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ARTE
El cometido de la demolición
Javier Arnaldo
JEFE DEL ÁREA DE INVESTIGACIÓN Y EXTENSIÓN EDUCATIVA DEL MUSEO THYSSEN-BORNEMISZA
nº 153 · septiembre 2009
Ángel González García
ARTE Y TERROR
Mudito, Barcelona - 196 pp. 18 €

A los dos libros más importantes del historiador Ángel González, El resto y Pintar sin tener ni idea, se suma ahora otro bastante menos voluminoso, pero de igual entidad, Arte y terror, cuyas páginas dan la vuelta a la epopeya del arte moderno e invitan a entender su historia bajo la guía de su razón más ostensible, que no es otra que la complacencia en el exterminio. A diferencia de sus anteriores recopilaciones de ensayos, esta nueva entrega de Ángel González se ciñe a un tema único, simbolizado en el proverbio figurativo de Giuseppe Maria Mitelli, «È buon da disfarla, ma non da farla», grabado de 1678 que sirve de frontispicio al libro. Éste despliega a lo largo de seis capítulos implícitamente una historia del arte de la edad contemporánea, al colocar en sucesión asuntos que se sitúan en la cultura de la Ilustración y el Romanticismo, de la Revolución y el Segundo Imperio franceses, la guerra de 1914 y el Tercer Imperio alemán, y algo me dejo. El mencionado grabado satírico de Mitelli, anterior a todo lo que narra este ensayo, muestra a un hombre corpulento destrozando a mazazos un mármol antiguo. La historia que cuenta Arte y terror es, de alguna manera, la de la convivencia y connivencia con los restos de esa estatua, aunque también la de los nuevos destrozos y demoliciones con los que la cultura moderna identifica su inacabable tarea. Las «pinturas tiroteadas» de Niki de Saint Phalle perseveraban en ello en la década de 1960, diez años después Gordon Matta-Clark se especializó en el arte de la demolición, muchos otros lo hicieron antes, a la vez y después, y aún hoy perseveramos en cumplir con ese afanoso cometido.

Los agentes de los terrores seculares son muchos y el ensayo del profesor Ángel González coloca, también en sucesión, varias de las fabricaciones de la imaginación y algunos de los gozos e instrumentos de la cultura que quedan a su servicio: la complacencia en las ruinas, las fantasmagorías sacadas con máquinas de emisión de imágenes, la risa satánica, la instancia de revolución incrustada en la fuerza como valor estético, el asunto de la abstracción que pugna por encarnarse en la realidad, el hacinamiento de vencidos cadáveres como imagen probatoria de ideales humanos cumplidos. Ensaya Ángel González, así pues, con diversas épocas y con distintos actores artísticos del terror. Y, no obstante, en casi todos los capítulos se recuerda un episodio de la vida de Baudelaire que vale de demostración de la omnisciencia de la violencia moderna. Al entrar en una taberna cualquiera, dijo: «Aquí huele a destrucción». Ocupa esa anécdota un lugar central en el capítulo titulado «Pierrot en el infierno», cuyo objeto es la insurgencia de lo que llama «la risa demoledora». Ésta es una necesidad de época, la consecuencia, por así decir, de una civilización en la que «sólo hay sitio para cosas groseras y grotescas» (p. 51). El autor la estudia en el cruce del dibujo satírico de un Grandville y un Gavarni con la crítica de arte de Baudelaire, Charles Blanc, los hermanos Goncourt y Théophile Gautier, entre otros. Y esa relación de testimonios lo lleva a formular tesis enfáticas y concluyentes que estimo entre lo más significativo del libro. El ascenso de la burguesía es proporcional a la aceleración del paso de la moda y precipita la volubilidad en todos los órdenes. El libro nos habla de una relación directa entre la vertiginosa dinámica de la moda y el vértigo de la risa descacharrante. El ridículo se impone y la risa se contagia en lo que caracteriza, siguiendo a Baudelaire, como un rito satánico de la cultura. La moda es el origen de toda violencia, pero ésta se ejerce a carcajadas y precisa y necesariamente la sátira apura el ceremonial de la cultura como llamamiento a la demolición. El desplazamiento de la comicidad hacia lo diabólico, que González interpreta como condición previa de la mirada moderna, es un signo de época que el autor insta espléndidamente a entender cuando nos invita a «distinguir entre la cualidad antigua de lo riente y la moderna de lo descacharrante» (p. 72). La risa demoledora participa del terror descacharrante.

Esa y otras reflexiones se disputan nuestro interés en un libro que se dirige al lector desde el lenguaje privado. «La verdad es, querido Pedro, que no acabo de entender de qué esperas que hablemos», dice al comienzo del capítulo «Distracciones fúnebres». Una y otra vez el ensayo se formula con los componentes propios de la lengua personalizada, epistolar y docente. Esa cualidad literaria agudiza la comunicación viva con sus reflexiones y procede, entre otras cosas, del propio método de trabajo que precede al libro. Cada uno de los capítulos que lo componen tuvieron su primera versión en forma de artículo particular o de charla y se acomodaron a esa medida que les confiere inmediatez o para la que se propuso alcanzar esa cualidad. Arte y terror no nos atormenta con lecciones científicas, sino que discurre con autoridad para quien quiere escuchar sus precisiones, correcciones y evaluación de aspectos de la historia de la cultura que insistentemente se deforman con equívocos. Su gran argumento es el realismo historiográfico. La libertad y la autoridad se combinan bien en esas páginas que no están previstas para fortalecer el conocimiento de quien no tenga interés en hacer demoler sus propios prejuicios; pero sí para aprender, y el primero que lo hace, y con ironía, es el propio autor.


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