverán los días luminosos y el radiante porvenir. Lo de ahora es sólo un mal sueño, un accidente, un paréntesis del que surgiremos fortalecidos: como sospechaba Leibniz, no hay mal (si es que llega a haberlo) que por bien no venga. Ni que cien años dure. De modo que encore un effort, compatriotas.

Recordemos que nuestros peores enemigos somos nosotros mismos. Contra el pesimismo de la inteligencia, una potencia del alma sospechosamente proclive al desaliento, el optimismo de la voluntad, como exhortaba el obstinado Gramsci desde su encierro. Al fin y al cabo, hasta el doctor Pangloss, máximo abogado literario del admirable principio de razón suficiente, acabó llevándose el gato al agua. Volvamos al último capitulo de Cándido (1759): encontramos a su protagonista comiendo pistachos en Constantinopla, al final de un prolongado periplo iniciado con la expulsión de su particular paraíso, tras haber sido sorprendido practicando una lección de «física experimental» con su prima Conegunda.

En su peregrinar por tres continentes, Cándido ha padecido guerras, tempestades, terremotos, autos de fe, prisiones, ruinas, hambres, traiciones y abandonos, sobreviviendo a toda clase de ordalías causadas por la naturaleza y de vejaciones infligidas por los hombres. Pero ahora, por fin, está a salvo: incluso puede casarse (un poco a regañadientes) con su ya deteriorada pariente. Su mentor, el providencialista Pangloss, le resume la peripecia arrimando el ascua a la sardina del optimismo: todos los tormentos soportados, todas las angustias, las amarguras, las humillaciones y los castigos han sido etapas necesarias y coherentes de un camino que llega hasta aquí, porque existe una especie de fatalidad del bien en este mundo nuestro; si no hubieran tenido lugar –le explica–, no estarías aquí ahora, comiendo tus pistachos y tus confites de cidra. Y, es entonces, en uno de los finales más enigmáticos de toda la historia de la novela, cuando Cándido, que ha sido testigo y víctima de la locura y crueldad del mundo y de los hombres, replica a su maestro: «Bien dicho, pero tenemos que cultivar nuestro jardín».

Les confieso que llevo varios días ateniéndome escrupulosamente al voltairiano consejo hortofrutícola, mientras adecento las macetas de un exiguo vergel de ventana, cuyas plantas he podado y despuntado, dejándolas preparadas para el otoño que ya se anuncia. Ventajas de la crisis: uno pierde trabajo y dinero, pero gana tiempo. Y sabe que todo es para bien. Y, sobre todo, que continuamos viviendo en el mejor de los mundos posibles, como siempre ha sido, y como debe ser.


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